Hay artículos que terminan hablándonos menos del tema que anuncian en su título y mucho más de la época en la que fueron escritos. Hace unos días leí en The Spectator World un ensayo de Michael Gibson titulado The Rise of Palantir Derangement Syndrome, que podría traducirse como “El auge del síndrome de trastorno por Palantir”. La tesis del autor gira alrededor de Palantir Technologies, una empresa estadounidense fundada en 2003 por Peter Thiel y otros socios, dedicada al desarrollo de plataformas que integran y analizan enormes cantidades de información para que gobiernos, organismos de seguridad, sistemas de salud y grandes organizaciones puedan identificar patrones complejos y tomar decisiones. Gibson sostiene que, para una parte del debate público occidental, Palantir ha dejado de ser una empresa tecnológica que debe ser evaluada por sus contratos, sus resultados, sus límites y sus riesgos, para convertirse en un símbolo sobre el cual se proyectan prácticamente todos los temores contemporáneos: vigilancia masiva, autoritarismo, inteligencia artificial, inmigración, militarización, Israel o Donald Trump. Cada nueva noticia termina interpretándose como una confirmación de la misma historia.
Mientras avanzaba en la lectura, dejé de pensar en Silicon Valley y empecé a pensar en Colombia. No porque exista equivalencia alguna entre Palantir y nuestra realidad política, sino porque el artículo me permitió identificar un fenómeno que también aparece con frecuencia en nuestro debate público, particularmente en ciertos espacios de opinión. La diferencia es que aquí el problema no consiste únicamente en interpretar todos los hechos desde un mismo marco ideológico. Comienza un paso antes, cuando el relato se construye de tal manera que al lector apenas le queda espacio para llegar a una conclusión distinta de aquella que el autor había escogido desde el principio.
No encontré un nombre mejor para ese procedimiento que ingeniería narrativa.
Utilizo deliberadamente esa expresión porque describe un método sin necesidad de presumir mala fe. No estoy hablando de inventar documentos, fabricar pruebas o falsificar testimonios. Eso sería demasiado rudimentario y, además, relativamente sencillo de descubrir. La ingeniería narrativa opera de una manera bastante más sofisticada. Parte de elementos auténticos, verificables y muchas veces relevantes. Un documento verdadero, una fotografía verdadera, una declaración verdadera, una decisión judicial verdadera, una coincidencia cronológica o una analogía histórica pueden ser suficientes. El problema no reside en la autenticidad de cada pieza, sino en la arquitectura que termina uniéndolas y en el significado que esa composición pretende imponer sobre el conjunto.
Siempre me ha parecido que un rompecabezas explica mejor este fenómeno que cualquier tratado de comunicación. Pensemos en varias cajas producidas por la misma fábrica, con piezas hechas del mismo cartón y cortadas con el mismo troquel, de modo que todas pueden encajar entre sí aunque correspondan a imágenes distintas. Si alguien mezcla esas fichas y arma el tablero mirando únicamente el reverso, todo parecerá impecable: ninguna pieza sobra, ninguna unión se fuerza y el rompecabezas queda completo. El engaño aparece al voltearlo. Entonces se descubre que, aunque cada ficha era auténtica y todas ajustaban perfectamente, la imagen final no corresponde a ninguna de las que venían en las cajas originales. El problema no estaba en las piezas, sino en haberlas combinado de tal manera que produjeran una escena nueva, coherente en su forma, pero falsa en su significado.
La columna que Ana Cristina Restrepo publicó en El Espectador sobre la masacre de El Aro constituye, a mi juicio, uno de los ejemplos más acabados de ese procedimiento. Nadie con un mínimo de decencia puede desconocer la atrocidad de aquellos hechos, relativizar el sufrimiento de las víctimas o negar la obligación de preservar su memoria. Precisamente por la enorme fuerza moral de esa tragedia, el cuidado con que se organizan testimonios, antecedentes, acusaciones, actuaciones judiciales y referencias políticas debería ser todavía mayor. Sin embargo, cuando todos esos elementos terminan dispuestos dentro de una misma secuencia, la fuerza indiscutible de la masacre puede extenderse sobre controversias actuales y responsabilidades todavía discutidas, como si cada una de las piezas reunidas compartiera el mismo valor probatorio y condujera necesariamente a una sola lectura.
Ese es el punto donde recordar una tragedia y utilizarla para ordenar moralmente el presente empiezan a confundirse. La memoria deja de ser únicamente una herramienta para comprender lo sucedido y se convierte en una plataforma desde la cual se distribuyen culpas, se establecen continuidades políticas y se clasifica a los actores contemporáneos. El lector ya no recibe únicamente información sobre El Aro, sino una ruta cuidadosamente construida para que el peso moral de las víctimas acompañe cada asociación posterior. La columnista no necesita formular todas las conclusiones de manera expresa, porque la propia arquitectura del texto ha sido diseñada para que el público termine completándolas.
Ana Cristina Restrepo no es un caso aislado. El problema es más amplio: una parte del periodismo colombiano ha adoptado una forma de contar los hechos en la que primero se define quiénes son los buenos, quiénes son los culpables y cuál debe ser la conclusión, y solo después se organiza la información para sostener esa lectura. Por eso el mismo mecanismo aparece en distintos medios y con distintos protagonistas. Cambia el nombre del columnista, cambia el programa y cambia la noticia, pero se repite la misma práctica: la investigación deja de abrir preguntas y empieza a confirmar una respuesta que ya estaba decidida.
Ese procedimiento puede reconocerse, con distintos grados y matices, en espacios como Los Danieles, La Silla Vacía, El Espectador, algunos segmentos de Blu Radio, particularmente aquel conducido por Camila Zuluaga, ciertos programas de Caracol Radio (la otrora W) y otros medios que parecen haber desdibujado la frontera entre informar, interpretar y persuadir. No afirmo que toda su producción responda al mismo molde ni que cada periodista actúe de idéntica manera. Sería cometer precisamente el error que critico. Lo que sostengo es que en esos escenarios aparece con preocupante frecuencia una forma de construir la realidad en la que los hechos son seleccionados, jerarquizados y conectados de acuerdo con un marco moral que ya venía definido.
La diferencia resulta esencial para entender uno de los desafíos más complejos del periodismo contemporáneo. Durante décadas discutimos cómo combatir la desinformación y las noticias falsas. Hoy el problema parece bastante más sofisticado. Una narración puede estar construida exclusivamente con hechos verdaderos y, aun así, conducir al lector hacia una interpretación que no constituye la única explicación razonable de esos hechos. La fuerza persuasiva ya no proviene de la falsedad, sino de la selección, del orden, de las omisiones y de la relación que se establece entre elementos cuya autenticidad nadie discute.
Eso obliga a recuperar una distinción que el buen periodismo siempre entendió. Investigar no consiste únicamente en reunir información. Consiste también en reconocer el alcance de cada dato, distinguir entre lo probado y lo sugerido, separar una hipótesis de una conclusión y resistir la tentación de llenar con intuiciones los vacíos que la evidencia todavía no alcanza a cubrir. La prudencia intelectual nunca fue una señal de debilidad; fue una condición indispensable para preservar la credibilidad del oficio.
Recuerdo la serie de cinco entregas con la que Ana Cristina Restrepo se la dedicó a Andrés Pastrana entre febrero y mayo de 2026. Y digo que se la dedicó en el sentido más coloquial de la expresión. Un expresidente debe responder por sus relaciones, sus viajes y sus decisiones; nadie pretende eximirlo de preguntas incómodas. El problema aparece cuando fotografías, correos, registros de vuelo, preguntas formuladas en diligencias judiciales, silencios y asociaciones con el príncipe Andrés se organizan dentro de una misma secuencia hasta producir una impresión de culpabilidad mucho mayor que aquello que cada pieza demuestra por separado. Una pregunta no es una prueba, el silencio no equivale a una confesión y aparecer en un registro de vuelo no demuestra participación en los delitos de otros. Sin embargo, al juntar todas esas piezas, construyó una atmósfera en la que la sospecha terminó ocupando el lugar de la demostración. Ahí el periodismo empieza a parecerse a la justicia mediática: no dicta la condena, pero organiza el relato para que sea el lector quien lo haga.
Algo semejante ocurrió el 14 de junio de 2026, cuando decidió llamar “camisas negras” a Abelardo de la Espriella y a José Manuel Restrepo, a quienes incluso calificó como los camicie nere criollos, para rematar su columna con una exhortación tan elocuente como reveladora: “Votar con libertad: siempre, ¡pero nunca por fascistas!”. Los camicie nere no fueron una figura literaria para describir campañas de tono fuerte ni una metáfora disponible para todo proyecto político conservador que incomode a una columnista. Fueron las escuadras de choque del fascismo italiano, responsables de intimidación, persecución y violencia organizada contra los adversarios. Trasladar semejante carga histórica sobre dos candidatos que participaban en una contienda democrática exigía una demostración doctrinal, institucional y práctica de enorme rigor. En cambio, bastó acomodar algunos rasgos retóricos bajo el molde del Ur-Fascismo de Umberto Eco para convertir una analogía en una sentencia. Eso no fue una lección de historia; fue otro ejercicio de ingeniería narrativa.
Lo verdaderamente preocupante es que este mecanismo ya se volvió predecible. Para una parte de esa intelectualidad, todo aquello que huela a conservadurismo, reivindique la autoridad, defienda la ley y el orden, cuestione las agendas identitarias o simplemente no comparta los postulados de la Izquierda Progresista Radical termina siendo catalogado, con una irresponsabilidad proporcional al tamaño de sus propios egos, como «extrema derecha», «fascismo» o una amenaza para la democracia. El debate deja entonces de girar alrededor de las ideas y pasa a consistir en etiquetar al contradictor con la categoría histórica más infamante disponible. El problema es que cuando todo termina siendo fascismo, el fascismo deja de explicar una experiencia totalitaria concreta y se convierte simplemente en un mecanismo para deslegitimar al adversario. Esa no es una contribución al debate democrático. Es la renuncia a sostenerlo.
Lo preocupante es que esta forma de hacer periodismo no nació en Colombia, pero aquí se está adoptando casi como un copy-paste de las guerras culturales de Estados Unidos y Europa. Por una mezcla de esnobismo intelectual, necesidad de parecer cosmopolitas y fascinación por todo aquello que llega empacado desde universidades, fundaciones y grandes medios extranjeros, una parte de nuestra intelectualidad importa las Agendas de la Izquierda Progresista Radical, junto con sus etiquetas, sus enemigos y sus preocupaciones primermundistas, como si pudieran trasladarse sin adaptación alguna a un país con las urgencias de Colombia. Terminamos discutiendo con enorme solemnidad los traumas culturales de sociedades ricas, mientras aquí siguen pendientes problemas bastante menos elegantes, como el hambre, la informalidad, la inseguridad, la educación deficiente, la corrupción y la incapacidad del Estado para prestar servicios básicos.
Esa importación automática termina obligando a leer nuestra historia, nuestras instituciones y nuestros conflictos con categorías diseñadas para realidades muy distintas. El periodista deja entonces de acompañar al lector en la comprensión de un país complejo y empieza a actuar como arquitecto de una historia cuya conclusión ya estaba definida. Los hechos siguen siendo importantes, pero principalmente cuando sirven para reforzar el relato; aquello que no encaja se minimiza, se relega o desaparece.
El problema se vuelve todavía más grave cuando esas narraciones utilizan tragedias colectivas, violaciones de derechos humanos o víctimas reales como parte de la disputa política. Esos hechos exigen memoria, justicia y reparación, pero precisamente por su enorme peso moral no deberían convertirse en atajos argumentativos ni en escudos contra cualquier cuestionamiento. Recordar es un deber; utilizar la memoria para cerrar la discusión es otra cosa.
Las víctimas merecen justicia para poder reconstruir sus vidas y dejar de ser definidas únicamente por aquello que les hicieron. Sin embargo, una parte de la intelectualidad contemporánea parece encontrar mayor utilidad política en la víctima permanente que en la persona que logra rehacer su existencia. La primera sostiene relatos, instituciones y posiciones de autoridad moral; la segunda reduce la necesidad de quienes hicieron de hablar en su nombre una forma de presencia pública.
El gran desafío del periodismo ya no consiste solamente en combatir noticias falsas. También debe impedir que la ingeniería narrativa sustituya a la investigación y que la selección interesada de hechos termine reemplazando el esfuerzo por comprenderlos. Las democracias no necesitan periodistas que repartan certificados de virtud y de culpa, sino profesionales capaces de aceptar que la realidad suele ser más incómoda, contradictoria y desordenada que las agendas importadas con las que algunos pretenden explicarla.
Esa fue, al final, la lección que me dejó el artículo sobre Palantir. Las piezas pueden ser verdaderas, encajar perfectamente y completar el tablero sin dificultad; pero si al voltearlo la imagen no se parece a la de ninguna de las cajas originales, ya no estamos frente a una investigación que reconstruyó la realidad, sino frente a una arquitectura que logró reemplazarla.