He venido apoyando públicamente la candidatura de Abelardo de la Espriella. Lo digo de entrada, a modo de disclaimer: no hago parte de su campaña, no hablo en nombre de ella, no tengo cargo, contrato ni vocería alguna. Lo he hecho como ciudadano que vive entre aquí y allá, pero que no ha renunciado a pensar, opinar y preocuparse por Colombia. Escribo desde una inquietud genuina por una nación que no puede seguir muriendo en sus propios intentos.
Las elecciones presidenciales del 31 de mayo dejaron una segunda vuelta que muchos han querido reducir a otra pelea entre derecha e izquierda. Así la han presentado algunos medios, tradicionales y no tan tradicionales, más atentos al rating, los clics y las visualizaciones que a entender lo que se mueve debajo del resultado.
Según los datos reportados por la Registraduría, De la Espriella pasó primero a segunda vuelta con cerca del 44% de los votos, frente a un Iván Cepeda que rondó el 41%. Pero el dato político de fondo no es solo el porcentaje. Es que millones de personas acompañaron a una figura pública que no venía de la política tradicional, que incomoda a los medios, que no habla con el libreto domesticado por la corrección política de siempre y que terminó expresando un malestar más amplio: cansancio con el desorden, miedo frente a la inseguridad, frustración con la improvisación y rechazo a una forma corrupta de gobernar que prometió unir desde la justicia social, pero terminó profundizando la división.
Con esos resultados sobre la mesa, algo queda claro: hay mucha gente inconforme. Unos celebran, otros se alarman, otros sienten alivio y otros rabia. Eso es natural en una sociedad donde la política lleva años calentando emociones, simplificando problemas complejos y usando la frustración ciudadana como mercancía electoral.
Ahí aparece un tema que me parece central: la pobreza mental.
No uso esa expresión como insulto. Tampoco la asocio con pobreza económica. No vive solo en los barrios pobres, ni desaparece por tener dinero, títulos, apellidos, viajes u oficinas bonitas. Pulula en todos los niveles y estratos sociales. Puede estar en el empresario que desprecia al trabajador, en el político que vive de sembrar resentimiento, en el joven que cree que todo se le debe, en el profesional que repite consignas sin pensar, en el rico que confunde privilegio con superioridad, o en el ciudadano que entrega su criterio a la tribu de turno.
La pobreza mental, como la entiendo, es la pérdida de responsabilidad sobre la propia vida. Es creer que todo depende de otro; que el futuro está bloqueado; que alguien más tiene siempre la culpa; que progresar es sospechoso; que el éxito ajeno solo se explica por privilegio, trampa o abuso; y que la indignación puede reemplazar al esfuerzo. Es una pobreza de imaginación, carácter y horizonte.
Hay razones de sobra para estar inconformes. Existen desigualdad, abusos, regiones olvidadas, jóvenes sin oportunidades, trabajadores frustrados y familias que hacen milagros para sostenerse. El problema empieza cuando esa molestia legítima se usa para romper más el tejido social. Cuando a la gente no se le invita a levantarse, sino a odiar. Cuando al trabajador no se le habla de progreso, productividad y dignidad, sino de enemigos. Cuando al ciudadano no se le ayuda a recuperar control sobre su vida, sino que se le enseña a encontrar siempre un culpable.
Esa ha sido una de las grandes trampas de cierta izquierda, especialmente la de las agendas progresistas radicales: presentarse como defensora del pueblo mientras alimenta las fracturas que dice querer sanar. Ha sido eficaz construyendo narrativas, encontrando villanos, repitiendo consignas, repartiendo culpas y convirtiendo frustraciones reales en combustible electoral. Pero a la hora de gobernar mostró otra cosa: que su modelo no era unir una nación, sino fragmentarla por dentro.
A eso se suma otra trampa del lenguaje político moderno: ahora todo fenómeno popular que incomoda a cierta élite opinadora recibe el nombre de populismo. La palabra se volvió etiqueta automática. Se la pusieron a Donald Trump, a Jair Bolsonaro y durante años a Viktor Orbán en Hungría. Se la ponen a cualquiera que hable de orden, seguridad, autoridad o hartazgo ciudadano. Pero no siempre usaron la misma vara cuando académicos, comentaristas y organismos internacionales miraban con simpatía o indulgencia experimentos como el de Hugo Chávez. Incluso Joseph Stiglitz llegó a elogiar aspectos de la política económica y social venezolana. Ahí, para muchos, la concentración de poder, la chequera petrolera, el culto al líder y la destrucción institucional parecían detalles secundarios frente a la narrativa atractiva de la justicia social.
Ese doble rasero enferma la conversación pública. Si la palabra populista solo sirve para descalificar al adversario, y no para analizar con seriedad los riesgos del poder, deja de ser una categoría útil y se convierte en otro recurso cómodo para cerrar discusiones desde la superioridad moral del comentarista.
La sociedad se está partiendo en tribus. En ellas empiezan a pesar cosas que no definen ni el carácter ni las capacidades de nadie. Las políticas identitarias, importadas muchas veces sin contexto y repetidas con superioridad moral, han servido más para dividir que para comprender. Pescan en frustraciones, heridas históricas y pasados incómodos que muchas personas ya habían empezado a superar, para convertirlos otra vez en materia prima de resentimiento.
También se ha trivializado el lenguaje. Hoy basta pensar distinto para que a alguien lo etiqueten como fascista, homófobo, misógino, racista o clasista. Son palabras graves, que deberían usarse con rigor. Pero se volvieron herramientas de bajo costo para cancelar una conversación, asustar o disciplinar al que se sale del libreto, y ese es el señuelo en el que no deberíamos caer.
A De la Espriella lo han querido reducir a una caricatura. Lo presentan como estridente, vanidoso, excesivo e incómodo. Y claro que tiene una personalidad que no pasa desapercibida. No es un político de manual, ni pretende serlo. Ha sido figura pública, abogado, opinador y personaje mediático, con una manera de hablar que no pide permiso. Pero precisamente por eso incomoda tanto a quienes prefieren políticos que hablan bonito, reparten frases correctas y después dejan todo peor.
De la Espriella tiene elementos que a algunos incomodan. Sería absurdo negarlo. Tiene un estilo particular y una forma de comunicar que muchas veces rompe con los moldes de la política tradicional. Pero también tiene algo que muchos sienten que se perdió: carácter. Y en una nación donde la autoridad ha sido confundida con abuso, y la falta de autoridad con sensibilidad social, eso pesa.
La izquierda tuvo una oportunidad única. Llegó al poder con una narrativa potente: cambio, inclusión, dignidad, paz y justicia social. Pero en América Latina esa última expresión debería despertar menos ingenuidad. Fidel Castro y Hugo Chávez también hicieron de la justicia social su caballito de batalla, y terminaron usando esa promesa para concentrar poder, destruir instituciones y someter sociedades enteras a la dependencia del Estado.
Thomas Sowell, en The Quest for Cosmic Justice, advirtió con crudeza que la envidia, antes vista como uno de los siete pecados capitales, terminó convertida en una virtud admirada bajo el nombre de “justicia social”. El problema no es aspirar a una sociedad más justa; el problema es convertir esa aspiración en resentimiento contra el mérito, la empresa, el progreso y la libertad.
Gobernar no es declamar, tuitear ni convertir cada crítica en conspiración. Gobernar exige resultados, orden, seguridad, instituciones, crecimiento, responsabilidad y capacidad de convocar incluso a quienes no votaron por uno.
Esa oportunidad se desperdició. Y cuando eso ocurre, la ciudadanía no vuelve al mismo lugar. Vuelve más cansada, más desconfiada y más dispuesta a buscar una alternativa que no le hable con eufemismos.
Muchos no votaron simplemente por derecha. Votaron para poner un límite. Votaron para decir basta. Basta de relativizar la inseguridad. Basta de mirar con sospecha al que produce. Basta de presentar la informalidad, el bloqueo o la invasión como formas superiores de justicia social. Basta de hablar de igualdad mientras se promueve división. Basta de convertir al inconforme en materia prima de una revolución que nunca mejora su vida concreta.
Pero la indignación puede ayudar a ganar una elección; no alcanza para reconstruir una nación.
Despierta, pero también enceguece. Sirve para poner un freno, no necesariamente para trazar un camino. No podemos pasar de una consigna a otra, de una tribu a otra, de una revancha a otra. Se necesita autoridad, sí, pero también serenidad. Orden, pero no espectáculo. Seguridad, pero también crecimiento. Derrotar el resentimiento, pero sin caer en el desprecio.
Por eso el llamado debe ser a la cordura. No a la tibieza. No a esa neutralidad cómoda que tantas veces sirve para quedar bien con todo el mundo. Cordura significa mirar de frente lo que está en juego. Significa no dejarse manipular por etiquetas. Significa entender que una persona no queda definida por los apelativos que sus adversarios le cuelgan, sino por lo que pueda hacer frente a un momento histórico.
De la Espriella tiene una oportunidad única. Su carácter, su perrenque y su manera frontal de hablar pueden ser una fuerza decisiva si se ponen al servicio de algo más grande: ordenar el país, recuperar autoridad y devolverle confianza a una ciudadanía cansada de excusas. No se trata de pedirle milagros a nadie, sino de exigir que este momento no se desperdicie.
La pobreza mental no se supera con discursos que infantilizan al ciudadano. Se supera devolviendo sentido de acción. Se supera diciéndole a la gente que su origen no tiene por qué ser condena, que su rabia no tiene por qué ser destino, que su historia no tiene por qué ser una cadena. Se supera con educación, trabajo, responsabilidad, familia, ahorro, disciplina, seguridad, oportunidades reales y un Estado que acompañe sin convertir a las personas en dependientes emocionales de la política.
La segunda vuelta no debería ser una guerra de insultos. Ya hemos tenido demasiado de eso. Debería ser una decisión adulta sobre el rumbo colectivo: seguir atrapados en una narrativa que divide, señala y administra frustraciones, o intentar recuperar la capacidad de hacernos cargo de una sociedad que merece algo mejor que vivir eternamente enfrentada consigo misma.
No se trata de votar desde el odio. Se trata de votar desde la cordura. Y en este momento, la cordura empieza por no caer en el señuelo de quienes necesitan destruir al adversario porque ya no pueden defender con seriedad el resultado de su propio modelo.