Colombia, a las puertas de un milagro

Reflexiones sobre economía, instituciones y cultura para hacerlo posible

«Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará».

Proverbios 24:3

Resumen ejecutivo

El potencial de Colombia es conocido; mucho menos claro es por qué tantas oportunidades siguen sin traducirse en productividad, prosperidad sostenible y confianza. Este ensayo examina tres responsabilidades entrelazadas: elegir mejor qué producir y cómo competir; construir una administración pública que transforme el conocimiento disponible en resultados; y recuperar una cultura de la legalidad en la cual ciudadanos, empresas y Estado asuman sus deberes. Examino el papel de las economías ilícitas, la seguridad cotidiana, la energía, el patrimonio intergeneracional y el ahorro pensional. «Libertad y Orden» aparece aquí como una exigencia práctica, no como una consigna. Concluyo con cinco propuestas que deben someterse a evaluación técnica, jurídica y fiscal. El título expresa una aspiración, no una predicción.

1. El problema no es la falta de oportunidades

Desde mis años de estudiante de Administración de Negocios hay una pregunta que me persigue. En las aulas escuchábamos hablar de los tigres asiáticos, de mercados inmensos que Colombia tenía a su alcance y de aquel ejemplo repetido hasta el cansancio: bastaría venderle una taza de café a cada chino para cambiar nuestra suerte. Era una forma vistosa de mostrar el potencial de un mercado, pero no un plan de negocios. Entre una oportunidad imaginada y una empresa capaz de aprovecharla hay inversión, productividad, logística, conocimiento y decisiones. Han pasado décadas y seguimos encontrando nuevas maneras de anunciar lo que podríamos llegar a ser.

No desconozco los avances de Colombia. Mi inquietud es otra: ¿por qué hablamos tanto de nuestro extraordinario potencial y conseguimos convertir tan poco de él en mejoras duraderas del ingreso, el empleo y la capacidad de competir? ¿En qué momento confundimos una presentación convincente con una transformación real?

Los llamados milagros económicos reciben ese nombre cuando ya ocurrieron. Antes hubo inversión, trabajo, instituciones, decisiones difíciles y años de continuidad. No sabemos si Colombia está a las puertas de un milagro; sí podemos preguntarnos qué acciones lo acercarían y cuáles lo seguirían aplazando. Este texto no pretende ofrecer una fórmula universal. Es una reflexión personal que pone sobre la mesa problemas concretos y decisiones susceptibles de prueba.

Se suele invocar la geografía como explicación casi suficiente de nuestros costos. Las montañas y las distancias importan, pero no reemplazan el examen de nuestros rezagos en infraestructura, conectividad y capacidad de ejecución. La pérdida de protagonismo del ferrocarril frente al transporte por carreteras, o la prolongada dificultad para modernizar la movilidad urbana, merecen un análisis de decisiones, incentivos y resultados. Los sistemas de transporte masivo también muestran que una decisión pública puede romper rutinas arraigadas; eso no significa que toda reforma resulte exitosa o que sus costos puedan ignorarse.

Una dificultad natural no es una autorización para resignarse. Y una historia de intereses privados que pudieron favorecer determinadas soluciones exige investigación, no acusaciones automáticas. Lo que sí podemos reclamar es que la infraestructura se planee como un sistema y que el interés público sea visible en la comparación de alternativas.

Me interesa examinar cómo las restricciones productivas, institucionales y culturales limitan la conversión de oportunidades en prosperidad sostenida, y qué decisiones podrían modificar esa trayectoria. La tesis es sencilla: los recursos naturales, el talento y las ventajas de localización no bastan si el Estado no ejecuta, las empresas no construyen capacidades y los ciudadanos no respetamos reglas comunes. No quiero redactar un Plan Nacional de Desarrollo. Quiero aportar, con independencia intelectual, a un debate que no debería empezar ni terminar con cada gobierno.

2. Del diagnóstico a la ejecución: la promesa de transformar la producción

No estamos descubriendo ahora el problema de la competitividad. El CONPES 3527 de 2008 incluyó, entre sus planes de acción, el desarrollo de sectores de clase mundial, la productividad, la logística y la infraestructura. El Programa de Transformación Productiva tradujo parte de ese impulso en apuestas sectoriales. No era un propósito absurdo: buscar empresas más productivas, encadenamientos y exportaciones duraderas. La pregunta es qué se consiguió, a qué costo y qué aprendimos de aquello que no funcionó (DNP, 2008).

Tampoco sería correcto decir que jamás hubo evaluaciones. En 2013 se efectuó para el DNP una evaluación de resultados del Programa de Transformación Productiva sobre cinco sectores y su etapa inicial, comprendida entre 2008 y 2011. El CONPES 3866 de 2016 recogió recomendaciones de aquel ejercicio sobre articulación institucional, selección de apuestas productivas y seguimiento. Una evaluación de resultados no basta, por sí sola, para atribuir efectos causales sobre la productividad nacional. Antes de convocar otra misión de expertos convendría comprobar cuáles recomendaciones se aplicaron, cuáles no y por qué (DNP, 2016).

El FMI ha documentado que la diversificación exportadora avanzó durante varias décadas y retrocedió en parte después del auge de materias primas posterior a 2008; también ha identificado estancamiento de la productividad y dificultades de asignación entre empresas. Son hallazgos estructurales, no pruebas de que un programa específico haya causado el resultado. Importa distinguir aquello que las políticas pueden cambiar de lo que depende de precios externos, capacidades empresariales y choques internacionales (FMI, 2024a, 2024b).

Pero tengo otra preocupación. Parecemos un país sobrediagnosticado: estudios, comisiones, congresos, conversatorios, expertos extranjeros y documentos de recomendaciones que anuncian, una y otra vez, desafíos ya conocidos. El conocimiento tiene valor; el problema aparece cuando su producción se convierte en sustituto de la ejecución. Una política no debería juzgarse por el número de eventos realizados, asistentes convocados o empresas inscritas, sino por su contribución verificable a inversión, productividad, empleo formal, valor agregado y exportaciones persistentes.

Esto obliga a mirar también a las cámaras de comercio, los gremios y las organizaciones que articulan intereses públicos y privados. Su conocimiento sectorial puede ser indispensable. Precisamente por eso deben hacer explícitos sus conflictos de interés, la representatividad de sus propuestas y los resultados obtenidos cuando administran recursos o influyen sobre prioridades públicas. No afirmo que toda participación privada sea captura; sí que ningún actor debe quedar exento de demostrar qué valor público aporta.

Las alianzas público-privadas y las obras por impuestos pueden resolver restricciones de financiación o gestión. No deberían convertirse en mecanismos para eludir competencia, transparencia o controles. En las APP, la Ley 1508 de 2012 contempla asignación de riesgos y estándares de servicio; hace falta examinar si las ventajas prometidas terminan reflejadas en proyectos disponibles y sostenibles, no solamente en contratos celebrados (Congreso de Colombia, 2012).

El Estado no se moderniza delegando permanentemente a un intermediario la tarea que sus propias entidades deberían cumplir. Interoperabilidad, trámites sencillos, compras públicas transparentes, datos abiertos, seguimiento digital de proyectos y veeduría ciudadana efectiva son instrumentos para reducir arbitrariedad y mejorar ejecución. La tecnología no sustituye decisiones ni controles; puede hacer más visibles sus responsables, plazos y resultados. Esa sería una mejor razón para convocar otro encuentro: discutir los avances medidos desde el anterior.

En el mundo empresarial tampoco debemos confundir etiquetas con transformación. Exportar servicios mediante internet no demuestra, por sí solo, sofisticación tecnológica: son diferentes los empleos que genera un centro de contacto y las capacidades que produce una firma que desarrolla software propio. Ambos pueden ser legítimos y valiosos, pero requieren indicadores distintos sobre productividad, salarios, propiedad intelectual y valor agregado local (DANE, 2026a).

La gran pregunta, después de casi dos décadas de apuestas sectoriales, no es cuántas veces hemos anunciado sectores de clase mundial. Es qué capacidades productivas quedan hoy, cómo sabemos que perduran, cuánto costaron y qué decisiones estamos dispuestos a cambiar a partir de esa evidencia.

3. Competir por valor, no por precio: el desafío de la ilegalidad

Competir no significa fabricar todo lo que importamos. El proteccionismo indiscriminado puede terminar encareciendo insumos y protegiendo productores ineficientes; de ello no se sigue que toda política de desarrollo productivo sea inútil. Incluso la CEPAL contemporánea insiste en diversificar exportaciones, desarrollar talento y promover servicios modernos. La tarea es descubrir y fortalecer aquello que podemos producir con productividad, calidad y diferenciación, y conectarlo con compradores internacionales (CEPAL, 2026).

Las cifras externas ayudan, siempre que sepamos leerlas. En 2025 la cuenta corriente registró un déficit de US$10.883 millones, 2,4 % del PIB. Entre enero y junio de 2026 sumó US$5.981 millones, 2,3 % del PIB semestral. Un déficit no demuestra por sí mismo pérdida de competitividad: puede financiar inversión. Importan las importaciones que lo acompañan, su financiación y la capacidad futura de generar ingresos externos (Banco de la República, 2026a, 2026b).

En la balanza de pagos, las exportaciones de bienes de 2025 aumentaron apenas 0,8 % en valor y las importaciones 10,1 %. El caso del café ilustra por qué hay que separar precios y cantidades: el Banco de la República atribuyó el incremento de ventas en buena parte a un alza del precio implícito de 52,0 %, junto con una expansión del volumen de 13,3 %. Son mejoras valiosas, pero no equivalen automáticamente a un salto de productividad (Banco de la República, 2026a).

Por eso, un balance serio debe medir valor agregado local, diversificación de productos y destinos, permanencia de exportadores, productividad por trabajador y calidad de los servicios vendidos afuera. El mercado turístico también requiere algo más que una moneda barata: conectividad, seguridad, calidad, reputación y capacidad de atender bien a quien nos visita. El tipo de cambio influye, pero no sustituye esas ventajas.

La competencia se vuelve especialmente desigual cuando una empresa formal debe respetar impuestos, normas laborales, trazabilidad y controles, mientras su rival puede financiarse con evasión, contrabando o rentas criminales. No todo negocio informal es delictivo ni toda mercancía de bajo precio es contrabando. Justamente por eso convienen controles inteligentes, protección del competidor cumplido y procesos que discriminen entre necesidad de formalización y criminalidad deliberada.

El informe UNODC/SIMCI publicado en junio de 2026 registró 261.386 hectáreas de coca en 2024, frente a 252.572 en 2023 y 142.784 en 2020. Eso representa aproximadamente 3,5 % de aumento anual y 83 % frente a 2020. La serie mide superficie detectada, no ingresos ni flujos de divisas; el propio informe no ofrece una estimación de producción potencial de cocaína para 2024 porque su metodología estaba en revisión (UNODC, 2026).

La dimensión económica merece examinarse sin esconderse detrás de eufemismos. Una investigación difundida por Valor Público de EAFIT, estimó ingresos para organizaciones vinculadas a la economía colombiana de la cocaína por alrededor de US$16.500 millones en 2024. La cifra supera el valor de las exportaciones petroleras de ese año y equivale, como comparación de magnitudes, a cerca de 4,4 % del PIB. Pero no significa que la cocaína aporte contablemente ese porcentaje al PIB, que todo sea ganancia neta o que ese monto haya ingresado al mercado cambiario colombiano (Universidad EAFIT, 2026a).

En otra investigación, Valor Público calculó una economía del oro ilegal cercana a US$3.500 millones anuales y estimó, con base en su metodología, que una elevada proporción de las exportaciones formalmente legales de oro podría tener origen ilícito blanqueado. Su estimación de 72 % es una hipótesis cuantitativa académica, no una constatación aduanera operación por operación. Exige verificar cadenas de comercialización y no debe confundirse con los mapas de áreas de minería sin autorización (Universidad EAFIT, 2026b).

Hay una pregunta macroeconómica incómoda: ¿en qué medida la repatriación y el lavado de recursos ilícitos modifican mercados de vivienda, tierra, servicios y, eventualmente, la tasa de cambio real? Existen mecanismos plausibles, pero no contamos aquí con una estimación causal que permita atribuirles una apreciación específica del peso. Sería irresponsable presentar como probado lo que todavía requiere información sobre flujos, destinos, precios y sustitución de inversión.

Lo visible en algunos territorios puede ser una suerte de oasis de gasto y precios altos, confundido con una bonanza general que no se apoya en productividad sostenible. También allí la educación financiera importa: una circulación intensa de dinero no equivale a riqueza durable. Administrar el problema exige combatir redes de lavado, extorsión y contrabando, reconstruir oportunidades lícitas y proteger al empresario que cumple. Y exige seguridad para lo cotidiano: abrir un local, transportar mercancías, caminar sin miedo o recibir un turista. Esa también es política económica.

4. Libertad y Orden: cultura cívica y condiciones del desarrollo

La responsabilidad ciudadana no es un asunto menor ni un adorno moral del desarrollo. Se expresa en lo que hacemos cuando no nos están mirando: respetar el paradero, no arrojar basura a la calle, cuidar un parque, facturar lo que corresponde o cumplir una obligación sin pedir una excepción. En Medellín existieron tradiciones de civismo y sentido de pertenencia que merecen conservarse. No sostengo que antes todo fuera ejemplar; sostengo que abandonar las buenas costumbres no constituye progreso.

La ciudad pertenece a quienes la habitan y trabajan por ella, hayan nacido allí o llegado después. Precisamente por eso las reglas de convivencia deben valer para todos. La educación ciudadana no es un juicio sobre el lugar de procedencia de nadie; es el aprendizaje compartido de cómo vivir en una comunidad que merece respeto.

Nuestro escudo dice «Libertad y Orden», lema reconocido por la Ley 12 de 1984. La libertad hace posible emprender, disentir, viajar, crear y elegir un proyecto de vida. El orden, en una democracia, consiste en normas conocidas y aplicadas con imparcialidad, no en obediencia ciega ni en poder sin controles. Sin orden, la libertad suele quedar reservada al que más puede imponerse; sin libertad, el orden deja de ser legítimo (Congreso de Colombia, 1984).

Nos hemos vuelto expertos en reclamar derechos, pero demasiado indulgentes a la hora de cumplir nuestros deberes. Hay una frase extraordinaria, adoptada como lema por el Colegio José Max León de Bogotá, que, a mi juicio, debería convertirse en una verdadera lección de ciudadanía: «Cumple en silencio tus deberes y reclama en voz alta tus derechos» (Colegio José Max León, 2025). Su enseñanza va incluso más allá de la iniciativa personal que defendía Elbert Hubbard (1899/2005) en Un mensaje a García: no basta con tener iniciativa para cumplir una tarea; también hay que asumir nuestras responsabilidades, sin excusas y sin esperar reconocimientos por hacer lo que nos corresponde. En una sociedad que parece haber perdido el rumbo, donde tantas veces esperamos que el Estado resuelva incluso aquello que depende de nosotros mismos, recuperar ese principio sería un buen comienzo. No se trata de renunciar a nuestros derechos, sino de comprender que una sociedad difícilmente puede prosperar cuando todos estamos dispuestos a exigirlos, pero cada vez menos a cumplir nuestros deberes.

No considero retrógrado reivindicar el mérito, la disciplina, la responsabilidad individual y el cuidado de lo público. La crítica a discursos que parecen disculpar cualquier incumplimiento no implica desconocer desigualdades, prevención o garantías: entender las causas de un delito no elimina la responsabilidad de quien lo comete. Tampoco podemos pedir al Estado que resuelva con un decreto todas las decisiones de la vida de las personas. Su tarea es ofrecer seguridad, reglas, servicios y oportunidades; la agencia personal no se puede tercerizar.

El ejemplo de Dinamarca puede servir para hacernos preguntas sobre confianza y cumplimiento, no para clasificar pueblos según supuestas virtudes innatas. El civismo se enseña y se refuerza con experiencia: calles cuidadas, escuelas que exigen, servicios que responden y autoridades que respetan las mismas reglas. La cultura no es inmóvil; tampoco cambia solo porque un gobierno anuncie una campaña.

Las cifras recientes de confianza muestran el tamaño del desafío. En una encuesta representativa de la OCDE aplicada durante 2025, 29 % manifestó confianza alta o moderadamente alta en el Gobierno nacional, 33 % en los tribunales y 15 % en los partidos políticos. Son percepciones declaradas, no una demostración de corrupción ni una explicación causal del crecimiento económico (OCDE, 2026).

Una investigación de la OCDE sobre moral tributaria en Bogotá ofrece indicios útiles sobre la relación entre cumplimiento, confianza y percepción de justicia; su muestra no representativa de 133 respuestas impide generalizar resultados a todo el país. La lección razonable no es que el colombiano esté destinado a evadir, sino que reglas más comprensibles y una autoridad confiable pueden modificar incentivos y comportamientos (OCDE, 2025).

La obligación es recíproca. El ciudadano debe cumplir incluso cuando no comparte las ideas del gobernante; el servidor público debe dar ejemplo, administrar con transparencia y aplicar las reglas sin privilegios. Los errores del Estado no justifican el fraude privado. Y la conducta irresponsable de particulares no exonera a las instituciones de prestar buenos servicios.

Educación cívica, simplificación de trámites, contratación verificable, información abierta sobre el gasto y respuesta efectiva a las reclamaciones son políticas concretas, no un programa vago de «cambiar mentalidades». Se pueden medir tiempos de atención, costos de cumplimiento, conflictos resueltos, calidad de los espacios públicos y recuperación de recursos. El respeto por las reglas necesita ejemplos y resultados cotidianos.

En esto hay una diferencia fundamental entre un país de derechos y un país de excusas. La libertad requiere que la persona pueda actuar, pero también que se haga cargo de las consecuencias de sus actos. El orden requiere un Estado que haga valer las reglas, no uno que invente normas y después tolere su incumplimiento. Sin ambas cosas, nuestras ventajas económicas se consumen en desconfianza y costos que no siempre registramos.

5. Energía: aprovechar nuestras ventajas para competir en el mundo

Una ventaja comparativa no es simplemente tener un recurso abundante: en economía alude al menor costo de oportunidad relativo de una actividad. Una ventaja competitiva se construye cuando empresas e instituciones convierten ese punto de partida en costos eficientes, calidad, suministro confiable y capacidad de vender o atraer inversión. Colombia dispone de recursos hídricos significativos, pero no toda corriente de agua es una central viable y no toda central rentable en papel resulta aceptable ambiental o socialmente. Esa distinción es indispensable para no desperdiciar nuestras oportunidades.

La UPME divulgó en 2015 un atlas que estimaba hasta 56 GW de potencial hidroenergético a filo de agua. Se trata de una exploración del recurso, no de 56 GW listos para conectarse. Como contraste de escala, XM reportó 21.028,56 MW de capacidad efectiva neta total del Sistema Interconectado Nacional al cierre de 2025. Comparar ambas cifras exige advertir que una es potencial estimado y la otra capacidad operativa de todas las tecnologías (UPME, 2015; XM, 2026).

La matriz eléctrica colombiana se ha apoyado ampliamente en el agua, pero electricidad y consumo energético total no son lo mismo: la AIE estimó que los combustibles fósiles cubrían más del 75 % de la demanda total de energía en 2024. No basta con anunciar una electricidad limpia si el transporte y parte de la industria dependen todavía de combustibles. En 2025 entraron en operación comercial 75 proyectos de generación por 380,26 MW: 333,87 solares, 5,30 hidráulicos y 41,09 térmicos. Separadamente ingresaron 40 proyectos de transmisión. Son incorporaciones anuales, no prueba de que una tecnología haya desplazado arbitrariamente a otra (AIE, 2025; XM, 2026).

No propongo reemplazar automáticamente la eólica o la solar por hidroeléctricas. IRENA calculó para proyectos nuevos de 2024 costos nivelados promedios mundiales de US$0,034/kWh en eólica terrestre, US$0,043/kWh en solar y US$0,057/kWh en hidroeléctrica. Esos promedios muestran por qué no puede afirmarse que la eólica sea siempre más cara. Tampoco capturan todo el valor de una central con embalse, capaz de aportar flexibilidad y energía en horas distintas a las de otras fuentes. Hay que comparar costo del sistema, respaldo, almacenamiento, hidrología, mantenimiento, transmisión, financiación y daños ambientales, no solo el precio de un kilovatio-hora (IRENA, 2025).

La hidroelectricidad requiere además distinguir pequeñas centrales a filo de agua de grandes embalses con capacidad de regulación. Una PCH puede aprovechar una cuenca sin ofrecer almacenamiento significativo. Y el potencial cartográfico no excusa prescindir de consulta previa cuando proceda, participación comunitaria, licencias o estudios de impactos. El caso Salvajina examinó afectaciones específicas a comunidades indígenas y no puede convertirse en un argumento general para aprobar o prohibir toda central (Corte Constitucional, 2014).

Propongo mirar la cartera de proyectos completa: cuáles tienen estudios de viabilidad, qué restricciones ambientales existen, cuáles cuentan con punto de conexión, qué costos de financiación enfrentan y cuánto aportarían al abastecimiento firme. Es distinto un expediente archivado, una obra suspendida por problemas financieros y un proyecto inviable. El inventario debe identificar el motivo verificable de cada demora y exigir decisiones motivadas, con plazos y posibilidad de revisión.

También debemos considerar al industrial que genera energía para sus propias operaciones y puede entregar excedentes al sistema conforme a las reglas aplicables. Cemex informó en su reporte de gestión de 2025 que sus centrales hidroeléctricas Sueva I y Sueva II generaron 39 GWh durante 2024; Celsia, por su parte, anunció suministro solar para la planta Caracolito de Cemex. Son modelos distintos: generación propia y compra de energía externa. La regulación ya contempla autogeneración y entrega de excedentes; las preguntas prácticas son acceso a redes, medición, contratos, incentivos y capacidad efectiva de conexión (Cemex Colombia, 2025; Celsia, 2026; CREG, 2021).

Una electricidad confiable y competitiva es, además, política industrial. Fabricación avanzada, almacenamiento refrigerado, centros de datos e inteligencia artificial requieren redes y capacidad estable; algunas actividades demandan también conectividad digital, talento y agua. La AIE proyecta que la demanda mundial de los centros de datos alcance alrededor de 945 TWh en 2030, pero eso no garantiza inversión en Colombia (AIE, 2025b). Ser una potencia energética regional no se decreta: se construye aprovechando recursos, ejecutando redes, resolviendo trámites con garantías y ofreciendo precios capaces de atraer proyectos rentables.

6. Recursos que se agotan, patrimonio que debe perdurar: la lección de Noruega

La lección noruega no es que un país pequeño y rico tenga un fondo grande. Es que decidió convertir parte de las rentas de recursos no renovables en patrimonio financiero para las generaciones futuras. Al 30 de junio de 2026, el Government Pension Fund Global registraba 22.683 miles de millones de coronas noruegas, equivalentes aproximadamente a US$2,29 billones, según la tasa oficial de 9,9267 coronas por dólar de esa fecha. El fondo invierte internacionalmente y su manejo no equivale a una bolsa disponible para financiar cualquier proyecto de turno (Norges Bank Investment Management, 2026; Norges Bank, 2026).

La regla fiscal noruega vincula las transferencias presupuestales al rendimiento real esperado de largo plazo del fondo, estimado en 3 %, y recomienda prudencia adicional en años normales. No significa que el Gobierno pueda gastar automáticamente 3 % en cualquier circunstancia. Es una combinación de ahorro, diversificación, disciplina presupuestal y una visión que no termina con el ciclo político (Ministerio de Finanzas de Noruega, 2026).

Colombia ya tiene un Fondo de Ahorro y Estabilización dentro del Sistema General de Regalías. No debe confundirse con el Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles: el primero se relaciona con ingresos de regalías y estabilización territorial; el segundo, con la política de precios de combustibles. El Decreto 288 de 2026 contempló un desahorro dentro del marco de regalías; esa utilización legal no prueba apropiación indebida. La discusión sensata consiste en determinar cuándo conviene ahorrar, cuándo estabilizar y cuándo invertir (Ministerio de Hacienda y Crédito Público, 2026).

Tenemos petróleo, gas, minerales y otros recursos cuya extracción puede generar ingresos y empleo, pero también agotamiento, volatilidad y riesgos ambientales. No se trata de extraer por extraer ni de prohibir por consigna. Necesitamos proyectos económicamente viables y ambientalmente responsables; reglas fiscales que resistan los ciclos de precios; instituciones que capturen adecuadamente las rentas públicas; y presupuestos que permitan distinguir gasto corriente, inversión productiva y patrimonio para quienes todavía no nacen.

Antes de sugerir un nuevo fondo, o de fortalecer el existente con una regla distinta, habría que simular escenarios de ingresos, servicio de deuda, inversión territorial y volatilidad. Una regla mal diseñada podría inmovilizar recursos cuando son indispensables; una regla sin disciplina podría convertir el ahorro en caja corriente. No propongo un porcentaje hasta conocer sus costos distributivos y fiscales.

Ecopetrol tampoco debe confundirse con un fondo soberano. Una empresa enfrenta riesgos de producción, precios, gobierno corporativo e inversión. Y los ahorros pensionales no deberían usarse para absorber proyectos que no superan una evaluación financiera independiente. El país necesita infraestructura y ahorro intergeneracional; mezclarlos sin precauciones puede terminar comprometiendo ambos.

7. Pensiones y ahorro: que el esfuerzo de hoy proteja el mañana

El problema pensional no se agota en trasladar afiliados de una administradora a otra. Depende de empleo, ingresos reales, continuidad de aportes, cobertura de riesgos, rentabilidad y confianza en que las reglas no cambiarán arbitrariamente. El DANE registró una informalidad de 83,1 % entre ocupados de centros poblados y rural disperso para junio-agosto de 2026; no es una tasa nacional y no equivale a afirmar que cada persona medida carece de protección pensional (DANE, 2026b).

La transparencia comienza por distinguir el dinero que se ahorra del que paga protección. Bajo el esquema ordinario del artículo 20 de la Ley 100, sobre un aporte de 16 % del ingreso base, 11,5 puntos se destinan a la cuenta individual, 1,5 al Fondo de Garantía de Pensión Mínima y 3 puntos a administración y seguro previsional. Porvenir comunicó que desde marzo de 2026 cobraba 0,38 % del IBC por administración y 2,62 % por seguro previsional. Es un ejemplo documentado de una administradora, no una tarifa generalizable a todo el sistema (Congreso de Colombia, 1993; Porvenir, 2026).

El seguro previsional protege riesgos de invalidez y sobrevivencia; no es correcto llamar utilidad empresarial a toda la prima recaudada. Pero tampoco hay razón para renunciar a examinar precios, licitaciones, reclamaciones, siniestralidad, reservas, cobertura efectiva y rentabilidad de aseguradores, con datos comparables y supervisión. Una ficha transparente debería mostrar qué paga el afiliado, por qué lo paga y qué recibe a cambio.

En Estados Unidos, ciertos planes 401(k) utilizan aportes del empleador que complementan el ahorro del trabajador. Lo interesante no es copiar un producto extranjero, sino estudiar si una señal visible de corresponsabilidad puede estimular ahorro adicional en Colombia. El incentivo debe ser voluntario, portable, comprensible y medible, sin sustitución encubierta de salarios ni subsidios públicos que terminen favoreciendo desproporcionadamente a quienes ya ahorran (Internal Revenue Service, 2025).

Ya existe una base jurídica para ahorro voluntario patrocinado por empleados y empleadores: el artículo 126-1 del Estatuto Tributario establece tratamientos y límites específicos. Por eso la propuesta no consiste en afirmar que Colombia desconoce el ahorro compartido. Consiste en evaluar pilotos con topes adecuados, supervisión de costos y medición del ahorro verdaderamente nuevo, antes de crear un incentivo fiscal adicional (Congreso de Colombia, 2016, art. 15).

Para independientes con ingresos variables se necesita otra discusión. El artículo 89 de la Ley 2277 fija una base mínima de cotización de 40 % para determinadas categorías y condiciones de ingreso, no para todos los trabajadores en cualquier circunstancia. Es razonable estudiar mecanismos que mejoren continuidad y protección sin premiar la subdeclaración ni sancionar de hecho a quien tiene meses de ingresos bajos (Congreso de Colombia, 2022).

Las reformas de cotización deben probarse con datos. Una regla demasiado rígida puede excluir a trabajadores; una demasiado laxa puede estimular contratos ficticios o menor aporte efectivo. Hacen falta líneas de base, protección de la información y métricas de densidad de cotización, ahorro neto y cobertura real, no solamente más cuentas abiertas.

Tampoco sostengo que en Colombia nadie ahorre. El DANE registró una caída del ahorro bruto de los hogares en el tercer trimestre de 2025, pero esa variación de un trimestre no basta para describir el comportamiento de largo plazo. Cuando los ingresos reales no crecen y el empleo es inestable, el margen para ahorrar también se estrecha; allí se conectan la reforma pensional y la transformación productiva (DANE, 2025).

Las mesadas pensionales requieren separar impuesto sobre la renta y aportes a salud. El Estatuto Tributario contiene una exención condicionada y limitada sobre ingresos pensionales; las cotizaciones a salud obedecen a otra regulación. Cualquier alivio debe modelar beneficiarios, progresividad y costo fiscal, además de mostrar cómo se financiaría la atención sanitaria (Presidencia de la República, 1989, art. 206, texto vigente compilado).

La Sentencia C-264 de 2026 fijó el 1 de abril de 2027 para la entrada en vigencia de disposiciones validadas de la Ley 2381 de 2024 y dejó otras sujetas a subsanación legislativa. No cabe describir la reforma como si todas sus disposiciones estuvieran vigentes, ni suponer que puede gastarse hoy sin consecuencias una promesa pensional de mañana. Mi prioridad es preservar los derechos de los afiliados, proteger el ahorro y medir sostenibilidad y equidad entre generaciones (Corte Constitucional, 2026).

8. Responsabilidad y consecuencias: el orden también se hace cumplir

La ciudadanía responsable necesita algo más que exhortaciones. Necesita que incumplir tenga consecuencias previsibles y que respetar la ley no se convierta en una desventaja. El delito común, la extorsión, el contrabando, el lavado, la corrupción y la evasión tienen mecanismos de investigación diferentes; las autoridades deben distinguirlos y actuar con pruebas y debido proceso. La seguridad no es solo enfrentar estructuras armadas: también consiste en que una persona pueda trabajar, llevar un teléfono, usar el transporte o recibir un turista sin miedo.

Wilson y Kelling propusieron en 1982 que el deterioro visible de los espacios y el desorden pueden debilitar el control social informal. Su teoría de las «ventanas rotas» no demuestra que cada falta de civismo produzca delito grave. Una revisión sistemática posterior encontró reducciones de criminalidad principalmente en intervenciones focalizadas y de resolución de problemas, no en estrategias indiscriminadas de vigilancia agresiva. Para Colombia, la lección operativa es mantener espacios públicos, resolver problemas concretos y hacer cumplir las reglas sin atropellar derechos (Braga et al., 2024).

La evidencia criminológica comparada sugiere que mejorar la certeza de detección y sanción suele disuadir más que aumentar simplemente la severidad de las penas. De poco sirve anunciar castigos espectaculares cuando la probabilidad de investigar, judicializar y recuperar bienes sigue siendo reducida. Propongo inteligencia financiera, trazabilidad patrimonial, cooperación efectiva, protección de denunciantes y seguimiento público de resultados, siempre con controles de legalidad (National Institute of Justice, 2016).

El orden obliga también al Estado: contratos transparentes, actuaciones oportunas, decisiones motivadas, revisión de errores y reparación cuando corresponda. Una cultura que exige al ciudadano cumplir no puede tolerar funcionarios que ignoren plazos o reglas. Libertad y Orden no son dos capítulos distintos de una consigna; son condiciones recíprocas de una economía donde las personas se arriesgan a emprender y confían en recibir un trato justo.

9. Cinco propuestas para pasar del diagnóstico a la acción

No son cinco recetas ni un programa de gobierno. Son decisiones que pongo sobre la mesa para que organismos competentes evalúen si merece la pena adoptarlas. Ninguna puede presupuestarse ni extenderse a todo el país sin verificar línea de base, instrumentos existentes, fuentes de financiación, derechos afectados y condiciones para corregir o detener su ejecución.

PRIMERA. Auditar los resultados de la transformación productiva. Problema: programas sucesivos sin una lectura longitudinal suficientemente comparable. Instrumento: inventario de recursos, beneficiarios, evaluaciones e indicadores por cohorte; responsables posibles: DNP, MinCIT y Colombia Productiva. Evaluar valor agregado, inversión, empleo formal, productividad y persistencia exportadora por peso público destinado. Riesgos: falta de comparables y atribución causal indebida. Horizonte: un año para integrar datos y seguimiento plurianual. Viabilidad: aprovechar competencias y contratos de evaluación existentes, con estimación previa de costo operativo.

SEGUNDA. Construir un inventario energético orientado a decisiones. Problema: información fragmentada entre potencial, licencias, construcción, red y autogeneración. Instrumento: registro interoperable por proyecto, con estado y obstáculos verificables; responsables posibles: UPME, XM, CREG y autoridades ambientales según su competencia. Medir MW conectables, energía firme, costos integrales, plazos, impactos y excedentes industriales. Riesgos: confundir mapas de potencial con factibilidad y desatender derechos comunitarios. Horizonte: diagnóstico en doce meses y actualización pública anual. Viabilidad: interoperabilidad y acuerdos de datos antes que crear una agencia nueva.

TERCERA. Simular una regla de ahorro intergeneracional para rentas extraordinarias. Problema: ingresos agotables expuestos al ciclo político y a precios volátiles. Instrumento: escenarios de regalías, deuda, estabilización, inversión territorial y rendimiento financiero; responsables posibles: Ministerio de Hacienda, DNP y órganos del Sistema General de Regalías. Indicadores: ahorro neto por ciclo, retiros, riesgo y gasto regional preservado. Riesgos: inmovilizar recursos necesarios o crear una nueva caja de gasto. Horizonte: estudio dentro del siguiente ciclo presupuestal. Viabilidad: ninguna reforma normativa antes de demostrar efectos fiscales y distributivos.

CUARTA. Hacer transparente el costo integral del ahorro previsional y probar aportes compartidos. Problema: poca comparabilidad entre comisiones, seguros, cobertura y rendimientos, con incentivos insuficientes para algunos aportantes. Instrumento: ficha pública estandarizada por perfil de riesgo y pilotos voluntarios de aportes complementarios de empresas y trabajadores; responsables posibles: Superintendencia Financiera, administradoras y autoridades laborales y tributarias. Indicadores: ahorro nuevo, costos, permanencia, portabilidad, cobertura y progresividad. Riesgos: sustituir salario y concentrar ventajas tributarias. Horizonte: ficha en un año y piloto evaluado en dos o tres. Viabilidad fiscal: sin exenciones nuevas hasta contar con costeo.

QUINTA. Hacer más sencillo cumplir y más difícil obtener rentas del incumplimiento. Problema: trámites onerosos, ingresos laborales discontinuos, desconfianza y fraude deliberado. Instrumento: simplificación e interoperabilidad de pagos y reclamaciones, pruebas de esquemas contributivos para ingresos variables, información pública del gasto, fortalecimiento de veedurías y controles inteligentes frente a evasión y extorsión. Responsables posibles: MinTrabajo, UGPP, DIAN y entidades territoriales y de seguridad dentro de sus competencias. Indicadores: costo y tiempo de cumplir, continuidad de aportes, reclamos resueltos, fraude efectivamente recuperado y percepción de seguridad. Riesgos: vigilancia invasiva, simulación de ingresos y afectación de garantías. Horizonte: diseño y línea de base en un año, pilotos de dos a tres años; reformas sujetas a evaluación jurídica y presupuestal.

La exigencia transversal es que cada medida identifique quién responde por ella y cómo sabremos si sirvió. No propongo abrir una nueva ronda de conversatorios para justificar programas nuevos. Prefiero que las instituciones publiquen lo que hicieron, cuánto costó, qué salió mal y qué van a corregir. La capacidad de suspender una política que no produce resultados también es una señal de buen gobierno.

Hay restricciones inevitables: proteger más ahorro puede reducir recursos disponibles hoy; una central puede ser técnicamente viable y socialmente dañina; los incentivos pensionales podrían beneficiar ante todo a salarios altos; un control antifraude puede crear costos y vulnerar derechos. Por eso, antes de escalar, cada propuesta debe tener alternativa comparable, presupuesto explícito, evaluación y posibilidad real de rectificación.

10. Todavía queda carrera

Pienso en esas etapas largas de una vuelta ciclista en las que el pelotón parece haber dejado escapar la carrera. Alguien perdió una rueda, otro gastó las fuerzas demasiado pronto, el equipo reaccionó tarde a una fuga y la diferencia creció mientras todos discutían a quién le correspondía perseguir. Desde la carretera, la distancia parece imposible. Pero quienes conocen el ciclismo saben que no todo se decide en una meta volante: quedan montañas, relevos, decisiones y kilómetros para recuperar terreno.

Colombia ha dejado pasar oportunidades. A veces hemos celebrado la inscripción a la carrera como si ya fuera una victoria; otras veces hemos cambiado de uniforme sin mejorar la preparación ni la estrategia. No basta pedalear más duro durante un par de kilómetros. Hace falta escoger el terreno, cuidar los recursos, acompañar al que trabaja bien y retirar a tiempo las apuestas equivocadas.

Y hay una condición que no debería admitir discusión: la carrera se disputa cumpliendo las reglas. No sirve una victoria conseguida con un bidón pegajoso, dopaje o un motor escondido; tampoco sirve una economía que exhibe riqueza mientras tolera el fraude que la financia. Tenemos talento, recursos, empresas capaces y personas dispuestas a trabajar. Necesitamos decisiones mejores, un Estado que las ejecute y una ciudadanía que no reclame para sí excepciones a las normas comunes. El milagro no será que nos regalen la victoria. Será demostrar, etapa tras etapa, que podemos ganarnos el derecho a disputarla limpiamente.

Referencias

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Nota apoyo institucional

Este ensayo, de autoría de Maximiliano Valderrama Espinosa, fue elaborado con el apoyo de la Corporación Vos Sos Medellín. Su contenido, análisis, interpretaciones y propuestas son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición institucional de la Corporación.

© 2026 Maximiliano Valderrama Espinosa. Todos los derechos reservados.

El arte de nivelar por lo bajo: el negocio del resentimiento

La ignorancia es atrevida. Pero cuando además tiene micrófono, seguidores y la capacidad de convertir la vulgaridad en una supuesta forma de rebeldía, deja de ser solamente atrevida y empieza a ser peligrosa.

Buena parte de esos influenciadores, humoristas y opinadores no solo pescan en el resentimiento de la gente rota por dentro. Ellos mismos parecen construidos desde sus propias fracturas, y no hace falta jugar al psiquiatra para advertirlo. Basta observar la obsesión con el enemigo, la necesidad permanente de humillar, el desprecio por quien piensa distinto, la incapacidad de reconocer el mérito ajeno y esa urgencia de convertir cada conversación en una revancha personal contra el mundo.

No transmiten serenidad, transmiten rabia; no ofrecen ideas, ofrecen culpables, y tampoco invitan a superar la frustración, sino que enseñan a cultivarla como si vivir permanentemente ofendido y victimizándose, fuera una forma superior de conciencia. Estos personajes, con o sin un personaje en el cual escudan su miserable comportamiento, han encontrado en sus propias heridas, frustraciones y momentos de dificultad, así sean solo parte de su universo creativo, un modelo de negocio. En lugar de resolver lo que tanto les indigna lo exhiben con cierto amaño y lo monetizan frente a una audiencia a la que convencen de que sanar, progresar, admirar a alguien o asumir alguna responsabilidad sobre la propia vida equivale a traicionar al grupo, o a quien les asesora desde un pedestal moral.

Viven de la simplificación, de hacer creer que pensar demasiado es sospechoso, que argumentar es propio de una élite desconectada, que expresarse con altura es una exhibición de privilegio y que cualquier discusión puede resolverse a punta de hijueputazos, malparidazos y carcajadas. La grosería funciona como una cortina bastante útil: cuando no hay profundidad, se sube el volumen; cuando no hay argumento, se insulta, y cuando no hay demasiado talento, se vende la chabacanería como autenticidad.

No tengo ningún problema con algunas malas palabras, que también uso y a veces con particular entusiasmo. El problema no es el hijueputazo, sino su conversión en sustituto del pensamiento; no es la grosería ocasional, sino esa forma de comunicación en la que todo comienza y termina en el insulto, mientras una audiencia confundida, o tal vez que solo hace parte de la cultura del sold out, celebra como valentía e irreverencia lo que muchas veces no es más que incapacidad para transmitir o sostener una idea.

Han instalado, además, una trampa bastante eficaz. Cualquier persona que estudie (no neecsariamente hablo de títulos), que cuide las formas, que tenga disciplina, que valore la cultura y lo que ha hecho grande a occidente, o que simplemente se niegue a revolcarse en la mediocridad y en lo masivo puede ser inmediatamente descalificada como pinchada, gomela, elitista o privilegiada. No importa de dónde venga, cuánto haya trabajado ni cuántas dificultades haya tenido que superar sin publicitarlas; basta con que aspire a algo mejor para que sea presentada como enemiga del pueblo, representante de una élite o beneficiaria de algún privilegio que, curiosamente, nunca necesita ser demostrado.

El gran truco de las Agendas de la Izquierda Progresista Radical ha sido convencer a la sociedad de que la altura pertenece a una clase social, como si la educación, la urbanidad, la cortesía, el conocimiento, la belleza, el esfuerzo y el deseo de progresar fueran propiedades privadas de aquellos que señalan como ricos, y como si lo popular tuviera que ser necesariamente vulgar, ruidoso, resentido y enemigo de cualquier forma de excelencia.

Eso sí es profundamente clasista: asumir que a la gente humilde solamente se le puede hablar desde la grosería, el reggaeton moral, la caricatura y la rabia; suponer que el barrio no puede aspirar a la belleza, al conocimiento, a una buena educación o a una vida distinta, y convertir la precariedad cultural en identidad, mientras cualquier intento por superarla es presentado como una traición de clase.

Quienes realmente miran por encima del hombro a la gente humilde son aquellos convencidos de que para representarla hay que hablar peor, rebajar las ideas y confirmar todos los vicios que la mantienen atrapada. Como si una persona de barrio no pudiera apreciar la música real, leer un libro que edifique el alma, expresarse bien y con educación, cuidar sus modales, tanto como lo propio y ajeno, admirar la excelencia o querer que aquellos a quienes quieren lleguen más lejos. Como si elevarse fuera abandonar a los suyos y no, precisamente, abrirles un camino distinto.

Con todo esto, recuerdo que la Revolución bolchevique también se alimentó de esa lógica. Una minoría organizada consiguió apropiarse del lenguaje del pueblo, fabricar enemigos y convertir la frustración en combustible político. No eran la mayoría absoluta de ninguna sociedad iluminada que hubiese decidido, de manera espontánea, entregar su libertad a cambio de una tiranía; eran un grupo tan resentido como disciplinado, capaz de presentar su proyecto como la única interpretación legítima del sufrimiento colectivo y de convertir cualquier oposición en prueba de traición.

Prometieron libertad y construyeron miedo, prometieron igualdad y levantaron una nueva élite, más voraz, hipócrita y arrogante que aquella que decían combatir. Prometieron cambio, pero sucumbieron ante sus propios y desproporcionados vicios. Mientras millones perdían su propiedad, su libertad, su dignidad y, en muchos casos, la vida, quienes hablaban en nombre de los desposeídos se hartaban de poder, privilegios y de todo aquello que supuestamente habían llegado a destruir.

La historia cambia de vestuario, pero rara vez abandona sus mañas. Primero se divide a la sociedad entre víctimas y culpables, después se convierte el resentimiento en virtud, luego se presenta la destrucción como justicia y, cuando alguien pregunta por la libertad, ya suele ser demasiado tarde.

En Medellín podemos verlo sin atravesar océanos ni desempolvar archivos soviéticos. Sólo vayamos a esa alcaldia donde empezaron el proceso de nivelar por lo bajo, sí, aquella del eterno candidato presidencial. Llevamos años normalizando la parcerización del lenguaje, la celebración de la chabacanería y la cultura del chirrete, hasta convertirlas en una especie de paisaje emocional, en un fenómeno de culto que nadie se atreve a cuestionar por miedo a ser llamado clasista, gomelo o desconectado de la realidad.

Nos hicieron creer que hablar bien era creerse más que los demás, que tener modales era una impostura, que apreciar la cultura era cosa de privilegiados y que aspirar a una vida distinta equivalía a renegar del barrio. El resultado es una ciudad que corre el riesgo de confundir identidad con caricatura, cercanía con vulgaridad y orgullo popular con la obligación de celebrar todo aquello que alguna vez debió superar.

Y no. El problema no es el barrio, ni el acento, ni la calle, ni la gente que viene de abajo. El problema es romantizar aquello que mantiene a la gente abajo.

La cultura del dinero fácil, del atajo, del vivo, del traqueto convertido en referente y del influencer que confunde grosería con lucidez jamás podrá producir altura ni bienestar para todos. Podrá esta producir ruido, fama, carros rimbombantes, cadenas doradas, conciertos llenos y millones de reproducciones; lo que no puede producir es una sociedad libre, educada, responsable, con instituciones fuertes y oportunidades duraderas.

Lo más triste es que esa forma de nivelar por lo bajo ya no pertenece únicamente a ciertos humoristas, influenciadores o dirigentes políticos. Se volvió trendy, llegó al mercadeo y terminó seduciendo a marcas al parecer muy queridas por la gente; marcas orgullosamente conectadas con los jóvenes, que parecen haber concluido que un fucking cuidadosamente estampado es suficiente para demostrar cercanía, irreverencia y modernidad.

Conozco la teoría: que así habla la gente, que los jóvenes se identifican con el parlache, que una marca debe sonar auténtica y que la grosería, bien administrada, produce empatía. Puede ser. Pero también cabe preguntarse en qué momento conectar con una generación empezó a significar hablarle peor, como si los jóvenes fueran incapaces de responder a algo que no viniera envuelto en chabacanería, o como si la única manera de resultar cercanos consistiera en imitar aquello que las redes ya repiten hasta el cansancio.

No es la palabra fucking la que me preocupa. Me preocupa el razonamiento que existe detrás, la idea de que para vender más hay que rebajar el lenguaje, atropellar la estética y acomodarse a una audiencia supuestamente emborrachada de mediocridad, en vez de ofrecerle algo que la desafíe, la inspire o al menos no la trate como si solamente reaccionara al ruido.

¿Será posible volver a construir mensajes aspiracionales, no esos que venden vidas perfectas, cuerpos imposibles y carros que nadie puede comprar, sino aspiracionales en el sentido de invitar a ser mejores, a pensar mejor y a elevar el estándar de lo que admiramos? ¿O terminaremos aceptando que, por cuenta de la diversidad, la equidad, la inclusión y la obsesión empresarial por parecer cercanos, hasta compañías como Bancolombia acabarán parcerizando todavía más sus campañas, sacrificando cualquier cuidado estético y hablándonos como si una cuenta de ahorros necesitara tratarnos de “parceros” para demostrar que entiende el país?

Tal vez entonces aparecerá alguna consultoría tan disruptiva como vende humo, con una presentación impecable y suficientes anglicismos, a explicarnos que la vulgaridad es autenticidad, que la belleza excluye, que hablar correctamente reproduce privilegios y que pedir altura constituye una forma de violencia simbólica. Cuando algo se nivela por lo bajo, casi siempre aparece un experto dispuesto a bautizarlo como progreso.

Cuando una sociedad convierte sus heridas en identidad, la vulgaridad en virtud y el resentimiento en programa político, termina despreciando todo aquello que podría elevarla. Y mientras esos nuevos mercaderes de la rabia se llenan los bolsillos, acumulan seguidores, venden camisetas y se presentan como portavoces del pueblo, la gente a la que dicen representar continúa exactamente donde estaba: más resentida, más confundida y mucho más fácil de manipular.

Una sociedad no se eleva celebrando lo peor de sí misma, sino aprendiendo a admirar lo mejor. Si hasta las marcas, las empresas y quienes todavía tienen la posibilidad de elevar la conversación deciden arrodillarse ante la chabacanería porque produce más clics, empatía y ventas, entonces el negocio del resentimiento habrá conseguido algo todavía más grave que conquistar la política: habrá logrado convencernos de que aspirar a algo mejor es motivo de vergüenza.

La ingeniería narrativa

Hay artículos que terminan hablándonos menos del tema que anuncian en su título y mucho más de la época en la que fueron escritos. Hace unos días leí en The Spectator World un ensayo de Michael Gibson titulado The Rise of Palantir Derangement Syndrome, que podría traducirse como “El auge del síndrome de trastorno por Palantir”. La tesis del autor gira alrededor de Palantir Technologies, una empresa estadounidense fundada en 2003 por Peter Thiel y otros socios, dedicada al desarrollo de plataformas que integran y analizan enormes cantidades de información para que gobiernos, organismos de seguridad, sistemas de salud y grandes organizaciones puedan identificar patrones complejos y tomar decisiones. Gibson sostiene que, para una parte del debate público occidental, Palantir ha dejado de ser una empresa tecnológica que debe ser evaluada por sus contratos, sus resultados, sus límites y sus riesgos, para convertirse en un símbolo sobre el cual se proyectan prácticamente todos los temores contemporáneos: vigilancia masiva, autoritarismo, inteligencia artificial, inmigración, militarización, Israel o Donald Trump. Cada nueva noticia termina interpretándose como una confirmación de la misma historia.

Mientras avanzaba en la lectura, dejé de pensar en Silicon Valley y empecé a pensar en Colombia. No porque exista equivalencia alguna entre Palantir y nuestra realidad política, sino porque el artículo me permitió identificar un fenómeno que también aparece con frecuencia en nuestro debate público, particularmente en ciertos espacios de opinión. La diferencia es que aquí el problema no consiste únicamente en interpretar todos los hechos desde un mismo marco ideológico. Comienza un paso antes, cuando el relato se construye de tal manera que al lector apenas le queda espacio para llegar a una conclusión distinta de aquella que el autor había escogido desde el principio.

No encontré un nombre mejor para ese procedimiento que ingeniería narrativa.

Utilizo deliberadamente esa expresión porque describe un método sin necesidad de presumir mala fe. No estoy hablando de inventar documentos, fabricar pruebas o falsificar testimonios. Eso sería demasiado rudimentario y, además, relativamente sencillo de descubrir. La ingeniería narrativa opera de una manera bastante más sofisticada. Parte de elementos auténticos, verificables y muchas veces relevantes. Un documento verdadero, una fotografía verdadera, una declaración verdadera, una decisión judicial verdadera, una coincidencia cronológica o una analogía histórica pueden ser suficientes. El problema no reside en la autenticidad de cada pieza, sino en la arquitectura que termina uniéndolas y en el significado que esa composición pretende imponer sobre el conjunto.

Siempre me ha parecido que un rompecabezas explica mejor este fenómeno que cualquier tratado de comunicación. Pensemos en varias cajas producidas por la misma fábrica, con piezas hechas del mismo cartón y cortadas con el mismo troquel, de modo que todas pueden encajar entre sí aunque correspondan a imágenes distintas. Si alguien mezcla esas fichas y arma el tablero mirando únicamente el reverso, todo parecerá impecable: ninguna pieza sobra, ninguna unión se fuerza y el rompecabezas queda completo. El engaño aparece al voltearlo. Entonces se descubre que, aunque cada ficha era auténtica y todas ajustaban perfectamente, la imagen final no corresponde a ninguna de las que venían en las cajas originales. El problema no estaba en las piezas, sino en haberlas combinado de tal manera que produjeran una escena nueva, coherente en su forma, pero falsa en su significado.

La columna que Ana Cristina Restrepo publicó en El Espectador sobre la masacre de El Aro constituye, a mi juicio, uno de los ejemplos más acabados de ese procedimiento. Nadie con un mínimo de decencia puede desconocer la atrocidad de aquellos hechos, relativizar el sufrimiento de las víctimas o negar la obligación de preservar su memoria. Precisamente por la enorme fuerza moral de esa tragedia, el cuidado con que se organizan testimonios, antecedentes, acusaciones, actuaciones judiciales y referencias políticas debería ser todavía mayor. Sin embargo, cuando todos esos elementos terminan dispuestos dentro de una misma secuencia, la fuerza indiscutible de la masacre puede extenderse sobre controversias actuales y responsabilidades todavía discutidas, como si cada una de las piezas reunidas compartiera el mismo valor probatorio y condujera necesariamente a una sola lectura.

Ese es el punto donde recordar una tragedia y utilizarla para ordenar moralmente el presente empiezan a confundirse. La memoria deja de ser únicamente una herramienta para comprender lo sucedido y se convierte en una plataforma desde la cual se distribuyen culpas, se establecen continuidades políticas y se clasifica a los actores contemporáneos. El lector ya no recibe únicamente información sobre El Aro, sino una ruta cuidadosamente construida para que el peso moral de las víctimas acompañe cada asociación posterior. La columnista no necesita formular todas las conclusiones de manera expresa, porque la propia arquitectura del texto ha sido diseñada para que el público termine completándolas.

Ana Cristina Restrepo no es un caso aislado. El problema es más amplio: una parte del periodismo colombiano ha adoptado una forma de contar los hechos en la que primero se define quiénes son los buenos, quiénes son los culpables y cuál debe ser la conclusión, y solo después se organiza la información para sostener esa lectura. Por eso el mismo mecanismo aparece en distintos medios y con distintos protagonistas. Cambia el nombre del columnista, cambia el programa y cambia la noticia, pero se repite la misma práctica: la investigación deja de abrir preguntas y empieza a confirmar una respuesta que ya estaba decidida.

Ese procedimiento puede reconocerse, con distintos grados y matices, en espacios como Los Danieles, La Silla Vacía, El Espectador, algunos segmentos de Blu Radio, particularmente aquel conducido por Camila Zuluaga, ciertos programas de Caracol Radio (la otrora W) y otros medios que parecen haber desdibujado la frontera entre informar, interpretar y persuadir. No afirmo que toda su producción responda al mismo molde ni que cada periodista actúe de idéntica manera. Sería cometer precisamente el error que critico. Lo que sostengo es que en esos escenarios aparece con preocupante frecuencia una forma de construir la realidad en la que los hechos son seleccionados, jerarquizados y conectados de acuerdo con un marco moral que ya venía definido.

La diferencia resulta esencial para entender uno de los desafíos más complejos del periodismo contemporáneo. Durante décadas discutimos cómo combatir la desinformación y las noticias falsas. Hoy el problema parece bastante más sofisticado. Una narración puede estar construida exclusivamente con hechos verdaderos y, aun así, conducir al lector hacia una interpretación que no constituye la única explicación razonable de esos hechos. La fuerza persuasiva ya no proviene de la falsedad, sino de la selección, del orden, de las omisiones y de la relación que se establece entre elementos cuya autenticidad nadie discute.

Eso obliga a recuperar una distinción que el buen periodismo siempre entendió. Investigar no consiste únicamente en reunir información. Consiste también en reconocer el alcance de cada dato, distinguir entre lo probado y lo sugerido, separar una hipótesis de una conclusión y resistir la tentación de llenar con intuiciones los vacíos que la evidencia todavía no alcanza a cubrir. La prudencia intelectual nunca fue una señal de debilidad; fue una condición indispensable para preservar la credibilidad del oficio.

Recuerdo la serie de cinco entregas con la que Ana Cristina Restrepo se la dedicó a Andrés Pastrana entre febrero y mayo de 2026. Y digo que se la dedicó en el sentido más coloquial de la expresión. Un expresidente debe responder por sus relaciones, sus viajes y sus decisiones; nadie pretende eximirlo de preguntas incómodas. El problema aparece cuando fotografías, correos, registros de vuelo, preguntas formuladas en diligencias judiciales, silencios y asociaciones con el príncipe Andrés se organizan dentro de una misma secuencia hasta producir una impresión de culpabilidad mucho mayor que aquello que cada pieza demuestra por separado. Una pregunta no es una prueba, el silencio no equivale a una confesión y aparecer en un registro de vuelo no demuestra participación en los delitos de otros. Sin embargo, al juntar todas esas piezas, construyó una atmósfera en la que la sospecha terminó ocupando el lugar de la demostración. Ahí el periodismo empieza a parecerse a la justicia mediática: no dicta la condena, pero organiza el relato para que sea el lector quien lo haga.

Algo semejante ocurrió el 14 de junio de 2026, cuando decidió llamar “camisas negras” a Abelardo de la Espriella y a José Manuel Restrepo, a quienes incluso calificó como los camicie nere criollos, para rematar su columna con una exhortación tan elocuente como reveladora: “Votar con libertad: siempre, ¡pero nunca por fascistas!”. Los camicie nere no fueron una figura literaria para describir campañas de tono fuerte ni una metáfora disponible para todo proyecto político conservador que incomode a una columnista. Fueron las escuadras de choque del fascismo italiano, responsables de intimidación, persecución y violencia organizada contra los adversarios. Trasladar semejante carga histórica sobre dos candidatos que participaban en una contienda democrática exigía una demostración doctrinal, institucional y práctica de enorme rigor. En cambio, bastó acomodar algunos rasgos retóricos bajo el molde del Ur-Fascismo de Umberto Eco para convertir una analogía en una sentencia. Eso no fue una lección de historia; fue otro ejercicio de ingeniería narrativa.

Lo verdaderamente preocupante es que este mecanismo ya se volvió predecible. Para una parte de esa intelectualidad, todo aquello que huela a conservadurismo, reivindique la autoridad, defienda la ley y el orden, cuestione las agendas identitarias o simplemente no comparta los postulados de la Izquierda Progresista Radical termina siendo catalogado, con una irresponsabilidad proporcional al tamaño de sus propios egos, como «extrema derecha», «fascismo» o una amenaza para la democracia. El debate deja entonces de girar alrededor de las ideas y pasa a consistir en etiquetar al contradictor con la categoría histórica más infamante disponible. El problema es que cuando todo termina siendo fascismo, el fascismo deja de explicar una experiencia totalitaria concreta y se convierte simplemente en un mecanismo para deslegitimar al adversario. Esa no es una contribución al debate democrático. Es la renuncia a sostenerlo.

Lo preocupante es que esta forma de hacer periodismo no nació en Colombia, pero aquí se está adoptando casi como un copy-paste de las guerras culturales de Estados Unidos y Europa. Por una mezcla de esnobismo intelectual, necesidad de parecer cosmopolitas y fascinación por todo aquello que llega empacado desde universidades, fundaciones y grandes medios extranjeros, una parte de nuestra intelectualidad importa las Agendas de la Izquierda Progresista Radical, junto con sus etiquetas, sus enemigos y sus preocupaciones primermundistas, como si pudieran trasladarse sin adaptación alguna a un país con las urgencias de Colombia. Terminamos discutiendo con enorme solemnidad los traumas culturales de sociedades ricas, mientras aquí siguen pendientes problemas bastante menos elegantes, como el hambre, la informalidad, la inseguridad, la educación deficiente, la corrupción y la incapacidad del Estado para prestar servicios básicos.

Esa importación automática termina obligando a leer nuestra historia, nuestras instituciones y nuestros conflictos con categorías diseñadas para realidades muy distintas. El periodista deja entonces de acompañar al lector en la comprensión de un país complejo y empieza a actuar como arquitecto de una historia cuya conclusión ya estaba definida. Los hechos siguen siendo importantes, pero principalmente cuando sirven para reforzar el relato; aquello que no encaja se minimiza, se relega o desaparece.

El problema se vuelve todavía más grave cuando esas narraciones utilizan tragedias colectivas, violaciones de derechos humanos o víctimas reales como parte de la disputa política. Esos hechos exigen memoria, justicia y reparación, pero precisamente por su enorme peso moral no deberían convertirse en atajos argumentativos ni en escudos contra cualquier cuestionamiento. Recordar es un deber; utilizar la memoria para cerrar la discusión es otra cosa.

Las víctimas merecen justicia para poder reconstruir sus vidas y dejar de ser definidas únicamente por aquello que les hicieron. Sin embargo, una parte de la intelectualidad contemporánea parece encontrar mayor utilidad política en la víctima permanente que en la persona que logra rehacer su existencia. La primera sostiene relatos, instituciones y posiciones de autoridad moral; la segunda reduce la necesidad de quienes hicieron de hablar en su nombre una forma de presencia pública.

El gran desafío del periodismo ya no consiste solamente en combatir noticias falsas. También debe impedir que la ingeniería narrativa sustituya a la investigación y que la selección interesada de hechos termine reemplazando el esfuerzo por comprenderlos. Las democracias no necesitan periodistas que repartan certificados de virtud y de culpa, sino profesionales capaces de aceptar que la realidad suele ser más incómoda, contradictoria y desordenada que las agendas importadas con las que algunos pretenden explicarla.

Esa fue, al final, la lección que me dejó el artículo sobre Palantir. Las piezas pueden ser verdaderas, encajar perfectamente y completar el tablero sin dificultad; pero si al voltearlo la imagen no se parece a la de ninguna de las cajas originales, ya no estamos frente a una investigación que reconstruyó la realidad, sino frente a una arquitectura que logró reemplazarla.

Del hombre blanco al cadáver del Estado

Hay una patología intelectual bastante extendida en cierta élite colombiana: mirar al resto del país por encima del hombro y confundir esa pose con lucidez. No es consecuencia de estudiar en el exterior, hablar inglés, francés o alemán, ni mucho menos de conocer, o pretender entender, debates internacionales. El problema aparece cuando ciertas angustias del primer mundo se importan como si fueran prioridades universales y se aterrizan, sin traducción ni contexto, sobre un país que todavía pelea por resolver asuntos bastante menos sofisticados y bastante más urgentes: pobreza, seguridad, autoridad, empleo, justicia, energía, infraestructura y presencia efectiva del Estado.

Esa es, en buena medida, la lógica de las Agendas de la Izquierda Progresista Radical. Llegan con lenguaje terapéutico, tono académico y superioridad moral incorporada de fábrica. No explican el país: lo corrigen; no escuchan al ciudadano: lo diagnostican; no discuten al contradictor: lo patologizan. Lo hemos visto durante años en ciertos sectores del periodismo, la academia y la opinión pública, con esa costumbre tan colombiana de posar de sofisticación moral mientras se desprecia al ciudadano que no habla con las claves correctas.

Un ejemplo ayuda a entender el fenómeno. En Estados Unidos, el famoso white guilt, la culpa blanca, surgió de una historia concreta de esclavitud, segregación y discriminación racial. Pero hace mucho dejó de ser únicamente una reflexión histórica para convertirse también, según autores como Thomas Sowell, en una herramienta política y cultural utilizada para administrar culpas colectivas, movilizar identidades y justificar políticas cuyos resultados sobre las mismas comunidades que buscaban beneficiar siguen siendo objeto de debate. Uno podrá compartir o no esa tesis, pero al menos existe una discusión intelectual seria detrás de ella; lo absurdo comienza cuando algunos sectores de nuestras élites importan ese paquete ideológico completo y lo aplican sobre Colombia como si Medellín fuera Berkeley con montañas y como si Antioquia pudiera entenderse utilizando exactamente la misma plantilla moral de un campus de la Ivy League.

Ahí es donde el periodismo empieza a perder el oficio y el activismo empieza a ocupar su lugar. Para efectos de esta columna, Ana Cristina Restrepo se convirtió recientemente en un ejemplo particularmente ilustrativo de esa deriva, no porque sea la única ni mucho menos la más importante, sino porque en apenas unas semanas dejó tres fallas argumentales muy claras. Y por eso hablo de strikes: no como adorno deportivo ni como chiste gratuito, sino porque en tres turnos distintos al bate intentó hacer análisis público y terminó abanicando frente a la realidad. Uno puede equivocarse una vez. Puede incluso rozar la bola y quedar en foul. Pero cuando el patrón se repite, el problema ya no es el accidente sino el método.

El primer strike argumental fue José Manuel Restrepo. Estamos hablando de un economista, académico, exministro, rector universitario y doctor de la Universidad de Bath; una figura perfectamente discutible en el terreno político, a quien se le podía debatir su gestión, sus decisiones, su visión económica, su paso por el Ministerio de Hacienda o su papel dentro del nuevo gobierno. Pero Ana Cristina eligió otro camino: “hombre blanco neoliberal”.

Posteriormente explicó que aquello no era una opinión sino una descripción, y ahí está precisamente el punto. Claro que “hombre” y “blanco” son descripciones si uno está diligenciando una encuesta demográfica o un formulario estadístico. Pero cuando esas categorías se utilizan para presentar políticamente a una persona, dejan inmediatamente de ser neutrales. En el lenguaje contemporáneo de estas agendas, “hombre blanco” rara vez significa simplemente hombre blanco: significa privilegio, sospecha, poder heredado y pecado original identitario; significa que antes de escuchar una sola idea ya se decidió quién ocupa el banquillo moral y quién recibe el beneficio de la duda.

No era una descripción neutra, sino una valoración política presentada como si fuera una ficha técnica. Y el contraste resulta todavía más claro si se mira el debate político reciente: mientras algunos sectores celebran fórmulas construidas alrededor de la corrección política lastimera, de la cuota identitaria y de la apelación emocional a las causas sociales, Abelardo de la Espriella eligió a José Manuel Restrepo por competencia, trayectoria y capacidad técnica. Esa diferencia es precisamente la que incomoda a quienes prefieren leer la política como catálogo de identidades y no como discusión sobre gobierno.

El segundo strike argumental llegó con la reacción frente al triunfo de Abelardo de la Espriella y, particularmente, con la manera como Ana Cristina Restrepo decidió interpretar las celebraciones en Antioquia, en conversación con Camila Zuluaga en Blu Radio. Conviene recordar el contexto: en ese momento no existía todavía gabinete, no se conocían ministros, no se había anunciado buena parte del equipo de gobierno y ni siquiera se había abierto una discusión seria sobre políticas públicas concretas. Lo único que había ocurrido era una elección y la celebración de quienes habían ganado esa elección.

Sin embargo, Ana Cristina escogió leer esa celebración como una evocación de los años ochenta, de cargamentos y de narcotráfico. Y ahí el problema no es solo la frase. Es la necesidad de traducir una alegría democrática incómoda al lenguaje moralmente aceptable del roscograma intelectual: si gana alguien que no les gusta, la victoria no puede ser simplemente política; tiene que tener un olor oscuro, mafioso, atrasado o vergonzante.

Esa comparación, hecha ante Camila Zuluaga, sonó menos a análisis y más a guiño para congraciarse con esa intelectualidad activista que ya sabemos cómo opera. Ahí caben, cada uno con su estilo y su parroquia, Daniel Coronell, Félix de Bedout, Alejandro Gaviria, Héctor Abad Faciolince, Rodrigo Uprimny y varios más. Cuando la ciudadanía vota por proyectos cercanos a sus sensibilidades, aparecen las palabras democracia, esperanza, ciudadanía y cambio. Cuando vota distinto, aparecen inmediatamente los fantasmas del miedo, del autoritarismo, del narcotráfico y del atraso cultural.

Yo sí recuerdo la Medellín del miedo, la Medellín de las bombas, de las rutas cambiadas y de las familias aprendiendo a vivir calculando riesgos. Precisamente por eso me parece profundamente injusto convertir una celebración democrática en referencia automática a la criminalidad. No todo lo que incomoda a ciertas élites culturales es mafia; a veces es simplemente una región votando distinto y negándose a pedir permiso para existir políticamente.

Y lo más curioso es que esa severidad moral casi nunca opera en sentido contrario. Los mismos que encuentran asociaciones rápidas entre la derecha y lo peor de nuestra historia suelen volverse extraordinariamente cuidadosos con el lenguaje cuando se trata del viejo mundo subversivo que tanto daño le hizo al país. Ahí aparecen los contextos, las complejidades, las causas estructurales y toda la compasión semántica disponible.

Después vino un foul el 30 de junio, y conviene llamarlo así para no exagerar. En una conversación sobre la posibilidad de que Iván Duque fuera embajador en Washington apareció la duda sobre si sería el primer expresidente colombiano en ocupar ese cargo. No lo sería: Andrés Pastrana ya ocupó esa posición durante el gobierno de Álvaro Uribe. Todos podemos olvidar un dato histórico o confundirnos al aire; por eso no lo cuento como strike, sino como foul. Pero incluso los fouls dicen algo cuando el turno al bate ya viene complicado, sobre todo cuando el debate ocurre después de años de nombramientos diplomáticos donde tantas veces pareció importar más la señal identitaria, la cuota correcta o el símbolo adecuado que la experiencia, la idoneidad o los resultados.

El tercer strike argumental llegó el 2 de julio. Criticando el proceso de empalme del nuevo gobierno, Ana Cristina explicó que la auditoría forense tendría sentido únicamente frente a un cadáver y que, como el Estado colombiano no estaba muerto porque había democracia y un nuevo presidente elegido, hablar de auditoría forense sería un exceso retórico. La tesis merece reconocimiento por original: según esa lógica, la informática forense solo podría practicarse sobre computadores enterrados, la contabilidad forense sobre balances con velorio y la ingeniería forense sobre edificios con certificado de defunción.

Una auditoría forense no es medicina legal. No necesita camilla, sábana blanca ni dolientes; necesita contratos, documentos, trazabilidad, registros y evidencia. Lo forense, en este contexto, no significa cadáver, sino reconstrucción probatoria. Y precisamente porque existe democracia debe existir rendición de cuentas. La alternancia en el poder no es una amnistía contable: los Estados vivos se auditan; los muertos ya no responden.

Aclaro, antes de que aparezca una nueva modalidad de victimización beisbolística, que hablar de dos strikes, un foul y un tercer strike no constituye censura, persecución ni ataque a la libertad de prensa, como ella suele decir cuando alguien tiene la forma y el fondo para exponer su pseudoperiodismo. Es simplemente una metáfora deportiva para señalar fallas argumentales, o, si se prefiere utilizar la terminología ya conocida, una descripción. Porque el problema nunca fue que Ana Cristina Restrepo critique a la derecha; tiene todo el derecho a hacerlo. El problema aparece cuando el periodismo empieza a parecerse demasiado al activismo y el análisis empieza a ceder terreno frente al libreto moral previamente escrito.

En el fondo, los tres strikes muestran exactamente la misma operación intelectual: a José Manuel Restrepo no se le discute, se le clasifica; a Antioquia no se le escucha, se le sospecha; y a la auditoría forense no se la entiende, se la manda para Medicina Legal. Ese es el recorrido completo, del hombre blanco al cadáver del Estado.

El turno terminó, aunque probablemente no faltará la explicación posterior, porque en ciertos sectores del activismo contemporáneo existe una curiosa asimetría: resulta perfectamente legítimo etiquetar, caricaturizar y simplificar al contradictor, pero responder esas etiquetas suele interpretarse inmediatamente como agresión, persecución o intolerancia. La crítica, sin embargo, sigue siendo parte de la conversación democrática, y esta vez no hizo falta umpire: el argumento se ponchó solo.

erdades universales y se aterrizan, sin traducción ni contexto, sobre un país que todavía pelea por resolver asuntos bastante menos sofisticados y bastante más urgentes: pobreza, seguridad, autoridad, empleo, justicia, energía, infraestructura y

Héctor Abad Faciolince: el barro de quien presume blancura

Ayer, todavía tratando de practicar esa empatía tan de moda con quienes fueron llevados a votar contra Abelardo de la Espriella convencidos de que venía el fascismo, la dictadura, el paramilitarismo reciclado y el fin de la democracia, y deseándoles mucha resiliencia a quienes ahora sienten que los próximos cuatro años serán su peor pesadilla, alguien me dijo que le había gustado mucho una columna que publiqué el 2 de junio de 2026, Héctor Abad o la soberbia de no entender al país. Me lo dijo como un piropo sincero: le parecía que yo había controvertido, para mi público, a Héctor Abad Faciolince “con altura”.

Lo agradecí. De verdad. Pero la palabra “altura” me dejó pensando. En Colombia, cuando uno controvierte a ciertos miembros del roscograma intelectual, la altura suele medirse de una manera curiosa: uno debe ser elegante, prudente, contenido y casi quirúrgico, mientras ellos pueden caricaturizar, exagerar, insultar con metáforas y mirar al país por encima del hombro sin que nadie les cobre demasiado. Sus excesos son literatura; sus prejuicios, ironía; sus ataques, advertencias democráticas. Pero si alguien de afuera les responde con firmeza, entonces aparecen las alarmas sobre el tono, las formas y la necesidad de no bajar el nivel del debate.

Digo “para mi público” porque es evidente que ningún gran medio va a abrir con entusiasmo sus páginas para que uno les toque sus ídolos de barro. Ese roscograma protege a los suyos con eficacia admirable: se leen entre ellos, se citan entre ellos, se absuelven entre ellos y se aplauden entre ellos, mientras tratan al resto del país como una masa emocional, manipulable y un poco inferior. Pues bien: la altura no consiste en escribir con anestesia ni en pedir permiso para incomodar. La altura consiste en decir las cosas con precisión. Y a veces la precisión corta.

Con ese ánimo, al día siguiente de las elecciones fui a buscar la columna que sabía que Héctor Abad Faciolince habría escrito para el domingo electoral. No era difícil imaginarla. Cuando el país se sale del libreto de ciertas élites opinadoras, siempre aparece alguien con tono grave a explicar que el pueblo se equivocó, que la democracia está en peligro y que el único lugar moralmente seguro es, por supuesto, el que ellos ocupan.

Y apareció: La poesía es un arma cargada de sentido.

El título prometía poesía. El texto entregó una columna electoral disfrazada de reflexión literaria. Abad Faciolince arrancó con Gabriel Celaya, Paco Ibáñez, Brecht, Neruda, la poesía comprometida y la poesía que no se lava las manos. Todo muy culto, muy solemne, muy de biblioteca desde donde algunos creen iluminar al país. Pero al poco andar se entiende el truco: la poesía era el mantel blanco sobre el que puso una columna llena de barro.

La frase central fue que, en su “andropausia pacífica y serena”, resolvió no mancharse y vestirse de blanco pacifista. Ahí está el corazón del texto: no mancharse. Parece humildad, pero funciona como pedestal. Una cosa era votar en blanco, decisión completamente respetable; otra muy distinta era convertir ese voto en lavamanos moral. Una cosa era decir “no me gustó ninguno”, y otra era decir “yo no me manché”, como si quienes sí escogimos hubiéramos quedado contaminados o condenados a caminar por el lodazal donde el escritor puro no quiso poner sus zapatos blancos.

El problema no es que Héctor Abad Faciolince haya votado en blanco. Estaba en su derecho. El problema es que haya intentado vender ese voto como “verdad”, “independencia” y “opción radical y moral contra todo mal”. Eso ya no fue una decisión electoral sino una puesta en escena de superioridad. Y lo curioso es que el hombre que dijo no querer mancharse escribió con las manos llenas de barro.

A Abelardo de la Espriella lo llamó “falso patriota entregado a Trump”, lo asoció con “aliados paracos”, lo llamó “camisa negra desteñido en la lejía caribe y en sus ganas de plata”, y lo acercó a Hitler, Stalin, fascistas y comunistas, aunque después se curó en salud diciendo que exageraba. Muy limpio todo. Muy blanco. Muy pacifista.

Ese es el primer problema serio de la columna: Abad Faciolince repudió la violencia verbal mientras la practicó con entusiasmo literario. La diferencia es que él no la llama violencia verbal; la llama hipérbole, advertencia, poesía, verdad o independencia. Si otro golpea con palabras, es vulgaridad. Si él golpea, es estilo. Si otro exagera, es fanatismo. Si él exagera, es literatura. A cierta gente no le molesta la violencia verbal: le molesta perder el monopolio de administrarla.

También aparece ahí el recurso Trump. En Colombia, Trump rara vez llega como fenómeno político complejo, con luces, sombras, errores, logros, excesos y una base social que merece análisis. Llega, muchas veces, como caricatura importada por medios activistas, opinadores militantes y las Agendas de la Izquierda Progresista Radical: Trump como insulto portátil, como sello de infamia, como forma rápida de no pensar. En ese coro también aparecen ciertos antioqueños vergonzantes, siempre ansiosos por demostrar que ya superaron la provincia, que ya pueden mirar a Medellín y a Antioquia con distancia suficiente, y que ya dominan los códigos morales del club correcto. No se trata de negar nuestros defectos, que los tenemos de sobra. Se trata de esa necesidad de lavar la identidad propia con modales prestados, causas de temporada y una bogotanización mental que confunde sofisticación con complejo. Por eso basta decir “Trump” para cerrar la conversación. Si alguien habla de autoridad, Trump. Si alguien exige orden, Trump. Si alguien cuestiona ciertos dogmas progresistas, Trump. Si alguien defiende a Abelardo de la Espriella, Trump. La palabra deja de nombrar a un político y se vuelve un garrote retórico.

Eso hizo Abad Faciolince con Abelardo. No discutió seriamente qué significa una agenda de autoridad, seguridad, ley y orden en Colombia. Prefirió colgarle encima el fantasma de Trump, como si eso bastara para probar algo. Pero Colombia no estaba votando en Washington. Colombia estaba votando después de años de inseguridad, extorsión, debilitamiento institucional, grupos armados fortalecidos y un Estado que demasiadas veces pareció pedir permiso para existir.

La pirueta con Celaya fue todavía más reveladora. Citó el poema que maldice la poesía de quienes se lavan las manos, no toman partido y se desentienden, para luego concluir que él resolvió no mancharse. Es decir, usó un poema contra lavarse las manos para lavarse las manos con elegancia. Eso no es profundidad: es acrobacia moral.

Abad Faciolince dijo que su voto en blanco no era neutral, sino valiente, radical y moral. Puede sonar elevado, pero también puede sonar demasiado cómodo. Que a uno lo critiquen dos bandos no vuelve automáticamente su posición valiente. A veces solo significa que logró irritar a dos grupos distintos. Eso puede ser coraje, pero también puede ser vanidad. La política real rara vez ofrece opciones impolutas; no se decide entre ángeles con hojas de vida perfectas, sino entre proyectos, riesgos, prioridades y consecuencias. El país no se gobierna con pureza testimonial. Se gobierna escogiendo.

Y ahí apareció otra maniobra. Abad Faciolince dijo que no quería escoger entre el mal mayor y el mal menor, pero al decirlo ya había escogido el marco moral desde el cual quería que todos miráramos la elección. Abelardo quedó como el mal mayor: Trump, paracos, fascismo, dinero, Caribe, camisa negra. Iván Cepeda quedó como mal menor: comunismo menos exaltado, falsa paz total, partidarios corruptos y narcos embutidos. A los dos les pegó, sí, pero no los trató igual. A Abelardo lo volvió caricatura moral y estética. A Cepeda lo dejó envuelto en una niebla de matices.

Y con Cepeda no hace falta escribir una enciclopedia. Basta recordar lo esencial. No es un misterio político ni un accidente histórico. Viene de una tradición concreta: su padre, Manuel Cepeda Vargas, fue una figura central del Partido Comunista, una de las matrices ideológicas del mundo político del que surgieron las FARC. Eso no transfiere culpas de sangre ni pretende condenar a un hijo por la biografía de su padre, pero sí ayuda a entender una sensibilidad, una trayectoria y una forma de mirar el conflicto colombiano.

Cepeda representa una visión que insiste en el diálogo con estructuras criminales como eje de la respuesta del Estado. Ha estado ligado a procesos de paz con las FARC, el ELN y otros actores armados, y su candidatura recogía, con otros modales, buena parte del proyecto que gobernó estos años. Por eso la llamada paz total ya no puede seguir tratándose como una buena intención intocable. En Colombia deberíamos haber aprendido que las buenas intenciones no bastan cuando al frente hay organizaciones criminales que entienden la mesa como pausa táctica, oportunidad de expansión o mecanismo de legitimación.

El problema no es hablar de paz. El problema es confundir paz con ingenuidad, negociación con rendición simbólica y sensibilidad social con incapacidad para llamar al crimen por su nombre. Por eso resulta tan llamativo que Abad Faciolince hablara de violencia verbal como si el problema central del país fuera la temperatura del lenguaje, y no el hecho de que durante años actores armados, criminales y economías ilegales hayan aprovechado la debilidad del Estado para crecer, intimidar, extorsionar y mandar en territorios enteros.

Claro que el lenguaje importa. Pero Colombia no se está rompiendo solo por palabras duras. Se está rompiendo porque demasiadas veces el Estado renunció a ejercer autoridad legítima, mientras una parte del mundo opinador convirtió cualquier demanda de orden en sospecha autoritaria. Si uno pidió autoridad, lo acercaron al fascismo; si pidió seguridad, le dijeron enemigo de la paz; si exigió que el Estado dejara de arrodillarse ante quienes secuestran, extorsionan y gobiernan por la fuerza, le diagnosticaron barbarie.

No. Pedir autoridad no es pedir tiranía. Pedir seguridad no es despreciar los derechos humanos. Pedir que la democracia tenga dientes no es querer una dictadura. Es entender que sin Estado, sin ley y sin consecuencias, la palabra paz termina convertida en decoración.

Mientras tanto, el país real siguió por fuera de esa escenografía literaria. Está en la gente que vive con miedo, en quien paga extorsión, en quien ve cómo los criminales mandan en territorios enteros, en quien oyó hablar de paz mientras los violentos crecían, en quien escuchó sermones sobre democracia de personas que rara vez sufren las consecuencias de la debilidad del Estado. A esa gente no le basta una poesía cargada de sentido. Necesita un Estado cargado de autoridad.

Y no necesita que desde un balcón moral le expliquen que votar por orden es caer en el fascismo. Mucho menos necesita que le digan que exigir autoridad es nostalgia paramilitar o que votar por Abelardo de la Espriella es votar por el fin de la democracia. Necesita que dejen de tratarla como una masa manipulada cada vez que vota distinto a lo que recomienda el roscograma.

Por eso la columna del domingo merecía respuesta. No porque Héctor Abad Faciolince hubiera votado en blanco, ni porque citara poesía, ni porque desconfiara de Abelardo, que por supuesto podía hacerlo. Merecía respuesta porque volvió a mostrar esa vieja costumbre de cierta élite opinadora: convertir su incomodidad política en superioridad moral.

Abad Faciolince no se limitó a decir que no le gustaba ninguno. Dijo que él no se manchaba. Y ahí, justamente ahí, se le cayó la blancura. Porque nadie que llame “camisa negra” a un candidato, lo acerque a Hitler, lo asocie con paracos, lo reduzca a Caribe, plata y lejía, puede luego pretender que escribió desde una túnica blanca. Estuvo en el barro como todos. Solo que algunos tiran barro con las manos y otros lo tiran con guantes literarios.

Quizá ahí esté la ironía. Algunos viven recordándonos El olvido que seremos, pero olvidan lo más elemental: que la democracia no se defiende mirando al país por encima del hombro, llamando monstruos a quienes piden orden o disfrazando el desprecio de sensibilidad literaria.

Si Héctor Abad Faciolince quiso votar en blanco, bien. Si quiso vestirse de blanco, también. Estaba en todo su derecho. Pero que no pretenda convencernos de que no se manchó mientras tiraba barro con las dos manos.

Porque cuando la poesía se usa para esconder la soberbia, deja de ser un arma cargada de sentido y se convierte apenas en otra forma elegante de lavarse las manos.

Héctor Abad o la soberbia de no entender al país

No suelo leer El Espectador. Desde hace ya varios lustros dejó de ser, para mí, un periódico con carácter propio y se fue convirtiendo en algo mucho menos interesante: un panfleto elegante de la izquierda progresista radical.

No me molesta que un medio tenga origen político. Muchos periódicos nacen con ideas, causas y una manera particular de mirar el mundo. Lo que molesta es otra cosa: que se disfracen de árbitros morales, se presenten como conciencia democrática del país y terminen funcionando, demasiadas veces, como caja de resonancia de las mismas obsesiones ideológicas de siempre.

Una prueba de ello es la columna de Héctor Abad Faciolince publicada el 31 de mayo, dia de elecciones, la cual, además de llegarme tarde y de carambola, muestra muy bien el problema. No busca entender a Abelardo ni al país que lo está apoyando. Busca etiquetarlo, deformarlo y llenarlo de calificativos. Todo contra quien, salvo que algo verdaderamente irregular ocurra, será el próximo presidente de Colombia.

Mientras Colombia votaba, ya se intentaba marcar la elección con una etiqueta. Antes de aceptar lo que las urnas terminarían mostrando, había que dejar lista la acusación. Había que convertir al candidato incómodo en amenaza antes de reconocer que estaba conectado con un malestar real.

Ese mismo día, Abelardo de la Espriella les dio sopa y seco en las urnas a quienes creían tener el monopolio moral del país. Ahí se entiende mejor la columna: no como análisis sereno, sino como miedo anticipado. Cuando un candidato rompe el libreto de las élites opinadoras, no se le discute: se le patologiza. No se analizan sus ideas: se le convierte en amenaza. No se reconoce el malestar ciudadano que representa: se le reduce a caricatura.

Tirano. Vulgar. Fascista. Ignorante. Payaso. Peligroso.

El repertorio cambia poco, porque el método es siempre el mismo.

Abad pretendía hacer el retrato moral de un candidato. Le salió otra cosa: el retrato involuntario de cierta élite opinadora colombiana cuando pierde el control del relato.

Su columna no busca convencer. Busca degradar. No argumenta. Ridiculiza. No discute un programa de gobierno ni una visión de Estado. Prefiere el camino fácil: la barba, la ropa, la vanidad, el cuerpo, la esposa, Miami, Florencia, el supuesto mal gusto. Todo envuelto en una prosa que quiere sonar brillante, pero que termina mostrando una pobreza argumentativa preocupante.

La política no tiene por qué ser tibia. Una democracia necesita confrontación, ideas fuertes y denuncias. Pero advertir sobre riesgos autoritarios no es lo mismo que sustituir el análisis por la burla. Cuando un columnista describe al adversario como grotesco, ridículo o peligroso sin detenerse en lo que representa para millones de ciudadanos, deja de hacer crítica política y empieza a hacer desahogo social.

Ahí está el punto. Abelardo no apareció de la nada. No es solo un personaje pintoresco impulsado por la televisión o las redes. Es el síntoma de una Colombia cansada de que le pidan paciencia mientras el crimen avanza, de que le hablen de paz mientras los grupos armados se fortalecen, y de que le vendan superioridad moral mientras la extorsión, el narcotráfico y la secuestro territorial siguen creciendo.

Claro que se puede criticar su estilo. Claro que se le puede exigir mayor precisión programática (aunque su programa lo es, y cero de echar globos), mejor equipo técnico (que lo tiene) y menos teatralidad (un poco difícil por su espíritu caribe). Eso sería legítimo. Lo pobre es reducirlo a un “aspirante a tirano” sin tomarse en serio el malestar que lo explica. Esa soberbia es la que ha llevado a muchos sectores «ilustrados», de esa élite «intelectual» a no entender el país que dicen defender.

En democracia, el voto no siempre premia al más elegante ni al más cómodo para las tertulias. A veces premia al que logra nombrar problemas colectivos que otros prefirieron ignorar (o maquillar), y plantear acciones para solucionarlos.

Colombia tiene hoy una angustia real: la sensación de que el Estado ha cedido demasiado, de que la autoridad se volvió sospechosa y de que la palabra “paz” se ha usado para justificar concesiones que no siempre producen la tan anhelada paz.

Abad ya ha mostrado antes esa forma de superioridad moral. Recuerdo que en 2014, cuando Nairo Quintana llenaba de orgullo a Colombia con la maglia rosa en el Giro de Italia (la del liíder de la carrera), publicó en Twitter: “A la extrema derecha no le gusta mucho eso de ‘camiseta rosada’ o ‘maglia rosa’. Creen que es del orgullo gay”.

Ese comentario no era solo un mal chiste. Era una muestra perfecta de la ligereza con la que este tipo de opinadores hablan desde arriba, como si todos los que no piensan como ellos fueran brutos, atrasados o incapaces de entender algo tan elemental como una tradición deportiva.

Yo le respondí entonces con lo obvio, justamente para dejar en evidencia la ignorancia del comentario: si el problema era que la camiseta rosada podía asociarse, según él, con el orgullo gay, entonces qué hacía con la camiseta arcoíris del campeón mundial de ciclismo. Porque la camiseta de campeón mundial no es rosada. Es arcoíris. Y en ciclismo no representa su burla barata, ni su chiste político, ni su necesidad de ridiculizar a la derecha. Representa mérito, gloria, historia y jerarquía deportiva.

Esa era la respuesta. No un adorno. No una curiosidad de ciclismo. Era mostrarle que su comentario era flojo, ignorante y prejuicioso. Porque cualquiera que conozca mínimamente el ciclismo sabe que la maglia rosa del Giro y la camiseta arcoíris del campeón mundial pertenecen a una tradición deportiva, no a la necesidad ideológica de un columnista de burlarse de sus adversarios.

Aquel episodio no fue una anécdota menor. Fue una radiografía. Abad se presenta como defensor de la complejidad, pero con frecuencia reduce al contrario a un estereotipo. Habla de tolerancia, pero practica el desprecio. Reclama humanidad, pero se la niega políticamente a quienes no caben en su mundo. Él a la larga no discute con ciudadanos. Discute con muñecos que él mismo fabrica: el uribista bruto, el derechista homofóbico, el conservador primitivo.

Y lo peor es que suele salirse con la suya. Porque pertenece a ese roscograma intelectual donde ciertos escritores, periodistas y opinadores pueden descacharse una y otra vez, hablar desde la superioridad moral, decir simplezas con tono profundo y aun así seguir siendo tratados como conciencia del país. A otros les cobran cada palabra. A ellos les celebran hasta los disparates.

Ese es el nivel de quien posa de humanista mientras desprecia en bloque a quienes no caben en su mundo ideológico.

La columna también deja ver otra cosa: el miedo reverencial frente a cierto periodismo. Abad menciona el episodio de una «gran» periodista y parece sugerir que, si un candidato se incomoda con una periodista quien claramente le impregnó cicuta a su cuestionario, entonces ya estamos ante una señal autoritaria. Pero ahí también hay que hacer una precisión. No todo el que carga una libreta, un micrófono o una credencial actúa como periodista. Muchas veces actúa como activista, con agenda, con veneno, con preguntas cargadas y con una idea previa de a quién quiere destruir.

Eso no significa que los periodistas no puedan preguntar duro. Claro que pueden. Deben hacerlo. Pero una cosa es preguntar duro y otra muy distinta actuar como fiscal ideológico, provocar, torcer, insinuar y luego esconderse detrás de la palabra “periodismo” como si fuera una sotana. En Colombia y fuera de Colombia hay demasiados opinadores y periodistas que se creen ungidos por alguna autoridad superior. Preguntan con veneno, escriben con veneno, editan con veneno, y luego exigen que nadie les conteste duro porque entonces se sienten atacados en nombre de la libertad de prensa.

No. La libertad de prensa no convierte al periodista en intocable. Tampoco convierte al activismo en verdad. Y mucho menos obliga a un candidato a quedarse agachado frente a preguntas imprecisas, sesgadas o malintencionadas.

Hay, además, un punto delicado que conviene decir sin rodeos, pero con respeto. Héctor Abad Faciolince e Iván Cepeda comparten, cada uno desde su propia historia, una relación pública con la tragedia política colombiana. Sus familias fueron atravesadas por la violencia. Eso merece respeto. Nadie decente debería burlarse del dolor ni de una pérdida familiar marcada por la muerte.

Ahora bien, el respeto por la tragedia no puede convertirse en obediencia intelectual. Una biografía dolorosa no vuelve infalible a nadie. No convierte una columna en argumento ni una candidatura en reserva moral. El duelo puede explicar una sensibilidad, pero no puede blindar a nadie contra la crítica.

Colombia ha sufrido demasiado como para permitir que el dolor se vuelva escudo político intocable. La tragedia no puede ser patente de corso. No puede convertirse en licencia para caricaturizar al adversario, repartir certificados de decencia o hablar desde un pedestal moral frente a millones de ciudadanos que también han vivido miedo, violencia, secuestro, extorsión, desplazamiento o abandono estatal.

La indulgencia relativa de Abad con Iván Cepeda también dice mucho. No porque lo trate como santo, que no lo hace. También le teme, también lo mira como un riesgo y también lo ubica en el campo de los extremos. Pero la diferencia está en el método. A Abelardo lo despelleja con saña estética, corporal y moral. A Cepeda lo describe como hermético, esquivo e insondable. A uno lo vuelve caricatura de circo. Al otro lo convierte en enigma político.

Pero sí sabemos cosas. Sabemos que Cepeda ha defendido una visión política que insiste en el diálogo con estructuras armadas al margen de la ley y dedicadas al narcotráfiico como eje central de la respuesta del Estado. Sabemos que él ha estado ligado intimamente a procesos de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y otros actores armados. Sabemos que su candidatura representa una continuidad, con otros modales, del proyecto político que gobernó estos último casi cuatro años.

La llamada paz total no puede seguir tratándose como una buena intención intocable. En Colombia ya deberíamos haber aprendido que las buenas intenciones no bastan cuando al frente hay organizaciones armadas que entienden el diálogo como pausa táctica u oportunidad de expansión. El problema no es hablar de paz. El problema es confundir paz con ingenuidad y negociación con rendición simbólica.

Existe una solidaridad boba, muy propia de cierta izquierda moralizante, que consiste en creer que todo enemigo de sus enemigos merece indulgencia (o dosis de esa empatía y resiliencia). Si alguien se opone a la por ellos etiquetada «extrema» derecha, se le perdonan silencios, alianzas o ambigüedades. Si alguien habla en nombre de la paz, cualquier crítica a sus métodos se interpreta como barbarie.

Esa lógica es peligrosa. El enemigo de mi enemigo no es necesariamente mi amigo. Puede ser simplemente otro enemigo de la libertad, del Estado de derecho o de la democracia, aunque hable con tono pausado, lea su libreta de apuntes y se presente no sólo como víctima de la historia, sino que nos quiera hacer creer que somos en esencia un país de victimas.

La discusión de fondo no es si Abelardo canta bien, se viste mal o tiene una personalidad excesiva. La discusión es si Colombia va a recuperar la autoridad legítima del Estado o si seguirá atrapada en la costumbre de consentir a quienes han vivido de intimidar, secuestrar, extorsionar y gobernar territorios por la fuerza.

Tampoco hay que escoger entre brutalidad y claudicación. Ese es un falso dilema. Un Estado serio puede ser firme sin ser arbitrario. Puede aplicar la ley sin convertirse en tiranía. Puede derrotar criminales sin despreciar los derechos humanos. Puede dialogar cuando haya condiciones y levantarse de la mesa cuando la contraparte la usa para fortalecerse. Ese debería ser el debate. No la barba. No el traje. No Miami. No Florencia. No la burla de salón.

A Abad le preocupa el tirano de derecha. Esa preocupación puede ser legítima. Pero también debería preocuparle el autoritarismo que se disfraza de superioridad moral: el que decide quiénes son los buenos antes de mirar los hechos, el que convierte la paz en dogma y el que mira con desprecio al ciudadano que pide orden.

Colombia no necesita otra ronda de caricaturas, sermones y poses morales. Necesita autoridad legítima, seguridad, justicia, libertad y límites reales al poder. Necesita un debate serio sobre el país que se quiere gobernar, no otra competencia de insultos bien escritos desde las columnas de siempre.

El problema de Abad no es que critique a Abelardo. Tiene todo el derecho a hacerlo. El problema es que no parece querer entender por qué millones de colombianos sí lo están escuchando. Prefiere mirar desde su balcón moral y llamar tiranía a todo lo que no entiende, mientras guarda una indulgencia sospechosa frente a quienes llevan años alimentando resentimiento, lucha de clases y revancha bajo el lenguaje cómodo de la justicia social.

Quizá esa sea la ironía. Algunos viven recordándonos El olvido que seremos, pero olvidan algo más básico: que la democracia no se defiende tratando como monstruos a quienes piden orden, ni blindando con indulgencias a quienes hablan en nombre de la paz. Si Colombia sigue reducida a rótulos y caricaturas, el problema no será solo la pobreza argumentativa de sus columnistas. Será la soberbia de una élite que todavía no entiende por qué el país dejó de creerle.

Colombia: entre la rabia y la cordura

He venido apoyando públicamente la candidatura de Abelardo de la Espriella. Lo digo de entrada, a modo de disclaimer: no hago parte de su campaña, no hablo en nombre de ella, no tengo cargo, contrato ni vocería alguna. Lo he hecho como ciudadano que vive entre aquí y allá, pero que no ha renunciado a pensar, opinar y preocuparse por Colombia. Escribo desde una inquietud genuina por una nación que no puede seguir muriendo en sus propios intentos.

Las elecciones presidenciales del 31 de mayo dejaron una segunda vuelta que muchos han querido reducir a otra pelea entre derecha e izquierda. Así la han presentado algunos medios, tradicionales y no tan tradicionales, más atentos al rating, los clics y las visualizaciones que a entender lo que se mueve debajo del resultado.

Según los datos reportados por la Registraduría, De la Espriella pasó primero a segunda vuelta con cerca del 44% de los votos, frente a un Iván Cepeda que rondó el 41%. Pero el dato político de fondo no es solo el porcentaje. Es que millones de personas acompañaron a una figura pública que no venía de la política tradicional, que incomoda a los medios, que no habla con el libreto domesticado por la corrección política de siempre y que terminó expresando un malestar más amplio: cansancio con el desorden, miedo frente a la inseguridad, frustración con la improvisación y rechazo a una forma corrupta de gobernar que prometió unir desde la justicia social, pero terminó profundizando la división.

Con esos resultados sobre la mesa, algo queda claro: hay mucha gente inconforme. Unos celebran, otros se alarman, otros sienten alivio y otros rabia. Eso es natural en una sociedad donde la política lleva años calentando emociones, simplificando problemas complejos y usando la frustración ciudadana como mercancía electoral.

Ahí aparece un tema que me parece central: la pobreza mental.

No uso esa expresión como insulto. Tampoco la asocio con pobreza económica. No vive solo en los barrios pobres, ni desaparece por tener dinero, títulos, apellidos, viajes u oficinas bonitas. Pulula en todos los niveles y estratos sociales. Puede estar en el empresario que desprecia al trabajador, en el político que vive de sembrar resentimiento, en el joven que cree que todo se le debe, en el profesional que repite consignas sin pensar, en el rico que confunde privilegio con superioridad, o en el ciudadano que entrega su criterio a la tribu de turno.

La pobreza mental, como la entiendo, es la pérdida de responsabilidad sobre la propia vida. Es creer que todo depende de otro; que el futuro está bloqueado; que alguien más tiene siempre la culpa; que progresar es sospechoso; que el éxito ajeno solo se explica por privilegio, trampa o abuso; y que la indignación puede reemplazar al esfuerzo. Es una pobreza de imaginación, carácter y horizonte.

Hay razones de sobra para estar inconformes. Existen desigualdad, abusos, regiones olvidadas, jóvenes sin oportunidades, trabajadores frustrados y familias que hacen milagros para sostenerse. El problema empieza cuando esa molestia legítima se usa para romper más el tejido social. Cuando a la gente no se le invita a levantarse, sino a odiar. Cuando al trabajador no se le habla de progreso, productividad y dignidad, sino de enemigos. Cuando al ciudadano no se le ayuda a recuperar control sobre su vida, sino que se le enseña a encontrar siempre un culpable.

Esa ha sido una de las grandes trampas de cierta izquierda, especialmente la de las agendas progresistas radicales: presentarse como defensora del pueblo mientras alimenta las fracturas que dice querer sanar. Ha sido eficaz construyendo narrativas, encontrando villanos, repitiendo consignas, repartiendo culpas y convirtiendo frustraciones reales en combustible electoral. Pero a la hora de gobernar mostró otra cosa: que su modelo no era unir una nación, sino fragmentarla por dentro.

A eso se suma otra trampa del lenguaje político moderno: ahora todo fenómeno popular que incomoda a cierta élite opinadora recibe el nombre de populismo. La palabra se volvió etiqueta automática. Se la pusieron a Donald Trump, a Jair Bolsonaro y durante años a Viktor Orbán en Hungría. Se la ponen a cualquiera que hable de orden, seguridad, autoridad o hartazgo ciudadano. Pero no siempre usaron la misma vara cuando académicos, comentaristas y organismos internacionales miraban con simpatía o indulgencia experimentos como el de Hugo Chávez. Incluso Joseph Stiglitz llegó a elogiar aspectos de la política económica y social venezolana. Ahí, para muchos, la concentración de poder, la chequera petrolera, el culto al líder y la destrucción institucional parecían detalles secundarios frente a la narrativa atractiva de la justicia social.

Ese doble rasero enferma la conversación pública. Si la palabra populista solo sirve para descalificar al adversario, y no para analizar con seriedad los riesgos del poder, deja de ser una categoría útil y se convierte en otro recurso cómodo para cerrar discusiones desde la superioridad moral del comentarista.

La sociedad se está partiendo en tribus. En ellas empiezan a pesar cosas que no definen ni el carácter ni las capacidades de nadie. Las políticas identitarias, importadas muchas veces sin contexto y repetidas con superioridad moral, han servido más para dividir que para comprender. Pescan en frustraciones, heridas históricas y pasados incómodos que muchas personas ya habían empezado a superar, para convertirlos otra vez en materia prima de resentimiento.

También se ha trivializado el lenguaje. Hoy basta pensar distinto para que a alguien lo etiqueten como fascista, homófobo, misógino, racista o clasista. Son palabras graves, que deberían usarse con rigor. Pero se volvieron herramientas de bajo costo para cancelar una conversación, asustar o disciplinar al que se sale del libreto, y ese es el señuelo en el que no deberíamos caer.

A De la Espriella lo han querido reducir a una caricatura. Lo presentan como estridente, vanidoso, excesivo e incómodo. Y claro que tiene una personalidad que no pasa desapercibida. No es un político de manual, ni pretende serlo. Ha sido figura pública, abogado, opinador y personaje mediático, con una manera de hablar que no pide permiso. Pero precisamente por eso incomoda tanto a quienes prefieren políticos que hablan bonito, reparten frases correctas y después dejan todo peor.

De la Espriella tiene elementos que a algunos incomodan. Sería absurdo negarlo. Tiene un estilo particular y una forma de comunicar que muchas veces rompe con los moldes de la política tradicional. Pero también tiene algo que muchos sienten que se perdió: carácter. Y en una nación donde la autoridad ha sido confundida con abuso, y la falta de autoridad con sensibilidad social, eso pesa.

La izquierda tuvo una oportunidad única. Llegó al poder con una narrativa potente: cambio, inclusión, dignidad, paz y justicia social. Pero en América Latina esa última expresión debería despertar menos ingenuidad. Fidel Castro y Hugo Chávez también hicieron de la justicia social su caballito de batalla, y terminaron usando esa promesa para concentrar poder, destruir instituciones y someter sociedades enteras a la dependencia del Estado.

Thomas Sowell, en The Quest for Cosmic Justice, advirtió con crudeza que la envidia, antes vista como uno de los siete pecados capitales, terminó convertida en una virtud admirada bajo el nombre de “justicia social”. El problema no es aspirar a una sociedad más justa; el problema es convertir esa aspiración en resentimiento contra el mérito, la empresa, el progreso y la libertad.

Gobernar no es declamar, tuitear ni convertir cada crítica en conspiración. Gobernar exige resultados, orden, seguridad, instituciones, crecimiento, responsabilidad y capacidad de convocar incluso a quienes no votaron por uno.

Esa oportunidad se desperdició. Y cuando eso ocurre, la ciudadanía no vuelve al mismo lugar. Vuelve más cansada, más desconfiada y más dispuesta a buscar una alternativa que no le hable con eufemismos.

Muchos no votaron simplemente por derecha. Votaron para poner un límite. Votaron para decir basta. Basta de relativizar la inseguridad. Basta de mirar con sospecha al que produce. Basta de presentar la informalidad, el bloqueo o la invasión como formas superiores de justicia social. Basta de hablar de igualdad mientras se promueve división. Basta de convertir al inconforme en materia prima de una revolución que nunca mejora su vida concreta.

Pero la indignación puede ayudar a ganar una elección; no alcanza para reconstruir una nación.

Despierta, pero también enceguece. Sirve para poner un freno, no necesariamente para trazar un camino. No podemos pasar de una consigna a otra, de una tribu a otra, de una revancha a otra. Se necesita autoridad, sí, pero también serenidad. Orden, pero no espectáculo. Seguridad, pero también crecimiento. Derrotar el resentimiento, pero sin caer en el desprecio.

Por eso el llamado debe ser a la cordura. No a la tibieza. No a esa neutralidad cómoda que tantas veces sirve para quedar bien con todo el mundo. Cordura significa mirar de frente lo que está en juego. Significa no dejarse manipular por etiquetas. Significa entender que una persona no queda definida por los apelativos que sus adversarios le cuelgan, sino por lo que pueda hacer frente a un momento histórico.

De la Espriella tiene una oportunidad única. Su carácter, su perrenque y su manera frontal de hablar pueden ser una fuerza decisiva si se ponen al servicio de algo más grande: ordenar el país, recuperar autoridad y devolverle confianza a una ciudadanía cansada de excusas. No se trata de pedirle milagros a nadie, sino de exigir que este momento no se desperdicie.

La pobreza mental no se supera con discursos que infantilizan al ciudadano. Se supera devolviendo sentido de acción. Se supera diciéndole a la gente que su origen no tiene por qué ser condena, que su rabia no tiene por qué ser destino, que su historia no tiene por qué ser una cadena. Se supera con educación, trabajo, responsabilidad, familia, ahorro, disciplina, seguridad, oportunidades reales y un Estado que acompañe sin convertir a las personas en dependientes emocionales de la política.

La segunda vuelta no debería ser una guerra de insultos. Ya hemos tenido demasiado de eso. Debería ser una decisión adulta sobre el rumbo colectivo: seguir atrapados en una narrativa que divide, señala y administra frustraciones, o intentar recuperar la capacidad de hacernos cargo de una sociedad que merece algo mejor que vivir eternamente enfrentada consigo misma.

No se trata de votar desde el odio. Se trata de votar desde la cordura. Y en este momento, la cordura empieza por no caer en el señuelo de quienes necesitan destruir al adversario porque ya no pueden defender con seriedad el resultado de su propio modelo.

Salida, voz y lealtad: Colombia no se abandona

A dos días de unas elecciones decisivas, Colombia vuelve a estar frente a una pregunta que no es simplemente electoral: qué hacemos quienes todavía creemos que este país tiene futuro. Qué hacemos quienes creemos que la empresa no es enemiga de la sociedad, que el trabajo formal sigue siendo una herramienta de dignidad, y que la democracia no puede reducirse a una rabia administrada desde el poder.

La pregunta, en el fondo, es si frente al deterioro vamos a escoger la salida, ejercer la voz o asumir la lealtad como una forma seria de permanecer y corregir.

Albert O. Hirschman (1915-2012) no fue un consultor internacional más, de esos que llegan a un país, producen un diagnóstico elegante y se van sin haber entendido realmente lo que ocurre por debajo. Fue un economista del desarrollo, pero también un hombre interesado en la política, la filosofía, la historia y en la manera concreta en que las sociedades enfrentan sus bloqueos. Nacido en Alemania, formado en Europa y Estados Unidos, llegó a Colombia en 1952, recomendado por el Banco Mundial para asesorar al Consejo Nacional de Planeación. Terminó viviendo y trabajando en Bogotá durante cerca de cuatro años. No miró a Colombia desde lejos. La vivió.

Ese paso no fue anecdótico. Colombia marcó su manera de pensar el desarrollo. Hirschman encontró un país difícil, desordenado, contradictorio, pero lleno de energía e iniciativa. Un país que muchas veces no se entiende a sí mismo. Un país que tiene mucho más potencial del que parece dispuesto a reconocer.

Uno de sus trabajos posteriores fue Getting Ahead Collectively (Saliendo adelante colectivamente), publicado en 1984, hace ya más de cuarenta años. Al leerlo hoy, uno siente algo incómodo: pareciera una máquina del tiempo detenida. Esa Colombia de la periferia, que tantos políticos mencionan con voz solemne en discursos y campañas, sigue muchas veces atrapada en los mismos diagnósticos, las mismas promesas y la misma ausencia de soluciones concretas. Se habla de ella, se la invoca, se la usa como símbolo, pero demasiadas veces no se le resuelven los problemas de fondo.

Pero el Hirschman que más me interesa para este momento es el de Exit, Voice, and Loyalty (Salida, voz y lealtad). Ese libro me ha impactado porque ayuda a entender algo que Colombia no puede ignorar: las sociedades no se destruyen de un día para otro. Van repitiendo guiones. Van normalizando deterioros. Van acostumbrándose a la mediocridad. Dejan de hablar a tiempo y terminan aceptando como inevitable lo que antes parecía impensable.
Así empiezan muchos infiernos terrenales. Venezuela es uno de ellos.

Salida, voz y lealtad no son tres palabras bonitas para citar en una columna. Son tres respuestas frente al deterioro. Salida es irse, retirar el talento, el capital, la energía y la esperanza. Voz es hablar, advertir, incomodar, reclamar y participar antes de que sea demasiado tarde. Lealtad no es quedarse callado ni aplaudir por miedo. Lealtad es permanecer con sentido crítico, precisamente porque todavía importa aquello que se quiere corregir.

Ese es el punto. Colombia no necesita más gente empacando la maleta mental antes de que ocurra la tragedia. Necesita gente dispuesta a quedarse, hablar y construir. Lo digo, además, desde una contradicción personal que no deja de parecerme curiosa: en un momento en que muchos piensan cómo irse del país, yo llevo bastante rato buscando la manera de hacer más cosas en Colombia y de vivir, por qué no, permanentemente allá.

Tengo ciudadanía estadounidense y alemana, además de la colombiana. Vivo legalmente en Estados Unidos y podría seguir viviendo acá. También podría construir vida en Europa. Podría mirar a Colombia desde lejos y opinar con la comodidad de quien no se juega nada. Y, sin embargo, intento acercarme más al país, aportar más y encontrar una forma real de trabajar por Colombia desde Colombia.

No por nostalgia barata. No por cálculo político. No por posar de patriota de domingo. Lo veo más bien como una responsabilidad frente a un país que tiene un potencial enorme, pero que demasiadas veces no ha sabido aprovecharlo.

Colombia tiene talento, pero muchas veces sin método. Tiene riqueza natural, pero muchas veces sin visión. Tiene gente capaz, pero atrapada en desconfianzas, roscas, complejos, resentimientos y pequeñas miserias culturales. Tenemos potencial de sobra. El problema es que nos cuesta convertirlo en instituciones, productividad, movilidad social y futuro compartido.

Ahí aparece una reacción que entiendo, pero que también me inquieta. Algunos amigos, incluso amigos con responsabilidades importantes en Colombia, me lo han dicho de distintas maneras: “Max, ¿vos para qué te vas a devolver? Vos estás tranquilo allá. Tenés cómo vivir en Estados Unidos, tenés ciudadanía alemana, podés moverte en Europa. ¿Para qué te vas a meter otra vez en ese chicharrón?”. No lo digo como reproche. Al contrario, entiendo de dónde viene la pregunta. En un país cansado, inseguro, desconfiado y muchas veces mal administrado, querer volver puede parecer una locura.

Pero ahí está precisamente el punto. Cuando la pregunta natural empieza a ser “¿para qué volver?”, algo serio está pasando. No porque todo el que se va esté equivocado, ni porque irse sea siempre cobardía. Cada persona sabe qué familia protege, qué oportunidades busca y qué cansancio carga. Pero cuando un país empieza a producir más razones para salir que para quedarse, la salida deja de ser una decisión individual y empieza a convertirse en síntoma colectivo.

Por eso Venezuela no puede tratarse como exageración retórica. Allí no se perdió únicamente una economía, una industria petrolera, una moneda o un aparato productivo. Venezuela perdió millones de personas. Y antes de que esas personas cruzaran una frontera, compraran un tiquete o buscaran otro pasaporte, pasó algo más profundo: dejaron de creer que valía la pena seguir peleando por su país.

Ahora bien, la cifra citada oficialmente por organismos internacionales habla de casi 7.9 millones de refugiados y migrantes venezolanos en el mundo. Pero esa cifra debe leerse como un piso, no necesariamente como un techo, porque los registros oficiales no siempre capturan bien a quienes salieron usando una segunda nacionalidad o se regularizaron como nacionales de otro país.

Ese matiz es enorme en el caso de los colombo-venezolanos. Por historia familiar, frontera y migración de ida y vuelta, muchos venezolanos tienen o pueden reclamar nacionalidad colombiana por padre o madre colombiana. Algo parecido ocurre con venezolanos de origen español, italiano, portugués o europeo. Por eso, aunque no exista una cifra oficial única, no es descabellado sostener que la pérdida humana venezolana podría superar los 10 millones de personas si se consideran dobles nacionales, retornados, colombo-venezolanos y venezolanos con raíces europeas.

La comparación ayuda a entender el tamaño del desastre. Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1998, Venezuela tenía alrededor de 23.6 millones de habitantes. Frente a esa base, los casi 7.9 millones oficialmente contabilizados equivalen a cerca de un tercio de la población que tenía el país al inicio del chavismo. Si la pérdida humana real supera los 10 millones, hablaríamos de más del 40% de esa población de referencia.

Y para yo no dar papaya con las cifras, usemos también una base más amplia: la población de Venezuela en 2015, antes de que se hiciera plenamente visible la gran aceleración del éxodo. Para ese año, Venezuela tenía alrededor de 30.5 millones de habitantes. Incluso con esa base, los casi 7.9 millones oficialmente registrados representan más de una cuarta parte del país. Y si el número real supera los 10 millones, estaríamos hablando de casi un tercio de la población venezolana previa al vaciamiento.

Eso no es migración normal. Eso es pérdida humana en escala histórica.

Chile ofrece una comparación incómoda, porque las narrativas de la izquierda han sido eficaces para convertir ciertos relatos en verdades morales absolutas. En muchos círculos académicos, Chile suele resumirse en una fórmula demasiado cómoda: Allende, mártir democrático; Pinochet, dictador neoliberal; y todo lo demás sobra.

Pero Allende, mártir para muchos, también dejó a Chile metido en un desastre económico, institucional y político monumental. En 1973, Chile enfrentaba inflación desbordada, escasez, mercados negros, controles de precios, expropiaciones, deterioro de la producción, radicalización política y una economía caminando hacia el abismo. Eso no justifica violaciones de derechos humanos ni convierte una dictadura en algo deseable. Pero sí obliga a decir que Chile no llegó al 11 de septiembre de 1973 como un país ordenado al que simplemente se le atravesó la historia.

Pinochet no fue un santo. Hubo represión, exilio, miedo, tortura y violaciones graves de derechos humanos. Pero tampoco se puede negar que Chile corrigió un rumbo económico que lo estaba llevando al desastre. Se redujo el desorden fiscal, se abrió la economía, se atrajo inversión, se estabilizó el país y, con el tiempo, Chile se convirtió en una de las economías más serias de América Latina.

La comparación con Venezuela es reveladora. Chile tuvo exilio político, claro. Una estimación frecuentemente citada habla de alrededor de 200.000 chilenos forzados al exilio durante la dictadura. Chile tenía cerca de 10.3 millones de habitantes en 1973. Incluso si se usa una base poblacional mayor, cercana a 11.2 millones, que corresponde más bien a finales de los años setenta, ese exilio representó alrededor del 2% de la población chilena.

La diferencia no es de matiz. Es de naturaleza. Chile no se vació. No perdió una cuarta parte o un tercio de su población. No vio salir millones de personas llevando consigo talento, capital, memoria, redes y capacidad productiva. Una parte de ese exilio tuvo enorme capacidad narrativa en universidades, medios, centros culturales, organizaciones internacionales y redes políticas. No necesariamente fueron muchos en términos demográficos, pero sí fueron muy influyentes en términos simbólicos. Esa capacidad instaló una lectura casi religiosa: Allende como mártir absoluto, Pinochet como mal absoluto y el modelo económico chileno como pecado original. Pero la realidad fue más compleja.

Venezuela, en cambio, fue vaciada. Y eso debería estremecer a Colombia. Un país no se destruye solo cuando cae su moneda, se deteriora su empresa privada o se pierden sus instituciones. Se destruye cuando su gente empieza a pensar que lo mejor que puede hacer es irse: el médico, el empresario, el joven, el profesor, el técnico, la familia entera, el que podría quedarse a construir y decide que ya no vale la pena.

Por eso, si durante años hemos advertido que Colombia puede terminar pareciéndose a Venezuela o a Cuba, no podemos responder haciendo exactamente lo que esos modelos terminan provocando: que quienes aportan, construyen, generan empleo o tienen algo que decir se cansen, se vayan o se queden callados. Si uno ha advertido tanto sobre el peligro del socialismo, no puede terminar actuando como si el socialismo ya hubiera ganado la partida.

La salida puede ser comprensible a nivel individual. Pero como actitud colectiva, la salida puede convertirse en abandono. Y cuando quienes tienen formación, empresa, redes, criterio o liderazgo abandonan el barco, el vacío no queda vacío. Lo ocupan otros: la improvisación, la rabia y quienes no quieren construir sobre lo existente, sino reemplazarlo todo por una épica de resentimiento.

Por eso la voz importa. La voz no es gritar, insultar ni repetir consignas como loro mojado. La voz es participar con claridad, argumentos y carácter. Es decir que la empresa no es el problema de Colombia, sino parte esencial de cualquier solución seria. Es decir que la movilidad social no se logra atacando al que genera empleo, sino ampliando capacidades, educación, formalidad, productividad y confianza. Es decir que el Estado debe servir al ciudadano, no convertirlo en dependiente.

Ahí aparece una discusión que Colombia evita porque incomoda: la pobreza mental. No como insulto a los pobres, ni como desprecio de clase, sino como una restricción real que atraviesa todos los estratos. Hay pobreza mental en quien no cree que puede hacerse cargo de su vida, en quien espera que el Estado le resuelva todo, en quien tiene poder y bloquea al que quiere aportar, en quien confunde resentimiento con justicia, en quien cree que destruir al que produce es una forma de igualar. Y también hay pobreza mental en élites que se acostumbraron a hablar del país desde la comodidad, pero no desde el compromiso.

Colombia necesita movilidad social, mejores ingresos, mejores empleos, más formalidad y más personas entrando a una clase media real. Pero necesita también movilidad de mentalidad: pasar de la queja a la acción, de la dependencia a la agencia, del resentimiento a la responsabilidad, de la sospecha permanente a la construcción de confianza. Sin eso, cualquier aumento de ingresos será frágil y cualquier promesa de cambio terminará convertida en otra frustración.

Tal vez ahí está una de las grandes deudas con el propio escudo. Libertad sin orden termina en desorden, informalidad, viveza y deterioro institucional. Orden sin libertad termina en obediencia, miedo y abuso. Colombia necesita las dos cosas: libertad para emprender, hablar, crear, disentir y construir; orden para respetar la ley, cumplir la palabra, cuidar las instituciones y dejar de confundir astucia con inteligencia.

Por eso, ante la incertidumbre electoral, la respuesta no puede ser la salida, el silencio ni la resignación. La respuesta debe ser una lealtad activa con Colombia: no aplaudir lo que está mal, pero tampoco abandonar el país cuando más necesita voces firmes.

Espero, además, que pasado el susto y la angustia de estos días, como tengo certeza de que ocurrirá, no volvamos a la comodidad de siempre. Sería un error creer que, porque Colombia esquiva un abismo, ya resolvió sus problemas. No podemos seguir manteniendo un país apenas por inercia, sin soluciones serias para problemas serios.

Incluso ganando una elección, Colombia tiene que resolver problemas de fondo y de forma. De fondo, porque seguimos arrastrando inseguridad, informalidad, pobreza, mala educación, baja productividad, justicia débil, corrupción, desconfianza institucional y una cultura ciudadana muchas veces pobre. De forma, porque tampoco basta con tener buenas ideas si no se sabe ejecutarlas, comunicarlas, sostenerlas y volverlas política pública real.

El país necesita algo más que evitar el desastre. Necesita una propuesta seria para ser, por fin, el país que puede ser.

Colombia no se abandona cuando gana alguien que no nos gusta. No se abandona cuando el ambiente se vuelve incierto. No se abandona cuando algunos prefieren desconfiar del que quiere aportar antes que abrirle espacio. Y tampoco se abandona cuando pasa el susto y vuelve la falsa tranquilidad. Colombia se abandona cuando dejamos de exigirle más a quienes dicen querer defenderla.

Colombia se habla. Colombia se trabaja. Colombia se defiende construyéndola.

Y si de verdad creemos que este país puede evitar el camino de Venezuela o Cuba, la primera obligación es no comportarnos como si ya estuviera perdido. Porque un país empieza a perderse cuando quienes podrían sostenerlo deciden que ya no vale la pena intentarlo.

Yo, por mi parte, sigo creyendo que vale la pena.

El centro, o el camino a la perdición del país

En Road to Perdition (2002), película protagonizada por Tom Hanks junto a Paul Newman, ganadora del Óscar a Mejor Fotografía, un padre intenta proteger a su hijo de un mundo violento que él mismo ayudó a construir. La historia no gira en torno a un error puntual, sino a algo más incómodo: una cadena de decisiones que, aunque parecen prudentes en el momento, terminan conduciendo exactamente al destino que se quería evitar. No se trata de perderse, sino de insistir en un camino creyendo que se controla el resultado, cuando en realidad ese resultado ya ha sido condicionado por las propias decisiones.

Esa lógica describe con precisión lo que ha venido ocurriendo en la política colombiana. El llamado centro político, convencido de su moderación, de su distancia frente a los extremos y de una supuesta superioridad moral frente a las posiciones más definidas, ha terminado tomando decisiones que no contienen lo que critica, sino que lo facilitan, e incluso inclinando la balanza hacia la izquierda. El problema no es simplemente político, es conceptual, porque el centro no es una doctrina, ni una tradición intelectual, ni un proyecto coherente de país, sino un espacio en disputa donde lo que realmente se define no son las ideas, sino las condiciones bajo las cuales se puede participar en el debate público: quién es aceptable, quién no lo es, qué se puede decir sin costo y qué se paga caro.

Ese desplazamiento no ocurrió de manera frontal, sino que se fue instalando, y cada vez con más fuerza, a través de la instrumentalización del lenguaje. Hoy la política no se organiza alrededor de resultados verificables, sino de marcos discursivos prácticamente incuestionables como resiliencia, empatía, inclusión o justicia social. Son conceptos legítimos, incluso necesarios, pero su uso político ha tenido un efecto claro: dejaron de ser valores para convertirse en filtros de legitimidad. En ese entorno, ya no basta con tener argumentos; hay que sonar bien dentro del marco correcto, y quien no lo hace queda rápidamente fuera de juego.

A partir de ahí aparece un fenómeno igual de determinante: el etiquetamiento. En Colombia, disentir de ciertas posiciones, muchas veces más ancladas en la utopía y en una balanza inclinada hacia los sentimientos que hacia los hechos, ya no implica entrar en una discusión, sino exponerse a una clasificación automática como extrema derecha, retrógrado o enemigo del cambio. La etiqueta reemplaza el argumento y deslegitima antes de que haya debate, lo que no solo empobrece la conversación pública, sino que altera profundamente los incentivos. Lo más grave es la manera en que este mecanismo se utiliza para generar vergüenza, presionar y, en muchos casos, forzar a ceder valores tradicionales que, en cualquier país, representan a una mayoría que termina sometida a la dictadura de las minorías.

En paralelo, las agendas identitarias han adquirido un peso creciente, no como herramientas de inclusión, que es su fundamento legítimo, sino como criterios de validación política. El problema no es reconocer diferencias, sino convertirlas en el eje de decisión. Cuando atributos como el color de la piel, la etnia, el género, las preferencias sexuales o el origen social empiezan a pesar más que la competencia, la trayectoria o los resultados, el sistema deja de premiar capacidades y empieza a premiar representaciones. Eso no construye equidad, sino fragmentación, y además reduce el espacio para exigir resultados, ya que cuestionar deja de ser evaluar y pasa a interpretarse como una agresión. En esa misma lógica, se busca anular al oponente mediante etiquetas como clasista, machista, homófobo o racista.

Todo esto configura una asimetría que el centro rara vez reconoce. A ciertas posiciones se les exige una validación constante, mientras que otras reciben legitimidad por su alineación con el lenguaje dominante. No se trata de una diferencia menor, sino de una distorsión estructural que condiciona las decisiones y transforma al centro en un espacio adaptativo, moldeado por reglas que no controla y que tampoco cuestiona. Ahí aparece el problema político real.

En ese contexto más amplio, el país se ha ido perdiendo en un ambiente sin autoridad, una autoridad que comenzó a desvanecerse desde agosto de 2010 y que hoy nos tiene en un punto que, en muchos sentidos, recuerda los momentos más complejos del auge de las FARC, con un agravante adicional: ahora sectores que han tenido afinidad ideológica o cercanía política con esas visiones han llegado al poder y buscan perpetuarse en él. No es una percepción aislada, sino una lectura cada vez más extendida frente al deterioro del orden, la inseguridad, el premio a los criminales, el incentivo a la subversión utilizando a los más jóvenes como carne de cañón y la pérdida de referentes claros de institucionalidad.

La primera vuelta se ha convertido en un ejercicio mal entendido, porque se vota como si fuera una expresión emocional o una afinidad personal, como si se tratara de identidad o de simpatía, cuando en realidad es una decisión con efectos en cadena. Cada quien puede votar por quien quiera, pero asumir que esa decisión no incide en el resultado final es, en el mejor de los casos, ingenuo. La segunda vuelta elimina esa ilusión, ya que en ese punto desaparecen los matices y hay que escoger, y es precisamente ahí donde el centro, una y otra vez, se repliega en la ambigüedad mediante el voto en blanco, el silencio o la distancia calculada, todo envuelto en un discurso de coherencia que en la práctica termina siendo evasión. Es claro que quienes están en el centro izquierda difícilmente cederán por una opción de derecha, mientras que quienes se ubican en el centro derecha suelen mostrarse abiertos a discursos de diversidad, equidad e inclusión que, en la práctica, terminan generando una ruptura con los valores que originalmente defendían.

No decidir en ese momento no es neutral, es funcional. El país ya vio lo que eso produce con la elección de Gustavo Petro y también en Medellín con la elección de Daniel Quintero. En ambos casos hubo advertencias, señales y alternativas, pero también hubo ambigüedad, cálculo y esa comodidad moral de quienes prefirieron no incomodarse tomando posición, o de quienes, desde la ingenuidad de promover un cambio con justicia social, terminaron entregando el país y la ciudad a proyectos que hoy evidencian sus consecuencias. Fue, en buena medida, la ingenuidad o la simple falta de carácter de muchos bienpensantes, los mismos que hoy reconocen en privado lo que no quisieron asumir en público. Mientras tanto, las agendas de la izquierda progresista radical avanzaron sin mayor resistencia, no porque fueran incontestables, sino porque encontraron un terreno despejado por quienes creyeron que abstenerse era una forma de superioridad, cuando en realidad terminó siendo una forma de renuncia.

Detrás de ese comportamiento hay una lógica más profunda. En ese intento por congraciarse con todo el mundo, y en una postura que pareciera avergonzarse de conceptos básicos como la ley y el orden, se abre espacio a una parte de la clase política que no juega para transformar el país, sino para permanecer dentro del sistema. Esa clase política, como lo ha demostrado la historia, no se declarará en oposición, no romperá y no se comprometerá del todo, porque su objetivo no es ganar una discusión, sino seguir siendo relevante independientemente de quién gobierne. En ese contexto, la ambigüedad deja de ser una debilidad y se convierte en una estrategia.

El problema es que esa estrategia tiene consecuencias, porque cuando quienes tienen la capacidad de inclinar la balanza optan por no hacerlo, el resultado no es equilibrio, sino transferencia de poder hacia quienes sí están dispuestos a tomar decisiones. La política no premia la intención ni la comodidad, sino la claridad y la capacidad de actuar cuando toca hacerlo.

Colombia se enfrenta nuevamente a ese punto. Cada ciudadano es libre de votar por quien considere en la primera vuelta, pero el país no se define ahí, sino en la capacidad de elegir cuando el margen desaparece y las opciones se reducen. En ese momento, lo que importa no es la narrativa ni la comodidad de una posición intermedia, sino el carácter, la capacidad y la determinación de cambiar las dinámicas de un país que lleva demasiado tiempo repitiendo los mismos errores.

Porque esto no es un debate abstracto ni una discusión académica sobre matices ideológicos. Es una disputa real sobre el rumbo del país frente a unas agendas de la izquierda progresista radical que han avanzado no por la solidez de sus propuestas, sino por la debilidad, la ambigüedad y la complacencia de quienes se autodenominan moderados.

Colombia no está frente a un dilema teórico. Está frente a una secuencia de decisiones que ya ha empezado a mostrar sus consecuencias. Y como en Road to Perdition, el problema no es no saber a dónde se va, sino insistir en un camino creyendo que se controla el destino, cuando en realidad cada paso lo hace inevitable.

Aquí no se trata de quién tiene el discurso más cómodo, ni de quién logra encajar mejor en una narrativa emocionalmente aceptable. Se trata de quién tiene el carácter para enfrentar esas agendas, cuestionarlas y, si es necesario, frenarlas, aun cuando eso implique asumir costos.

Porque al final, los países no llegan a la perdición por accidente.

Llegan porque, teniendo la oportunidad de corregir el rumbo, decidieron no hacerlo.


¿Activismo o periodismo?

Fecha original de publicación: Junio 23 de 2020

En Colombia, al igual que en muchos países del mundo, el periodismo ético y “serio” puede considerarse una especie en vía de extinción, donde las agendas y los intereses de los dueños de los medios de comunicación, así como aquellas de los directores y editores de los mismos, son algo con lo que pretenden establecer, no solo líneas editoriales, sino incluso poner a la etérea “opinión pública” a pensar, indignarse y actuar, conforme a lo que a ellos les parece debe ser. 

Más grave que las agendas de los dueños de los medios y de sus representantes, está el activismo que adelantan sin ningún tipo de aspaviento muchos de los más renombrados periodistas y comunicadores que hay en el país. Activismo, que siendo este una expresión activa y además un frente de batalla con fines políticos, se sustenta como cualquier otro interés, en una serie de necesidades particulares, en la codicia, ganas de figurar, creencias personales, frustraciones, resentimientos, o para algunos más soñadores, en aquellos ideales para lograr una sociedad mejor, pero a su gusto. 

Periodistas éticos o “verdaderos” en Colombia hay pocos, sin importar el área de interés que ellos cubran, creería que podría contarlos con los dedos de una mano y muchos de ellos tal vez sometidos al más terrible olvido. 

Lo anterior contrasta con la cantidad abundante de activistas en medios de comunicación, que con o sin estudios relacionados con dicho oficio, ejercen como periodistas. 

Son estos personajes capaces de sembrar mantos de duda, de “cargarse” a las personas que no son de su gusto, de extorsionar amablemente a los políticos con rabo de paja y de inventarle cuentos a aquellos que no lo tienen. Son capaces de promover campañas humanitarias que tienen por detrás un interés comercial, son creativos al momento de mostrarse como redentores de los más necesitados, aunque solo sea esa una manera de conseguir mayor rating. 

Un patético ejemplo, el de aquella periodista que siendo directora de un medio y agazapada en los pergaminos otorgados por una academia, mas interesada en adoctrinar que en generar pensamiento crítico, ha sido capaz de atacar de manera solapada y permanente a quienes no son de su gusto, apoyándose en informaciones de oídas pero “de muy primera mano” provenientes de una ONG “de periodismo serio y de investigación”, que curiosamente no solo es manejada por su consorte, sino que es financiada con recursos de fundaciones internacionales, que dicen apoyar “financieramente a los grupos de la sociedad civil con el fin de promover la justicia, la educación, la salud pública y los medios independientes”, cuando en realidad lo que les interesa es promover el caos, más que propender por una “sociedad abierta”. 

Es esa la misma periodista que se vive victimizando, pero que no duda en amenazar por una red social, con la información de una “cuenta falsa” a una autoridad civil, que sí bien puede que no les guste a muchos, merece ante todo, como las demás personas, no sólo la presunción de inocencia, sino un debido proceso, más allá de la constante lapidación pública que hacen desde su posición de poder estos activistas, a quienes a la larga les callarán con pauta. 

Es desde esa posición privilegiada, que les permite llegar a imberbes, desinformados, adoctrinados, resentidos y en algunos casos desprevenidos oyentes, que pretenden difundir la narrativa propia de esa combinación de todas las formas de lucha que promueve la izquierda, con el objetivo de reescribir la historia del país. 

Son capaces estos activistas de enfilar sus baterías para lograr, con nuestros impuestos, calar en un funcionario del cual saben, por sus antecedentes profesionales, que es de su misma calaña, y con ello despilfarrar más de 6.000 millones de pesos en un viaje humanitario a la China, para traer 13 connacionales y con ese sólo “esfuerzo humanitario” lograr dilapidar recursos en mayores cuantías de los que a veces ellos, lamentan se malgastan en el país. 

Promueven conscientemente el conflicto, el odio y el resentimiento, porque saben que dividir es la manera de conseguir mayor rating, siendo capaces de manipular no sólo la información sino trastocar hechos ciertos, llegando con ello al descaro de nivelar a un estadista como Álvaro Uribe Vélez, con un terrorista como Gustavo Petro Urrego. 

Al parecer, poco les gusta la institucionalidad ya que viven cuestionando el “uso legítimo de la fuerza por parte de estado”, mientras aplauden la realización de “pacíficas marchas” donde para ellos, los de los cocteles molotov “sí que son casos aislados”. 

Gran parte de los problemas existentes en el país son gracias a estos activistas que no admiten la diferencia en el pensar, que censuran, azuzan, acusan y luego ni rectifican, con lo que logran con creces ese objetivo de tener un país cada vez más polarizado. 

Hacen un uso particular del lenguaje donde con guantes de seda, llaman: disidencias, a los miembros de las FARC que siguieron delinquiendo, esto con el fin de borrar del panorama y del recuerdo a miles de victimas, de aquellos a quienes ofrecieron desde sus micrófonos y columnas escritas total impunidad. Eso sí, a los delincuentes y narcos de las llamadas bandas criminales emergentes – Bacrim, les siguen diciendo paramilitares. 

El periodismo en Colombia está secuestrado por un grupo de amigotes que, entre ellos, se cubren sus pecados. Amigotes que no solo se limitan al libre desarrollo de su propia personalidad con el uso recreacional de sustancias provenientes de aquella mata que mata (y por eso tanta matraca para la legalización) sino que han incluido y sin ningún tipo de sanción, el uso de menores de edad en publicaciones más pornográficas que sensuales. 

Hablan sin titubeos de aquellas historias ajenas que cuenta Netflix, pero no tuvieron problema alguno cuando hacían análisis de hojas de vida de jóvenes periodistas, que luego muy seguro entrevistaron al mejor estilo de Harvey Weinstein. 

Aprovechan la mente amnésica de un país para el que parece no hubo apagón en el 92, pero hoy sí merece darle todo el palo a Hidroituango y con ello de paso, obtener mayor pauta publicitaria de EPM. Olvidaron además la toma del Palacio de Justicia por parte de quienes hoy brindan el acceso a sus micrófonos, para reescribir conjuntamente la historia. 

Es por esa amnesia colectiva que algunos pueden ocultar que fueron maestros de ceremonias para pirámides como DMG, que sin declararse impedidos por los favores recibidos, recitaban que “Pacific es Colombia” y que paralelo al levantamiento de la restricción por parte de la Unión Europea de los dineros de las FARC, al sacarla de la lista de organizaciones terroristas, promovían sin sonrojarse el Bitcoin o la criptomoneda de Esperanza Gómez, como la mejor inversión. 

Estos dueños de la verdad absoluta que nadan en ríos de doble moral, no dan puntada sin dedal, ya que cuentan entre sus amistades de vieja data a narcotraficantes probos que les financiaron sus emprendimientos “periodísticos”. Tal vez por ello, existe ese doble rasero para con un expresidente que financió su elección de 1994 con dineros del narcotráfico, el mismo que junto con muchos de ellos firmó una misiva en 1993 para que “le hicieran un juicio justo” a uno de sus amigotes condenado a 30 años de prisión, por narcotráfico en Estados Unidos, quien a su vez es el hermano de un hoy Senador de la República, al que jamás le darán garrote por ser un estandarte de esa social bacanería que quieren imponer. 

Estos activistas, se han convertido en un grupo capaz de administrar justicia por cuenta propia, de linchar mediáticamente y de acabar con la reputación de aquellos que no les parece que vivimos en el segundo país más feliz del mundo y que gozamos del mejor “acuerdo de paz”. ¿Será que la libre expresión y el deber por informar los confundieron con la libertad de llevarse por delante a quien se les da la gana?.