La corrupción en la era de la mermelada

La corrupción es sin lugar a dudas el mayor de los obstáculos que puede tener una nación para superar las dificultades, cerrar brechas, combatir la inequidad y generar un verdadero desarrollo económico en armonía.

Ahora bien, pero si en Colombia todos se quejan de ella por la manera en que constantemente nos afecta… ¿por qué es tan difícil erradicarla? o al menos, como diría un expresidente en una frase tan desafortunada, pero tal vez promisoria ante los exorbitantes niveles que tenemos: «llevarla a unas justas (aceptables) proporciones».

Creo que la mayor dificultad está en la naturaleza misma de la mayoría de los colombianos: un asunto cultural que ha trascendido los ámbitos políticos, producto tal vez de aquella malévola «malicia indígena» que surgió como contrapeso ante situaciones de abuso de poder, que han sometido pueblos desde épocas coloniales y que tristemente, nos ofrece una sociedad que ve en la cultura del avión, del avispado o del «negociante», una manera creativa para tomar y capitalizar a su favor ventajas sobre todas aquellas desventajas que puede tener alguien, en un momento de flaqueza, descuido, ilusión, necesidad o dificultad; en esencia es pasarse por la galleta el deber ser y el buen hacer.

Así es como nacen distintos negocios de aviones para incautos, los cuales son tan propios de las clases menos favorecidas, tanto como de aquellas en donde en tiempos de «escaleras» o «aviones» prestaban salones de los más prestigiosos clubes de Medellín, para hacer lo mismo que hizo el bandido de DMG o los pillos de Interbolsa, pero con marcadores y cartulinas.

Los aviones o avivatos a la larga son de la misma calaña que aquellos contratistas del estado de obras eternas o de mala calidad, o de aquellos que juegan con los ahorros e ilusiones ajenas, al ofrecer rendimientos fabulosos o castillos en el aire (por ahorrarse los costos de una buena ingeniería), sin importar que para generar los mismos alguien a la larga va a terminar siendo tumbado (o implosionado).

Estamos en una sociedad permisiva donde la mayoría de las personas se hacen los de la vista gorda ante la cantidad de situaciones que si no les afectan directamente, terminan siendo avaladas socialmente con un «para que nos metemos, si no es con nosotros».

«Ah, es que el vecino querido, si aquel de la casa de los $7.500 millones, trabaja en la gobernación»; «ah, es que el «dóc-tor» tiene buenas conexiones en el concejo del municipio y va a mover el POT, y ahí nos hacemos buena platica»; «Ah, es que el concejal aquel tiene un lotecito para VIS, pero tranquilo que no figura nada a su nombre»; «Ah, pero es que si el «dotor» nos «colabora» mucho»;»ah, pero que importa hagamos un convenio para las cámaras de fotodetección, que igual como nos regimos por el derecho privado no necesitamos licitación»;»ah, pero si tenemos que votar por él, porque él es el que nos garantiza el puestico»…

A la larga todos terminamos siendo tumbados por los corruptos, no importa si la corrupción se soporta en la «generación de empleo»: el clientelismo aquel donde ponen a «lumbreras» a calentar silla en alguna entidad pública, sin considerar que la ineficiencia con la que retribuye su salario es directamente proporcional a los torcidos que favorecen al «dóctor» que lo esclavizó cobrándole por la coloca un porcentaje de su salario (o vacuna) a favor de su directorio o a través de unas boletas que compra para la rifa mensual de nada.

Que bueno sería que la indignación temporal que aflora ante eventos atroces y lamentables, saliera permanentemente para combatir de frente la corrupción que ha permeado distintos círculos sociales. Que bueno echar al agua al vecino diputado, concejal o funcionario que increíblemente con una carrera de medio pelo y un salario modesto estrena camioneta cada año o tiene activos que sin lugar a dudas fueron financiados (indirectamente) con recursos públicos; que bueno sería que nos diéramos cuenta colectivamente (sin colectivos), que la supuesta Paz que en Cuba se negocia con fines electorales para mantener en el poder a corruptos y tramposos a quienes le importa cinco negociar con impunidad; que bueno sería que no nos dejáramos meter los dedos a la boca y no dejar que palabras como «mermelada», «musa», «ñoño», «tamal», «teja», hagan parte de un paisaje donde pulula la doble moral y la falta de ganas de realmente cambiar un país que va, al parecer de culo pa’l estanco.

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