Ayer, todavía tratando de practicar esa empatía tan de moda con quienes fueron llevados a votar contra Abelardo de la Espriella convencidos de que venía el fascismo, la dictadura, el paramilitarismo reciclado y el fin de la democracia, y deseándoles mucha resiliencia a quienes ahora sienten que los próximos cuatro años serán su peor pesadilla, alguien me dijo que le había gustado mucho una columna que publiqué el 2 de junio de 2026, Héctor Abad o la soberbia de no entender al país. Me lo dijo como un piropo sincero: le parecía que yo había controvertido, para mi público, a Héctor Abad Faciolince “con altura”.
Lo agradecí. De verdad. Pero la palabra “altura” me dejó pensando. En Colombia, cuando uno controvierte a ciertos miembros del roscograma intelectual, la altura suele medirse de una manera curiosa: uno debe ser elegante, prudente, contenido y casi quirúrgico, mientras ellos pueden caricaturizar, exagerar, insultar con metáforas y mirar al país por encima del hombro sin que nadie les cobre demasiado. Sus excesos son literatura; sus prejuicios, ironía; sus ataques, advertencias democráticas. Pero si alguien de afuera les responde con firmeza, entonces aparecen las alarmas sobre el tono, las formas y la necesidad de no bajar el nivel del debate.
Digo “para mi público” porque es evidente que ningún gran medio va a abrir con entusiasmo sus páginas para que uno les toque sus ídolos de barro. Ese roscograma protege a los suyos con eficacia admirable: se leen entre ellos, se citan entre ellos, se absuelven entre ellos y se aplauden entre ellos, mientras tratan al resto del país como una masa emocional, manipulable y un poco inferior. Pues bien: la altura no consiste en escribir con anestesia ni en pedir permiso para incomodar. La altura consiste en decir las cosas con precisión. Y a veces la precisión corta.
Con ese ánimo, al día siguiente de las elecciones fui a buscar la columna que sabía que Héctor Abad Faciolince habría escrito para el domingo electoral. No era difícil imaginarla. Cuando el país se sale del libreto de ciertas élites opinadoras, siempre aparece alguien con tono grave a explicar que el pueblo se equivocó, que la democracia está en peligro y que el único lugar moralmente seguro es, por supuesto, el que ellos ocupan.
Y apareció: La poesía es un arma cargada de sentido.
El título prometía poesía. El texto entregó una columna electoral disfrazada de reflexión literaria. Abad Faciolince arrancó con Gabriel Celaya, Paco Ibáñez, Brecht, Neruda, la poesía comprometida y la poesía que no se lava las manos. Todo muy culto, muy solemne, muy de biblioteca desde donde algunos creen iluminar al país. Pero al poco andar se entiende el truco: la poesía era el mantel blanco sobre el que puso una columna llena de barro.
La frase central fue que, en su “andropausia pacífica y serena”, resolvió no mancharse y vestirse de blanco pacifista. Ahí está el corazón del texto: no mancharse. Parece humildad, pero funciona como pedestal. Una cosa era votar en blanco, decisión completamente respetable; otra muy distinta era convertir ese voto en lavamanos moral. Una cosa era decir “no me gustó ninguno”, y otra era decir “yo no me manché”, como si quienes sí escogimos hubiéramos quedado contaminados o condenados a caminar por el lodazal donde el escritor puro no quiso poner sus zapatos blancos.
El problema no es que Héctor Abad Faciolince haya votado en blanco. Estaba en su derecho. El problema es que haya intentado vender ese voto como “verdad”, “independencia” y “opción radical y moral contra todo mal”. Eso ya no fue una decisión electoral sino una puesta en escena de superioridad. Y lo curioso es que el hombre que dijo no querer mancharse escribió con las manos llenas de barro.
A Abelardo de la Espriella lo llamó “falso patriota entregado a Trump”, lo asoció con “aliados paracos”, lo llamó “camisa negra desteñido en la lejía caribe y en sus ganas de plata”, y lo acercó a Hitler, Stalin, fascistas y comunistas, aunque después se curó en salud diciendo que exageraba. Muy limpio todo. Muy blanco. Muy pacifista.
Ese es el primer problema serio de la columna: Abad Faciolince repudió la violencia verbal mientras la practicó con entusiasmo literario. La diferencia es que él no la llama violencia verbal; la llama hipérbole, advertencia, poesía, verdad o independencia. Si otro golpea con palabras, es vulgaridad. Si él golpea, es estilo. Si otro exagera, es fanatismo. Si él exagera, es literatura. A cierta gente no le molesta la violencia verbal: le molesta perder el monopolio de administrarla.
También aparece ahí el recurso Trump. En Colombia, Trump rara vez llega como fenómeno político complejo, con luces, sombras, errores, logros, excesos y una base social que merece análisis. Llega, muchas veces, como caricatura importada por medios activistas, opinadores militantes y las Agendas de la Izquierda Progresista Radical: Trump como insulto portátil, como sello de infamia, como forma rápida de no pensar. En ese coro también aparecen ciertos antioqueños vergonzantes, siempre ansiosos por demostrar que ya superaron la provincia, que ya pueden mirar a Medellín y a Antioquia con distancia suficiente, y que ya dominan los códigos morales del club correcto. No se trata de negar nuestros defectos, que los tenemos de sobra. Se trata de esa necesidad de lavar la identidad propia con modales prestados, causas de temporada y una bogotanización mental que confunde sofisticación con complejo. Por eso basta decir “Trump” para cerrar la conversación. Si alguien habla de autoridad, Trump. Si alguien exige orden, Trump. Si alguien cuestiona ciertos dogmas progresistas, Trump. Si alguien defiende a Abelardo de la Espriella, Trump. La palabra deja de nombrar a un político y se vuelve un garrote retórico.
Eso hizo Abad Faciolince con Abelardo. No discutió seriamente qué significa una agenda de autoridad, seguridad, ley y orden en Colombia. Prefirió colgarle encima el fantasma de Trump, como si eso bastara para probar algo. Pero Colombia no estaba votando en Washington. Colombia estaba votando después de años de inseguridad, extorsión, debilitamiento institucional, grupos armados fortalecidos y un Estado que demasiadas veces pareció pedir permiso para existir.
La pirueta con Celaya fue todavía más reveladora. Citó el poema que maldice la poesía de quienes se lavan las manos, no toman partido y se desentienden, para luego concluir que él resolvió no mancharse. Es decir, usó un poema contra lavarse las manos para lavarse las manos con elegancia. Eso no es profundidad: es acrobacia moral.
Abad Faciolince dijo que su voto en blanco no era neutral, sino valiente, radical y moral. Puede sonar elevado, pero también puede sonar demasiado cómodo. Que a uno lo critiquen dos bandos no vuelve automáticamente su posición valiente. A veces solo significa que logró irritar a dos grupos distintos. Eso puede ser coraje, pero también puede ser vanidad. La política real rara vez ofrece opciones impolutas; no se decide entre ángeles con hojas de vida perfectas, sino entre proyectos, riesgos, prioridades y consecuencias. El país no se gobierna con pureza testimonial. Se gobierna escogiendo.
Y ahí apareció otra maniobra. Abad Faciolince dijo que no quería escoger entre el mal mayor y el mal menor, pero al decirlo ya había escogido el marco moral desde el cual quería que todos miráramos la elección. Abelardo quedó como el mal mayor: Trump, paracos, fascismo, dinero, Caribe, camisa negra. Iván Cepeda quedó como mal menor: comunismo menos exaltado, falsa paz total, partidarios corruptos y narcos embutidos. A los dos les pegó, sí, pero no los trató igual. A Abelardo lo volvió caricatura moral y estética. A Cepeda lo dejó envuelto en una niebla de matices.
Y con Cepeda no hace falta escribir una enciclopedia. Basta recordar lo esencial. No es un misterio político ni un accidente histórico. Viene de una tradición concreta: su padre, Manuel Cepeda Vargas, fue una figura central del Partido Comunista, una de las matrices ideológicas del mundo político del que surgieron las FARC. Eso no transfiere culpas de sangre ni pretende condenar a un hijo por la biografía de su padre, pero sí ayuda a entender una sensibilidad, una trayectoria y una forma de mirar el conflicto colombiano.
Cepeda representa una visión que insiste en el diálogo con estructuras criminales como eje de la respuesta del Estado. Ha estado ligado a procesos de paz con las FARC, el ELN y otros actores armados, y su candidatura recogía, con otros modales, buena parte del proyecto que gobernó estos años. Por eso la llamada paz total ya no puede seguir tratándose como una buena intención intocable. En Colombia deberíamos haber aprendido que las buenas intenciones no bastan cuando al frente hay organizaciones criminales que entienden la mesa como pausa táctica, oportunidad de expansión o mecanismo de legitimación.
El problema no es hablar de paz. El problema es confundir paz con ingenuidad, negociación con rendición simbólica y sensibilidad social con incapacidad para llamar al crimen por su nombre. Por eso resulta tan llamativo que Abad Faciolince hablara de violencia verbal como si el problema central del país fuera la temperatura del lenguaje, y no el hecho de que durante años actores armados, criminales y economías ilegales hayan aprovechado la debilidad del Estado para crecer, intimidar, extorsionar y mandar en territorios enteros.
Claro que el lenguaje importa. Pero Colombia no se está rompiendo solo por palabras duras. Se está rompiendo porque demasiadas veces el Estado renunció a ejercer autoridad legítima, mientras una parte del mundo opinador convirtió cualquier demanda de orden en sospecha autoritaria. Si uno pidió autoridad, lo acercaron al fascismo; si pidió seguridad, le dijeron enemigo de la paz; si exigió que el Estado dejara de arrodillarse ante quienes secuestran, extorsionan y gobiernan por la fuerza, le diagnosticaron barbarie.
No. Pedir autoridad no es pedir tiranía. Pedir seguridad no es despreciar los derechos humanos. Pedir que la democracia tenga dientes no es querer una dictadura. Es entender que sin Estado, sin ley y sin consecuencias, la palabra paz termina convertida en decoración.
Mientras tanto, el país real siguió por fuera de esa escenografía literaria. Está en la gente que vive con miedo, en quien paga extorsión, en quien ve cómo los criminales mandan en territorios enteros, en quien oyó hablar de paz mientras los violentos crecían, en quien escuchó sermones sobre democracia de personas que rara vez sufren las consecuencias de la debilidad del Estado. A esa gente no le basta una poesía cargada de sentido. Necesita un Estado cargado de autoridad.
Y no necesita que desde un balcón moral le expliquen que votar por orden es caer en el fascismo. Mucho menos necesita que le digan que exigir autoridad es nostalgia paramilitar o que votar por Abelardo de la Espriella es votar por el fin de la democracia. Necesita que dejen de tratarla como una masa manipulada cada vez que vota distinto a lo que recomienda el roscograma.
Por eso la columna del domingo merecía respuesta. No porque Héctor Abad Faciolince hubiera votado en blanco, ni porque citara poesía, ni porque desconfiara de Abelardo, que por supuesto podía hacerlo. Merecía respuesta porque volvió a mostrar esa vieja costumbre de cierta élite opinadora: convertir su incomodidad política en superioridad moral.
Abad Faciolince no se limitó a decir que no le gustaba ninguno. Dijo que él no se manchaba. Y ahí, justamente ahí, se le cayó la blancura. Porque nadie que llame “camisa negra” a un candidato, lo acerque a Hitler, lo asocie con paracos, lo reduzca a Caribe, plata y lejía, puede luego pretender que escribió desde una túnica blanca. Estuvo en el barro como todos. Solo que algunos tiran barro con las manos y otros lo tiran con guantes literarios.
Quizá ahí esté la ironía. Algunos viven recordándonos El olvido que seremos, pero olvidan lo más elemental: que la democracia no se defiende mirando al país por encima del hombro, llamando monstruos a quienes piden orden o disfrazando el desprecio de sensibilidad literaria.
Si Héctor Abad Faciolince quiso votar en blanco, bien. Si quiso vestirse de blanco, también. Estaba en todo su derecho. Pero que no pretenda convencernos de que no se manchó mientras tiraba barro con las dos manos.
Porque cuando la poesía se usa para esconder la soberbia, deja de ser un arma cargada de sentido y se convierte apenas en otra forma elegante de lavarse las manos.