Héctor Abad o la soberbia de no entender al país

No suelo leer El Espectador. Desde hace ya varios lustros dejó de ser, para mí, un periódico con carácter propio y se fue convirtiendo en algo mucho menos interesante: un panfleto elegante de la izquierda progresista radical.

No me molesta que un medio tenga origen político. Muchos periódicos nacen con ideas, causas y una manera particular de mirar el mundo. Lo que molesta es otra cosa: que se disfracen de árbitros morales, se presenten como conciencia democrática del país y terminen funcionando, demasiadas veces, como caja de resonancia de las mismas obsesiones ideológicas de siempre.

Una prueba de ello es la columna de Héctor Abad Faciolince publicada el 31 de mayo, dia de elecciones, la cual, además de llegarme tarde y de carambola, muestra muy bien el problema. No busca entender a Abelardo ni al país que lo está apoyando. Busca etiquetarlo, deformarlo y llenarlo de calificativos. Todo contra quien, salvo que algo verdaderamente irregular ocurra, será el próximo presidente de Colombia.

Mientras Colombia votaba, ya se intentaba marcar la elección con una etiqueta. Antes de aceptar lo que las urnas terminarían mostrando, había que dejar lista la acusación. Había que convertir al candidato incómodo en amenaza antes de reconocer que estaba conectado con un malestar real.

Ese mismo día, Abelardo de la Espriella les dio sopa y seco en las urnas a quienes creían tener el monopolio moral del país. Ahí se entiende mejor la columna: no como análisis sereno, sino como miedo anticipado. Cuando un candidato rompe el libreto de las élites opinadoras, no se le discute: se le patologiza. No se analizan sus ideas: se le convierte en amenaza. No se reconoce el malestar ciudadano que representa: se le reduce a caricatura.

Tirano. Vulgar. Fascista. Ignorante. Payaso. Peligroso.

El repertorio cambia poco, porque el método es siempre el mismo.

Abad pretendía hacer el retrato moral de un candidato. Le salió otra cosa: el retrato involuntario de cierta élite opinadora colombiana cuando pierde el control del relato.

Su columna no busca convencer. Busca degradar. No argumenta. Ridiculiza. No discute un programa de gobierno ni una visión de Estado. Prefiere el camino fácil: la barba, la ropa, la vanidad, el cuerpo, la esposa, Miami, Florencia, el supuesto mal gusto. Todo envuelto en una prosa que quiere sonar brillante, pero que termina mostrando una pobreza argumentativa preocupante.

La política no tiene por qué ser tibia. Una democracia necesita confrontación, ideas fuertes y denuncias. Pero advertir sobre riesgos autoritarios no es lo mismo que sustituir el análisis por la burla. Cuando un columnista describe al adversario como grotesco, ridículo o peligroso sin detenerse en lo que representa para millones de ciudadanos, deja de hacer crítica política y empieza a hacer desahogo social.

Ahí está el punto. Abelardo no apareció de la nada. No es solo un personaje pintoresco impulsado por la televisión o las redes. Es el síntoma de una Colombia cansada de que le pidan paciencia mientras el crimen avanza, de que le hablen de paz mientras los grupos armados se fortalecen, y de que le vendan superioridad moral mientras la extorsión, el narcotráfico y la secuestro territorial siguen creciendo.

Claro que se puede criticar su estilo. Claro que se le puede exigir mayor precisión programática (aunque su programa lo es, y cero de echar globos), mejor equipo técnico (que lo tiene) y menos teatralidad (un poco difícil por su espíritu caribe). Eso sería legítimo. Lo pobre es reducirlo a un “aspirante a tirano” sin tomarse en serio el malestar que lo explica. Esa soberbia es la que ha llevado a muchos sectores «ilustrados», de esa élite «intelectual» a no entender el país que dicen defender.

En democracia, el voto no siempre premia al más elegante ni al más cómodo para las tertulias. A veces premia al que logra nombrar problemas colectivos que otros prefirieron ignorar (o maquillar), y plantear acciones para solucionarlos.

Colombia tiene hoy una angustia real: la sensación de que el Estado ha cedido demasiado, de que la autoridad se volvió sospechosa y de que la palabra “paz” se ha usado para justificar concesiones que no siempre producen la tan anhelada paz.

Abad ya ha mostrado antes esa forma de superioridad moral. Recuerdo que en 2014, cuando Nairo Quintana llenaba de orgullo a Colombia con la maglia rosa en el Giro de Italia (la del liíder de la carrera), publicó en Twitter: “A la extrema derecha no le gusta mucho eso de ‘camiseta rosada’ o ‘maglia rosa’. Creen que es del orgullo gay”.

Ese comentario no era solo un mal chiste. Era una muestra perfecta de la ligereza con la que este tipo de opinadores hablan desde arriba, como si todos los que no piensan como ellos fueran brutos, atrasados o incapaces de entender algo tan elemental como una tradición deportiva.

Yo le respondí entonces con lo obvio, justamente para dejar en evidencia la ignorancia del comentario: si el problema era que la camiseta rosada podía asociarse, según él, con el orgullo gay, entonces qué hacía con la camiseta arcoíris del campeón mundial de ciclismo. Porque la camiseta de campeón mundial no es rosada. Es arcoíris. Y en ciclismo no representa su burla barata, ni su chiste político, ni su necesidad de ridiculizar a la derecha. Representa mérito, gloria, historia y jerarquía deportiva.

Esa era la respuesta. No un adorno. No una curiosidad de ciclismo. Era mostrarle que su comentario era flojo, ignorante y prejuicioso. Porque cualquiera que conozca mínimamente el ciclismo sabe que la maglia rosa del Giro y la camiseta arcoíris del campeón mundial pertenecen a una tradición deportiva, no a la necesidad ideológica de un columnista de burlarse de sus adversarios.

Aquel episodio no fue una anécdota menor. Fue una radiografía. Abad se presenta como defensor de la complejidad, pero con frecuencia reduce al contrario a un estereotipo. Habla de tolerancia, pero practica el desprecio. Reclama humanidad, pero se la niega políticamente a quienes no caben en su mundo. Él a la larga no discute con ciudadanos. Discute con muñecos que él mismo fabrica: el uribista bruto, el derechista homofóbico, el conservador primitivo.

Y lo peor es que suele salirse con la suya. Porque pertenece a ese roscograma intelectual donde ciertos escritores, periodistas y opinadores pueden descacharse una y otra vez, hablar desde la superioridad moral, decir simplezas con tono profundo y aun así seguir siendo tratados como conciencia del país. A otros les cobran cada palabra. A ellos les celebran hasta los disparates.

Ese es el nivel de quien posa de humanista mientras desprecia en bloque a quienes no caben en su mundo ideológico.

La columna también deja ver otra cosa: el miedo reverencial frente a cierto periodismo. Abad menciona el episodio de una «gran» periodista y parece sugerir que, si un candidato se incomoda con una periodista quien claramente le impregnó cicuta a su cuestionario, entonces ya estamos ante una señal autoritaria. Pero ahí también hay que hacer una precisión. No todo el que carga una libreta, un micrófono o una credencial actúa como periodista. Muchas veces actúa como activista, con agenda, con veneno, con preguntas cargadas y con una idea previa de a quién quiere destruir.

Eso no significa que los periodistas no puedan preguntar duro. Claro que pueden. Deben hacerlo. Pero una cosa es preguntar duro y otra muy distinta actuar como fiscal ideológico, provocar, torcer, insinuar y luego esconderse detrás de la palabra “periodismo” como si fuera una sotana. En Colombia y fuera de Colombia hay demasiados opinadores y periodistas que se creen ungidos por alguna autoridad superior. Preguntan con veneno, escriben con veneno, editan con veneno, y luego exigen que nadie les conteste duro porque entonces se sienten atacados en nombre de la libertad de prensa.

No. La libertad de prensa no convierte al periodista en intocable. Tampoco convierte al activismo en verdad. Y mucho menos obliga a un candidato a quedarse agachado frente a preguntas imprecisas, sesgadas o malintencionadas.

Hay, además, un punto delicado que conviene decir sin rodeos, pero con respeto. Héctor Abad Faciolince e Iván Cepeda comparten, cada uno desde su propia historia, una relación pública con la tragedia política colombiana. Sus familias fueron atravesadas por la violencia. Eso merece respeto. Nadie decente debería burlarse del dolor ni de una pérdida familiar marcada por la muerte.

Ahora bien, el respeto por la tragedia no puede convertirse en obediencia intelectual. Una biografía dolorosa no vuelve infalible a nadie. No convierte una columna en argumento ni una candidatura en reserva moral. El duelo puede explicar una sensibilidad, pero no puede blindar a nadie contra la crítica.

Colombia ha sufrido demasiado como para permitir que el dolor se vuelva escudo político intocable. La tragedia no puede ser patente de corso. No puede convertirse en licencia para caricaturizar al adversario, repartir certificados de decencia o hablar desde un pedestal moral frente a millones de ciudadanos que también han vivido miedo, violencia, secuestro, extorsión, desplazamiento o abandono estatal.

La indulgencia relativa de Abad con Iván Cepeda también dice mucho. No porque lo trate como santo, que no lo hace. También le teme, también lo mira como un riesgo y también lo ubica en el campo de los extremos. Pero la diferencia está en el método. A Abelardo lo despelleja con saña estética, corporal y moral. A Cepeda lo describe como hermético, esquivo e insondable. A uno lo vuelve caricatura de circo. Al otro lo convierte en enigma político.

Pero sí sabemos cosas. Sabemos que Cepeda ha defendido una visión política que insiste en el diálogo con estructuras armadas al margen de la ley y dedicadas al narcotráfiico como eje central de la respuesta del Estado. Sabemos que él ha estado ligado intimamente a procesos de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y otros actores armados. Sabemos que su candidatura representa una continuidad, con otros modales, del proyecto político que gobernó estos último casi cuatro años.

La llamada paz total no puede seguir tratándose como una buena intención intocable. En Colombia ya deberíamos haber aprendido que las buenas intenciones no bastan cuando al frente hay organizaciones armadas que entienden el diálogo como pausa táctica u oportunidad de expansión. El problema no es hablar de paz. El problema es confundir paz con ingenuidad y negociación con rendición simbólica.

Existe una solidaridad boba, muy propia de cierta izquierda moralizante, que consiste en creer que todo enemigo de sus enemigos merece indulgencia (o dosis de esa empatía y resiliencia). Si alguien se opone a la por ellos etiquetada «extrema» derecha, se le perdonan silencios, alianzas o ambigüedades. Si alguien habla en nombre de la paz, cualquier crítica a sus métodos se interpreta como barbarie.

Esa lógica es peligrosa. El enemigo de mi enemigo no es necesariamente mi amigo. Puede ser simplemente otro enemigo de la libertad, del Estado de derecho o de la democracia, aunque hable con tono pausado, lea su libreta de apuntes y se presente no sólo como víctima de la historia, sino que nos quiera hacer creer que somos en esencia un país de victimas.

La discusión de fondo no es si Abelardo canta bien, se viste mal o tiene una personalidad excesiva. La discusión es si Colombia va a recuperar la autoridad legítima del Estado o si seguirá atrapada en la costumbre de consentir a quienes han vivido de intimidar, secuestrar, extorsionar y gobernar territorios por la fuerza.

Tampoco hay que escoger entre brutalidad y claudicación. Ese es un falso dilema. Un Estado serio puede ser firme sin ser arbitrario. Puede aplicar la ley sin convertirse en tiranía. Puede derrotar criminales sin despreciar los derechos humanos. Puede dialogar cuando haya condiciones y levantarse de la mesa cuando la contraparte la usa para fortalecerse. Ese debería ser el debate. No la barba. No el traje. No Miami. No Florencia. No la burla de salón.

A Abad le preocupa el tirano de derecha. Esa preocupación puede ser legítima. Pero también debería preocuparle el autoritarismo que se disfraza de superioridad moral: el que decide quiénes son los buenos antes de mirar los hechos, el que convierte la paz en dogma y el que mira con desprecio al ciudadano que pide orden.

Colombia no necesita otra ronda de caricaturas, sermones y poses morales. Necesita autoridad legítima, seguridad, justicia, libertad y límites reales al poder. Necesita un debate serio sobre el país que se quiere gobernar, no otra competencia de insultos bien escritos desde las columnas de siempre.

El problema de Abad no es que critique a Abelardo. Tiene todo el derecho a hacerlo. El problema es que no parece querer entender por qué millones de colombianos sí lo están escuchando. Prefiere mirar desde su balcón moral y llamar tiranía a todo lo que no entiende, mientras guarda una indulgencia sospechosa frente a quienes llevan años alimentando resentimiento, lucha de clases y revancha bajo el lenguaje cómodo de la justicia social.

Quizá esa sea la ironía. Algunos viven recordándonos El olvido que seremos, pero olvidan algo más básico: que la democracia no se defiende tratando como monstruos a quienes piden orden, ni blindando con indulgencias a quienes hablan en nombre de la paz. Si Colombia sigue reducida a rótulos y caricaturas, el problema no será solo la pobreza argumentativa de sus columnistas. Será la soberbia de una élite que todavía no entiende por qué el país dejó de creerle.

Salida, voz y lealtad: Colombia no se abandona

A dos días de unas elecciones decisivas, Colombia vuelve a estar frente a una pregunta que no es simplemente electoral: qué hacemos quienes todavía creemos que este país tiene futuro. Qué hacemos quienes creemos que la empresa no es enemiga de la sociedad, que el trabajo formal sigue siendo una herramienta de dignidad, y que la democracia no puede reducirse a una rabia administrada desde el poder.

La pregunta, en el fondo, es si frente al deterioro vamos a escoger la salida, ejercer la voz o asumir la lealtad como una forma seria de permanecer y corregir.

Albert O. Hirschman (1915-2012) no fue un consultor internacional más, de esos que llegan a un país, producen un diagnóstico elegante y se van sin haber entendido realmente lo que ocurre por debajo. Fue un economista del desarrollo, pero también un hombre interesado en la política, la filosofía, la historia y en la manera concreta en que las sociedades enfrentan sus bloqueos. Nacido en Alemania, formado en Europa y Estados Unidos, llegó a Colombia en 1952, recomendado por el Banco Mundial para asesorar al Consejo Nacional de Planeación. Terminó viviendo y trabajando en Bogotá durante cerca de cuatro años. No miró a Colombia desde lejos. La vivió.

Ese paso no fue anecdótico. Colombia marcó su manera de pensar el desarrollo. Hirschman encontró un país difícil, desordenado, contradictorio, pero lleno de energía e iniciativa. Un país que muchas veces no se entiende a sí mismo. Un país que tiene mucho más potencial del que parece dispuesto a reconocer.

Uno de sus trabajos posteriores fue Getting Ahead Collectively (Saliendo adelante colectivamente), publicado en 1984, hace ya más de cuarenta años. Al leerlo hoy, uno siente algo incómodo: pareciera una máquina del tiempo detenida. Esa Colombia de la periferia, que tantos políticos mencionan con voz solemne en discursos y campañas, sigue muchas veces atrapada en los mismos diagnósticos, las mismas promesas y la misma ausencia de soluciones concretas. Se habla de ella, se la invoca, se la usa como símbolo, pero demasiadas veces no se le resuelven los problemas de fondo.

Pero el Hirschman que más me interesa para este momento es el de Exit, Voice, and Loyalty (Salida, voz y lealtad). Ese libro me ha impactado porque ayuda a entender algo que Colombia no puede ignorar: las sociedades no se destruyen de un día para otro. Van repitiendo guiones. Van normalizando deterioros. Van acostumbrándose a la mediocridad. Dejan de hablar a tiempo y terminan aceptando como inevitable lo que antes parecía impensable.
Así empiezan muchos infiernos terrenales. Venezuela es uno de ellos.

Salida, voz y lealtad no son tres palabras bonitas para citar en una columna. Son tres respuestas frente al deterioro. Salida es irse, retirar el talento, el capital, la energía y la esperanza. Voz es hablar, advertir, incomodar, reclamar y participar antes de que sea demasiado tarde. Lealtad no es quedarse callado ni aplaudir por miedo. Lealtad es permanecer con sentido crítico, precisamente porque todavía importa aquello que se quiere corregir.

Ese es el punto. Colombia no necesita más gente empacando la maleta mental antes de que ocurra la tragedia. Necesita gente dispuesta a quedarse, hablar y construir. Lo digo, además, desde una contradicción personal que no deja de parecerme curiosa: en un momento en que muchos piensan cómo irse del país, yo llevo bastante rato buscando la manera de hacer más cosas en Colombia y de vivir, por qué no, permanentemente allá.

Tengo ciudadanía estadounidense y alemana, además de la colombiana. Vivo legalmente en Estados Unidos y podría seguir viviendo acá. También podría construir vida en Europa. Podría mirar a Colombia desde lejos y opinar con la comodidad de quien no se juega nada. Y, sin embargo, intento acercarme más al país, aportar más y encontrar una forma real de trabajar por Colombia desde Colombia.

No por nostalgia barata. No por cálculo político. No por posar de patriota de domingo. Lo veo más bien como una responsabilidad frente a un país que tiene un potencial enorme, pero que demasiadas veces no ha sabido aprovecharlo.

Colombia tiene talento, pero muchas veces sin método. Tiene riqueza natural, pero muchas veces sin visión. Tiene gente capaz, pero atrapada en desconfianzas, roscas, complejos, resentimientos y pequeñas miserias culturales. Tenemos potencial de sobra. El problema es que nos cuesta convertirlo en instituciones, productividad, movilidad social y futuro compartido.

Ahí aparece una reacción que entiendo, pero que también me inquieta. Algunos amigos, incluso amigos con responsabilidades importantes en Colombia, me lo han dicho de distintas maneras: “Max, ¿vos para qué te vas a devolver? Vos estás tranquilo allá. Tenés cómo vivir en Estados Unidos, tenés ciudadanía alemana, podés moverte en Europa. ¿Para qué te vas a meter otra vez en ese chicharrón?”. No lo digo como reproche. Al contrario, entiendo de dónde viene la pregunta. En un país cansado, inseguro, desconfiado y muchas veces mal administrado, querer volver puede parecer una locura.

Pero ahí está precisamente el punto. Cuando la pregunta natural empieza a ser “¿para qué volver?”, algo serio está pasando. No porque todo el que se va esté equivocado, ni porque irse sea siempre cobardía. Cada persona sabe qué familia protege, qué oportunidades busca y qué cansancio carga. Pero cuando un país empieza a producir más razones para salir que para quedarse, la salida deja de ser una decisión individual y empieza a convertirse en síntoma colectivo.

Por eso Venezuela no puede tratarse como exageración retórica. Allí no se perdió únicamente una economía, una industria petrolera, una moneda o un aparato productivo. Venezuela perdió millones de personas. Y antes de que esas personas cruzaran una frontera, compraran un tiquete o buscaran otro pasaporte, pasó algo más profundo: dejaron de creer que valía la pena seguir peleando por su país.

Ahora bien, la cifra citada oficialmente por organismos internacionales habla de casi 7.9 millones de refugiados y migrantes venezolanos en el mundo. Pero esa cifra debe leerse como un piso, no necesariamente como un techo, porque los registros oficiales no siempre capturan bien a quienes salieron usando una segunda nacionalidad o se regularizaron como nacionales de otro país.

Ese matiz es enorme en el caso de los colombo-venezolanos. Por historia familiar, frontera y migración de ida y vuelta, muchos venezolanos tienen o pueden reclamar nacionalidad colombiana por padre o madre colombiana. Algo parecido ocurre con venezolanos de origen español, italiano, portugués o europeo. Por eso, aunque no exista una cifra oficial única, no es descabellado sostener que la pérdida humana venezolana podría superar los 10 millones de personas si se consideran dobles nacionales, retornados, colombo-venezolanos y venezolanos con raíces europeas.

La comparación ayuda a entender el tamaño del desastre. Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1998, Venezuela tenía alrededor de 23.6 millones de habitantes. Frente a esa base, los casi 7.9 millones oficialmente contabilizados equivalen a cerca de un tercio de la población que tenía el país al inicio del chavismo. Si la pérdida humana real supera los 10 millones, hablaríamos de más del 40% de esa población de referencia.

Y para yo no dar papaya con las cifras, usemos también una base más amplia: la población de Venezuela en 2015, antes de que se hiciera plenamente visible la gran aceleración del éxodo. Para ese año, Venezuela tenía alrededor de 30.5 millones de habitantes. Incluso con esa base, los casi 7.9 millones oficialmente registrados representan más de una cuarta parte del país. Y si el número real supera los 10 millones, estaríamos hablando de casi un tercio de la población venezolana previa al vaciamiento.

Eso no es migración normal. Eso es pérdida humana en escala histórica.

Chile ofrece una comparación incómoda, porque las narrativas de la izquierda han sido eficaces para convertir ciertos relatos en verdades morales absolutas. En muchos círculos académicos, Chile suele resumirse en una fórmula demasiado cómoda: Allende, mártir democrático; Pinochet, dictador neoliberal; y todo lo demás sobra.

Pero Allende, mártir para muchos, también dejó a Chile metido en un desastre económico, institucional y político monumental. En 1973, Chile enfrentaba inflación desbordada, escasez, mercados negros, controles de precios, expropiaciones, deterioro de la producción, radicalización política y una economía caminando hacia el abismo. Eso no justifica violaciones de derechos humanos ni convierte una dictadura en algo deseable. Pero sí obliga a decir que Chile no llegó al 11 de septiembre de 1973 como un país ordenado al que simplemente se le atravesó la historia.

Pinochet no fue un santo. Hubo represión, exilio, miedo, tortura y violaciones graves de derechos humanos. Pero tampoco se puede negar que Chile corrigió un rumbo económico que lo estaba llevando al desastre. Se redujo el desorden fiscal, se abrió la economía, se atrajo inversión, se estabilizó el país y, con el tiempo, Chile se convirtió en una de las economías más serias de América Latina.

La comparación con Venezuela es reveladora. Chile tuvo exilio político, claro. Una estimación frecuentemente citada habla de alrededor de 200.000 chilenos forzados al exilio durante la dictadura. Chile tenía cerca de 10.3 millones de habitantes en 1973. Incluso si se usa una base poblacional mayor, cercana a 11.2 millones, que corresponde más bien a finales de los años setenta, ese exilio representó alrededor del 2% de la población chilena.

La diferencia no es de matiz. Es de naturaleza. Chile no se vació. No perdió una cuarta parte o un tercio de su población. No vio salir millones de personas llevando consigo talento, capital, memoria, redes y capacidad productiva. Una parte de ese exilio tuvo enorme capacidad narrativa en universidades, medios, centros culturales, organizaciones internacionales y redes políticas. No necesariamente fueron muchos en términos demográficos, pero sí fueron muy influyentes en términos simbólicos. Esa capacidad instaló una lectura casi religiosa: Allende como mártir absoluto, Pinochet como mal absoluto y el modelo económico chileno como pecado original. Pero la realidad fue más compleja.

Venezuela, en cambio, fue vaciada. Y eso debería estremecer a Colombia. Un país no se destruye solo cuando cae su moneda, se deteriora su empresa privada o se pierden sus instituciones. Se destruye cuando su gente empieza a pensar que lo mejor que puede hacer es irse: el médico, el empresario, el joven, el profesor, el técnico, la familia entera, el que podría quedarse a construir y decide que ya no vale la pena.

Por eso, si durante años hemos advertido que Colombia puede terminar pareciéndose a Venezuela o a Cuba, no podemos responder haciendo exactamente lo que esos modelos terminan provocando: que quienes aportan, construyen, generan empleo o tienen algo que decir se cansen, se vayan o se queden callados. Si uno ha advertido tanto sobre el peligro del socialismo, no puede terminar actuando como si el socialismo ya hubiera ganado la partida.

La salida puede ser comprensible a nivel individual. Pero como actitud colectiva, la salida puede convertirse en abandono. Y cuando quienes tienen formación, empresa, redes, criterio o liderazgo abandonan el barco, el vacío no queda vacío. Lo ocupan otros: la improvisación, la rabia y quienes no quieren construir sobre lo existente, sino reemplazarlo todo por una épica de resentimiento.

Por eso la voz importa. La voz no es gritar, insultar ni repetir consignas como loro mojado. La voz es participar con claridad, argumentos y carácter. Es decir que la empresa no es el problema de Colombia, sino parte esencial de cualquier solución seria. Es decir que la movilidad social no se logra atacando al que genera empleo, sino ampliando capacidades, educación, formalidad, productividad y confianza. Es decir que el Estado debe servir al ciudadano, no convertirlo en dependiente.

Ahí aparece una discusión que Colombia evita porque incomoda: la pobreza mental. No como insulto a los pobres, ni como desprecio de clase, sino como una restricción real que atraviesa todos los estratos. Hay pobreza mental en quien no cree que puede hacerse cargo de su vida, en quien espera que el Estado le resuelva todo, en quien tiene poder y bloquea al que quiere aportar, en quien confunde resentimiento con justicia, en quien cree que destruir al que produce es una forma de igualar. Y también hay pobreza mental en élites que se acostumbraron a hablar del país desde la comodidad, pero no desde el compromiso.

Colombia necesita movilidad social, mejores ingresos, mejores empleos, más formalidad y más personas entrando a una clase media real. Pero necesita también movilidad de mentalidad: pasar de la queja a la acción, de la dependencia a la agencia, del resentimiento a la responsabilidad, de la sospecha permanente a la construcción de confianza. Sin eso, cualquier aumento de ingresos será frágil y cualquier promesa de cambio terminará convertida en otra frustración.

Tal vez ahí está una de las grandes deudas con el propio escudo. Libertad sin orden termina en desorden, informalidad, viveza y deterioro institucional. Orden sin libertad termina en obediencia, miedo y abuso. Colombia necesita las dos cosas: libertad para emprender, hablar, crear, disentir y construir; orden para respetar la ley, cumplir la palabra, cuidar las instituciones y dejar de confundir astucia con inteligencia.

Por eso, ante la incertidumbre electoral, la respuesta no puede ser la salida, el silencio ni la resignación. La respuesta debe ser una lealtad activa con Colombia: no aplaudir lo que está mal, pero tampoco abandonar el país cuando más necesita voces firmes.

Espero, además, que pasado el susto y la angustia de estos días, como tengo certeza de que ocurrirá, no volvamos a la comodidad de siempre. Sería un error creer que, porque Colombia esquiva un abismo, ya resolvió sus problemas. No podemos seguir manteniendo un país apenas por inercia, sin soluciones serias para problemas serios.

Incluso ganando una elección, Colombia tiene que resolver problemas de fondo y de forma. De fondo, porque seguimos arrastrando inseguridad, informalidad, pobreza, mala educación, baja productividad, justicia débil, corrupción, desconfianza institucional y una cultura ciudadana muchas veces pobre. De forma, porque tampoco basta con tener buenas ideas si no se sabe ejecutarlas, comunicarlas, sostenerlas y volverlas política pública real.

El país necesita algo más que evitar el desastre. Necesita una propuesta seria para ser, por fin, el país que puede ser.

Colombia no se abandona cuando gana alguien que no nos gusta. No se abandona cuando el ambiente se vuelve incierto. No se abandona cuando algunos prefieren desconfiar del que quiere aportar antes que abrirle espacio. Y tampoco se abandona cuando pasa el susto y vuelve la falsa tranquilidad. Colombia se abandona cuando dejamos de exigirle más a quienes dicen querer defenderla.

Colombia se habla. Colombia se trabaja. Colombia se defiende construyéndola.

Y si de verdad creemos que este país puede evitar el camino de Venezuela o Cuba, la primera obligación es no comportarnos como si ya estuviera perdido. Porque un país empieza a perderse cuando quienes podrían sostenerlo deciden que ya no vale la pena intentarlo.

Yo, por mi parte, sigo creyendo que vale la pena.

El centro, o el camino a la perdición del país

En Road to Perdition (2002), película protagonizada por Tom Hanks junto a Paul Newman, ganadora del Óscar a Mejor Fotografía, un padre intenta proteger a su hijo de un mundo violento que él mismo ayudó a construir. La historia no gira en torno a un error puntual, sino a algo más incómodo: una cadena de decisiones que, aunque parecen prudentes en el momento, terminan conduciendo exactamente al destino que se quería evitar. No se trata de perderse, sino de insistir en un camino creyendo que se controla el resultado, cuando en realidad ese resultado ya ha sido condicionado por las propias decisiones.

Esa lógica describe con precisión lo que ha venido ocurriendo en la política colombiana. El llamado centro político, convencido de su moderación, de su distancia frente a los extremos y de una supuesta superioridad moral frente a las posiciones más definidas, ha terminado tomando decisiones que no contienen lo que critica, sino que lo facilitan, e incluso inclinando la balanza hacia la izquierda. El problema no es simplemente político, es conceptual, porque el centro no es una doctrina, ni una tradición intelectual, ni un proyecto coherente de país, sino un espacio en disputa donde lo que realmente se define no son las ideas, sino las condiciones bajo las cuales se puede participar en el debate público: quién es aceptable, quién no lo es, qué se puede decir sin costo y qué se paga caro.

Ese desplazamiento no ocurrió de manera frontal, sino que se fue instalando, y cada vez con más fuerza, a través de la instrumentalización del lenguaje. Hoy la política no se organiza alrededor de resultados verificables, sino de marcos discursivos prácticamente incuestionables como resiliencia, empatía, inclusión o justicia social. Son conceptos legítimos, incluso necesarios, pero su uso político ha tenido un efecto claro: dejaron de ser valores para convertirse en filtros de legitimidad. En ese entorno, ya no basta con tener argumentos; hay que sonar bien dentro del marco correcto, y quien no lo hace queda rápidamente fuera de juego.

A partir de ahí aparece un fenómeno igual de determinante: el etiquetamiento. En Colombia, disentir de ciertas posiciones, muchas veces más ancladas en la utopía y en una balanza inclinada hacia los sentimientos que hacia los hechos, ya no implica entrar en una discusión, sino exponerse a una clasificación automática como extrema derecha, retrógrado o enemigo del cambio. La etiqueta reemplaza el argumento y deslegitima antes de que haya debate, lo que no solo empobrece la conversación pública, sino que altera profundamente los incentivos. Lo más grave es la manera en que este mecanismo se utiliza para generar vergüenza, presionar y, en muchos casos, forzar a ceder valores tradicionales que, en cualquier país, representan a una mayoría que termina sometida a la dictadura de las minorías.

En paralelo, las agendas identitarias han adquirido un peso creciente, no como herramientas de inclusión, que es su fundamento legítimo, sino como criterios de validación política. El problema no es reconocer diferencias, sino convertirlas en el eje de decisión. Cuando atributos como el color de la piel, la etnia, el género, las preferencias sexuales o el origen social empiezan a pesar más que la competencia, la trayectoria o los resultados, el sistema deja de premiar capacidades y empieza a premiar representaciones. Eso no construye equidad, sino fragmentación, y además reduce el espacio para exigir resultados, ya que cuestionar deja de ser evaluar y pasa a interpretarse como una agresión. En esa misma lógica, se busca anular al oponente mediante etiquetas como clasista, machista, homófobo o racista.

Todo esto configura una asimetría que el centro rara vez reconoce. A ciertas posiciones se les exige una validación constante, mientras que otras reciben legitimidad por su alineación con el lenguaje dominante. No se trata de una diferencia menor, sino de una distorsión estructural que condiciona las decisiones y transforma al centro en un espacio adaptativo, moldeado por reglas que no controla y que tampoco cuestiona. Ahí aparece el problema político real.

En ese contexto más amplio, el país se ha ido perdiendo en un ambiente sin autoridad, una autoridad que comenzó a desvanecerse desde agosto de 2010 y que hoy nos tiene en un punto que, en muchos sentidos, recuerda los momentos más complejos del auge de las FARC, con un agravante adicional: ahora sectores que han tenido afinidad ideológica o cercanía política con esas visiones han llegado al poder y buscan perpetuarse en él. No es una percepción aislada, sino una lectura cada vez más extendida frente al deterioro del orden, la inseguridad, el premio a los criminales, el incentivo a la subversión utilizando a los más jóvenes como carne de cañón y la pérdida de referentes claros de institucionalidad.

La primera vuelta se ha convertido en un ejercicio mal entendido, porque se vota como si fuera una expresión emocional o una afinidad personal, como si se tratara de identidad o de simpatía, cuando en realidad es una decisión con efectos en cadena. Cada quien puede votar por quien quiera, pero asumir que esa decisión no incide en el resultado final es, en el mejor de los casos, ingenuo. La segunda vuelta elimina esa ilusión, ya que en ese punto desaparecen los matices y hay que escoger, y es precisamente ahí donde el centro, una y otra vez, se repliega en la ambigüedad mediante el voto en blanco, el silencio o la distancia calculada, todo envuelto en un discurso de coherencia que en la práctica termina siendo evasión. Es claro que quienes están en el centro izquierda difícilmente cederán por una opción de derecha, mientras que quienes se ubican en el centro derecha suelen mostrarse abiertos a discursos de diversidad, equidad e inclusión que, en la práctica, terminan generando una ruptura con los valores que originalmente defendían.

No decidir en ese momento no es neutral, es funcional. El país ya vio lo que eso produce con la elección de Gustavo Petro y también en Medellín con la elección de Daniel Quintero. En ambos casos hubo advertencias, señales y alternativas, pero también hubo ambigüedad, cálculo y esa comodidad moral de quienes prefirieron no incomodarse tomando posición, o de quienes, desde la ingenuidad de promover un cambio con justicia social, terminaron entregando el país y la ciudad a proyectos que hoy evidencian sus consecuencias. Fue, en buena medida, la ingenuidad o la simple falta de carácter de muchos bienpensantes, los mismos que hoy reconocen en privado lo que no quisieron asumir en público. Mientras tanto, las agendas de la izquierda progresista radical avanzaron sin mayor resistencia, no porque fueran incontestables, sino porque encontraron un terreno despejado por quienes creyeron que abstenerse era una forma de superioridad, cuando en realidad terminó siendo una forma de renuncia.

Detrás de ese comportamiento hay una lógica más profunda. En ese intento por congraciarse con todo el mundo, y en una postura que pareciera avergonzarse de conceptos básicos como la ley y el orden, se abre espacio a una parte de la clase política que no juega para transformar el país, sino para permanecer dentro del sistema. Esa clase política, como lo ha demostrado la historia, no se declarará en oposición, no romperá y no se comprometerá del todo, porque su objetivo no es ganar una discusión, sino seguir siendo relevante independientemente de quién gobierne. En ese contexto, la ambigüedad deja de ser una debilidad y se convierte en una estrategia.

El problema es que esa estrategia tiene consecuencias, porque cuando quienes tienen la capacidad de inclinar la balanza optan por no hacerlo, el resultado no es equilibrio, sino transferencia de poder hacia quienes sí están dispuestos a tomar decisiones. La política no premia la intención ni la comodidad, sino la claridad y la capacidad de actuar cuando toca hacerlo.

Colombia se enfrenta nuevamente a ese punto. Cada ciudadano es libre de votar por quien considere en la primera vuelta, pero el país no se define ahí, sino en la capacidad de elegir cuando el margen desaparece y las opciones se reducen. En ese momento, lo que importa no es la narrativa ni la comodidad de una posición intermedia, sino el carácter, la capacidad y la determinación de cambiar las dinámicas de un país que lleva demasiado tiempo repitiendo los mismos errores.

Porque esto no es un debate abstracto ni una discusión académica sobre matices ideológicos. Es una disputa real sobre el rumbo del país frente a unas agendas de la izquierda progresista radical que han avanzado no por la solidez de sus propuestas, sino por la debilidad, la ambigüedad y la complacencia de quienes se autodenominan moderados.

Colombia no está frente a un dilema teórico. Está frente a una secuencia de decisiones que ya ha empezado a mostrar sus consecuencias. Y como en Road to Perdition, el problema no es no saber a dónde se va, sino insistir en un camino creyendo que se controla el destino, cuando en realidad cada paso lo hace inevitable.

Aquí no se trata de quién tiene el discurso más cómodo, ni de quién logra encajar mejor en una narrativa emocionalmente aceptable. Se trata de quién tiene el carácter para enfrentar esas agendas, cuestionarlas y, si es necesario, frenarlas, aun cuando eso implique asumir costos.

Porque al final, los países no llegan a la perdición por accidente.

Llegan porque, teniendo la oportunidad de corregir el rumbo, decidieron no hacerlo.


Mientras lo público no nos interese, los «gallos» seguirán cantando.

Leía hace unas pocas horas una noticia económica bastante escandalosa: la corrupción le cuesta a la Unión Europea al menos 120 Billones de Euros al año, es decir, casi dos veces el presupuesto general que tenemos en Colombia para la vigencia 2014 (el cuál ronda con tasas de cambio a hoy los 72 Billones de Euros).

La cuestión es que según el informe, la comisionada de la Unión Europea Cecilia Malsmtrom, manifiesta su preocupación al ver que la corrupción está de cierta manera tomando aire, afectando la confianza en los gobiernos y generando a su vez una erosión en las democracias.

Estos fenómenos son de cierta manera conocidos por todos, o al menos así lo demuestra los resultados de una encuesta realizada a ciudadanos comunitarios, en la cual resulta bastante preocupante la alta la percepción de como la corrupción les afecta su diario vivir.

Destaca el informe cosas que incluso podríamos decir que están siempre presentes en Colombia:

– Que la platica se va, en ocasiones a financiar partidos políticos (mermelada).

– Que los riesgos son mayores en los niveles local y regional (politiquería y clientelismo).

– Que gran parte de la misma se da en aquellos procesos de adquisición de bienes (carruseles).

…Pero si por allá llueve, por acá no escampa!

Casi paralelamente a la noticia de la corrupción rampante y bastante onerosa en la Unión Europea, leía con detenimiento en la prensa local de Medellín, las declaraciones de nuestro Alcalde Ánibal Gaviria, en relación con un exfuncionario que todo parece indicar estaba haciendo negocios bien sabrosos, aprovechando su cargo como Secretario de Obras Públicas de Medellín: presionando la compra de lotes sobrevalorados que no se necesitaban, con un agravante adicional: tratando al parecer de enjuagar antecedentes de la dudosa procedencia de algunos de ellos.

Que tristeza me dá ver que los fenómenos de corrupción en nuestro país se han vuelto parte de ese paisaje macondiano ante el cual la mayoría se han acostumbrado (creo que ya todos saben conjugar mermeladear, sin ningún tipo de desparpajo), donde a la gente le importa cinco saber y repetir que en el sector público muchos de los que están, lo hacen por sacar beneficios personales, sin considerar que gran parte de la corrupción surge por iniciativas de muchos empresarios privados quienes quieren sacar ventaja de la falta de ética y la ambición propia aquellos que llegan a la vida pública de carambola o porque nunca tuvieron las capacidades y las competencias para conseguirse un puesto por cuenta propia en una empresa privada.

Ahora bien, apuesto que «ah garrote» le van a empezar a dar al Alcalde Aníbal, empezando por el ex, quien tildó como buen periodista esta situación como el «Gallogate». pero vale la pena preguntar ¿acaso aquel destituido e inhabilitado personaje actuó de manera similar cuando siendo funcionario muchos escándalos se dieron?;¿hablará acaso con la misma vehemencia del «MaoGate», del «HoracioGate» o del «FreddyGate»?

La verdad sea dicha, aquí y en cafarnaúm los nombramientos de la mayoría de los gabinetes locales y regionales tienen todo menos de técnicos, por más que muchos de aquellos neopolitiqueros quienes se creen dueños exclusivos de la moral y la ética rasguen sus vestiduras al decir que son además de ególatras: meritócratas.

Mientras esto no cambie y las motivaciones para ejercer un cargo público no sean las de anteponer los intereses generales a las vanidades particulares, la mermelada y la corruptela serguirán presentes en nuestra patria.

Para finalizar una frase de la Sra. Malmstrom: «El precio de no actuar es bastante alto» y si no les parece, preguntémosle a los indicadores que en materia de desarrollo humano presenta nuestro país por cuenta de aquellos «Gallos» que han cantado, cantan y seguirán cantando, todo gracias a nuestra irresponsable manera de asumir nuestros deberes como ciudadanos.

Cuando la seguridad sólo es cuestión de imagen

Cuando pienso en la visita a Medellín de nuestro presidente Santos, para participar en un consejo de seguridad en plena comuna 13, recuerdo el dicho popular de antaño: “Tan aficionado a los toros, que no se pierde ni la corrida de un catre”.

Hoy aplica íntegramente ese dicho a un gobernante tan pantallero como incompetente, que quiere a toda costa figurar en aquellos asuntos que preocupan a un país que como va, va muy mal, y por supuesto a una ciudad, que como parte del mismo va en la misma dirección.

Para nadie es un secreto que estamos en una situación de inseguridad que, sin ser de nuestro directo resorte como ciudadanos, al no poder ocuparnos en ella, nos preocupa.

Es la inseguridad una realidad rampante que tenemos en una ciudad que parece, y por cuenta de la magia de internet, será proclamada la ciudad más innovadora del mundo, y por tal razón, merecedora de cuanto despliegue en medios pueda y alcance, por cuenta del presupuesto público establecido para tal fin.

Ahora bien, qué carajos viene a hacer un presidente cuyas acciones más valerosas, entre otras, han sido presidir con cachaco rigor aquellos ágapes en Cartagena, participar en los encuentros “al alba” con sus nuevos mejores amigos, patrocinar el silencio aquel con el que Interbolsa “puso” ministro de Hacienda, instar a los pescadores de Nicaragua a no pedir permiso (porque a él los de San Andrés le dejaron de importar con el fallo) y comunicar que somos el país más alegre del mundo (afirmación tan cierta como que nuestro himno patrio es el segundo más bello del mundo después de la Marsellesa).

En ese circo mediático estarán presentes, además de los comandantes del ejército y la policía, nuestro alcalde, que seguro sacará a relucir mañana la estampita que Hillary le mandó con el hijo de Madonna, y por supuesto el vicealcalde general de Medellín, sí señores, nuestro gobernador, que se jactará de tener la pócima secreta para solucionar los problemas de la comuna 13, pócima que curiosamente no permitió a su sucesor en la alcaldía impedir entre otras cosas, el cobro del peaje de aquellas escaleras eléctricas que tanto nos hacen sentir innovadoramente orgullosos.

Seguro que en el desarrollo de tan importante y ya poco común evento (otrora permanente en tiempos de la seguridad democrática), un presidente desvencijado en popularidad además de lograr ese tan necesitado “visaje» en medios, gagueará unas cuantas felicitaciones acompasadas de uno que otro chiste malo (tal vez con mayor fluidez que la de deletrear “contraalmirante”) para hacer el clásico y estrepitoso anuncio: ¡reforzaremos el pie de fuerza!

Tal anuncio se traduce en que vendrán más policías a la ciudad (500 como mínimo), los cuales, es importante tener en cuenta, ya tienen listo su tiquete de regreso para dentro de una semana y antes de su arribo. O si se quedan más de los siete días inicialmente presupuestados, seguro serán permeados por quienes ya están acostumbrados a relacionarse de tú a tú con los dueños del parche.

Como complemento dirán que han capturado uno que otro lavaperro, haciéndole de paso el favor a las organizaciones criminales al poner nuevos objetivos “más importantes”, mientras los verdaderos “más importantes” siguen bien, acompañados y relajados cual protagonista de video de reguetón.

Preocupa que por más que venga un presidente, las soluciones reales para un problema de marca mayor no hagan parte del quehacer diario de sus responsables. Ofusca que por pensar en romper récords de taquilla para revistas especializadas, nos hagamos los de la vista gorda para romper las barreras invisibles que tienen nuestros barrios. Desconcierta cómo hemos dejado coger ventaja a los microterroristas que están macroaterrorizando a toda una ciudad. Desilusiona que nos interese más aparentar con premios que pueden conseguirse por internet, que darle dignidad a quienes ven en su trabajo honesto su mayor aliciente. Asusta que en este rifirrafe entre politiqueros (ahora algunos expertos en seguridad social más que todo), desconozcan que la seguridad además de generar confianza, es la base de la democracia.

Querido imberbe

Recuerdo como si fuera ayer aquella tarde en la que en un centro comercial de la ciudad y en compañía de mi señora madre, me encontré a Teodora, sí, la mismísima amigota de los narcoterroristas y promotora de ese movimiento de nombre tan taquillero como de oscuras intenciones. Eso sí, en ese entonces con mucho menos bisturí y sin ese turbante perturbante.

Eran épocas del proceso 8.000, donde tenían al payaso de Samper haciendo malabares, en la cuerda floja y soliviando todo el peso de aquel elefante que al parecer entró a la sala de su casa, sin darse cuenta.

En aquella oportunidad y quiero dejar claro, solamente le dije a esa señora: “Bien por lo de Samper” y pare de contar…

No obstante mi juventud y a que en un efímero instante compartimos algo en común: darle «palo» a Samper, en ese encuentro casual, contrario a como hoy están obrando los jóvenes e imberbes sectarios de las buenas mañas (porque las costumbres para ellos no existen), no me le tiré en voladora a recibir uno de los abrazos que hoy reparte, valga la claridad, más a siniestra que a diestra. Ah, y mucho menos me uní a su combo, pese a que he sido de doctrina liberal.

Hoy en día estamos en un ambiente que además de caldeado, tiene por combatientes una inconmesurable cantidad de jóvenes imberbes que se creen dueños de la verdad y que contrario a lo que trata de inculcarles el rector de nuestra universidad (citando un cuento de don Jesús del Corral y haciendo de paso un elogio al avispado y a la cultura de la ilegalidad), son muy avispados al esconderse tras las bambalinas sin dar la cara en una conocida red social y en cuanto blog hay (incluso alguno que otro con nombres que curiosamente hace alusión a una trampa solapada por de más); se creen ellos además ungidos de la verdad absoluta, aquella que supuestamente les imprime leerse tres o cuatro libros que les sugiere cualquier adoctrinador de pacotilla que aprovechando el poder, les dicta cátedra en aquellas buenas maneras que no aprendió en la casa, pero que se compensan con el enarbolado hablar que le provee de paso, su curriculum londinense.

Es preocupante cómo estos hombres y mujeres,  pretenden ser ciudadanos del mañana, cuando sus comportamientos hoy dejan mucho que desear: son arrogantes, sobrados, sectarios, desconocen aquello que tanto combinan en sus camisetas de marca: pluralidad.

Es lamentable cómo se prestan como idiotas útiles a una causa ajena, causa que les hace repetir hasta el cansancio y como loritos mojados sandeces e imprecisiones respecto a esos ocho años que definitivamente cambiaron el rumbo del país hacia una senda de crecimiento y desarrollo, sólo por el hecho que a ellos no les tocó guardarse en sus casas los fines de semana, o ver cómo, en medio de una época de terror que parece retornar, los narcoterroristas de ese entonces, hacían lo que les daba la gana en un país tradicionalmente gobernado desde la comodidad del palacio capitalino, en Hatogrande o en el resort en las Islas del Rosario, que siempre desconocía la importancia de gobernar para las regiones.

Ojalá algún día estos jóvenes imberbes abrieran más que sus ojos, su mente, y entendieran, entre otras cosas, que el trabajo comunitario no es irse de camping a un municipio a saborear parte de ese plato de lentejas que les provee la burocracia establecida por quienes dicen que combaten el clientelismo, mientras ellos hacen parte de su clientela; y mucho menos despotricar de aquellos que pensamos distinto, sólo porque les metieron el rayón, cual alianza politiquera, que deben creer el “enemigo de mi amigo, es amigo… y el amigo de mi enemigo, es mi enemigo” …vayan e infórmense de lo que significaron para los norteamericanos los talibanes, casi al final de la llamada guerra fría, y analicen sin mucho esfuerzo, lo que luego les pasó.

En mi época, que no dista tanto de la de ustedes, tal vez no había tanto internet como hoy, pero ante la falta de esa lluvia de desinformación que hoy a muchos moja, había mayor interés por descubrir y analizar la esencia de lo que hacía mover ese mundo, que para ustedes, jóvenes imberbes, pese a ser tal vez muy parecido al “ancho y ajeno de Ciro Alegría”, no sólo se circunscribe a aquel mundo de fantasía revolucionaria que así lo quieran vender en su discurso lastimero (con mucha sagacidad), aquellos que ven en el poder un fin para lograr beneficios personales con la justificación de propender por un bien común.

Jóvenes imberbes y ante la irrefutable realidad que algún día casi fui uno de ustedes: aprovechen las oportunidades y no sigan siendo los idiotas útiles de quienes manejan los hilos del poder a su antojo… se los digo con la tranquilidad que me da, el no haber abrazado a Teodora en mi juventud, así fuese en ese entonces, la enemiga de un enemigo, no solo mío, sino de un país que ha sucumbido más de una vez, a los vejámenes de los narcoterroristas y mucho más, ante ellos, que promulgando intereses progresistas, son iguales o peores de aquello que tanto critican.

Claro que quiero la Paz…pero sin babero, gracias!

Cómo no querer la Paz aquellos que hemos vivido en una nación empeñada a la violencia, desde el mismo momento en el cual ni siquiera éramos un país de ese mundo “occidental” que nos venden las revistas; incluso desde cuando aquellos conquistadores Españoles, pusieron sus pies en lo que fue el primer asentamiento español en tierra continental, curiosamente en lo que es hoy llamado Golfo de Urabá.

Por supuesto y por lógica quiero la Paz,  pero no a cualquier costo y mucho menos cuando un gobierno que ha defraudado aquella confianza que le depositamos muchos de los que votamos por él,  aplica estrategias sustentadas en aterrar a los ciudadanos con un chantaje absurdo, eso sí, aclaro,  sin aquellas estrategias bárbaras del grupo narcoterrorista con el que pretende negociar, de rodillas y con babero la dignidad de toda una nación.

Es obvio que nuestro país está inmerso en una polarización malsana, una polarización donde quienes abogan por una cosa son capaces de empeñar sus principios y su criterio por sólo ganarse el punto, y de paso, ser capaces de cohonestar un proceso macabro de negociación que deprime aún más la confianza de quienes vivimos en este país.

Desde el inicio de tal proceso de negociación he tenido una sensación de indignación, propia de aquel colombiano que sin pertenecer a ninguna élite, ha comprendido que las guerrillas románticas de otro siglo e inexistentes en el actual, dejaron hace rato su legado al capitalismo en camisetas alusivas a aquel revolucionario médico argentino, pero  donde su legado “capitalista” ha sido aprovechar un nombre que no debe incluir la C de Colombia, para socarronamente expandirse en aquellos negocios mafiosos, que tanto mal le hacen al país: narcotráfico, minería ilegal, entre otros. y todo ello ante la mirada atónita de gran parte de la comunidad internacional y con el beneplácito de aquellos países que cambiaron su rumbo, hacia un populismo que permite que las rutas de tráfico de drogas pasen por su territorio.

No estoy de acuerdo con una negociación donde un gobierno es capaz de poner a toda una nación, ante propios y extraños, al mismo nivel  (y no por protocolo),  de aquel grupo conformado por vagabundos, narcos, terroristas, esclavistas, secuestradores, pedófilos, abusadores, bandidos y asesinos,  quienes lógicamente no representan los intereses de las personas desprotegidas,  porque ellos son sus victimarios o en el caso más afortunado, extranjeros que como Tanja, generan tanto fastidio en Colombia, como adeptos de ese snobismo revolucionario propio de ignorantes,  en aquellos países que son ajenos a la realidad del nuestro.

Estamos ante una negociación de apariencias,  al mejor estilo de aquellos cocteles de revista de Jet Set, donde el cinismo de quienes hacen parte de esa destemplada orquesta, pretende a través de un “engrase de medios”, que todos escuchemos un himno a la alegría, mientras cualquier persona con dos dedos de frente entiende que lo único que producen son acordes destemplados.

Una negociación que no tiene acuerdos, sino dádivas absurdas como treguas parciales, que son aprovechadas tanto por las divas de lo público, como por aquellos que se nutren de lentejas, para decir, contrario a cualquier lógica matemática: “que cumplieron porque incumplieron solo un poquito”.

Un proceso que parte de la desconfianza, al querernos hacer creer cuentos que solamente nos indignan a quienes habitamos nuestro país, pero que, con estruendosas ruedas de prensas replicadas estas en cuento medio internacional haya cabida, suenan como si mágicamente aquel lobo feróz que narra Perrault, se hubiese convertido en el lazarillo de la abuelita: sí tienen secuestrados, sí reclutan niños y sí que lo siguen haciendo, no inventen cuentos!

Ahora bien, ¿hasta dónde vamos a ser permisivos quienes pensamos en que la Paz bien, pero con sometimiento, reglas claras y sin empeñar el país? ; vamos a seguir permitiendo el maltrato a la institucionalidad (por parte de aquellos guerrilleros de civil, que magnifican hechos aislados como si fueran sistemáticos), tanto como a mucha gente de bien, donde generalizan irresponsablemente a agricultores y ganaderos, como si fueran narcos y paracos, a sabiendas que la gran mayoría ha sido victima de esos vagabundos que hoy tienen el poder de convocar reuniones tan símiles a aquellas marchas patrióticas, en salones donde quieren dar la cátedra: ”hemos reclutado, despojado y arrasado, pero nos interesan los campesinos”, ante los ojos estupefactos de organizaciones  internacionales y ONG´s cuyas burocracias socialbacanas viven de aquellos recursos que succionan del estado.

Denle más tiempo al circo de los Narcoterroristas de las Farc, para que sigan vacacionando en aquel país donde si bien pueden haber los mejores médicos para embalsamar cadáveres revolucionarios,  están los mayores ejemplos de inequidad y de subdesarrollo, propios de un modelo que fracasó en su implementación por la misma naturaleza e inclinación a los mercados que tenemos  por esencia, los humanos.

Denle más tiempo a aquel incompetente traidor, que nos ha enseñado que para él gratitud, es sinónimo de olvido…y que confianza es antónimo de coherencia!.

Para bajar la calentura… salgamos del sofá

Hace un par de meses supe por parte del Área Metropolitana del Valle de Aburrá, AMVA, sobre la restricción del llamado parrillero, con el fin de mejorar uno de los más grandes problemas que tiene Medellín y sus alrededores hoy: la inseguridad.

En dicha oportunidad, manifesté a través de mis trinos (que para algunos funcionarios y periodistas fletados son innovadoramente destemplados) mi posición al respecto, ya que el gerente del AMVA pidió a sus followers que lo hiciéramos (mejor uso dicho anglicismo, ya que “seguidores” sería matricularme tácitamente en el Coraje).

Mi posición de ese entonces, negativa hacia dicha arbitrariedad, se centraba en que con la misma se iban a afectar aquellos ciudadanos que por necesidad se transportan en una motocicleta, generando para ellos sobrecostos, y lo más grave, estigmatizando a muchas personas de bien, como si fueran un subgrupo de hampones, gatilleros y fleteros, a quienes con la implementación de dicha medida querían limitar en su accionar.

Como pasa siempre, se reunieron los alcaldes del AMVA (donde la gran mayoría son políticos y no gerentes) y de manera “unánime” aprobaron esa medida arbitraria, la cual de paso se iba a consolidar como un paliativo y distractor de una realidad que para nuestro querido alcalde, el de Medellín, no existe: una rampante inseguridad.

Al cabo de los días, con bombos y platillos propios de aquellos que están acostumbrados al juego político de las fiestas, sancochos, rifas y clientela, presentaron a principios de enero de este año, los “grandiosos” resultados al haber implementado tal medida, donde el gerente del AMVA decía lo que el pueblo quería escuchar: “mejoró ostensiblemente la seguridad”, eso sí, sin argumentos sólidos desde el punto de vista técnico, además ofreciendo como una ñapa la afirmación que “había sido un gran aporte para la movilidad” y ponían como ejemplo el éxito en uno de los 10 municipios que conforman el AMVA: Barbosa, donde sólo se concentra menos del 5% de la población total del Área Metropolitana. Válgame Dios, unas frases y unas afirmaciones dirigidas y de paso asentidas por aquellas personas, que, o están comiendo de la administración su ración de lentejas o “tragan entero”, tanto como la mayoría de aquellos que votan por internet por cuanto concurso “chimbo” se inventan.

El caso es que hoy deciden, por unanimidad, extender por seis meses más la medida, ampliándola además en dos horas, argumentando cosas que no se soportan en datos ciertos, sólo considerando que la medida se aplicó en una época donde las circunstancias no son las que se promedian en un año.

Sigo pensando que es una medida arbitraria y mediocre, que a su paso estigmatiza a muchas personas que usan su moto por necesidad, atribuyéndose de paso el AMVA competencias (en Medellín) de una secretaría de Gobierno acéfala e inoperante. Igual, para nadie es un misterio que los delincuentes, a la hora de hacer sus fechorías, no respetan las normas (y de eso hay muchas fotos).

Me preocupa que en lugar de hacer de Medellín y el AMVA un hogar para la vida, estemos aprovechando el terror generalizado que sienten (sentimos) algunos ciudadanos por aquellos “Byrons en Calimatic”, etiquetando desde lo más alto de los gobiernos locales y sin lugar a defensa, como delincuentes y temerarios a motociclistas (por necesidad y no por placer) con sus acompañantes.

Ojalá en estos seis meses se implementaran acciones y programas para aquello que realmente puede mejorar la rampante inseguridad, los tacos inmarcesibles y el transporte público…. pero la verdad, con tanta mediocridad y facilismo, no creo.

Para finalizar: dice el secretario de Movilidad que estudian la posibilidad de establecer sobre la actual malla vial, carriles exclusivos para el servicio público en Medellín… ¡qué adefesio!; sin un SIT y sin ampliar las rutas de Metroplús, hacerle el favor a los buseros del AMVA (sí, aquellos mismos que prestan los buses en elecciones y financian campañas), para que luego, cuando se quiera recoger la piola y sacar con el innovador pero poco expandido Metroplús a los destartalados buses, de transportadores, los mismos tengan una mejor posición negociadora, claramente fortalecida por el facilismo de una administración que prefiere, como dice el dicho “vender el sofá para solucionar la calentura”.

Espacio público… más allá de lo estético

Una de las grandes herencias que dejó aquella Medellín que zozobraba con amor ante los pies de un discurso prometedor (además de los crecientes problemas de seguridad), fue la incubación de un problema de marca mayor para una ciudad que hoy se denomina innovadora por un premio en internet: la proliferación de las llamadas ventas ambulantes e informales en el espacio público.

Y para algunos este problema tipo «ya es parte del paisaje», es la simple y llana expresión de una realidad: crecimiento de la oferta del mercado de mano de obra no calificada, combinada con una baja demanda de la misma y las ansias de industrias ilegales de generar mayores rendimientos, aprovechando el poco remordimiento de aquellos ciudadanos a quienes les importa cinco comprar la dignidad de un mendigo, mercancía de contrabando, entretenimiento pirata y en algunos casos mercancías chiviadas o en ocasiones, producto de asaltos a empresas legalmente constituidas.

Lo grave de esto, adicional a la naturaleza misma de muchas de esas mercancías, es lo que se mueve alrededor de las mismas y cómo se afectan otras prioridades de los ciudadanos y de algunos administradores públicos, como la movilidad, la seguridad y el desarrollo social.

En la mayoría de los casos, este llamado por muchos, «fenómeno», promueve casos aberrantes de explotación humana (para la mayoría de los ciudadanos imperceptible), que incluye esclavitud, constreñimiento electoral, extorsiones sistemáticas y cobros de vacunas sobre los producidos diarios por un permiso que el «bacán» del sector cobra por permitir a un fulano, pedir plata o vender cosas.

Pregunto si realmente existe el llamado y muy trillado término «voluntad política» (propio de algunos corporados al momento de sugerir al gobernante de turno la asignación de alguna buena porción de burocracia o en su defecto un contratico), para afrontar el problema con la mano dura que requiere, sin titubeos asistencialistas, pero con un corazón grande que bombeé oportunidades para aquellos que quisieran ser más que un dato estadístico, una realidad: ciudadanos con un empleo digno y alejados de las mafias que se adueñaron hace rato de una sociedad, permisiva, de migajas e indolente.

Este problema no sólo es una especie de indicador cualitativo de la manera como una ciudad, que es sin lugar a dudas ejemplo de aguante y progreso, se descuida poco a poco, adquiriendo aquellos vicios propios de ciudades grandes, donde claramente se percibe la falta de control y gestión por parte del Estado, representado lamentablemente por intereses políticos, a los cuales les interesa más hacerse pasito y quedar bien que estructurar planes de choque, poniendo orden, con políticas no asistencialistas y de corte transversal, que si bien pueden ser un poco duras en principio, aseguran que un problema mucho más que estético, no termine siendo el detonante de uno de marca mayor.

Ojalá trascendamos de esa Medellín de mostrar a ilustres visitantes que disfrutan tanto de rutas innovadoras y bibliotecas dignas incrustadas en extramuros como de cuentos bien echados, y que de verdad podamos chicanear (si es que así lo queremos) con un verdadero hogar para la vida, que hoy en día es incomprensible al tener familias (realmente innovadoras) que sobreviven a veces con menos de un dólar al día y que además tienen que guardarse en sus casas apenas se va el sol, el sol que a todos en Medellín, nos alumbra por igual.

PS. Para no ser injusto, aplaudo que en la anterior administración se haya trabajado de la mano de EEPPM, en aquellos planes «retorno». El problema es que hoy en día, con la seguridad en el Departamento, afectada por esa arrogancia que degenera en falta de control (microtráfico), prevención (Murindó, un pequeño ejemplo) y contundencia (¿tregua decembrina?) esos planes retorno bien complicados creo que sí que lo están.

Madonna o la pseudointernacionalización de Medellín

Nota Introductoria:

Esta entrada considera mi posición respecto a una mención que hicieron el pasado domingo en El Colombiano, la cual expresé al Director de dicha columna de opinión: Luis Fernando Ospina, a través de un correo electrónico enviado el día de ayer.

Asunto: saludo y precisiones.

Apreciado Luis Fernando, ante todo recibe de mi parte un cordial saludo.

Por medio del presente correo, gracias a que Germán me dio tu dirección electrónica y en relación con la reseña que de mí hiciste el día de ayer en tu columna de opinión DBF, quería hacerte una serie de precisiones, ya que veo que tal vez no sabes realmente cuál es mi posición, adicionalmente a que no te veo en mi grupo de followers de Twitter (@maxivale) y que, por el contenido de tus columnas previas en las cuales tocaste el tema de MDNA en Medellín, percibo cierto sesgo a favor de quienes supuestamente lideran los procesos de «internacionalización» de Medellín.

En primer lugar quiero reiterar, como lo he manifestado en múltiples oportunidades (incluso a través de la red social Twitter), que aplaudo el hecho de que una artista como Madonna haya podido venir a Medellín, ciudad que se ofreció ante la negativa de que en Bogotá prestaran a Ocesa el estadio.

Ahora bien, me gustaría preguntar ¿era necesario que la máxima autoridad del municipio se pusiera en función de dicho evento? (no conozco una ciudad en el mundo civilizado donde pase eso). Eso es lo que he cuestionado desde un principio, ya que para mí, el evento, mucho más allá del posicionamiento que quisieron imprimirle de «evento de ciudad» (como sí lo puede ser la Feria de las Flores) era de una empresa privada, Ocesa, y el alcalde no debería prestarse como promotor de eventos, al punto de ponerlo como prioridad, descuidando situaciones y responsabilidades que sin lugar a dudas, para cualquier ciudadano consciente de su ciudad, revestían y revisten mayor importancia: seguridad, movilidad, educación etc.

Es cierto que el evento movió la «caja» de algunos en la ciudad (y por supuesto de la empresa Ocesa Colombia, al tener ingresos históricos, no solo por la boletería, sino además por el patrocinio de privados y públicos), como acostumbran poner en las notas de ustedes cuando hacen referencia a los eventos que se realizan en Medellín, pero ¿acaso se generó un desarrollo económico real y sostenible? La respuesta es sencilla: NO. Y este NO simple y llanamente porque no quedó una capacidad instalada (incluye talento), ni obras para el beneficio y disfrute en el mediano y largo plazo para la comunidad (como sí la hubo, por sólo dar un ejemplo, en la asamblea del BID donde además de empréstitos asignados para promover el desarrollo del departamento, quedó entre otras cosas, la iluminación de la variante al aeropuerto).

Si bien es cierto que muchas personas fueron beneficiadas (del sector de la hotelería más que todo) e incluso de aquellas que por medio de economías informales obtienen sus ingresos (los que venden impermeables, comidas rápidas, y la «media de guaro»), no podemos decir que en la ciudad se haya generado un mejoramiento ostensible de aquellos indicadores que miden el desarrollo de un territorio y mucho menos que se vayan a afectar por ello. (Esto es teoría del desarrollo económico de coquito).

Traer a Madonna, a mí parecer, y al parecer de la gente sensata, no puede catalogarse como un hito que parta la historia de una ciudad en dos (a no ser que estemos en una orilla de promoción de las por mí llamadas «divas de lo público» y que ahora, el hacer conciertos, sea la prioridad).

Creo que el desgaste de lo público (que al privado OCESA le importa cinco que tomen el espectáculo como propio, porque ya obtuvo sus rendimientos vía patrocinios), no es sensato en una ciudad donde el alcalde no ha estado dándole la cara a los graves problemas que la afectan y que tiene situaciones aberrantes cuyos costos que superan con creces los famosos $3.000 millones por impuestos (que igual, son mínimos si contabilizamos el costo de todas las actividades de promoción, patrocinios, «engrase» en medios, etc y que se financiaron con recursos públicos). Y de lo otro que menciono ¿costos en seguridad, costos en movilidad? (cuantifiquen ambientalmente y en términos económicos por el tiempo perdido, lo que puede valer una hora de un taco en esta ciudad… con eso se pagan los impuestos de la traída de Madonna en un momentico).

La internacionalización de la ciudad no puede confundirse con traer artistas o espectáculos, porque la gente del exterior no va a invertir más (exceptuando Ocesa o cualquier otro privado que los traiga). Eso sí, el nivel de internacionalización de una ciudad en el mundo del espectáculo, es cuantificable según la cantidad de artistas que sentirían orgullo por venir acá y no al contrario. Por eso he dicho y critico a quienes bajo el interés de promover el turismo, quieren que el destino Medellín sea convertirla en una especie de Las Vegas latinoamericana (que es mamey y además facilista), una ciudad del pecado donde: casinos, discotecas y hoteles que permiten el ejercicio de la prostitución, fachada 5 estrellas, «centros de acopio de las llamadas prepagos»).

La internacionalización de una ciudad, es compleja y requiere generar atractivos a mediano y largo plazo, de tal manera que los inversionistas que apoyen el desarrollo de largo plazo vengan, porque acá están las mejores condiciones de mercado para hacerlo, porque hay seguridad, porque hay capacidades instaladas, porque hay talento, porque más allá de incentivos tributarios y bajos salarios, hay un retorno y una diferenciación que hace que no duden en hacerlo.

Yo sí he sido crítico del tema de Madonna, y con argumentos… y que quede claro, sin intereses partidistas y mucho menos políticos.

No estoy de acuerdo con que después del concierto, ahora les dé por sacar videos de promoción de ciudad (con recursos públicos) con funcionarios públicos como protagonistas, alardeando de algo, que sólo quienes no conocen el mundo hacen (pese a que pueden haber paseado por él, con recursos públicos).

Tengo mil y un argumentos para sustentar mis posiciones en relación con temas públicos, que cuando quieras (y yo invito al café) los podemos discutir.

Para finalizar quedo atento a tu respuesta y para atender cualquier inquietud adicional, porque yo, distinto a muchos funcionarios públicos, siempre doy la cara.

😉

Saludos deseando para vos y los tuyos unas felices festividades.

Atentamente,

Maximiliano V.

PD. Este mail, lo puedes compartir con quien desees, eso sí, agradecería me incluyeras, por decencia, en la copia.