Héctor Abad o la soberbia de no entender al país

No suelo leer El Espectador. Desde hace ya varios lustros dejó de ser, para mí, un periódico con carácter propio y se fue convirtiendo en algo mucho menos interesante: un panfleto elegante de la izquierda progresista radical.

No me molesta que un medio tenga origen político. Muchos periódicos nacen con ideas, causas y una manera particular de mirar el mundo. Lo que molesta es otra cosa: que se disfracen de árbitros morales, se presenten como conciencia democrática del país y terminen funcionando, demasiadas veces, como caja de resonancia de las mismas obsesiones ideológicas de siempre.

Una prueba de ello es la columna de Héctor Abad Faciolince publicada el 31 de mayo, dia de elecciones, la cual, además de llegarme tarde y de carambola, muestra muy bien el problema. No busca entender a Abelardo ni al país que lo está apoyando. Busca etiquetarlo, deformarlo y llenarlo de calificativos. Todo contra quien, salvo que algo verdaderamente irregular ocurra, será el próximo presidente de Colombia.

Mientras Colombia votaba, ya se intentaba marcar la elección con una etiqueta. Antes de aceptar lo que las urnas terminarían mostrando, había que dejar lista la acusación. Había que convertir al candidato incómodo en amenaza antes de reconocer que estaba conectado con un malestar real.

Ese mismo día, Abelardo de la Espriella les dio sopa y seco en las urnas a quienes creían tener el monopolio moral del país. Ahí se entiende mejor la columna: no como análisis sereno, sino como miedo anticipado. Cuando un candidato rompe el libreto de las élites opinadoras, no se le discute: se le patologiza. No se analizan sus ideas: se le convierte en amenaza. No se reconoce el malestar ciudadano que representa: se le reduce a caricatura.

Tirano. Vulgar. Fascista. Ignorante. Payaso. Peligroso.

El repertorio cambia poco, porque el método es siempre el mismo.

Abad pretendía hacer el retrato moral de un candidato. Le salió otra cosa: el retrato involuntario de cierta élite opinadora colombiana cuando pierde el control del relato.

Su columna no busca convencer. Busca degradar. No argumenta. Ridiculiza. No discute un programa de gobierno ni una visión de Estado. Prefiere el camino fácil: la barba, la ropa, la vanidad, el cuerpo, la esposa, Miami, Florencia, el supuesto mal gusto. Todo envuelto en una prosa que quiere sonar brillante, pero que termina mostrando una pobreza argumentativa preocupante.

La política no tiene por qué ser tibia. Una democracia necesita confrontación, ideas fuertes y denuncias. Pero advertir sobre riesgos autoritarios no es lo mismo que sustituir el análisis por la burla. Cuando un columnista describe al adversario como grotesco, ridículo o peligroso sin detenerse en lo que representa para millones de ciudadanos, deja de hacer crítica política y empieza a hacer desahogo social.

Ahí está el punto. Abelardo no apareció de la nada. No es solo un personaje pintoresco impulsado por la televisión o las redes. Es el síntoma de una Colombia cansada de que le pidan paciencia mientras el crimen avanza, de que le hablen de paz mientras los grupos armados se fortalecen, y de que le vendan superioridad moral mientras la extorsión, el narcotráfico y la secuestro territorial siguen creciendo.

Claro que se puede criticar su estilo. Claro que se le puede exigir mayor precisión programática (aunque su programa lo es, y cero de echar globos), mejor equipo técnico (que lo tiene) y menos teatralidad (un poco difícil por su espíritu caribe). Eso sería legítimo. Lo pobre es reducirlo a un “aspirante a tirano” sin tomarse en serio el malestar que lo explica. Esa soberbia es la que ha llevado a muchos sectores «ilustrados», de esa élite «intelectual» a no entender el país que dicen defender.

En democracia, el voto no siempre premia al más elegante ni al más cómodo para las tertulias. A veces premia al que logra nombrar problemas colectivos que otros prefirieron ignorar (o maquillar), y plantear acciones para solucionarlos.

Colombia tiene hoy una angustia real: la sensación de que el Estado ha cedido demasiado, de que la autoridad se volvió sospechosa y de que la palabra “paz” se ha usado para justificar concesiones que no siempre producen la tan anhelada paz.

Abad ya ha mostrado antes esa forma de superioridad moral. Recuerdo que en 2014, cuando Nairo Quintana llenaba de orgullo a Colombia con la maglia rosa en el Giro de Italia (la del liíder de la carrera), publicó en Twitter: “A la extrema derecha no le gusta mucho eso de ‘camiseta rosada’ o ‘maglia rosa’. Creen que es del orgullo gay”.

Ese comentario no era solo un mal chiste. Era una muestra perfecta de la ligereza con la que este tipo de opinadores hablan desde arriba, como si todos los que no piensan como ellos fueran brutos, atrasados o incapaces de entender algo tan elemental como una tradición deportiva.

Yo le respondí entonces con lo obvio, justamente para dejar en evidencia la ignorancia del comentario: si el problema era que la camiseta rosada podía asociarse, según él, con el orgullo gay, entonces qué hacía con la camiseta arcoíris del campeón mundial de ciclismo. Porque la camiseta de campeón mundial no es rosada. Es arcoíris. Y en ciclismo no representa su burla barata, ni su chiste político, ni su necesidad de ridiculizar a la derecha. Representa mérito, gloria, historia y jerarquía deportiva.

Esa era la respuesta. No un adorno. No una curiosidad de ciclismo. Era mostrarle que su comentario era flojo, ignorante y prejuicioso. Porque cualquiera que conozca mínimamente el ciclismo sabe que la maglia rosa del Giro y la camiseta arcoíris del campeón mundial pertenecen a una tradición deportiva, no a la necesidad ideológica de un columnista de burlarse de sus adversarios.

Aquel episodio no fue una anécdota menor. Fue una radiografía. Abad se presenta como defensor de la complejidad, pero con frecuencia reduce al contrario a un estereotipo. Habla de tolerancia, pero practica el desprecio. Reclama humanidad, pero se la niega políticamente a quienes no caben en su mundo. Él a la larga no discute con ciudadanos. Discute con muñecos que él mismo fabrica: el uribista bruto, el derechista homofóbico, el conservador primitivo.

Y lo peor es que suele salirse con la suya. Porque pertenece a ese roscograma intelectual donde ciertos escritores, periodistas y opinadores pueden descacharse una y otra vez, hablar desde la superioridad moral, decir simplezas con tono profundo y aun así seguir siendo tratados como conciencia del país. A otros les cobran cada palabra. A ellos les celebran hasta los disparates.

Ese es el nivel de quien posa de humanista mientras desprecia en bloque a quienes no caben en su mundo ideológico.

La columna también deja ver otra cosa: el miedo reverencial frente a cierto periodismo. Abad menciona el episodio de una «gran» periodista y parece sugerir que, si un candidato se incomoda con una periodista quien claramente le impregnó cicuta a su cuestionario, entonces ya estamos ante una señal autoritaria. Pero ahí también hay que hacer una precisión. No todo el que carga una libreta, un micrófono o una credencial actúa como periodista. Muchas veces actúa como activista, con agenda, con veneno, con preguntas cargadas y con una idea previa de a quién quiere destruir.

Eso no significa que los periodistas no puedan preguntar duro. Claro que pueden. Deben hacerlo. Pero una cosa es preguntar duro y otra muy distinta actuar como fiscal ideológico, provocar, torcer, insinuar y luego esconderse detrás de la palabra “periodismo” como si fuera una sotana. En Colombia y fuera de Colombia hay demasiados opinadores y periodistas que se creen ungidos por alguna autoridad superior. Preguntan con veneno, escriben con veneno, editan con veneno, y luego exigen que nadie les conteste duro porque entonces se sienten atacados en nombre de la libertad de prensa.

No. La libertad de prensa no convierte al periodista en intocable. Tampoco convierte al activismo en verdad. Y mucho menos obliga a un candidato a quedarse agachado frente a preguntas imprecisas, sesgadas o malintencionadas.

Hay, además, un punto delicado que conviene decir sin rodeos, pero con respeto. Héctor Abad Faciolince e Iván Cepeda comparten, cada uno desde su propia historia, una relación pública con la tragedia política colombiana. Sus familias fueron atravesadas por la violencia. Eso merece respeto. Nadie decente debería burlarse del dolor ni de una pérdida familiar marcada por la muerte.

Ahora bien, el respeto por la tragedia no puede convertirse en obediencia intelectual. Una biografía dolorosa no vuelve infalible a nadie. No convierte una columna en argumento ni una candidatura en reserva moral. El duelo puede explicar una sensibilidad, pero no puede blindar a nadie contra la crítica.

Colombia ha sufrido demasiado como para permitir que el dolor se vuelva escudo político intocable. La tragedia no puede ser patente de corso. No puede convertirse en licencia para caricaturizar al adversario, repartir certificados de decencia o hablar desde un pedestal moral frente a millones de ciudadanos que también han vivido miedo, violencia, secuestro, extorsión, desplazamiento o abandono estatal.

La indulgencia relativa de Abad con Iván Cepeda también dice mucho. No porque lo trate como santo, que no lo hace. También le teme, también lo mira como un riesgo y también lo ubica en el campo de los extremos. Pero la diferencia está en el método. A Abelardo lo despelleja con saña estética, corporal y moral. A Cepeda lo describe como hermético, esquivo e insondable. A uno lo vuelve caricatura de circo. Al otro lo convierte en enigma político.

Pero sí sabemos cosas. Sabemos que Cepeda ha defendido una visión política que insiste en el diálogo con estructuras armadas al margen de la ley y dedicadas al narcotráfiico como eje central de la respuesta del Estado. Sabemos que él ha estado ligado intimamente a procesos de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y otros actores armados. Sabemos que su candidatura representa una continuidad, con otros modales, del proyecto político que gobernó estos último casi cuatro años.

La llamada paz total no puede seguir tratándose como una buena intención intocable. En Colombia ya deberíamos haber aprendido que las buenas intenciones no bastan cuando al frente hay organizaciones armadas que entienden el diálogo como pausa táctica u oportunidad de expansión. El problema no es hablar de paz. El problema es confundir paz con ingenuidad y negociación con rendición simbólica.

Existe una solidaridad boba, muy propia de cierta izquierda moralizante, que consiste en creer que todo enemigo de sus enemigos merece indulgencia (o dosis de esa empatía y resiliencia). Si alguien se opone a la por ellos etiquetada «extrema» derecha, se le perdonan silencios, alianzas o ambigüedades. Si alguien habla en nombre de la paz, cualquier crítica a sus métodos se interpreta como barbarie.

Esa lógica es peligrosa. El enemigo de mi enemigo no es necesariamente mi amigo. Puede ser simplemente otro enemigo de la libertad, del Estado de derecho o de la democracia, aunque hable con tono pausado, lea su libreta de apuntes y se presente no sólo como víctima de la historia, sino que nos quiera hacer creer que somos en esencia un país de victimas.

La discusión de fondo no es si Abelardo canta bien, se viste mal o tiene una personalidad excesiva. La discusión es si Colombia va a recuperar la autoridad legítima del Estado o si seguirá atrapada en la costumbre de consentir a quienes han vivido de intimidar, secuestrar, extorsionar y gobernar territorios por la fuerza.

Tampoco hay que escoger entre brutalidad y claudicación. Ese es un falso dilema. Un Estado serio puede ser firme sin ser arbitrario. Puede aplicar la ley sin convertirse en tiranía. Puede derrotar criminales sin despreciar los derechos humanos. Puede dialogar cuando haya condiciones y levantarse de la mesa cuando la contraparte la usa para fortalecerse. Ese debería ser el debate. No la barba. No el traje. No Miami. No Florencia. No la burla de salón.

A Abad le preocupa el tirano de derecha. Esa preocupación puede ser legítima. Pero también debería preocuparle el autoritarismo que se disfraza de superioridad moral: el que decide quiénes son los buenos antes de mirar los hechos, el que convierte la paz en dogma y el que mira con desprecio al ciudadano que pide orden.

Colombia no necesita otra ronda de caricaturas, sermones y poses morales. Necesita autoridad legítima, seguridad, justicia, libertad y límites reales al poder. Necesita un debate serio sobre el país que se quiere gobernar, no otra competencia de insultos bien escritos desde las columnas de siempre.

El problema de Abad no es que critique a Abelardo. Tiene todo el derecho a hacerlo. El problema es que no parece querer entender por qué millones de colombianos sí lo están escuchando. Prefiere mirar desde su balcón moral y llamar tiranía a todo lo que no entiende, mientras guarda una indulgencia sospechosa frente a quienes llevan años alimentando resentimiento, lucha de clases y revancha bajo el lenguaje cómodo de la justicia social.

Quizá esa sea la ironía. Algunos viven recordándonos El olvido que seremos, pero olvidan algo más básico: que la democracia no se defiende tratando como monstruos a quienes piden orden, ni blindando con indulgencias a quienes hablan en nombre de la paz. Si Colombia sigue reducida a rótulos y caricaturas, el problema no será solo la pobreza argumentativa de sus columnistas. Será la soberbia de una élite que todavía no entiende por qué el país dejó de creerle.

Colombia: entre la rabia y la cordura

He venido apoyando públicamente la candidatura de Abelardo de la Espriella. Lo digo de entrada, a modo de disclaimer: no hago parte de su campaña, no hablo en nombre de ella, no tengo cargo, contrato ni vocería alguna. Lo he hecho como ciudadano que vive entre aquí y allá, pero que no ha renunciado a pensar, opinar y preocuparse por Colombia. Escribo desde una inquietud genuina por una nación que no puede seguir muriendo en sus propios intentos.

Las elecciones presidenciales del 31 de mayo dejaron una segunda vuelta que muchos han querido reducir a otra pelea entre derecha e izquierda. Así la han presentado algunos medios, tradicionales y no tan tradicionales, más atentos al rating, los clics y las visualizaciones que a entender lo que se mueve debajo del resultado.

Según los datos reportados por la Registraduría, De la Espriella pasó primero a segunda vuelta con cerca del 44% de los votos, frente a un Iván Cepeda que rondó el 41%. Pero el dato político de fondo no es solo el porcentaje. Es que millones de personas acompañaron a una figura pública que no venía de la política tradicional, que incomoda a los medios, que no habla con el libreto domesticado por la corrección política de siempre y que terminó expresando un malestar más amplio: cansancio con el desorden, miedo frente a la inseguridad, frustración con la improvisación y rechazo a una forma corrupta de gobernar que prometió unir desde la justicia social, pero terminó profundizando la división.

Con esos resultados sobre la mesa, algo queda claro: hay mucha gente inconforme. Unos celebran, otros se alarman, otros sienten alivio y otros rabia. Eso es natural en una sociedad donde la política lleva años calentando emociones, simplificando problemas complejos y usando la frustración ciudadana como mercancía electoral.

Ahí aparece un tema que me parece central: la pobreza mental.

No uso esa expresión como insulto. Tampoco la asocio con pobreza económica. No vive solo en los barrios pobres, ni desaparece por tener dinero, títulos, apellidos, viajes u oficinas bonitas. Pulula en todos los niveles y estratos sociales. Puede estar en el empresario que desprecia al trabajador, en el político que vive de sembrar resentimiento, en el joven que cree que todo se le debe, en el profesional que repite consignas sin pensar, en el rico que confunde privilegio con superioridad, o en el ciudadano que entrega su criterio a la tribu de turno.

La pobreza mental, como la entiendo, es la pérdida de responsabilidad sobre la propia vida. Es creer que todo depende de otro; que el futuro está bloqueado; que alguien más tiene siempre la culpa; que progresar es sospechoso; que el éxito ajeno solo se explica por privilegio, trampa o abuso; y que la indignación puede reemplazar al esfuerzo. Es una pobreza de imaginación, carácter y horizonte.

Hay razones de sobra para estar inconformes. Existen desigualdad, abusos, regiones olvidadas, jóvenes sin oportunidades, trabajadores frustrados y familias que hacen milagros para sostenerse. El problema empieza cuando esa molestia legítima se usa para romper más el tejido social. Cuando a la gente no se le invita a levantarse, sino a odiar. Cuando al trabajador no se le habla de progreso, productividad y dignidad, sino de enemigos. Cuando al ciudadano no se le ayuda a recuperar control sobre su vida, sino que se le enseña a encontrar siempre un culpable.

Esa ha sido una de las grandes trampas de cierta izquierda, especialmente la de las agendas progresistas radicales: presentarse como defensora del pueblo mientras alimenta las fracturas que dice querer sanar. Ha sido eficaz construyendo narrativas, encontrando villanos, repitiendo consignas, repartiendo culpas y convirtiendo frustraciones reales en combustible electoral. Pero a la hora de gobernar mostró otra cosa: que su modelo no era unir una nación, sino fragmentarla por dentro.

A eso se suma otra trampa del lenguaje político moderno: ahora todo fenómeno popular que incomoda a cierta élite opinadora recibe el nombre de populismo. La palabra se volvió etiqueta automática. Se la pusieron a Donald Trump, a Jair Bolsonaro y durante años a Viktor Orbán en Hungría. Se la ponen a cualquiera que hable de orden, seguridad, autoridad o hartazgo ciudadano. Pero no siempre usaron la misma vara cuando académicos, comentaristas y organismos internacionales miraban con simpatía o indulgencia experimentos como el de Hugo Chávez. Incluso Joseph Stiglitz llegó a elogiar aspectos de la política económica y social venezolana. Ahí, para muchos, la concentración de poder, la chequera petrolera, el culto al líder y la destrucción institucional parecían detalles secundarios frente a la narrativa atractiva de la justicia social.

Ese doble rasero enferma la conversación pública. Si la palabra populista solo sirve para descalificar al adversario, y no para analizar con seriedad los riesgos del poder, deja de ser una categoría útil y se convierte en otro recurso cómodo para cerrar discusiones desde la superioridad moral del comentarista.

La sociedad se está partiendo en tribus. En ellas empiezan a pesar cosas que no definen ni el carácter ni las capacidades de nadie. Las políticas identitarias, importadas muchas veces sin contexto y repetidas con superioridad moral, han servido más para dividir que para comprender. Pescan en frustraciones, heridas históricas y pasados incómodos que muchas personas ya habían empezado a superar, para convertirlos otra vez en materia prima de resentimiento.

También se ha trivializado el lenguaje. Hoy basta pensar distinto para que a alguien lo etiqueten como fascista, homófobo, misógino, racista o clasista. Son palabras graves, que deberían usarse con rigor. Pero se volvieron herramientas de bajo costo para cancelar una conversación, asustar o disciplinar al que se sale del libreto, y ese es el señuelo en el que no deberíamos caer.

A De la Espriella lo han querido reducir a una caricatura. Lo presentan como estridente, vanidoso, excesivo e incómodo. Y claro que tiene una personalidad que no pasa desapercibida. No es un político de manual, ni pretende serlo. Ha sido figura pública, abogado, opinador y personaje mediático, con una manera de hablar que no pide permiso. Pero precisamente por eso incomoda tanto a quienes prefieren políticos que hablan bonito, reparten frases correctas y después dejan todo peor.

De la Espriella tiene elementos que a algunos incomodan. Sería absurdo negarlo. Tiene un estilo particular y una forma de comunicar que muchas veces rompe con los moldes de la política tradicional. Pero también tiene algo que muchos sienten que se perdió: carácter. Y en una nación donde la autoridad ha sido confundida con abuso, y la falta de autoridad con sensibilidad social, eso pesa.

La izquierda tuvo una oportunidad única. Llegó al poder con una narrativa potente: cambio, inclusión, dignidad, paz y justicia social. Pero en América Latina esa última expresión debería despertar menos ingenuidad. Fidel Castro y Hugo Chávez también hicieron de la justicia social su caballito de batalla, y terminaron usando esa promesa para concentrar poder, destruir instituciones y someter sociedades enteras a la dependencia del Estado.

Thomas Sowell, en The Quest for Cosmic Justice, advirtió con crudeza que la envidia, antes vista como uno de los siete pecados capitales, terminó convertida en una virtud admirada bajo el nombre de “justicia social”. El problema no es aspirar a una sociedad más justa; el problema es convertir esa aspiración en resentimiento contra el mérito, la empresa, el progreso y la libertad.

Gobernar no es declamar, tuitear ni convertir cada crítica en conspiración. Gobernar exige resultados, orden, seguridad, instituciones, crecimiento, responsabilidad y capacidad de convocar incluso a quienes no votaron por uno.

Esa oportunidad se desperdició. Y cuando eso ocurre, la ciudadanía no vuelve al mismo lugar. Vuelve más cansada, más desconfiada y más dispuesta a buscar una alternativa que no le hable con eufemismos.

Muchos no votaron simplemente por derecha. Votaron para poner un límite. Votaron para decir basta. Basta de relativizar la inseguridad. Basta de mirar con sospecha al que produce. Basta de presentar la informalidad, el bloqueo o la invasión como formas superiores de justicia social. Basta de hablar de igualdad mientras se promueve división. Basta de convertir al inconforme en materia prima de una revolución que nunca mejora su vida concreta.

Pero la indignación puede ayudar a ganar una elección; no alcanza para reconstruir una nación.

Despierta, pero también enceguece. Sirve para poner un freno, no necesariamente para trazar un camino. No podemos pasar de una consigna a otra, de una tribu a otra, de una revancha a otra. Se necesita autoridad, sí, pero también serenidad. Orden, pero no espectáculo. Seguridad, pero también crecimiento. Derrotar el resentimiento, pero sin caer en el desprecio.

Por eso el llamado debe ser a la cordura. No a la tibieza. No a esa neutralidad cómoda que tantas veces sirve para quedar bien con todo el mundo. Cordura significa mirar de frente lo que está en juego. Significa no dejarse manipular por etiquetas. Significa entender que una persona no queda definida por los apelativos que sus adversarios le cuelgan, sino por lo que pueda hacer frente a un momento histórico.

De la Espriella tiene una oportunidad única. Su carácter, su perrenque y su manera frontal de hablar pueden ser una fuerza decisiva si se ponen al servicio de algo más grande: ordenar el país, recuperar autoridad y devolverle confianza a una ciudadanía cansada de excusas. No se trata de pedirle milagros a nadie, sino de exigir que este momento no se desperdicie.

La pobreza mental no se supera con discursos que infantilizan al ciudadano. Se supera devolviendo sentido de acción. Se supera diciéndole a la gente que su origen no tiene por qué ser condena, que su rabia no tiene por qué ser destino, que su historia no tiene por qué ser una cadena. Se supera con educación, trabajo, responsabilidad, familia, ahorro, disciplina, seguridad, oportunidades reales y un Estado que acompañe sin convertir a las personas en dependientes emocionales de la política.

La segunda vuelta no debería ser una guerra de insultos. Ya hemos tenido demasiado de eso. Debería ser una decisión adulta sobre el rumbo colectivo: seguir atrapados en una narrativa que divide, señala y administra frustraciones, o intentar recuperar la capacidad de hacernos cargo de una sociedad que merece algo mejor que vivir eternamente enfrentada consigo misma.

No se trata de votar desde el odio. Se trata de votar desde la cordura. Y en este momento, la cordura empieza por no caer en el señuelo de quienes necesitan destruir al adversario porque ya no pueden defender con seriedad el resultado de su propio modelo.

Salida, voz y lealtad: Colombia no se abandona

A dos días de unas elecciones decisivas, Colombia vuelve a estar frente a una pregunta que no es simplemente electoral: qué hacemos quienes todavía creemos que este país tiene futuro. Qué hacemos quienes creemos que la empresa no es enemiga de la sociedad, que el trabajo formal sigue siendo una herramienta de dignidad, y que la democracia no puede reducirse a una rabia administrada desde el poder.

La pregunta, en el fondo, es si frente al deterioro vamos a escoger la salida, ejercer la voz o asumir la lealtad como una forma seria de permanecer y corregir.

Albert O. Hirschman (1915-2012) no fue un consultor internacional más, de esos que llegan a un país, producen un diagnóstico elegante y se van sin haber entendido realmente lo que ocurre por debajo. Fue un economista del desarrollo, pero también un hombre interesado en la política, la filosofía, la historia y en la manera concreta en que las sociedades enfrentan sus bloqueos. Nacido en Alemania, formado en Europa y Estados Unidos, llegó a Colombia en 1952, recomendado por el Banco Mundial para asesorar al Consejo Nacional de Planeación. Terminó viviendo y trabajando en Bogotá durante cerca de cuatro años. No miró a Colombia desde lejos. La vivió.

Ese paso no fue anecdótico. Colombia marcó su manera de pensar el desarrollo. Hirschman encontró un país difícil, desordenado, contradictorio, pero lleno de energía e iniciativa. Un país que muchas veces no se entiende a sí mismo. Un país que tiene mucho más potencial del que parece dispuesto a reconocer.

Uno de sus trabajos posteriores fue Getting Ahead Collectively (Saliendo adelante colectivamente), publicado en 1984, hace ya más de cuarenta años. Al leerlo hoy, uno siente algo incómodo: pareciera una máquina del tiempo detenida. Esa Colombia de la periferia, que tantos políticos mencionan con voz solemne en discursos y campañas, sigue muchas veces atrapada en los mismos diagnósticos, las mismas promesas y la misma ausencia de soluciones concretas. Se habla de ella, se la invoca, se la usa como símbolo, pero demasiadas veces no se le resuelven los problemas de fondo.

Pero el Hirschman que más me interesa para este momento es el de Exit, Voice, and Loyalty (Salida, voz y lealtad). Ese libro me ha impactado porque ayuda a entender algo que Colombia no puede ignorar: las sociedades no se destruyen de un día para otro. Van repitiendo guiones. Van normalizando deterioros. Van acostumbrándose a la mediocridad. Dejan de hablar a tiempo y terminan aceptando como inevitable lo que antes parecía impensable.
Así empiezan muchos infiernos terrenales. Venezuela es uno de ellos.

Salida, voz y lealtad no son tres palabras bonitas para citar en una columna. Son tres respuestas frente al deterioro. Salida es irse, retirar el talento, el capital, la energía y la esperanza. Voz es hablar, advertir, incomodar, reclamar y participar antes de que sea demasiado tarde. Lealtad no es quedarse callado ni aplaudir por miedo. Lealtad es permanecer con sentido crítico, precisamente porque todavía importa aquello que se quiere corregir.

Ese es el punto. Colombia no necesita más gente empacando la maleta mental antes de que ocurra la tragedia. Necesita gente dispuesta a quedarse, hablar y construir. Lo digo, además, desde una contradicción personal que no deja de parecerme curiosa: en un momento en que muchos piensan cómo irse del país, yo llevo bastante rato buscando la manera de hacer más cosas en Colombia y de vivir, por qué no, permanentemente allá.

Tengo ciudadanía estadounidense y alemana, además de la colombiana. Vivo legalmente en Estados Unidos y podría seguir viviendo acá. También podría construir vida en Europa. Podría mirar a Colombia desde lejos y opinar con la comodidad de quien no se juega nada. Y, sin embargo, intento acercarme más al país, aportar más y encontrar una forma real de trabajar por Colombia desde Colombia.

No por nostalgia barata. No por cálculo político. No por posar de patriota de domingo. Lo veo más bien como una responsabilidad frente a un país que tiene un potencial enorme, pero que demasiadas veces no ha sabido aprovecharlo.

Colombia tiene talento, pero muchas veces sin método. Tiene riqueza natural, pero muchas veces sin visión. Tiene gente capaz, pero atrapada en desconfianzas, roscas, complejos, resentimientos y pequeñas miserias culturales. Tenemos potencial de sobra. El problema es que nos cuesta convertirlo en instituciones, productividad, movilidad social y futuro compartido.

Ahí aparece una reacción que entiendo, pero que también me inquieta. Algunos amigos, incluso amigos con responsabilidades importantes en Colombia, me lo han dicho de distintas maneras: “Max, ¿vos para qué te vas a devolver? Vos estás tranquilo allá. Tenés cómo vivir en Estados Unidos, tenés ciudadanía alemana, podés moverte en Europa. ¿Para qué te vas a meter otra vez en ese chicharrón?”. No lo digo como reproche. Al contrario, entiendo de dónde viene la pregunta. En un país cansado, inseguro, desconfiado y muchas veces mal administrado, querer volver puede parecer una locura.

Pero ahí está precisamente el punto. Cuando la pregunta natural empieza a ser “¿para qué volver?”, algo serio está pasando. No porque todo el que se va esté equivocado, ni porque irse sea siempre cobardía. Cada persona sabe qué familia protege, qué oportunidades busca y qué cansancio carga. Pero cuando un país empieza a producir más razones para salir que para quedarse, la salida deja de ser una decisión individual y empieza a convertirse en síntoma colectivo.

Por eso Venezuela no puede tratarse como exageración retórica. Allí no se perdió únicamente una economía, una industria petrolera, una moneda o un aparato productivo. Venezuela perdió millones de personas. Y antes de que esas personas cruzaran una frontera, compraran un tiquete o buscaran otro pasaporte, pasó algo más profundo: dejaron de creer que valía la pena seguir peleando por su país.

Ahora bien, la cifra citada oficialmente por organismos internacionales habla de casi 7.9 millones de refugiados y migrantes venezolanos en el mundo. Pero esa cifra debe leerse como un piso, no necesariamente como un techo, porque los registros oficiales no siempre capturan bien a quienes salieron usando una segunda nacionalidad o se regularizaron como nacionales de otro país.

Ese matiz es enorme en el caso de los colombo-venezolanos. Por historia familiar, frontera y migración de ida y vuelta, muchos venezolanos tienen o pueden reclamar nacionalidad colombiana por padre o madre colombiana. Algo parecido ocurre con venezolanos de origen español, italiano, portugués o europeo. Por eso, aunque no exista una cifra oficial única, no es descabellado sostener que la pérdida humana venezolana podría superar los 10 millones de personas si se consideran dobles nacionales, retornados, colombo-venezolanos y venezolanos con raíces europeas.

La comparación ayuda a entender el tamaño del desastre. Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1998, Venezuela tenía alrededor de 23.6 millones de habitantes. Frente a esa base, los casi 7.9 millones oficialmente contabilizados equivalen a cerca de un tercio de la población que tenía el país al inicio del chavismo. Si la pérdida humana real supera los 10 millones, hablaríamos de más del 40% de esa población de referencia.

Y para yo no dar papaya con las cifras, usemos también una base más amplia: la población de Venezuela en 2015, antes de que se hiciera plenamente visible la gran aceleración del éxodo. Para ese año, Venezuela tenía alrededor de 30.5 millones de habitantes. Incluso con esa base, los casi 7.9 millones oficialmente registrados representan más de una cuarta parte del país. Y si el número real supera los 10 millones, estaríamos hablando de casi un tercio de la población venezolana previa al vaciamiento.

Eso no es migración normal. Eso es pérdida humana en escala histórica.

Chile ofrece una comparación incómoda, porque las narrativas de la izquierda han sido eficaces para convertir ciertos relatos en verdades morales absolutas. En muchos círculos académicos, Chile suele resumirse en una fórmula demasiado cómoda: Allende, mártir democrático; Pinochet, dictador neoliberal; y todo lo demás sobra.

Pero Allende, mártir para muchos, también dejó a Chile metido en un desastre económico, institucional y político monumental. En 1973, Chile enfrentaba inflación desbordada, escasez, mercados negros, controles de precios, expropiaciones, deterioro de la producción, radicalización política y una economía caminando hacia el abismo. Eso no justifica violaciones de derechos humanos ni convierte una dictadura en algo deseable. Pero sí obliga a decir que Chile no llegó al 11 de septiembre de 1973 como un país ordenado al que simplemente se le atravesó la historia.

Pinochet no fue un santo. Hubo represión, exilio, miedo, tortura y violaciones graves de derechos humanos. Pero tampoco se puede negar que Chile corrigió un rumbo económico que lo estaba llevando al desastre. Se redujo el desorden fiscal, se abrió la economía, se atrajo inversión, se estabilizó el país y, con el tiempo, Chile se convirtió en una de las economías más serias de América Latina.

La comparación con Venezuela es reveladora. Chile tuvo exilio político, claro. Una estimación frecuentemente citada habla de alrededor de 200.000 chilenos forzados al exilio durante la dictadura. Chile tenía cerca de 10.3 millones de habitantes en 1973. Incluso si se usa una base poblacional mayor, cercana a 11.2 millones, que corresponde más bien a finales de los años setenta, ese exilio representó alrededor del 2% de la población chilena.

La diferencia no es de matiz. Es de naturaleza. Chile no se vació. No perdió una cuarta parte o un tercio de su población. No vio salir millones de personas llevando consigo talento, capital, memoria, redes y capacidad productiva. Una parte de ese exilio tuvo enorme capacidad narrativa en universidades, medios, centros culturales, organizaciones internacionales y redes políticas. No necesariamente fueron muchos en términos demográficos, pero sí fueron muy influyentes en términos simbólicos. Esa capacidad instaló una lectura casi religiosa: Allende como mártir absoluto, Pinochet como mal absoluto y el modelo económico chileno como pecado original. Pero la realidad fue más compleja.

Venezuela, en cambio, fue vaciada. Y eso debería estremecer a Colombia. Un país no se destruye solo cuando cae su moneda, se deteriora su empresa privada o se pierden sus instituciones. Se destruye cuando su gente empieza a pensar que lo mejor que puede hacer es irse: el médico, el empresario, el joven, el profesor, el técnico, la familia entera, el que podría quedarse a construir y decide que ya no vale la pena.

Por eso, si durante años hemos advertido que Colombia puede terminar pareciéndose a Venezuela o a Cuba, no podemos responder haciendo exactamente lo que esos modelos terminan provocando: que quienes aportan, construyen, generan empleo o tienen algo que decir se cansen, se vayan o se queden callados. Si uno ha advertido tanto sobre el peligro del socialismo, no puede terminar actuando como si el socialismo ya hubiera ganado la partida.

La salida puede ser comprensible a nivel individual. Pero como actitud colectiva, la salida puede convertirse en abandono. Y cuando quienes tienen formación, empresa, redes, criterio o liderazgo abandonan el barco, el vacío no queda vacío. Lo ocupan otros: la improvisación, la rabia y quienes no quieren construir sobre lo existente, sino reemplazarlo todo por una épica de resentimiento.

Por eso la voz importa. La voz no es gritar, insultar ni repetir consignas como loro mojado. La voz es participar con claridad, argumentos y carácter. Es decir que la empresa no es el problema de Colombia, sino parte esencial de cualquier solución seria. Es decir que la movilidad social no se logra atacando al que genera empleo, sino ampliando capacidades, educación, formalidad, productividad y confianza. Es decir que el Estado debe servir al ciudadano, no convertirlo en dependiente.

Ahí aparece una discusión que Colombia evita porque incomoda: la pobreza mental. No como insulto a los pobres, ni como desprecio de clase, sino como una restricción real que atraviesa todos los estratos. Hay pobreza mental en quien no cree que puede hacerse cargo de su vida, en quien espera que el Estado le resuelva todo, en quien tiene poder y bloquea al que quiere aportar, en quien confunde resentimiento con justicia, en quien cree que destruir al que produce es una forma de igualar. Y también hay pobreza mental en élites que se acostumbraron a hablar del país desde la comodidad, pero no desde el compromiso.

Colombia necesita movilidad social, mejores ingresos, mejores empleos, más formalidad y más personas entrando a una clase media real. Pero necesita también movilidad de mentalidad: pasar de la queja a la acción, de la dependencia a la agencia, del resentimiento a la responsabilidad, de la sospecha permanente a la construcción de confianza. Sin eso, cualquier aumento de ingresos será frágil y cualquier promesa de cambio terminará convertida en otra frustración.

Tal vez ahí está una de las grandes deudas con el propio escudo. Libertad sin orden termina en desorden, informalidad, viveza y deterioro institucional. Orden sin libertad termina en obediencia, miedo y abuso. Colombia necesita las dos cosas: libertad para emprender, hablar, crear, disentir y construir; orden para respetar la ley, cumplir la palabra, cuidar las instituciones y dejar de confundir astucia con inteligencia.

Por eso, ante la incertidumbre electoral, la respuesta no puede ser la salida, el silencio ni la resignación. La respuesta debe ser una lealtad activa con Colombia: no aplaudir lo que está mal, pero tampoco abandonar el país cuando más necesita voces firmes.

Espero, además, que pasado el susto y la angustia de estos días, como tengo certeza de que ocurrirá, no volvamos a la comodidad de siempre. Sería un error creer que, porque Colombia esquiva un abismo, ya resolvió sus problemas. No podemos seguir manteniendo un país apenas por inercia, sin soluciones serias para problemas serios.

Incluso ganando una elección, Colombia tiene que resolver problemas de fondo y de forma. De fondo, porque seguimos arrastrando inseguridad, informalidad, pobreza, mala educación, baja productividad, justicia débil, corrupción, desconfianza institucional y una cultura ciudadana muchas veces pobre. De forma, porque tampoco basta con tener buenas ideas si no se sabe ejecutarlas, comunicarlas, sostenerlas y volverlas política pública real.

El país necesita algo más que evitar el desastre. Necesita una propuesta seria para ser, por fin, el país que puede ser.

Colombia no se abandona cuando gana alguien que no nos gusta. No se abandona cuando el ambiente se vuelve incierto. No se abandona cuando algunos prefieren desconfiar del que quiere aportar antes que abrirle espacio. Y tampoco se abandona cuando pasa el susto y vuelve la falsa tranquilidad. Colombia se abandona cuando dejamos de exigirle más a quienes dicen querer defenderla.

Colombia se habla. Colombia se trabaja. Colombia se defiende construyéndola.

Y si de verdad creemos que este país puede evitar el camino de Venezuela o Cuba, la primera obligación es no comportarnos como si ya estuviera perdido. Porque un país empieza a perderse cuando quienes podrían sostenerlo deciden que ya no vale la pena intentarlo.

Yo, por mi parte, sigo creyendo que vale la pena.

El centro, o el camino a la perdición del país

En Road to Perdition (2002), película protagonizada por Tom Hanks junto a Paul Newman, ganadora del Óscar a Mejor Fotografía, un padre intenta proteger a su hijo de un mundo violento que él mismo ayudó a construir. La historia no gira en torno a un error puntual, sino a algo más incómodo: una cadena de decisiones que, aunque parecen prudentes en el momento, terminan conduciendo exactamente al destino que se quería evitar. No se trata de perderse, sino de insistir en un camino creyendo que se controla el resultado, cuando en realidad ese resultado ya ha sido condicionado por las propias decisiones.

Esa lógica describe con precisión lo que ha venido ocurriendo en la política colombiana. El llamado centro político, convencido de su moderación, de su distancia frente a los extremos y de una supuesta superioridad moral frente a las posiciones más definidas, ha terminado tomando decisiones que no contienen lo que critica, sino que lo facilitan, e incluso inclinando la balanza hacia la izquierda. El problema no es simplemente político, es conceptual, porque el centro no es una doctrina, ni una tradición intelectual, ni un proyecto coherente de país, sino un espacio en disputa donde lo que realmente se define no son las ideas, sino las condiciones bajo las cuales se puede participar en el debate público: quién es aceptable, quién no lo es, qué se puede decir sin costo y qué se paga caro.

Ese desplazamiento no ocurrió de manera frontal, sino que se fue instalando, y cada vez con más fuerza, a través de la instrumentalización del lenguaje. Hoy la política no se organiza alrededor de resultados verificables, sino de marcos discursivos prácticamente incuestionables como resiliencia, empatía, inclusión o justicia social. Son conceptos legítimos, incluso necesarios, pero su uso político ha tenido un efecto claro: dejaron de ser valores para convertirse en filtros de legitimidad. En ese entorno, ya no basta con tener argumentos; hay que sonar bien dentro del marco correcto, y quien no lo hace queda rápidamente fuera de juego.

A partir de ahí aparece un fenómeno igual de determinante: el etiquetamiento. En Colombia, disentir de ciertas posiciones, muchas veces más ancladas en la utopía y en una balanza inclinada hacia los sentimientos que hacia los hechos, ya no implica entrar en una discusión, sino exponerse a una clasificación automática como extrema derecha, retrógrado o enemigo del cambio. La etiqueta reemplaza el argumento y deslegitima antes de que haya debate, lo que no solo empobrece la conversación pública, sino que altera profundamente los incentivos. Lo más grave es la manera en que este mecanismo se utiliza para generar vergüenza, presionar y, en muchos casos, forzar a ceder valores tradicionales que, en cualquier país, representan a una mayoría que termina sometida a la dictadura de las minorías.

En paralelo, las agendas identitarias han adquirido un peso creciente, no como herramientas de inclusión, que es su fundamento legítimo, sino como criterios de validación política. El problema no es reconocer diferencias, sino convertirlas en el eje de decisión. Cuando atributos como el color de la piel, la etnia, el género, las preferencias sexuales o el origen social empiezan a pesar más que la competencia, la trayectoria o los resultados, el sistema deja de premiar capacidades y empieza a premiar representaciones. Eso no construye equidad, sino fragmentación, y además reduce el espacio para exigir resultados, ya que cuestionar deja de ser evaluar y pasa a interpretarse como una agresión. En esa misma lógica, se busca anular al oponente mediante etiquetas como clasista, machista, homófobo o racista.

Todo esto configura una asimetría que el centro rara vez reconoce. A ciertas posiciones se les exige una validación constante, mientras que otras reciben legitimidad por su alineación con el lenguaje dominante. No se trata de una diferencia menor, sino de una distorsión estructural que condiciona las decisiones y transforma al centro en un espacio adaptativo, moldeado por reglas que no controla y que tampoco cuestiona. Ahí aparece el problema político real.

En ese contexto más amplio, el país se ha ido perdiendo en un ambiente sin autoridad, una autoridad que comenzó a desvanecerse desde agosto de 2010 y que hoy nos tiene en un punto que, en muchos sentidos, recuerda los momentos más complejos del auge de las FARC, con un agravante adicional: ahora sectores que han tenido afinidad ideológica o cercanía política con esas visiones han llegado al poder y buscan perpetuarse en él. No es una percepción aislada, sino una lectura cada vez más extendida frente al deterioro del orden, la inseguridad, el premio a los criminales, el incentivo a la subversión utilizando a los más jóvenes como carne de cañón y la pérdida de referentes claros de institucionalidad.

La primera vuelta se ha convertido en un ejercicio mal entendido, porque se vota como si fuera una expresión emocional o una afinidad personal, como si se tratara de identidad o de simpatía, cuando en realidad es una decisión con efectos en cadena. Cada quien puede votar por quien quiera, pero asumir que esa decisión no incide en el resultado final es, en el mejor de los casos, ingenuo. La segunda vuelta elimina esa ilusión, ya que en ese punto desaparecen los matices y hay que escoger, y es precisamente ahí donde el centro, una y otra vez, se repliega en la ambigüedad mediante el voto en blanco, el silencio o la distancia calculada, todo envuelto en un discurso de coherencia que en la práctica termina siendo evasión. Es claro que quienes están en el centro izquierda difícilmente cederán por una opción de derecha, mientras que quienes se ubican en el centro derecha suelen mostrarse abiertos a discursos de diversidad, equidad e inclusión que, en la práctica, terminan generando una ruptura con los valores que originalmente defendían.

No decidir en ese momento no es neutral, es funcional. El país ya vio lo que eso produce con la elección de Gustavo Petro y también en Medellín con la elección de Daniel Quintero. En ambos casos hubo advertencias, señales y alternativas, pero también hubo ambigüedad, cálculo y esa comodidad moral de quienes prefirieron no incomodarse tomando posición, o de quienes, desde la ingenuidad de promover un cambio con justicia social, terminaron entregando el país y la ciudad a proyectos que hoy evidencian sus consecuencias. Fue, en buena medida, la ingenuidad o la simple falta de carácter de muchos bienpensantes, los mismos que hoy reconocen en privado lo que no quisieron asumir en público. Mientras tanto, las agendas de la izquierda progresista radical avanzaron sin mayor resistencia, no porque fueran incontestables, sino porque encontraron un terreno despejado por quienes creyeron que abstenerse era una forma de superioridad, cuando en realidad terminó siendo una forma de renuncia.

Detrás de ese comportamiento hay una lógica más profunda. En ese intento por congraciarse con todo el mundo, y en una postura que pareciera avergonzarse de conceptos básicos como la ley y el orden, se abre espacio a una parte de la clase política que no juega para transformar el país, sino para permanecer dentro del sistema. Esa clase política, como lo ha demostrado la historia, no se declarará en oposición, no romperá y no se comprometerá del todo, porque su objetivo no es ganar una discusión, sino seguir siendo relevante independientemente de quién gobierne. En ese contexto, la ambigüedad deja de ser una debilidad y se convierte en una estrategia.

El problema es que esa estrategia tiene consecuencias, porque cuando quienes tienen la capacidad de inclinar la balanza optan por no hacerlo, el resultado no es equilibrio, sino transferencia de poder hacia quienes sí están dispuestos a tomar decisiones. La política no premia la intención ni la comodidad, sino la claridad y la capacidad de actuar cuando toca hacerlo.

Colombia se enfrenta nuevamente a ese punto. Cada ciudadano es libre de votar por quien considere en la primera vuelta, pero el país no se define ahí, sino en la capacidad de elegir cuando el margen desaparece y las opciones se reducen. En ese momento, lo que importa no es la narrativa ni la comodidad de una posición intermedia, sino el carácter, la capacidad y la determinación de cambiar las dinámicas de un país que lleva demasiado tiempo repitiendo los mismos errores.

Porque esto no es un debate abstracto ni una discusión académica sobre matices ideológicos. Es una disputa real sobre el rumbo del país frente a unas agendas de la izquierda progresista radical que han avanzado no por la solidez de sus propuestas, sino por la debilidad, la ambigüedad y la complacencia de quienes se autodenominan moderados.

Colombia no está frente a un dilema teórico. Está frente a una secuencia de decisiones que ya ha empezado a mostrar sus consecuencias. Y como en Road to Perdition, el problema no es no saber a dónde se va, sino insistir en un camino creyendo que se controla el destino, cuando en realidad cada paso lo hace inevitable.

Aquí no se trata de quién tiene el discurso más cómodo, ni de quién logra encajar mejor en una narrativa emocionalmente aceptable. Se trata de quién tiene el carácter para enfrentar esas agendas, cuestionarlas y, si es necesario, frenarlas, aun cuando eso implique asumir costos.

Porque al final, los países no llegan a la perdición por accidente.

Llegan porque, teniendo la oportunidad de corregir el rumbo, decidieron no hacerlo.


¿Activismo o periodismo?

Fecha original de publicación: Junio 23 de 2020

En Colombia, al igual que en muchos países del mundo, el periodismo ético y “serio” puede considerarse una especie en vía de extinción, donde las agendas y los intereses de los dueños de los medios de comunicación, así como aquellas de los directores y editores de los mismos, son algo con lo que pretenden establecer, no solo líneas editoriales, sino incluso poner a la etérea “opinión pública” a pensar, indignarse y actuar, conforme a lo que a ellos les parece debe ser. 

Más grave que las agendas de los dueños de los medios y de sus representantes, está el activismo que adelantan sin ningún tipo de aspaviento muchos de los más renombrados periodistas y comunicadores que hay en el país. Activismo, que siendo este una expresión activa y además un frente de batalla con fines políticos, se sustenta como cualquier otro interés, en una serie de necesidades particulares, en la codicia, ganas de figurar, creencias personales, frustraciones, resentimientos, o para algunos más soñadores, en aquellos ideales para lograr una sociedad mejor, pero a su gusto. 

Periodistas éticos o “verdaderos” en Colombia hay pocos, sin importar el área de interés que ellos cubran, creería que podría contarlos con los dedos de una mano y muchos de ellos tal vez sometidos al más terrible olvido. 

Lo anterior contrasta con la cantidad abundante de activistas en medios de comunicación, que con o sin estudios relacionados con dicho oficio, ejercen como periodistas. 

Son estos personajes capaces de sembrar mantos de duda, de “cargarse” a las personas que no son de su gusto, de extorsionar amablemente a los políticos con rabo de paja y de inventarle cuentos a aquellos que no lo tienen. Son capaces de promover campañas humanitarias que tienen por detrás un interés comercial, son creativos al momento de mostrarse como redentores de los más necesitados, aunque solo sea esa una manera de conseguir mayor rating. 

Un patético ejemplo, el de aquella periodista que siendo directora de un medio y agazapada en los pergaminos otorgados por una academia, mas interesada en adoctrinar que en generar pensamiento crítico, ha sido capaz de atacar de manera solapada y permanente a quienes no son de su gusto, apoyándose en informaciones de oídas pero “de muy primera mano” provenientes de una ONG “de periodismo serio y de investigación”, que curiosamente no solo es manejada por su consorte, sino que es financiada con recursos de fundaciones internacionales, que dicen apoyar “financieramente a los grupos de la sociedad civil con el fin de promover la justicia, la educación, la salud pública y los medios independientes”, cuando en realidad lo que les interesa es promover el caos, más que propender por una “sociedad abierta”. 

Es esa la misma periodista que se vive victimizando, pero que no duda en amenazar por una red social, con la información de una “cuenta falsa” a una autoridad civil, que sí bien puede que no les guste a muchos, merece ante todo, como las demás personas, no sólo la presunción de inocencia, sino un debido proceso, más allá de la constante lapidación pública que hacen desde su posición de poder estos activistas, a quienes a la larga les callarán con pauta. 

Es desde esa posición privilegiada, que les permite llegar a imberbes, desinformados, adoctrinados, resentidos y en algunos casos desprevenidos oyentes, que pretenden difundir la narrativa propia de esa combinación de todas las formas de lucha que promueve la izquierda, con el objetivo de reescribir la historia del país. 

Son capaces estos activistas de enfilar sus baterías para lograr, con nuestros impuestos, calar en un funcionario del cual saben, por sus antecedentes profesionales, que es de su misma calaña, y con ello despilfarrar más de 6.000 millones de pesos en un viaje humanitario a la China, para traer 13 connacionales y con ese sólo “esfuerzo humanitario” lograr dilapidar recursos en mayores cuantías de los que a veces ellos, lamentan se malgastan en el país. 

Promueven conscientemente el conflicto, el odio y el resentimiento, porque saben que dividir es la manera de conseguir mayor rating, siendo capaces de manipular no sólo la información sino trastocar hechos ciertos, llegando con ello al descaro de nivelar a un estadista como Álvaro Uribe Vélez, con un terrorista como Gustavo Petro Urrego. 

Al parecer, poco les gusta la institucionalidad ya que viven cuestionando el “uso legítimo de la fuerza por parte de estado”, mientras aplauden la realización de “pacíficas marchas” donde para ellos, los de los cocteles molotov “sí que son casos aislados”. 

Gran parte de los problemas existentes en el país son gracias a estos activistas que no admiten la diferencia en el pensar, que censuran, azuzan, acusan y luego ni rectifican, con lo que logran con creces ese objetivo de tener un país cada vez más polarizado. 

Hacen un uso particular del lenguaje donde con guantes de seda, llaman: disidencias, a los miembros de las FARC que siguieron delinquiendo, esto con el fin de borrar del panorama y del recuerdo a miles de victimas, de aquellos a quienes ofrecieron desde sus micrófonos y columnas escritas total impunidad. Eso sí, a los delincuentes y narcos de las llamadas bandas criminales emergentes – Bacrim, les siguen diciendo paramilitares. 

El periodismo en Colombia está secuestrado por un grupo de amigotes que, entre ellos, se cubren sus pecados. Amigotes que no solo se limitan al libre desarrollo de su propia personalidad con el uso recreacional de sustancias provenientes de aquella mata que mata (y por eso tanta matraca para la legalización) sino que han incluido y sin ningún tipo de sanción, el uso de menores de edad en publicaciones más pornográficas que sensuales. 

Hablan sin titubeos de aquellas historias ajenas que cuenta Netflix, pero no tuvieron problema alguno cuando hacían análisis de hojas de vida de jóvenes periodistas, que luego muy seguro entrevistaron al mejor estilo de Harvey Weinstein. 

Aprovechan la mente amnésica de un país para el que parece no hubo apagón en el 92, pero hoy sí merece darle todo el palo a Hidroituango y con ello de paso, obtener mayor pauta publicitaria de EPM. Olvidaron además la toma del Palacio de Justicia por parte de quienes hoy brindan el acceso a sus micrófonos, para reescribir conjuntamente la historia. 

Es por esa amnesia colectiva que algunos pueden ocultar que fueron maestros de ceremonias para pirámides como DMG, que sin declararse impedidos por los favores recibidos, recitaban que “Pacific es Colombia” y que paralelo al levantamiento de la restricción por parte de la Unión Europea de los dineros de las FARC, al sacarla de la lista de organizaciones terroristas, promovían sin sonrojarse el Bitcoin o la criptomoneda de Esperanza Gómez, como la mejor inversión. 

Estos dueños de la verdad absoluta que nadan en ríos de doble moral, no dan puntada sin dedal, ya que cuentan entre sus amistades de vieja data a narcotraficantes probos que les financiaron sus emprendimientos “periodísticos”. Tal vez por ello, existe ese doble rasero para con un expresidente que financió su elección de 1994 con dineros del narcotráfico, el mismo que junto con muchos de ellos firmó una misiva en 1993 para que “le hicieran un juicio justo” a uno de sus amigotes condenado a 30 años de prisión, por narcotráfico en Estados Unidos, quien a su vez es el hermano de un hoy Senador de la República, al que jamás le darán garrote por ser un estandarte de esa social bacanería que quieren imponer. 

Estos activistas, se han convertido en un grupo capaz de administrar justicia por cuenta propia, de linchar mediáticamente y de acabar con la reputación de aquellos que no les parece que vivimos en el segundo país más feliz del mundo y que gozamos del mejor “acuerdo de paz”. ¿Será que la libre expresión y el deber por informar los confundieron con la libertad de llevarse por delante a quien se les da la gana?.

¿Nos están matando?

La generación de desasosiego, desesperanza y de una desconfianza generalizada en las instituciones, hacen parte de aquellas estrategias que ha promovido en algunos países que históricamente han sido guardianes de la democracia y protectores del orden mundial, aquella agenda de la izquierda radical que contempla “todas las formas de lucha”. Estrategias con las que las pretenden acceder al poder. 

Saben ellos que, tal como ocurrió en Venezuela en 1998, son efectivas para lograr dicho objetivo.  Y es que antes del 6 de diciembre de 1998 fecha en la que se eligió a Chávez, se había generalizado que Venezuela era victima de la corrupción, la pobreza y la desigualdad; Chávez llegó al poder con la promesa de una promover un nuevo país para el cual regeneraría la política a través de tan deseada por muchos hoy: “justicia social”.

Es a través de la promoción del caos y de la inestabilidad, sobre lo que se apoyan aquellas narrativas donde las palabras, al igual que distintos términos y situaciones sesgadas, se acomodan perfectamente en las mentes de algunas personas que tal vez faltos de pensamiento crítico, terminan siendo parte de hordas de indignados por causas que, siendo loables en teoría, a la larga generarán dolor y sufrimiento.

Esta agenda se expande y se replica a nivel mundial, gracias en gran parte a las nuevas tecnologías, las redes sociales y a aquellos medios de comunicación que, en lugar de informar, se han convertido no solo en amplificadores de situaciones amañadas, sino en agencias de comunicación de quienes pretenden alinear a las masas, adoctrinando y estableciendo narrativas que se soportan en lo que se conoce como la era de la post-verdad: una época donde no importan los hechos, sino los sentimientos.

Lamentablemente esto ocurre con mucho éxito hoy en día en aquellas democracias como la colombiana y la chilena, las cuales si bien no han sido perfectas, han permitido incrementar con más aciertos que errores, la calidad de vida de la mayoría de sus ciudadanos en las últimas décadas; contrario al cuento que pregona la lucha de clases de: «que los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres”. 

En Colombia hoy en día vemos como están aplicando con cierto éxito modelos perversos asociados a la llamada “revolución molecular disipada”. Revolución que establece como objetivo principal afectar el flujo normal de lo que son las relaciones sociales, mediante el uso de la violencia. 

Inquieta como una cantidad de personas empiezan a hacer eco a una serie de «hechos» que afectan al “pueblo”, donde inventan o magnifican relativos abusos por parte del estado al que pertenecen, al que tildan y etiquetan hoy de asesino, sin siquiera sonrojarse. Es un sentimiento de indignación colectiva, el que termina generalizándose, haciendo creer que estamos en Colombia al borde del colapso y que la generación de los que creen que todo se merece, están siendo victimas de una dictadura, de un régimen. Lo anterior de la misma forma en que la manipulación comunicacional elevó durante el proceso de paz y con fines perversos, el conflicto con los narcos de las FARC, al estatus de “Guerra Civil”. Y pregunto: ¿vivíamos realmente una guerra civil? para nada! Convierten además hoy en día mártires a hampones, líderes a terroristas y faros de la moral pública a aquellos quienes desde la comodidad de sus privilegios, pretenden imponer un modelo que en definitiva divide, excluye y polariza. 

Las demandas sociales son totalmente legitimas, donde estado debe ser garante de los derechos de los ciudadanos, guardián de la ley y el orden, y mediante el uso legítimo de la fuerza (que es su obligación por mandato constitucional), proteger a quienes cumplan en voz baja sus deberes y que proclamen sin violencia y en voz alta, sus derechos.  

Reitero, jamás debemos ser complacientes ni “empáticos” con las injusticias y mucho menos con esos cuentos de una resistencia civil, que a la larga se torna violenta en fondo y forma, haciéndole con ello eco a lo que delincuentes y terroristas quieren exponer como una causa general: un sueño de ese “pueblo oprimido” que semánticamente acomodan con connotaciones lastimeras, para así cautivar incautos.

Debemos estar alertas con aquellos que pescan en rio revuelto, lanzando frases dramáticas con las que logran vincular a cuanto idiota útil hay por ahí. “Nos están matando” puede llegar a ser un atractivo titular para aquellos activistas del periodismo. Algo que además con alguna foto tomada desde una intención política, un video editado o un live en Instagram que hábilmente es narrado con técnica de storytelling, pueden replicarse de manera masiva obteniendo lo que al final quieren: desinformar. Ciertamente lo que se ve en las redes y en los medios, son tan solo instantes de una situación que en la mayoría de los casos está fuera de contexto.

Yo creo y sin desconocer el dolor que causa la perdida de una vida humana, lo que realmente les están matando a muchos habitantes de ese tal “pueblo” son las neuronas. Aprovechan los que quieren promover el caos en Colombia la falta de pensamiento crítico en aquellos que sienten mucho, pero que no analizan. Todos terminan a la larga siendo “mas sentidos que un bolero”. Ay, por aquel que cuestione con argumentos las imprecisiones que amplifican: porque los empáticos y tolerantes han demostrado que son mas peligrosos, que aquellos anarquistas que orgullosamente tienen como su principal fuente de conocimiento e inspiración.

Libertad y orden…

Colombia es un pais diverso y no sólo por su exuberante naturaleza: estamos llenos de contrastes, asi como de una particular formar de asumirnos como una nación.

Hemos sufrido históricamente de un incalculable numero de conflictos, todos estos de diversa índole,  incluso a sabiendas que estos iniciaron con mayor ahínco, en aquel momento en el que logramos liberarnos de quienes conquistaron y colonizaron «nuestras» tierras.

Adicionalmente a lo anterior, quienes han tenido la fortuna de dirigir nuestros destinos (para infortunio de muchos), lo han hecho en la mayoria de los casos (salvo contadas y valiosas excepciones), motivados por intereses particulares, casi siempre estos enriqueciéndoles, favoreciendo élites y promoviendo además un estado centralista que ha sido incapaz de promover desarrollo en la periferia.

Ayer 26 de septiembre, pese a los globos blancos, las serpentinas, el show friamente calculado (el paso de un avion supersónico por los cielos de la heróica), la inmensurable cantidad de pauta estatal y la cantidad de invitados ilustres (todos ellos tan pristinos para una foto, como para el festín que se darán con recursos públicos), no se acaba ninguna guerra, y no se firmó la paz. Es cierto!, estábamos ante un evento histórico, aunque para muchos, más por sus pasiones que por sus neuronas, ha sido este un momento: histérico y esperanzador.

La inmensa mayoría de politicos colombianos que están a favor del sí (por no decir todos), han sido bastante hábiles para manipular el mensaje: han hecho creer a muchos incautos que las FARC son una guerrilla, a otros les han logrado convencer que son ellos el “ejército del pueblo”, e incluir en el grupo de adeptos afines al sí, a los integrantes de aquellas minorías a las que hoy “sí” tienen en cuenta (minorias a las cuales la mayoría de los Colombianos han tratado como ciudadanos de tercera clase, directa o indirectamente, incluyéndo algunos representantes de ellas que han capitalizado discursos basados en el odio).

Esa habilidad de manipulación, imperceptible para muchos, es la que hoy hace que muchos de los llamados académicos, progesistas y defensores de la libre expresión, tengan al momento de entablar un debate, la tolerancia de Carlos Castaño!.

El pais claramente, y gracias a la manera en el que un gobierno derrochón ha manejado sus asuntos de la agenda llamada del “lo que a mi se me dé la gana”, se dejó polarizar; mucho más que aquellos fanáticos que son capaces de matar o hacerse matar por una pinche camiseta, en los momentos previos o posteriores a un clásico de fútbol.

Centran hoy el debate en descontextualizar, en comparar momentos aparentemente similares sin tener en consideración el contexto histórico de los mismos, en lastimar, en hacernos los pendejos ante los problemas reales del país (siendo el importaculismo uno de los mas grandes), en dignificar terroristas, en claudicar por el cansancio (que supuestamente jóvenes entre 18 y 24 años llevan a cuestas), en olvidar que las instituciones se deben respetar y que las mismas deben respetarnos; en pasarnos por la galleta lo obvio y sucumbir ante la falta de argumentos…centran un debate en vencedores y vencidos.

Yo la verdad no estoy de acuerdo con el documento suscrito entre un gobierno Colombiano tan legítimo como los votos del ñoño Elías, y un grupo de bandidos que, en contubernio con un laxo grupo de negociadores, estuvieron de vacaciones por varios años en Cuba, estresados por cuenta de un sinnumero de mojitos, lujos, conciertos y jineteras.

¿Paz?…¿acaso estábamos en guerra?…¿cuáles eran los dos bandos involucrados?. Oh, como se cede por cuestiones mediáticas y propaganda de un gobierno que ha claudicó ante un grupo narcoterrorista.

Hablemos de temas tan sencillos como que en el famoso acuerdo (infame por demás), solamente mencionan una vez la palabra secuestro, y sólo para decir que es conexo a la actividad «política» de un grupo de bandidos,  que de guerrilla hace rato no tienen nada.

Ah, pero contemos cuantas veces mencionan la palabra secuestrado, ¿cuántas?: ninguna. Pero los esperanzados y amantes de una paz (así sea esta tan cierta como lo que tenía de Hindú del embajador de la India), dirán que mencionan las «víctimas» muchísimas veces..ah, pero verdad que a la larga ellos, los bandidos narcotraficantes y terroristas de las FARC también son, pobrecitos ellos, víctimas.

Tenemos en estos momentos dos maneras de ver la situación, independientemente a como se vote en definitiva el plebiscito de ese acuerdo mentiroso; la primera es en la que estamos chapaleando en un río para no ahogarnos, y de un momento a otro, nos tiran un ladrillo para hundirnos…la segunda es que tenemos el firme propósito de construir un país donde tenemos que caber TODOS, y ese ladrillo que nos lanzan lo usaremos para edificar una nación que, ante el terrorismo y ante las mafias que lo han manejado,  NO sucumbe.

A la larga, el acuerdo permitirá que no solamente las FARC se pasen por la galleta cualquier tipo de sanción por parte de una sociedad que los padeció, sino además aquellos delincuentes quienes a muchos nos han causado indignación profunda (jefes paramilitares y agentes corruptos del estado), puedan también acceder a beneficios en nombre de esa paz.

Para finalizar,  ¿se repararán las victimas?…¿con qué?, ¿cómo?; ¿ya regresaron los niños y el resto de secuestrados?…¿si?, ¿cuándo?.

Colombia, el platanal donde la libertad y el orden sólo brillan en un escudo.

Historia de una decepción

A Federico Restrepo lo pude conocer personalmente por primera vez, a finales de 2011 en el Café de los Andes ubicado en Plaza Mayor. Ese día él estaba con Alonso Salazar, a quien las elecciones de unos días atrás lo habían favorecido con el cargo más importante (en el sector publico), que tiene mi adorada Medellin: Alcalde de la ciudad.

A Federico lo volví a ver unas cuantas veces más durante el cuatrienio 2008-2011, donde en temas tan espinosos como el de Hidroituango (proyecto que desempolvó Luis Alfredo Ramos B. para bien del Departamento de Antioquia), ejerciendo él como Gerente de las Empresas Públicas de Medellín – EEPPM, quiso ser el palo en la rueda para los intereses del Departamento de Antioquia, tal vez por el rol mismo que ostentaba, donde quería a toda costa que el interés General, fuese particularmente mayor para la empresa que él lideraba.

Luego compartimos en otros escenarios, uno de ellos la Junta Directiva de Hidroituango, donde recuerdo particularmente una anécdota, la cual hoy puedo comprender vaticinó de cierta manera la esencia de lo que es él como persona.

Recuerdo como al finalizar una sesión de una Junta de Hidroituango en las instalaciones del IDEA (Instituto del cual yo Presidía su Junta Directiva), le dije, a sabiendas que a los dos nos une la afición por el ciclismo, que si podía ayudarme a conseguir un uniforme del equipo de ciclismo de EEPPM, a lo que él respondió, que con mucho gusto, que contara con él.

El tiempo pasó y el uniforme prometido por ningún lado aparecía; paralelo a ello Hidroituango consiguió su propia sede en la llamada milla de oro de El Poblado, y después de unos meses de tener sesiones de Junta Directiva allí, estábamos en una de ellas hablando de un tema en particular, donde Federico y el Ingeniero Jesús Aristizabal como representantes de EEPPM se comprometían con algo a futuro, algo sobre lo cual, teníamos desde nuestra posición ciertas dudas, ante las cuales ellos mantenían férreamente su posición y de paso con cierta arrogancia, ante la cual yo repliqué: “Doctor Federico, los percibo muy seguros…pero que no vaya a pasar como con el uniforme de EEPPM”.

Es cierto, tengo una manera particular de llevar a las personas a límites inimaginables y esta situación en particular fue una de ellas; una vez pronunciado mi comentario, Federico se puso más serio de lo habitual, se paró de su puesto y salió afuera a hacer una llamada: los otros miembros no comprendían, ni mi comentario, y mucho menos su reacción.

La sesión continuó, y cuando estaba casi por terminar, Federico revisó su teléfono móvil e intempestivamente y sin mediar palabra salió por un momento; cuando regresó, me entregó el uniforme.

De dicha situación pude concluir que él es una persona de esas a quienes les gusta aparentar ante los demás, más aún si se es expuesto a una situación donde su nombre puede ser objeto de algún cuestionamiento; pero además que también es alguien que (sin importar si es bueno o no gerencialmente), no tiene la claridad de decir y hacer lo que realmente quisiera hacer (tal vez en esencia, su promesa del uniforme, era sólo para quedar bien conmigo, y como todo buen político, a la larga incumplir).

Es cierto que en un principio él era el candidato de mi preferencia, y eso sin importar que ya le había incumplido a su compañero de firmas, o que me haya dicho una mentirijilla (al mejor y solapado estilo de Ned Flanders) cuando le pregunté a través de whatssap acerca de la veracidad de una noticia que había salido en Minuto30 en relación con el desmonte de sus vallas por orden del Consejo Nacional Electoral, a lo que él me respondió, a sabiendas que el tema era verdad: “eso es pura propaganda negra”. A la larga le copié un tweet de Juan Pablo Barrientos, donde confirmaba dicha noticia y él tal vez comprendió que yo no era un perrito de taxi fácil de ‘tramar’.

Hoy la verdad y desde hace un par de semanas recapacité de dicha voluntaria decisión (no estaba pidiendo NADA a cambio), al saber que la decencia que pregona él en su campaña es tan sólo parte de un personaje creado para ganar las elecciones , y que su pulcritud es tan cierta como lo que soporta aquel slogan de “la más educada”, slogan que fusilan cual payaso con megáfono promocionando un corrientazo bogotano desde la Gobernación, pero claro está que usando cientos de miles de millones de pesos del erario público: comprando conciencias, pagando lentejas , contratando medios, fletando columnistas y favoreciendo académicos de tres pesos que han gozado de contratos que les brinda la secta Fajardista en el poder.

Además, se la pasa más preocupado en difamar a los demás al mejor estilo del «Libro Blanco», sin mirarse a sí mismo: dice que Luis Pérez es el candidato de Santos para buscar esos votos de Uribistas incautos, pero lo que no aclara es que él fue uno de los contratistas más queridos del Gobierno Nacional y que nunca fue, tal vez porque a él le gusta más ser uno de esos «caballeros de industria por prestación de servicios», funcionario público de la administración de Sergio Fajardo, al menos durante 2013 y 2014.

Estamos cerca de las elecciones, y algo tengo totalmente claro: no creo en Federico, y no por un capricho personal, sino por percepciones que él mismo en estos días de campaña me ha confirmado, donde es claro que no solo se la pasan cruzando esa “delgada línea” haciendo política con recursos públicos, sino que son capaces de aliarse con lo peorcito de la política regional con tal de no perder ese poder que por 12 años han ostentado, para su propio beneficio y de todos aquellos que hacen parte de esa secta de aparentes “buenas costumbres” y de aquellos quienes además les apuestan con sus “donaciones” a sus campañas.

No votar por él no me hará indecente y mucho menos corrupto (como le quieren hacer creer a los Antioqueños) y mucho menos hará que la Gobernación se acabe: la misma tiene un impulso de varios años atrás, y cambiar lo que se ha construido por las anteriores administraciones (resaltando que muchos de los programas por no decir que la mayoría con los que alardea Fajardo, vienen de antes), es como pretender que un trasatlántico haga un giro en U en menos de 100 metros.

Para finalizar, para él y a sus fieles escuderos Santi Londoño y Juan Carlos Sánchez (a quienes Ricardo Smith como Jefe de Campaña les ha asignado remuneraciones mensuales bastante suculentas, es decir les pagan), les puedo dar no solo sopa y seco en gestión publica y en un manejo íntegro sin favorecimientos a terceros, sino en algo de lo que tanto pregonan y que tanto les hace falta: decencia y dignidad.

Porque sin lugar a dudas, esto tiene que seguir.

Independientemente a toda la varilla que le doy al Gobierno Departamental, creería que el único problema de fondo que tengo con el actual Gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo Valderrama (por quien voté en 2011), es por cuenta de haberme incluido de manera infame en un libro tan mala leche como lo fue el tan promocionado «Libro Blanco» (por cuanto no sólo había entregado a total satisfacción la Secretaría que estuvo a mi cargo, sino que además de la exoneración de cualquier responsabilidad por parte de la Contraloría General de Antioquia, en estos ya 44 meses de gestión de la autoproclamada «la más educada» y  en materia de Productividad y Competitvidad, siguieron con lo que les mostramos y dejamos andando (exceptuando claro está de los paseos de chancla y de los contratos multimillonarios a dedo con instituciones con las que se quiso quedar bien, y a las que luego les han quitado responsabilidades).

Ahora bien, y considerando que se acerca una contienda electoral donde estará en juego no sólo el máximo cargo del Departamento, sino además la elección de Alcaldes para cada uno de sus 125 municipios, así como la conformación de la DUMA y los diferentes concejos municipales, quiero decir que pese a todas las circunstancias el candidato de mi predilección para suceder al actual Gobernador, es aquel que ha sido ungido por él (de manera tácita porque supuestamente no le es permitida la participación en política), el Ingeniero Federico Restrepo Posada.

Yo contrario a quienes acompañan a Federico en esta empresa, no me voy a quedar patinando en hablar mal de su más enconado rival en esta contienda que se avecina, porque la verdad, a mi no me consta nada para decir, sin que me pase lo que a Hector Abad Faciolince, que su principal rival es un corrupto.

Tal vez puedo decir de aquel para muchos «Innombrable», que fue como Alcalde un «de buenas» al pegarse ese paseíto al parque eólico de EEPPM en compañía de algunos de sus funcionarios a la Guajira (uno es hoy incluso Secretarío de despacho del buen Aníbal; sí, el mismo de la malograda alianza AMA) y eso sí, bien acompañado de unas «compañeras» que alguna vez tuve en EAFIT (todas ellas parte de ese aspiracional que muchos tuvimos como estudiantes universitarios, al querer tener algún tipo de contacto con aquellas esbeltas figuras que parecían extractadas de afiches tipo Pilsen), pero que por obvias razones (al no tener entre otras cosas un avión privado), nos tocó siempre verlas como ese imposible, únicamente permitido para aquellos que ostentan poder (politico o económico). Ya ustedes juzgaran si irse a la guajira con unos amigotes en compañía de tres «ambiciosas y bellas» muchachitas, con dineros públicos es bueno o malo.

Tampoco voy a creerme el cuento que hago parte de una estirpe «única» e «irrepetible», conocedora de la verdad absoluta, tan absoluta como cualquier respuesta a los retos matemáticos con los que llenan el timeline de la cuenta de twitter de la Gobernación.

Bueno, retomando lo que motiva esta entrada, puedo afirmar que Federico es mi candidato, y las razones son tan simples como aquella frase para muchos lapidaria, pero para mi bastante interesante en el contexto actual de la política nacional: «es para mí tan mal politico de campaña, como un buen gerente».

De Federico puedo decir que comparto ese carácter que a veces hace creer que es duro con las personas, pero que a la larga permite que las cosas se hagan como deben hacerse: bien.

Comparto además la pasión por muchas cosas, entre ellas la música y el ciclismo, y qué, tal vez esa última pasión que describo, es la que me permite describirlo como un trabajador incansable, una persona que trabaja en equipo y un profesional que está orientado al logro, manejando eficiencias, porque sabe que el objetivo de largo plazo es ganar la carrera y no sólo figurar en las etapas.

De Federico me gusta que tiene ese manejo gerencial, tan esquivo para muchos funcionarios públicos y bastante escaso en la mayoría de los politicos que aspiran a montarse a cargos de elección popular.

En cuanto a su programa de gobierno, la verdad si bien no dice nada nuevo (porque es claro que propone continuidad), opino a grandes rasgos lo siguiente:

  • En relación con la estrategia de parques educativos del Departamento, los cuales digamos (basado en la respuesta a un derecho de petición que me respondieron el año pasado), son aquellas Ciudadelas Educativas que empezó el buen Anibal, que continuó Luis Alfredo, pero que extendidos estos a 80 municipios adicionales,  a la larga serán determinantes para promover un desarrollo en la periferia del departamento, siempre y cuando puedan complementarse con actividades que vayan más allá de ganarse aquellos consabidos premios de arquitectura y reconocimientos internacionales que tanto le gustan a la «egoteca» del actual Gobernador. Así mismo, deben implementarse programas de alto impacto para aquellas poblaciones vulnerables, empezando por los mismos estudiantes, donde se debe combatir el ocio y el hambre, con actividades lúdicas en jornadas extendidas, así como con la mejora de aquellos programas de seguridad alimentaria), será fundamental, porque como decía Luis Alfredo: «el hambre no tiene vacaciones».
  • El tema de infraestructura  vial es ambicioso, pero es de totalmente sensato, ya que contrario a pensar como el otro candidato en «licitaciones» eternas para la pavimentación de 1.500 kilómetros de la red de vías terciarias (y tal vez el pago de favores), la idea es trabajar para lograr la rehabilitación y total transitabilidad de dicha red, lo que sin lugar permitirá la inclusión y mejora de la calidad de vida de muchos Antioqueños y Antioqueñas que hoy están sin poder ser visitados para cualquier tipo de intervención social o económica, por parte del estado o del mismo mercado.
  • Creo que es fundamental que en materia de seguridad mejorar lo que se viene haciendo, entre otras cosas, porque creo que además de la exagerada contratación de personal a través de convenios (con instituciones respetables y con objetivos aparentemente loables), esto se convierte en el montaje una estructura paralela a la misma Secretaría en programas que, si bien pueden ser tan  bien intencionados como contratar una «piñata en bosque chispazos», son esfuerzos tibios para un departamento que claramente presenta retrocesos en materia de seguridad al querer mostrarse exitoso en convivencia y prevención.
  • En materia de salud, es prioritario garantizar la supervivencia y sostenibilidad de SAVIA; no puede darse el lujo el departamento de que esto fracase, por la falta de gestión con el estado central. Así mismo es importante aunar mayores esfuerzos en materia de prevención, lo anterior de manera articulada con otras entidades del orden departamental.

Creo que es totalmente entendible que el programa de Gobierno no sea tan extenso y detallado por parte del candidato (por lo anteriormente mencionado al querer sustentar su propuesta en el continuismo), pero, contrario a lo que seguro piensan todas aquellas personas que le apoyan por esperar una coloca (muchos ahora adhiriéndose con una sonrisa tan empalagosa, como aquella muy catalana de quien rajó de Montecristo), pienso que será fundamental que el plan de desarrollo tenga los ajustes a lugar, para que lo que se espera del departamento en esa recordada visión al 2020, sea una realidad.

Independientemente a toda la varilla que me puedan dar algunos de mis amigos, creo que Federico puede significar una oportunidad para construir con respeto, pese a las diferencias que actualmente tienen con algunos integrantes de los distintos partidos o movimientos (partidos unos y estáticos otros, por la propagación de un odio y de una polarización absurda).

Para finalizar es claro que «esto», mucho de lo cual se lo han apropiado cambiándole el nombre (y de paso gastando cifras absurdamente altas en publicidad)…tiene que seguir.

2 años de infamia…casi 18 de admiración.

Recuerdo claramente ese diciembre de 1997, un mes en el que cambió mi destino…

Lo recuerdo no sólo por ser el mes en el que obtuve mi título como Administrador de Empresas de Eafit, sino además, y por sugerencia de una amiga con la que trabajaba en EEPPM, conocí a Luis Alfredo Ramos Botero.

Fui a encontrarme con él (sin conocerlo personalmente y sin ningún tipo de palanca o conocido «político»), en aquella modesta oficina que le habían acondicionado, en las premisas de una central telefónica por la avenida Nutibara.

En mi mente tenía la imagen que cualquier persona puede tener de un político, con el agravante que durante su alcaldía a quien me patrocinaba como deportista (Llantas Gigantes Pirelli) y al esposo de una prima mía (Ron de Vinola), les habían al parecer afectado sus negocios (al no otorgarles unos permisos para la operación y/o expansión de los mismos).

Recuerdo que llegué a dicha reunión y él, en una cordialidad natural y sin hacerme esperar me invitó a seguir a su oficina, ofreciéndome de paso un café e instándome a que le contara mis razones para querer hablar con él.

La reunión transcurrió de una manera bastante ágil, muy ejecutiva y donde pude decirle sin ningún tipo de misterio que sabía que él estaba liderando un proyecto para establecer una compañía de telecomunicaciones y que yo, pese a tener de alguna manera ya lista una opción laboral en Bogotá y unos planes para adelantar una especialización en finanzas en los Andes, encontraba del mayor interés ese naciente proyecto ya que con mis conocimientos en distintas áreas administrativas, así como en régimen cambiario y moneda extranjera podía apoyarlos.

Al finalizar la reunión me dijo que por supuesto contará con él, y que en enero habláramos para firmar un contrato por prestación de servicios mientras se organizaba la parte legal de la nueva compañía, de la cual, me compartió un acta histórica suscrita en la finca del entonces Presidente de el grupo santo domingo, en donde habían logrado un acuerdo de voluntades para conformarla entre tres entidades que hasta ese momento, estaban yendo por caminos independientes: EEPPM, OLCSAL y el grupo Santo Domingo; «doctor Maximiliano nos vemos entonces en enero, lo espero por aquí» fueron sus palabras.

En enero conforme a lo acordado nos vimos, y él tal vez ya sabía que otros rumbos le esperaban lejos de esa compañía que había logrado proyectar y concretar (por cuestiones políticas que aún casi 20 años después, me resisto entender).

Firmamos el contrato y me dijo que me deseaba lo mejor, que él tenía unos proyectos en mente, pero que de seguro a mi me iba a ir bien con lo que definieran lo accionistas.

Durante ese año él viajó a los Estados Unidos, mientras yo inicié una carrera profesional en una empresa que hoy ya no existe y de la cual pude comprender que (y pese a su indiscutible éxito), era el bastión de muchos políticos para pagar favores, empezando por el «caballero de industria» que montaron los Valencia Cossio y que fungió como su Presidente hasta que la vendieron de manera sobrevalorada a EEPPM, y quien siempre omitió al contar la historia de la misma, (por obvias razones y como hoy algunos lo hacen con Hidroituango), que de no ser por Luis Alfredo Ramos Botero esa empresa, Orbitel, no habría existido.

Unos años después tuve la fortuna de entablar amistad con Esteban su hijo menor y volví a reencontrarme con él; comprobé que seguía siendo el gerente visionario con quien unos años atrás me reuní, donde además, y al poder interactuar más cercanamente, me permitió conocer a ese hombre de familia, de principios inquebrantables, decente y a quien, como pocas personas que he conocido (se cuentan con los dedos de las manos), admiro de manera sincera.

Hoy se cumplen dos años de una detención injusta, con tintes claramente políticos y donde a Luis Alfredo lo han confinado a una reclusión que va en contra cualquier tipo de lógica… ¿peligro para la sociedad?.

A él lo han querido doblegar en estos dos años, pero él se ha mantenido firme a sus principios, porque él sí que los tiene.

Hoy cuando se celebran dos años de infamia, yo en la distancia recuerdo que ya van a ser 18 de admiración, donde lo recuerdo como una persona a la que le tengo gratitud infinita, ya que pudo sacar lo mejor de mi como profesional, permitiéndome ser quien soy.

Para él en la distancia todas mis oraciones, donde es claro que extraño compartir con él aquellas tardes llenas de anécdotas, todas enriquecedoras, llenas de un conocimiento que pocos en Colombia han tenido el privilegio de escuchar y las cuales en ninguna universidad me hubiesen podido enseñar.

A Luis Alfredo, a su familia y a todos sus amigos y amigas, fortaleza para que podamos superar esta situación de la mejor manera posible, con dignidad y confiados en que después de esta oscura noche, el sol siempre brillará para todos.