La ingeniería narrativa

Hay artículos que terminan hablándonos menos del tema que anuncian en su título y mucho más de la época en la que fueron escritos. Hace unos días leí en The Spectator World un ensayo de Michael Gibson titulado The Rise of Palantir Derangement Syndrome, que podría traducirse como “El auge del síndrome de trastorno por Palantir”. La tesis del autor gira alrededor de Palantir Technologies, una empresa estadounidense fundada en 2003 por Peter Thiel y otros socios, dedicada al desarrollo de plataformas que integran y analizan enormes cantidades de información para que gobiernos, organismos de seguridad, sistemas de salud y grandes organizaciones puedan identificar patrones complejos y tomar decisiones. Gibson sostiene que, para una parte del debate público occidental, Palantir ha dejado de ser una empresa tecnológica que debe ser evaluada por sus contratos, sus resultados, sus límites y sus riesgos, para convertirse en un símbolo sobre el cual se proyectan prácticamente todos los temores contemporáneos: vigilancia masiva, autoritarismo, inteligencia artificial, inmigración, militarización, Israel o Donald Trump. Cada nueva noticia termina interpretándose como una confirmación de la misma historia.

Mientras avanzaba en la lectura, dejé de pensar en Silicon Valley y empecé a pensar en Colombia. No porque exista equivalencia alguna entre Palantir y nuestra realidad política, sino porque el artículo me permitió identificar un fenómeno que también aparece con frecuencia en nuestro debate público, particularmente en ciertos espacios de opinión. La diferencia es que aquí el problema no consiste únicamente en interpretar todos los hechos desde un mismo marco ideológico. Comienza un paso antes, cuando el relato se construye de tal manera que al lector apenas le queda espacio para llegar a una conclusión distinta de aquella que el autor había escogido desde el principio.

No encontré un nombre mejor para ese procedimiento que ingeniería narrativa.

Utilizo deliberadamente esa expresión porque describe un método sin necesidad de presumir mala fe. No estoy hablando de inventar documentos, fabricar pruebas o falsificar testimonios. Eso sería demasiado rudimentario y, además, relativamente sencillo de descubrir. La ingeniería narrativa opera de una manera bastante más sofisticada. Parte de elementos auténticos, verificables y muchas veces relevantes. Un documento verdadero, una fotografía verdadera, una declaración verdadera, una decisión judicial verdadera, una coincidencia cronológica o una analogía histórica pueden ser suficientes. El problema no reside en la autenticidad de cada pieza, sino en la arquitectura que termina uniéndolas y en el significado que esa composición pretende imponer sobre el conjunto.

Siempre me ha parecido que un rompecabezas explica mejor este fenómeno que cualquier tratado de comunicación. Pensemos en varias cajas producidas por la misma fábrica, con piezas hechas del mismo cartón y cortadas con el mismo troquel, de modo que todas pueden encajar entre sí aunque correspondan a imágenes distintas. Si alguien mezcla esas fichas y arma el tablero mirando únicamente el reverso, todo parecerá impecable: ninguna pieza sobra, ninguna unión se fuerza y el rompecabezas queda completo. El engaño aparece al voltearlo. Entonces se descubre que, aunque cada ficha era auténtica y todas ajustaban perfectamente, la imagen final no corresponde a ninguna de las que venían en las cajas originales. El problema no estaba en las piezas, sino en haberlas combinado de tal manera que produjeran una escena nueva, coherente en su forma, pero falsa en su significado.

La columna que Ana Cristina Restrepo publicó en El Espectador sobre la masacre de El Aro constituye, a mi juicio, uno de los ejemplos más acabados de ese procedimiento. Nadie con un mínimo de decencia puede desconocer la atrocidad de aquellos hechos, relativizar el sufrimiento de las víctimas o negar la obligación de preservar su memoria. Precisamente por la enorme fuerza moral de esa tragedia, el cuidado con que se organizan testimonios, antecedentes, acusaciones, actuaciones judiciales y referencias políticas debería ser todavía mayor. Sin embargo, cuando todos esos elementos terminan dispuestos dentro de una misma secuencia, la fuerza indiscutible de la masacre puede extenderse sobre controversias actuales y responsabilidades todavía discutidas, como si cada una de las piezas reunidas compartiera el mismo valor probatorio y condujera necesariamente a una sola lectura.

Ese es el punto donde recordar una tragedia y utilizarla para ordenar moralmente el presente empiezan a confundirse. La memoria deja de ser únicamente una herramienta para comprender lo sucedido y se convierte en una plataforma desde la cual se distribuyen culpas, se establecen continuidades políticas y se clasifica a los actores contemporáneos. El lector ya no recibe únicamente información sobre El Aro, sino una ruta cuidadosamente construida para que el peso moral de las víctimas acompañe cada asociación posterior. La columnista no necesita formular todas las conclusiones de manera expresa, porque la propia arquitectura del texto ha sido diseñada para que el público termine completándolas.

Ana Cristina Restrepo no es un caso aislado. El problema es más amplio: una parte del periodismo colombiano ha adoptado una forma de contar los hechos en la que primero se define quiénes son los buenos, quiénes son los culpables y cuál debe ser la conclusión, y solo después se organiza la información para sostener esa lectura. Por eso el mismo mecanismo aparece en distintos medios y con distintos protagonistas. Cambia el nombre del columnista, cambia el programa y cambia la noticia, pero se repite la misma práctica: la investigación deja de abrir preguntas y empieza a confirmar una respuesta que ya estaba decidida.

Ese procedimiento puede reconocerse, con distintos grados y matices, en espacios como Los DanielesLa Silla VacíaEl Espectador, algunos segmentos de Blu Radio, particularmente aquel conducido por Camila Zuluaga, ciertos programas de Caracol Radio (la otrora W) y otros medios que parecen haber desdibujado la frontera entre informar, interpretar y persuadir. No afirmo que toda su producción responda al mismo molde ni que cada periodista actúe de idéntica manera. Sería cometer precisamente el error que critico. Lo que sostengo es que en esos escenarios aparece con preocupante frecuencia una forma de construir la realidad en la que los hechos son seleccionados, jerarquizados y conectados de acuerdo con un marco moral que ya venía definido.

La diferencia resulta esencial para entender uno de los desafíos más complejos del periodismo contemporáneo. Durante décadas discutimos cómo combatir la desinformación y las noticias falsas. Hoy el problema parece bastante más sofisticado. Una narración puede estar construida exclusivamente con hechos verdaderos y, aun así, conducir al lector hacia una interpretación que no constituye la única explicación razonable de esos hechos. La fuerza persuasiva ya no proviene de la falsedad, sino de la selección, del orden, de las omisiones y de la relación que se establece entre elementos cuya autenticidad nadie discute.

Eso obliga a recuperar una distinción que el buen periodismo siempre entendió. Investigar no consiste únicamente en reunir información. Consiste también en reconocer el alcance de cada dato, distinguir entre lo probado y lo sugerido, separar una hipótesis de una conclusión y resistir la tentación de llenar con intuiciones los vacíos que la evidencia todavía no alcanza a cubrir. La prudencia intelectual nunca fue una señal de debilidad; fue una condición indispensable para preservar la credibilidad del oficio.

Recuerdo la serie de cinco entregas con la que Ana Cristina Restrepo se la dedicó a Andrés Pastrana entre febrero y mayo de 2026. Y digo que se la dedicó en el sentido más coloquial de la expresión. Un expresidente debe responder por sus relaciones, sus viajes y sus decisiones; nadie pretende eximirlo de preguntas incómodas. El problema aparece cuando fotografías, correos, registros de vuelo, preguntas formuladas en diligencias judiciales, silencios y asociaciones con el príncipe Andrés se organizan dentro de una misma secuencia hasta producir una impresión de culpabilidad mucho mayor que aquello que cada pieza demuestra por separado. Una pregunta no es una prueba, el silencio no equivale a una confesión y aparecer en un registro de vuelo no demuestra participación en los delitos de otros. Sin embargo, al juntar todas esas piezas, construyó una atmósfera en la que la sospecha terminó ocupando el lugar de la demostración. Ahí el periodismo empieza a parecerse a la justicia mediática: no dicta la condena, pero organiza el relato para que sea el lector quien lo haga.

Algo semejante ocurrió el 14 de junio de 2026, cuando decidió llamar “camisas negras” a Abelardo de la Espriella y a José Manuel Restrepo, a quienes incluso calificó como los camicie nere criollos, para rematar su columna con una exhortación tan elocuente como reveladora: “Votar con libertad: siempre, ¡pero nunca por fascistas!”. Los camicie nere no fueron una figura literaria para describir campañas de tono fuerte ni una metáfora disponible para todo proyecto político conservador que incomode a una columnista. Fueron las escuadras de choque del fascismo italiano, responsables de intimidación, persecución y violencia organizada contra los adversarios. Trasladar semejante carga histórica sobre dos candidatos que participaban en una contienda democrática exigía una demostración doctrinal, institucional y práctica de enorme rigor. En cambio, bastó acomodar algunos rasgos retóricos bajo el molde del Ur-Fascismo de Umberto Eco para convertir una analogía en una sentencia. Eso no fue una lección de historia; fue otro ejercicio de ingeniería narrativa.

Lo verdaderamente preocupante es que este mecanismo ya se volvió predecible. Para una parte de esa intelectualidad, todo aquello que huela a conservadurismo, reivindique la autoridad, defienda la ley y el orden, cuestione las agendas identitarias o simplemente no comparta los postulados de la Izquierda Progresista Radical termina siendo catalogado, con una irresponsabilidad proporcional al tamaño de sus propios egos, como «extrema derecha», «fascismo» o una amenaza para la democracia. El debate deja entonces de girar alrededor de las ideas y pasa a consistir en etiquetar al contradictor con la categoría histórica más infamante disponible. El problema es que cuando todo termina siendo fascismo, el fascismo deja de explicar una experiencia totalitaria concreta y se convierte simplemente en un mecanismo para deslegitimar al adversario. Esa no es una contribución al debate democrático. Es la renuncia a sostenerlo.

Lo preocupante es que esta forma de hacer periodismo no nació en Colombia, pero aquí se está adoptando casi como un copy-paste de las guerras culturales de Estados Unidos y Europa. Por una mezcla de esnobismo intelectual, necesidad de parecer cosmopolitas y fascinación por todo aquello que llega empacado desde universidades, fundaciones y grandes medios extranjeros, una parte de nuestra intelectualidad importa las Agendas de la Izquierda Progresista Radical, junto con sus etiquetas, sus enemigos y sus preocupaciones primermundistas, como si pudieran trasladarse sin adaptación alguna a un país con las urgencias de Colombia. Terminamos discutiendo con enorme solemnidad los traumas culturales de sociedades ricas, mientras aquí siguen pendientes problemas bastante menos elegantes, como el hambre, la informalidad, la inseguridad, la educación deficiente, la corrupción y la incapacidad del Estado para prestar servicios básicos.

Esa importación automática termina obligando a leer nuestra historia, nuestras instituciones y nuestros conflictos con categorías diseñadas para realidades muy distintas. El periodista deja entonces de acompañar al lector en la comprensión de un país complejo y empieza a actuar como arquitecto de una historia cuya conclusión ya estaba definida. Los hechos siguen siendo importantes, pero principalmente cuando sirven para reforzar el relato; aquello que no encaja se minimiza, se relega o desaparece.

El problema se vuelve todavía más grave cuando esas narraciones utilizan tragedias colectivas, violaciones de derechos humanos o víctimas reales como parte de la disputa política. Esos hechos exigen memoria, justicia y reparación, pero precisamente por su enorme peso moral no deberían convertirse en atajos argumentativos ni en escudos contra cualquier cuestionamiento. Recordar es un deber; utilizar la memoria para cerrar la discusión es otra cosa.

Las víctimas merecen justicia para poder reconstruir sus vidas y dejar de ser definidas únicamente por aquello que les hicieron. Sin embargo, una parte de la intelectualidad contemporánea parece encontrar mayor utilidad política en la víctima permanente que en la persona que logra rehacer su existencia. La primera sostiene relatos, instituciones y posiciones de autoridad moral; la segunda reduce la necesidad de quienes hicieron de hablar en su nombre una forma de presencia pública.

El gran desafío del periodismo ya no consiste solamente en combatir noticias falsas. También debe impedir que la ingeniería narrativa sustituya a la investigación y que la selección interesada de hechos termine reemplazando el esfuerzo por comprenderlos. Las democracias no necesitan periodistas que repartan certificados de virtud y de culpa, sino profesionales capaces de aceptar que la realidad suele ser más incómoda, contradictoria y desordenada que las agendas importadas con las que algunos pretenden explicarla.

Esa fue, al final, la lección que me dejó el artículo sobre Palantir. Las piezas pueden ser verdaderas, encajar perfectamente y completar el tablero sin dificultad; pero si al voltearlo la imagen no se parece a la de ninguna de las cajas originales, ya no estamos frente a una investigación que reconstruyó la realidad, sino frente a una arquitectura que logró reemplazarla.

Héctor Abad Faciolince: el barro de quien presume blancura

Ayer, todavía tratando de practicar esa empatía tan de moda con quienes fueron llevados a votar contra Abelardo de la Espriella convencidos de que venía el fascismo, la dictadura, el paramilitarismo reciclado y el fin de la democracia, y deseándoles mucha resiliencia a quienes ahora sienten que los próximos cuatro años serán su peor pesadilla, alguien me dijo que le había gustado mucho una columna que publiqué el 2 de junio de 2026, Héctor Abad o la soberbia de no entender al país. Me lo dijo como un piropo sincero: le parecía que yo había controvertido, para mi público, a Héctor Abad Faciolince “con altura”.

Lo agradecí. De verdad. Pero la palabra “altura” me dejó pensando. En Colombia, cuando uno controvierte a ciertos miembros del roscograma intelectual, la altura suele medirse de una manera curiosa: uno debe ser elegante, prudente, contenido y casi quirúrgico, mientras ellos pueden caricaturizar, exagerar, insultar con metáforas y mirar al país por encima del hombro sin que nadie les cobre demasiado. Sus excesos son literatura; sus prejuicios, ironía; sus ataques, advertencias democráticas. Pero si alguien de afuera les responde con firmeza, entonces aparecen las alarmas sobre el tono, las formas y la necesidad de no bajar el nivel del debate.

Digo “para mi público” porque es evidente que ningún gran medio va a abrir con entusiasmo sus páginas para que uno les toque sus ídolos de barro. Ese roscograma protege a los suyos con eficacia admirable: se leen entre ellos, se citan entre ellos, se absuelven entre ellos y se aplauden entre ellos, mientras tratan al resto del país como una masa emocional, manipulable y un poco inferior. Pues bien: la altura no consiste en escribir con anestesia ni en pedir permiso para incomodar. La altura consiste en decir las cosas con precisión. Y a veces la precisión corta.

Con ese ánimo, al día siguiente de las elecciones fui a buscar la columna que sabía que Héctor Abad Faciolince habría escrito para el domingo electoral. No era difícil imaginarla. Cuando el país se sale del libreto de ciertas élites opinadoras, siempre aparece alguien con tono grave a explicar que el pueblo se equivocó, que la democracia está en peligro y que el único lugar moralmente seguro es, por supuesto, el que ellos ocupan.

Y apareció: La poesía es un arma cargada de sentido.

El título prometía poesía. El texto entregó una columna electoral disfrazada de reflexión literaria. Abad Faciolince arrancó con Gabriel Celaya, Paco Ibáñez, Brecht, Neruda, la poesía comprometida y la poesía que no se lava las manos. Todo muy culto, muy solemne, muy de biblioteca desde donde algunos creen iluminar al país. Pero al poco andar se entiende el truco: la poesía era el mantel blanco sobre el que puso una columna llena de barro.

La frase central fue que, en su “andropausia pacífica y serena”, resolvió no mancharse y vestirse de blanco pacifista. Ahí está el corazón del texto: no mancharse. Parece humildad, pero funciona como pedestal. Una cosa era votar en blanco, decisión completamente respetable; otra muy distinta era convertir ese voto en lavamanos moral. Una cosa era decir “no me gustó ninguno”, y otra era decir “yo no me manché”, como si quienes sí escogimos hubiéramos quedado contaminados o condenados a caminar por el lodazal donde el escritor puro no quiso poner sus zapatos blancos.

El problema no es que Héctor Abad Faciolince haya votado en blanco. Estaba en su derecho. El problema es que haya intentado vender ese voto como “verdad”, “independencia” y “opción radical y moral contra todo mal”. Eso ya no fue una decisión electoral sino una puesta en escena de superioridad. Y lo curioso es que el hombre que dijo no querer mancharse escribió con las manos llenas de barro.

A Abelardo de la Espriella lo llamó “falso patriota entregado a Trump”, lo asoció con “aliados paracos”, lo llamó “camisa negra desteñido en la lejía caribe y en sus ganas de plata”, y lo acercó a Hitler, Stalin, fascistas y comunistas, aunque después se curó en salud diciendo que exageraba. Muy limpio todo. Muy blanco. Muy pacifista.

Ese es el primer problema serio de la columna: Abad Faciolince repudió la violencia verbal mientras la practicó con entusiasmo literario. La diferencia es que él no la llama violencia verbal; la llama hipérbole, advertencia, poesía, verdad o independencia. Si otro golpea con palabras, es vulgaridad. Si él golpea, es estilo. Si otro exagera, es fanatismo. Si él exagera, es literatura. A cierta gente no le molesta la violencia verbal: le molesta perder el monopolio de administrarla.

También aparece ahí el recurso Trump. En Colombia, Trump rara vez llega como fenómeno político complejo, con luces, sombras, errores, logros, excesos y una base social que merece análisis. Llega, muchas veces, como caricatura importada por medios activistas, opinadores militantes y las Agendas de la Izquierda Progresista Radical: Trump como insulto portátil, como sello de infamia, como forma rápida de no pensar. En ese coro también aparecen ciertos antioqueños vergonzantes, siempre ansiosos por demostrar que ya superaron la provincia, que ya pueden mirar a Medellín y a Antioquia con distancia suficiente, y que ya dominan los códigos morales del club correcto. No se trata de negar nuestros defectos, que los tenemos de sobra. Se trata de esa necesidad de lavar la identidad propia con modales prestados, causas de temporada y una bogotanización mental que confunde sofisticación con complejo. Por eso basta decir “Trump” para cerrar la conversación. Si alguien habla de autoridad, Trump. Si alguien exige orden, Trump. Si alguien cuestiona ciertos dogmas progresistas, Trump. Si alguien defiende a Abelardo de la Espriella, Trump. La palabra deja de nombrar a un político y se vuelve un garrote retórico.

Eso hizo Abad Faciolince con Abelardo. No discutió seriamente qué significa una agenda de autoridad, seguridad, ley y orden en Colombia. Prefirió colgarle encima el fantasma de Trump, como si eso bastara para probar algo. Pero Colombia no estaba votando en Washington. Colombia estaba votando después de años de inseguridad, extorsión, debilitamiento institucional, grupos armados fortalecidos y un Estado que demasiadas veces pareció pedir permiso para existir.

La pirueta con Celaya fue todavía más reveladora. Citó el poema que maldice la poesía de quienes se lavan las manos, no toman partido y se desentienden, para luego concluir que él resolvió no mancharse. Es decir, usó un poema contra lavarse las manos para lavarse las manos con elegancia. Eso no es profundidad: es acrobacia moral.

Abad Faciolince dijo que su voto en blanco no era neutral, sino valiente, radical y moral. Puede sonar elevado, pero también puede sonar demasiado cómodo. Que a uno lo critiquen dos bandos no vuelve automáticamente su posición valiente. A veces solo significa que logró irritar a dos grupos distintos. Eso puede ser coraje, pero también puede ser vanidad. La política real rara vez ofrece opciones impolutas; no se decide entre ángeles con hojas de vida perfectas, sino entre proyectos, riesgos, prioridades y consecuencias. El país no se gobierna con pureza testimonial. Se gobierna escogiendo.

Y ahí apareció otra maniobra. Abad Faciolince dijo que no quería escoger entre el mal mayor y el mal menor, pero al decirlo ya había escogido el marco moral desde el cual quería que todos miráramos la elección. Abelardo quedó como el mal mayor: Trump, paracos, fascismo, dinero, Caribe, camisa negra. Iván Cepeda quedó como mal menor: comunismo menos exaltado, falsa paz total, partidarios corruptos y narcos embutidos. A los dos les pegó, sí, pero no los trató igual. A Abelardo lo volvió caricatura moral y estética. A Cepeda lo dejó envuelto en una niebla de matices.

Y con Cepeda no hace falta escribir una enciclopedia. Basta recordar lo esencial. No es un misterio político ni un accidente histórico. Viene de una tradición concreta: su padre, Manuel Cepeda Vargas, fue una figura central del Partido Comunista, una de las matrices ideológicas del mundo político del que surgieron las FARC. Eso no transfiere culpas de sangre ni pretende condenar a un hijo por la biografía de su padre, pero sí ayuda a entender una sensibilidad, una trayectoria y una forma de mirar el conflicto colombiano.

Cepeda representa una visión que insiste en el diálogo con estructuras criminales como eje de la respuesta del Estado. Ha estado ligado a procesos de paz con las FARC, el ELN y otros actores armados, y su candidatura recogía, con otros modales, buena parte del proyecto que gobernó estos años. Por eso la llamada paz total ya no puede seguir tratándose como una buena intención intocable. En Colombia deberíamos haber aprendido que las buenas intenciones no bastan cuando al frente hay organizaciones criminales que entienden la mesa como pausa táctica, oportunidad de expansión o mecanismo de legitimación.

El problema no es hablar de paz. El problema es confundir paz con ingenuidad, negociación con rendición simbólica y sensibilidad social con incapacidad para llamar al crimen por su nombre. Por eso resulta tan llamativo que Abad Faciolince hablara de violencia verbal como si el problema central del país fuera la temperatura del lenguaje, y no el hecho de que durante años actores armados, criminales y economías ilegales hayan aprovechado la debilidad del Estado para crecer, intimidar, extorsionar y mandar en territorios enteros.

Claro que el lenguaje importa. Pero Colombia no se está rompiendo solo por palabras duras. Se está rompiendo porque demasiadas veces el Estado renunció a ejercer autoridad legítima, mientras una parte del mundo opinador convirtió cualquier demanda de orden en sospecha autoritaria. Si uno pidió autoridad, lo acercaron al fascismo; si pidió seguridad, le dijeron enemigo de la paz; si exigió que el Estado dejara de arrodillarse ante quienes secuestran, extorsionan y gobiernan por la fuerza, le diagnosticaron barbarie.

No. Pedir autoridad no es pedir tiranía. Pedir seguridad no es despreciar los derechos humanos. Pedir que la democracia tenga dientes no es querer una dictadura. Es entender que sin Estado, sin ley y sin consecuencias, la palabra paz termina convertida en decoración.

Mientras tanto, el país real siguió por fuera de esa escenografía literaria. Está en la gente que vive con miedo, en quien paga extorsión, en quien ve cómo los criminales mandan en territorios enteros, en quien oyó hablar de paz mientras los violentos crecían, en quien escuchó sermones sobre democracia de personas que rara vez sufren las consecuencias de la debilidad del Estado. A esa gente no le basta una poesía cargada de sentido. Necesita un Estado cargado de autoridad.

Y no necesita que desde un balcón moral le expliquen que votar por orden es caer en el fascismo. Mucho menos necesita que le digan que exigir autoridad es nostalgia paramilitar o que votar por Abelardo de la Espriella es votar por el fin de la democracia. Necesita que dejen de tratarla como una masa manipulada cada vez que vota distinto a lo que recomienda el roscograma.

Por eso la columna del domingo merecía respuesta. No porque Héctor Abad Faciolince hubiera votado en blanco, ni porque citara poesía, ni porque desconfiara de Abelardo, que por supuesto podía hacerlo. Merecía respuesta porque volvió a mostrar esa vieja costumbre de cierta élite opinadora: convertir su incomodidad política en superioridad moral.

Abad Faciolince no se limitó a decir que no le gustaba ninguno. Dijo que él no se manchaba. Y ahí, justamente ahí, se le cayó la blancura. Porque nadie que llame “camisa negra” a un candidato, lo acerque a Hitler, lo asocie con paracos, lo reduzca a Caribe, plata y lejía, puede luego pretender que escribió desde una túnica blanca. Estuvo en el barro como todos. Solo que algunos tiran barro con las manos y otros lo tiran con guantes literarios.

Quizá ahí esté la ironía. Algunos viven recordándonos El olvido que seremos, pero olvidan lo más elemental: que la democracia no se defiende mirando al país por encima del hombro, llamando monstruos a quienes piden orden o disfrazando el desprecio de sensibilidad literaria.

Si Héctor Abad Faciolince quiso votar en blanco, bien. Si quiso vestirse de blanco, también. Estaba en todo su derecho. Pero que no pretenda convencernos de que no se manchó mientras tiraba barro con las dos manos.

Porque cuando la poesía se usa para esconder la soberbia, deja de ser un arma cargada de sentido y se convierte apenas en otra forma elegante de lavarse las manos.