La ingeniería narrativa

Hay artículos que terminan hablándonos menos del tema que anuncian en su título y mucho más de la época en la que fueron escritos. Hace unos días leí en The Spectator World un ensayo de Michael Gibson titulado The Rise of Palantir Derangement Syndrome, que podría traducirse como “El auge del síndrome de trastorno por Palantir”. La tesis del autor gira alrededor de Palantir Technologies, una empresa estadounidense fundada en 2003 por Peter Thiel y otros socios, dedicada al desarrollo de plataformas que integran y analizan enormes cantidades de información para que gobiernos, organismos de seguridad, sistemas de salud y grandes organizaciones puedan identificar patrones complejos y tomar decisiones. Gibson sostiene que, para una parte del debate público occidental, Palantir ha dejado de ser una empresa tecnológica que debe ser evaluada por sus contratos, sus resultados, sus límites y sus riesgos, para convertirse en un símbolo sobre el cual se proyectan prácticamente todos los temores contemporáneos: vigilancia masiva, autoritarismo, inteligencia artificial, inmigración, militarización, Israel o Donald Trump. Cada nueva noticia termina interpretándose como una confirmación de la misma historia.

Mientras avanzaba en la lectura, dejé de pensar en Silicon Valley y empecé a pensar en Colombia. No porque exista equivalencia alguna entre Palantir y nuestra realidad política, sino porque el artículo me permitió identificar un fenómeno que también aparece con frecuencia en nuestro debate público, particularmente en ciertos espacios de opinión. La diferencia es que aquí el problema no consiste únicamente en interpretar todos los hechos desde un mismo marco ideológico. Comienza un paso antes, cuando el relato se construye de tal manera que al lector apenas le queda espacio para llegar a una conclusión distinta de aquella que el autor había escogido desde el principio.

No encontré un nombre mejor para ese procedimiento que ingeniería narrativa.

Utilizo deliberadamente esa expresión porque describe un método sin necesidad de presumir mala fe. No estoy hablando de inventar documentos, fabricar pruebas o falsificar testimonios. Eso sería demasiado rudimentario y, además, relativamente sencillo de descubrir. La ingeniería narrativa opera de una manera bastante más sofisticada. Parte de elementos auténticos, verificables y muchas veces relevantes. Un documento verdadero, una fotografía verdadera, una declaración verdadera, una decisión judicial verdadera, una coincidencia cronológica o una analogía histórica pueden ser suficientes. El problema no reside en la autenticidad de cada pieza, sino en la arquitectura que termina uniéndolas y en el significado que esa composición pretende imponer sobre el conjunto.

Siempre me ha parecido que un rompecabezas explica mejor este fenómeno que cualquier tratado de comunicación. Pensemos en varias cajas producidas por la misma fábrica, con piezas hechas del mismo cartón y cortadas con el mismo troquel, de modo que todas pueden encajar entre sí aunque correspondan a imágenes distintas. Si alguien mezcla esas fichas y arma el tablero mirando únicamente el reverso, todo parecerá impecable: ninguna pieza sobra, ninguna unión se fuerza y el rompecabezas queda completo. El engaño aparece al voltearlo. Entonces se descubre que, aunque cada ficha era auténtica y todas ajustaban perfectamente, la imagen final no corresponde a ninguna de las que venían en las cajas originales. El problema no estaba en las piezas, sino en haberlas combinado de tal manera que produjeran una escena nueva, coherente en su forma, pero falsa en su significado.

La columna que Ana Cristina Restrepo publicó en El Espectador sobre la masacre de El Aro constituye, a mi juicio, uno de los ejemplos más acabados de ese procedimiento. Nadie con un mínimo de decencia puede desconocer la atrocidad de aquellos hechos, relativizar el sufrimiento de las víctimas o negar la obligación de preservar su memoria. Precisamente por la enorme fuerza moral de esa tragedia, el cuidado con que se organizan testimonios, antecedentes, acusaciones, actuaciones judiciales y referencias políticas debería ser todavía mayor. Sin embargo, cuando todos esos elementos terminan dispuestos dentro de una misma secuencia, la fuerza indiscutible de la masacre puede extenderse sobre controversias actuales y responsabilidades todavía discutidas, como si cada una de las piezas reunidas compartiera el mismo valor probatorio y condujera necesariamente a una sola lectura.

Ese es el punto donde recordar una tragedia y utilizarla para ordenar moralmente el presente empiezan a confundirse. La memoria deja de ser únicamente una herramienta para comprender lo sucedido y se convierte en una plataforma desde la cual se distribuyen culpas, se establecen continuidades políticas y se clasifica a los actores contemporáneos. El lector ya no recibe únicamente información sobre El Aro, sino una ruta cuidadosamente construida para que el peso moral de las víctimas acompañe cada asociación posterior. La columnista no necesita formular todas las conclusiones de manera expresa, porque la propia arquitectura del texto ha sido diseñada para que el público termine completándolas.

Ana Cristina Restrepo no es un caso aislado. El problema es más amplio: una parte del periodismo colombiano ha adoptado una forma de contar los hechos en la que primero se define quiénes son los buenos, quiénes son los culpables y cuál debe ser la conclusión, y solo después se organiza la información para sostener esa lectura. Por eso el mismo mecanismo aparece en distintos medios y con distintos protagonistas. Cambia el nombre del columnista, cambia el programa y cambia la noticia, pero se repite la misma práctica: la investigación deja de abrir preguntas y empieza a confirmar una respuesta que ya estaba decidida.

Ese procedimiento puede reconocerse, con distintos grados y matices, en espacios como Los DanielesLa Silla VacíaEl Espectador, algunos segmentos de Blu Radio, particularmente aquel conducido por Camila Zuluaga, ciertos programas de Caracol Radio (la otrora W) y otros medios que parecen haber desdibujado la frontera entre informar, interpretar y persuadir. No afirmo que toda su producción responda al mismo molde ni que cada periodista actúe de idéntica manera. Sería cometer precisamente el error que critico. Lo que sostengo es que en esos escenarios aparece con preocupante frecuencia una forma de construir la realidad en la que los hechos son seleccionados, jerarquizados y conectados de acuerdo con un marco moral que ya venía definido.

La diferencia resulta esencial para entender uno de los desafíos más complejos del periodismo contemporáneo. Durante décadas discutimos cómo combatir la desinformación y las noticias falsas. Hoy el problema parece bastante más sofisticado. Una narración puede estar construida exclusivamente con hechos verdaderos y, aun así, conducir al lector hacia una interpretación que no constituye la única explicación razonable de esos hechos. La fuerza persuasiva ya no proviene de la falsedad, sino de la selección, del orden, de las omisiones y de la relación que se establece entre elementos cuya autenticidad nadie discute.

Eso obliga a recuperar una distinción que el buen periodismo siempre entendió. Investigar no consiste únicamente en reunir información. Consiste también en reconocer el alcance de cada dato, distinguir entre lo probado y lo sugerido, separar una hipótesis de una conclusión y resistir la tentación de llenar con intuiciones los vacíos que la evidencia todavía no alcanza a cubrir. La prudencia intelectual nunca fue una señal de debilidad; fue una condición indispensable para preservar la credibilidad del oficio.

Recuerdo la serie de cinco entregas con la que Ana Cristina Restrepo se la dedicó a Andrés Pastrana entre febrero y mayo de 2026. Y digo que se la dedicó en el sentido más coloquial de la expresión. Un expresidente debe responder por sus relaciones, sus viajes y sus decisiones; nadie pretende eximirlo de preguntas incómodas. El problema aparece cuando fotografías, correos, registros de vuelo, preguntas formuladas en diligencias judiciales, silencios y asociaciones con el príncipe Andrés se organizan dentro de una misma secuencia hasta producir una impresión de culpabilidad mucho mayor que aquello que cada pieza demuestra por separado. Una pregunta no es una prueba, el silencio no equivale a una confesión y aparecer en un registro de vuelo no demuestra participación en los delitos de otros. Sin embargo, al juntar todas esas piezas, construyó una atmósfera en la que la sospecha terminó ocupando el lugar de la demostración. Ahí el periodismo empieza a parecerse a la justicia mediática: no dicta la condena, pero organiza el relato para que sea el lector quien lo haga.

Algo semejante ocurrió el 14 de junio de 2026, cuando decidió llamar “camisas negras” a Abelardo de la Espriella y a José Manuel Restrepo, a quienes incluso calificó como los camicie nere criollos, para rematar su columna con una exhortación tan elocuente como reveladora: “Votar con libertad: siempre, ¡pero nunca por fascistas!”. Los camicie nere no fueron una figura literaria para describir campañas de tono fuerte ni una metáfora disponible para todo proyecto político conservador que incomode a una columnista. Fueron las escuadras de choque del fascismo italiano, responsables de intimidación, persecución y violencia organizada contra los adversarios. Trasladar semejante carga histórica sobre dos candidatos que participaban en una contienda democrática exigía una demostración doctrinal, institucional y práctica de enorme rigor. En cambio, bastó acomodar algunos rasgos retóricos bajo el molde del Ur-Fascismo de Umberto Eco para convertir una analogía en una sentencia. Eso no fue una lección de historia; fue otro ejercicio de ingeniería narrativa.

Lo verdaderamente preocupante es que este mecanismo ya se volvió predecible. Para una parte de esa intelectualidad, todo aquello que huela a conservadurismo, reivindique la autoridad, defienda la ley y el orden, cuestione las agendas identitarias o simplemente no comparta los postulados de la Izquierda Progresista Radical termina siendo catalogado, con una irresponsabilidad proporcional al tamaño de sus propios egos, como «extrema derecha», «fascismo» o una amenaza para la democracia. El debate deja entonces de girar alrededor de las ideas y pasa a consistir en etiquetar al contradictor con la categoría histórica más infamante disponible. El problema es que cuando todo termina siendo fascismo, el fascismo deja de explicar una experiencia totalitaria concreta y se convierte simplemente en un mecanismo para deslegitimar al adversario. Esa no es una contribución al debate democrático. Es la renuncia a sostenerlo.

Lo preocupante es que esta forma de hacer periodismo no nació en Colombia, pero aquí se está adoptando casi como un copy-paste de las guerras culturales de Estados Unidos y Europa. Por una mezcla de esnobismo intelectual, necesidad de parecer cosmopolitas y fascinación por todo aquello que llega empacado desde universidades, fundaciones y grandes medios extranjeros, una parte de nuestra intelectualidad importa las Agendas de la Izquierda Progresista Radical, junto con sus etiquetas, sus enemigos y sus preocupaciones primermundistas, como si pudieran trasladarse sin adaptación alguna a un país con las urgencias de Colombia. Terminamos discutiendo con enorme solemnidad los traumas culturales de sociedades ricas, mientras aquí siguen pendientes problemas bastante menos elegantes, como el hambre, la informalidad, la inseguridad, la educación deficiente, la corrupción y la incapacidad del Estado para prestar servicios básicos.

Esa importación automática termina obligando a leer nuestra historia, nuestras instituciones y nuestros conflictos con categorías diseñadas para realidades muy distintas. El periodista deja entonces de acompañar al lector en la comprensión de un país complejo y empieza a actuar como arquitecto de una historia cuya conclusión ya estaba definida. Los hechos siguen siendo importantes, pero principalmente cuando sirven para reforzar el relato; aquello que no encaja se minimiza, se relega o desaparece.

El problema se vuelve todavía más grave cuando esas narraciones utilizan tragedias colectivas, violaciones de derechos humanos o víctimas reales como parte de la disputa política. Esos hechos exigen memoria, justicia y reparación, pero precisamente por su enorme peso moral no deberían convertirse en atajos argumentativos ni en escudos contra cualquier cuestionamiento. Recordar es un deber; utilizar la memoria para cerrar la discusión es otra cosa.

Las víctimas merecen justicia para poder reconstruir sus vidas y dejar de ser definidas únicamente por aquello que les hicieron. Sin embargo, una parte de la intelectualidad contemporánea parece encontrar mayor utilidad política en la víctima permanente que en la persona que logra rehacer su existencia. La primera sostiene relatos, instituciones y posiciones de autoridad moral; la segunda reduce la necesidad de quienes hicieron de hablar en su nombre una forma de presencia pública.

El gran desafío del periodismo ya no consiste solamente en combatir noticias falsas. También debe impedir que la ingeniería narrativa sustituya a la investigación y que la selección interesada de hechos termine reemplazando el esfuerzo por comprenderlos. Las democracias no necesitan periodistas que repartan certificados de virtud y de culpa, sino profesionales capaces de aceptar que la realidad suele ser más incómoda, contradictoria y desordenada que las agendas importadas con las que algunos pretenden explicarla.

Esa fue, al final, la lección que me dejó el artículo sobre Palantir. Las piezas pueden ser verdaderas, encajar perfectamente y completar el tablero sin dificultad; pero si al voltearlo la imagen no se parece a la de ninguna de las cajas originales, ya no estamos frente a una investigación que reconstruyó la realidad, sino frente a una arquitectura que logró reemplazarla.

Del hombre blanco al cadáver del Estado

Hay una patología intelectual bastante extendida en cierta élite colombiana: mirar al resto del país por encima del hombro y confundir esa pose con lucidez. No es consecuencia de estudiar en el exterior, hablar inglés, francés o alemán, ni mucho menos de conocer, o pretender entender, debates internacionales. El problema aparece cuando ciertas angustias del primer mundo se importan como si fueran prioridades universales y se aterrizan, sin traducción ni contexto, sobre un país que todavía pelea por resolver asuntos bastante menos sofisticados y bastante más urgentes: pobreza, seguridad, autoridad, empleo, justicia, energía, infraestructura y presencia efectiva del Estado.

Esa es, en buena medida, la lógica de las Agendas de la Izquierda Progresista Radical. Llegan con lenguaje terapéutico, tono académico y superioridad moral incorporada de fábrica. No explican el país: lo corrigen; no escuchan al ciudadano: lo diagnostican; no discuten al contradictor: lo patologizan. Lo hemos visto durante años en ciertos sectores del periodismo, la academia y la opinión pública, con esa costumbre tan colombiana de posar de sofisticación moral mientras se desprecia al ciudadano que no habla con las claves correctas.

Un ejemplo ayuda a entender el fenómeno. En Estados Unidos, el famoso white guilt, la culpa blanca, surgió de una historia concreta de esclavitud, segregación y discriminación racial. Pero hace mucho dejó de ser únicamente una reflexión histórica para convertirse también, según autores como Thomas Sowell, en una herramienta política y cultural utilizada para administrar culpas colectivas, movilizar identidades y justificar políticas cuyos resultados sobre las mismas comunidades que buscaban beneficiar siguen siendo objeto de debate. Uno podrá compartir o no esa tesis, pero al menos existe una discusión intelectual seria detrás de ella; lo absurdo comienza cuando algunos sectores de nuestras élites importan ese paquete ideológico completo y lo aplican sobre Colombia como si Medellín fuera Berkeley con montañas y como si Antioquia pudiera entenderse utilizando exactamente la misma plantilla moral de un campus de la Ivy League.

Ahí es donde el periodismo empieza a perder el oficio y el activismo empieza a ocupar su lugar. Para efectos de esta columna, Ana Cristina Restrepo se convirtió recientemente en un ejemplo particularmente ilustrativo de esa deriva, no porque sea la única ni mucho menos la más importante, sino porque en apenas unas semanas dejó tres fallas argumentales muy claras. Y por eso hablo de strikes: no como adorno deportivo ni como chiste gratuito, sino porque en tres turnos distintos al bate intentó hacer análisis público y terminó abanicando frente a la realidad. Uno puede equivocarse una vez. Puede incluso rozar la bola y quedar en foul. Pero cuando el patrón se repite, el problema ya no es el accidente sino el método.

El primer strike argumental fue José Manuel Restrepo. Estamos hablando de un economista, académico, exministro, rector universitario y doctor de la Universidad de Bath; una figura perfectamente discutible en el terreno político, a quien se le podía debatir su gestión, sus decisiones, su visión económica, su paso por el Ministerio de Hacienda o su papel dentro del nuevo gobierno. Pero Ana Cristina eligió otro camino: “hombre blanco neoliberal”.

Posteriormente explicó que aquello no era una opinión sino una descripción, y ahí está precisamente el punto. Claro que “hombre” y “blanco” son descripciones si uno está diligenciando una encuesta demográfica o un formulario estadístico. Pero cuando esas categorías se utilizan para presentar políticamente a una persona, dejan inmediatamente de ser neutrales. En el lenguaje contemporáneo de estas agendas, “hombre blanco” rara vez significa simplemente hombre blanco: significa privilegio, sospecha, poder heredado y pecado original identitario; significa que antes de escuchar una sola idea ya se decidió quién ocupa el banquillo moral y quién recibe el beneficio de la duda.

No era una descripción neutra, sino una valoración política presentada como si fuera una ficha técnica. Y el contraste resulta todavía más claro si se mira el debate político reciente: mientras algunos sectores celebran fórmulas construidas alrededor de la corrección política lastimera, de la cuota identitaria y de la apelación emocional a las causas sociales, Abelardo de la Espriella eligió a José Manuel Restrepo por competencia, trayectoria y capacidad técnica. Esa diferencia es precisamente la que incomoda a quienes prefieren leer la política como catálogo de identidades y no como discusión sobre gobierno.

El segundo strike argumental llegó con la reacción frente al triunfo de Abelardo de la Espriella y, particularmente, con la manera como Ana Cristina Restrepo decidió interpretar las celebraciones en Antioquia, en conversación con Camila Zuluaga en Blu Radio. Conviene recordar el contexto: en ese momento no existía todavía gabinete, no se conocían ministros, no se había anunciado buena parte del equipo de gobierno y ni siquiera se había abierto una discusión seria sobre políticas públicas concretas. Lo único que había ocurrido era una elección y la celebración de quienes habían ganado esa elección.

Sin embargo, Ana Cristina escogió leer esa celebración como una evocación de los años ochenta, de cargamentos y de narcotráfico. Y ahí el problema no es solo la frase. Es la necesidad de traducir una alegría democrática incómoda al lenguaje moralmente aceptable del roscograma intelectual: si gana alguien que no les gusta, la victoria no puede ser simplemente política; tiene que tener un olor oscuro, mafioso, atrasado o vergonzante.

Esa comparación, hecha ante Camila Zuluaga, sonó menos a análisis y más a guiño para congraciarse con esa intelectualidad activista que ya sabemos cómo opera. Ahí caben, cada uno con su estilo y su parroquia, Daniel Coronell, Félix de Bedout, Alejandro Gaviria, Héctor Abad Faciolince, Rodrigo Uprimny y varios más. Cuando la ciudadanía vota por proyectos cercanos a sus sensibilidades, aparecen las palabras democracia, esperanza, ciudadanía y cambio. Cuando vota distinto, aparecen inmediatamente los fantasmas del miedo, del autoritarismo, del narcotráfico y del atraso cultural.

Yo sí recuerdo la Medellín del miedo, la Medellín de las bombas, de las rutas cambiadas y de las familias aprendiendo a vivir calculando riesgos. Precisamente por eso me parece profundamente injusto convertir una celebración democrática en referencia automática a la criminalidad. No todo lo que incomoda a ciertas élites culturales es mafia; a veces es simplemente una región votando distinto y negándose a pedir permiso para existir políticamente.

Y lo más curioso es que esa severidad moral casi nunca opera en sentido contrario. Los mismos que encuentran asociaciones rápidas entre la derecha y lo peor de nuestra historia suelen volverse extraordinariamente cuidadosos con el lenguaje cuando se trata del viejo mundo subversivo que tanto daño le hizo al país. Ahí aparecen los contextos, las complejidades, las causas estructurales y toda la compasión semántica disponible.

Después vino un foul el 30 de junio, y conviene llamarlo así para no exagerar. En una conversación sobre la posibilidad de que Iván Duque fuera embajador en Washington apareció la duda sobre si sería el primer expresidente colombiano en ocupar ese cargo. No lo sería: Andrés Pastrana ya ocupó esa posición durante el gobierno de Álvaro Uribe. Todos podemos olvidar un dato histórico o confundirnos al aire; por eso no lo cuento como strike, sino como foul. Pero incluso los fouls dicen algo cuando el turno al bate ya viene complicado, sobre todo cuando el debate ocurre después de años de nombramientos diplomáticos donde tantas veces pareció importar más la señal identitaria, la cuota correcta o el símbolo adecuado que la experiencia, la idoneidad o los resultados.

El tercer strike argumental llegó el 2 de julio. Criticando el proceso de empalme del nuevo gobierno, Ana Cristina explicó que la auditoría forense tendría sentido únicamente frente a un cadáver y que, como el Estado colombiano no estaba muerto porque había democracia y un nuevo presidente elegido, hablar de auditoría forense sería un exceso retórico. La tesis merece reconocimiento por original: según esa lógica, la informática forense solo podría practicarse sobre computadores enterrados, la contabilidad forense sobre balances con velorio y la ingeniería forense sobre edificios con certificado de defunción.

Una auditoría forense no es medicina legal. No necesita camilla, sábana blanca ni dolientes; necesita contratos, documentos, trazabilidad, registros y evidencia. Lo forense, en este contexto, no significa cadáver, sino reconstrucción probatoria. Y precisamente porque existe democracia debe existir rendición de cuentas. La alternancia en el poder no es una amnistía contable: los Estados vivos se auditan; los muertos ya no responden.

Aclaro, antes de que aparezca una nueva modalidad de victimización beisbolística, que hablar de dos strikes, un foul y un tercer strike no constituye censura, persecución ni ataque a la libertad de prensa, como ella suele decir cuando alguien tiene la forma y el fondo para exponer su pseudoperiodismo. Es simplemente una metáfora deportiva para señalar fallas argumentales, o, si se prefiere utilizar la terminología ya conocida, una descripción. Porque el problema nunca fue que Ana Cristina Restrepo critique a la derecha; tiene todo el derecho a hacerlo. El problema aparece cuando el periodismo empieza a parecerse demasiado al activismo y el análisis empieza a ceder terreno frente al libreto moral previamente escrito.

En el fondo, los tres strikes muestran exactamente la misma operación intelectual: a José Manuel Restrepo no se le discute, se le clasifica; a Antioquia no se le escucha, se le sospecha; y a la auditoría forense no se la entiende, se la manda para Medicina Legal. Ese es el recorrido completo, del hombre blanco al cadáver del Estado.

El turno terminó, aunque probablemente no faltará la explicación posterior, porque en ciertos sectores del activismo contemporáneo existe una curiosa asimetría: resulta perfectamente legítimo etiquetar, caricaturizar y simplificar al contradictor, pero responder esas etiquetas suele interpretarse inmediatamente como agresión, persecución o intolerancia. La crítica, sin embargo, sigue siendo parte de la conversación democrática, y esta vez no hizo falta umpire: el argumento se ponchó solo.

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Salida, voz y lealtad: Colombia no se abandona

A dos días de unas elecciones decisivas, Colombia vuelve a estar frente a una pregunta que no es simplemente electoral: qué hacemos quienes todavía creemos que este país tiene futuro. Qué hacemos quienes creemos que la empresa no es enemiga de la sociedad, que el trabajo formal sigue siendo una herramienta de dignidad, y que la democracia no puede reducirse a una rabia administrada desde el poder.

La pregunta, en el fondo, es si frente al deterioro vamos a escoger la salida, ejercer la voz o asumir la lealtad como una forma seria de permanecer y corregir.

Albert O. Hirschman (1915-2012) no fue un consultor internacional más, de esos que llegan a un país, producen un diagnóstico elegante y se van sin haber entendido realmente lo que ocurre por debajo. Fue un economista del desarrollo, pero también un hombre interesado en la política, la filosofía, la historia y en la manera concreta en que las sociedades enfrentan sus bloqueos. Nacido en Alemania, formado en Europa y Estados Unidos, llegó a Colombia en 1952, recomendado por el Banco Mundial para asesorar al Consejo Nacional de Planeación. Terminó viviendo y trabajando en Bogotá durante cerca de cuatro años. No miró a Colombia desde lejos. La vivió.

Ese paso no fue anecdótico. Colombia marcó su manera de pensar el desarrollo. Hirschman encontró un país difícil, desordenado, contradictorio, pero lleno de energía e iniciativa. Un país que muchas veces no se entiende a sí mismo. Un país que tiene mucho más potencial del que parece dispuesto a reconocer.

Uno de sus trabajos posteriores fue Getting Ahead Collectively (Saliendo adelante colectivamente), publicado en 1984, hace ya más de cuarenta años. Al leerlo hoy, uno siente algo incómodo: pareciera una máquina del tiempo detenida. Esa Colombia de la periferia, que tantos políticos mencionan con voz solemne en discursos y campañas, sigue muchas veces atrapada en los mismos diagnósticos, las mismas promesas y la misma ausencia de soluciones concretas. Se habla de ella, se la invoca, se la usa como símbolo, pero demasiadas veces no se le resuelven los problemas de fondo.

Pero el Hirschman que más me interesa para este momento es el de Exit, Voice, and Loyalty (Salida, voz y lealtad). Ese libro me ha impactado porque ayuda a entender algo que Colombia no puede ignorar: las sociedades no se destruyen de un día para otro. Van repitiendo guiones. Van normalizando deterioros. Van acostumbrándose a la mediocridad. Dejan de hablar a tiempo y terminan aceptando como inevitable lo que antes parecía impensable.
Así empiezan muchos infiernos terrenales. Venezuela es uno de ellos.

Salida, voz y lealtad no son tres palabras bonitas para citar en una columna. Son tres respuestas frente al deterioro. Salida es irse, retirar el talento, el capital, la energía y la esperanza. Voz es hablar, advertir, incomodar, reclamar y participar antes de que sea demasiado tarde. Lealtad no es quedarse callado ni aplaudir por miedo. Lealtad es permanecer con sentido crítico, precisamente porque todavía importa aquello que se quiere corregir.

Ese es el punto. Colombia no necesita más gente empacando la maleta mental antes de que ocurra la tragedia. Necesita gente dispuesta a quedarse, hablar y construir. Lo digo, además, desde una contradicción personal que no deja de parecerme curiosa: en un momento en que muchos piensan cómo irse del país, yo llevo bastante rato buscando la manera de hacer más cosas en Colombia y de vivir, por qué no, permanentemente allá.

Tengo ciudadanía estadounidense y alemana, además de la colombiana. Vivo legalmente en Estados Unidos y podría seguir viviendo acá. También podría construir vida en Europa. Podría mirar a Colombia desde lejos y opinar con la comodidad de quien no se juega nada. Y, sin embargo, intento acercarme más al país, aportar más y encontrar una forma real de trabajar por Colombia desde Colombia.

No por nostalgia barata. No por cálculo político. No por posar de patriota de domingo. Lo veo más bien como una responsabilidad frente a un país que tiene un potencial enorme, pero que demasiadas veces no ha sabido aprovecharlo.

Colombia tiene talento, pero muchas veces sin método. Tiene riqueza natural, pero muchas veces sin visión. Tiene gente capaz, pero atrapada en desconfianzas, roscas, complejos, resentimientos y pequeñas miserias culturales. Tenemos potencial de sobra. El problema es que nos cuesta convertirlo en instituciones, productividad, movilidad social y futuro compartido.

Ahí aparece una reacción que entiendo, pero que también me inquieta. Algunos amigos, incluso amigos con responsabilidades importantes en Colombia, me lo han dicho de distintas maneras: “Max, ¿vos para qué te vas a devolver? Vos estás tranquilo allá. Tenés cómo vivir en Estados Unidos, tenés ciudadanía alemana, podés moverte en Europa. ¿Para qué te vas a meter otra vez en ese chicharrón?”. No lo digo como reproche. Al contrario, entiendo de dónde viene la pregunta. En un país cansado, inseguro, desconfiado y muchas veces mal administrado, querer volver puede parecer una locura.

Pero ahí está precisamente el punto. Cuando la pregunta natural empieza a ser “¿para qué volver?”, algo serio está pasando. No porque todo el que se va esté equivocado, ni porque irse sea siempre cobardía. Cada persona sabe qué familia protege, qué oportunidades busca y qué cansancio carga. Pero cuando un país empieza a producir más razones para salir que para quedarse, la salida deja de ser una decisión individual y empieza a convertirse en síntoma colectivo.

Por eso Venezuela no puede tratarse como exageración retórica. Allí no se perdió únicamente una economía, una industria petrolera, una moneda o un aparato productivo. Venezuela perdió millones de personas. Y antes de que esas personas cruzaran una frontera, compraran un tiquete o buscaran otro pasaporte, pasó algo más profundo: dejaron de creer que valía la pena seguir peleando por su país.

Ahora bien, la cifra citada oficialmente por organismos internacionales habla de casi 7.9 millones de refugiados y migrantes venezolanos en el mundo. Pero esa cifra debe leerse como un piso, no necesariamente como un techo, porque los registros oficiales no siempre capturan bien a quienes salieron usando una segunda nacionalidad o se regularizaron como nacionales de otro país.

Ese matiz es enorme en el caso de los colombo-venezolanos. Por historia familiar, frontera y migración de ida y vuelta, muchos venezolanos tienen o pueden reclamar nacionalidad colombiana por padre o madre colombiana. Algo parecido ocurre con venezolanos de origen español, italiano, portugués o europeo. Por eso, aunque no exista una cifra oficial única, no es descabellado sostener que la pérdida humana venezolana podría superar los 10 millones de personas si se consideran dobles nacionales, retornados, colombo-venezolanos y venezolanos con raíces europeas.

La comparación ayuda a entender el tamaño del desastre. Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1998, Venezuela tenía alrededor de 23.6 millones de habitantes. Frente a esa base, los casi 7.9 millones oficialmente contabilizados equivalen a cerca de un tercio de la población que tenía el país al inicio del chavismo. Si la pérdida humana real supera los 10 millones, hablaríamos de más del 40% de esa población de referencia.

Y para yo no dar papaya con las cifras, usemos también una base más amplia: la población de Venezuela en 2015, antes de que se hiciera plenamente visible la gran aceleración del éxodo. Para ese año, Venezuela tenía alrededor de 30.5 millones de habitantes. Incluso con esa base, los casi 7.9 millones oficialmente registrados representan más de una cuarta parte del país. Y si el número real supera los 10 millones, estaríamos hablando de casi un tercio de la población venezolana previa al vaciamiento.

Eso no es migración normal. Eso es pérdida humana en escala histórica.

Chile ofrece una comparación incómoda, porque las narrativas de la izquierda han sido eficaces para convertir ciertos relatos en verdades morales absolutas. En muchos círculos académicos, Chile suele resumirse en una fórmula demasiado cómoda: Allende, mártir democrático; Pinochet, dictador neoliberal; y todo lo demás sobra.

Pero Allende, mártir para muchos, también dejó a Chile metido en un desastre económico, institucional y político monumental. En 1973, Chile enfrentaba inflación desbordada, escasez, mercados negros, controles de precios, expropiaciones, deterioro de la producción, radicalización política y una economía caminando hacia el abismo. Eso no justifica violaciones de derechos humanos ni convierte una dictadura en algo deseable. Pero sí obliga a decir que Chile no llegó al 11 de septiembre de 1973 como un país ordenado al que simplemente se le atravesó la historia.

Pinochet no fue un santo. Hubo represión, exilio, miedo, tortura y violaciones graves de derechos humanos. Pero tampoco se puede negar que Chile corrigió un rumbo económico que lo estaba llevando al desastre. Se redujo el desorden fiscal, se abrió la economía, se atrajo inversión, se estabilizó el país y, con el tiempo, Chile se convirtió en una de las economías más serias de América Latina.

La comparación con Venezuela es reveladora. Chile tuvo exilio político, claro. Una estimación frecuentemente citada habla de alrededor de 200.000 chilenos forzados al exilio durante la dictadura. Chile tenía cerca de 10.3 millones de habitantes en 1973. Incluso si se usa una base poblacional mayor, cercana a 11.2 millones, que corresponde más bien a finales de los años setenta, ese exilio representó alrededor del 2% de la población chilena.

La diferencia no es de matiz. Es de naturaleza. Chile no se vació. No perdió una cuarta parte o un tercio de su población. No vio salir millones de personas llevando consigo talento, capital, memoria, redes y capacidad productiva. Una parte de ese exilio tuvo enorme capacidad narrativa en universidades, medios, centros culturales, organizaciones internacionales y redes políticas. No necesariamente fueron muchos en términos demográficos, pero sí fueron muy influyentes en términos simbólicos. Esa capacidad instaló una lectura casi religiosa: Allende como mártir absoluto, Pinochet como mal absoluto y el modelo económico chileno como pecado original. Pero la realidad fue más compleja.

Venezuela, en cambio, fue vaciada. Y eso debería estremecer a Colombia. Un país no se destruye solo cuando cae su moneda, se deteriora su empresa privada o se pierden sus instituciones. Se destruye cuando su gente empieza a pensar que lo mejor que puede hacer es irse: el médico, el empresario, el joven, el profesor, el técnico, la familia entera, el que podría quedarse a construir y decide que ya no vale la pena.

Por eso, si durante años hemos advertido que Colombia puede terminar pareciéndose a Venezuela o a Cuba, no podemos responder haciendo exactamente lo que esos modelos terminan provocando: que quienes aportan, construyen, generan empleo o tienen algo que decir se cansen, se vayan o se queden callados. Si uno ha advertido tanto sobre el peligro del socialismo, no puede terminar actuando como si el socialismo ya hubiera ganado la partida.

La salida puede ser comprensible a nivel individual. Pero como actitud colectiva, la salida puede convertirse en abandono. Y cuando quienes tienen formación, empresa, redes, criterio o liderazgo abandonan el barco, el vacío no queda vacío. Lo ocupan otros: la improvisación, la rabia y quienes no quieren construir sobre lo existente, sino reemplazarlo todo por una épica de resentimiento.

Por eso la voz importa. La voz no es gritar, insultar ni repetir consignas como loro mojado. La voz es participar con claridad, argumentos y carácter. Es decir que la empresa no es el problema de Colombia, sino parte esencial de cualquier solución seria. Es decir que la movilidad social no se logra atacando al que genera empleo, sino ampliando capacidades, educación, formalidad, productividad y confianza. Es decir que el Estado debe servir al ciudadano, no convertirlo en dependiente.

Ahí aparece una discusión que Colombia evita porque incomoda: la pobreza mental. No como insulto a los pobres, ni como desprecio de clase, sino como una restricción real que atraviesa todos los estratos. Hay pobreza mental en quien no cree que puede hacerse cargo de su vida, en quien espera que el Estado le resuelva todo, en quien tiene poder y bloquea al que quiere aportar, en quien confunde resentimiento con justicia, en quien cree que destruir al que produce es una forma de igualar. Y también hay pobreza mental en élites que se acostumbraron a hablar del país desde la comodidad, pero no desde el compromiso.

Colombia necesita movilidad social, mejores ingresos, mejores empleos, más formalidad y más personas entrando a una clase media real. Pero necesita también movilidad de mentalidad: pasar de la queja a la acción, de la dependencia a la agencia, del resentimiento a la responsabilidad, de la sospecha permanente a la construcción de confianza. Sin eso, cualquier aumento de ingresos será frágil y cualquier promesa de cambio terminará convertida en otra frustración.

Tal vez ahí está una de las grandes deudas con el propio escudo. Libertad sin orden termina en desorden, informalidad, viveza y deterioro institucional. Orden sin libertad termina en obediencia, miedo y abuso. Colombia necesita las dos cosas: libertad para emprender, hablar, crear, disentir y construir; orden para respetar la ley, cumplir la palabra, cuidar las instituciones y dejar de confundir astucia con inteligencia.

Por eso, ante la incertidumbre electoral, la respuesta no puede ser la salida, el silencio ni la resignación. La respuesta debe ser una lealtad activa con Colombia: no aplaudir lo que está mal, pero tampoco abandonar el país cuando más necesita voces firmes.

Espero, además, que pasado el susto y la angustia de estos días, como tengo certeza de que ocurrirá, no volvamos a la comodidad de siempre. Sería un error creer que, porque Colombia esquiva un abismo, ya resolvió sus problemas. No podemos seguir manteniendo un país apenas por inercia, sin soluciones serias para problemas serios.

Incluso ganando una elección, Colombia tiene que resolver problemas de fondo y de forma. De fondo, porque seguimos arrastrando inseguridad, informalidad, pobreza, mala educación, baja productividad, justicia débil, corrupción, desconfianza institucional y una cultura ciudadana muchas veces pobre. De forma, porque tampoco basta con tener buenas ideas si no se sabe ejecutarlas, comunicarlas, sostenerlas y volverlas política pública real.

El país necesita algo más que evitar el desastre. Necesita una propuesta seria para ser, por fin, el país que puede ser.

Colombia no se abandona cuando gana alguien que no nos gusta. No se abandona cuando el ambiente se vuelve incierto. No se abandona cuando algunos prefieren desconfiar del que quiere aportar antes que abrirle espacio. Y tampoco se abandona cuando pasa el susto y vuelve la falsa tranquilidad. Colombia se abandona cuando dejamos de exigirle más a quienes dicen querer defenderla.

Colombia se habla. Colombia se trabaja. Colombia se defiende construyéndola.

Y si de verdad creemos que este país puede evitar el camino de Venezuela o Cuba, la primera obligación es no comportarnos como si ya estuviera perdido. Porque un país empieza a perderse cuando quienes podrían sostenerlo deciden que ya no vale la pena intentarlo.

Yo, por mi parte, sigo creyendo que vale la pena.

El centro, o el camino a la perdición del país

En Road to Perdition (2002), película protagonizada por Tom Hanks junto a Paul Newman, ganadora del Óscar a Mejor Fotografía, un padre intenta proteger a su hijo de un mundo violento que él mismo ayudó a construir. La historia no gira en torno a un error puntual, sino a algo más incómodo: una cadena de decisiones que, aunque parecen prudentes en el momento, terminan conduciendo exactamente al destino que se quería evitar. No se trata de perderse, sino de insistir en un camino creyendo que se controla el resultado, cuando en realidad ese resultado ya ha sido condicionado por las propias decisiones.

Esa lógica describe con precisión lo que ha venido ocurriendo en la política colombiana. El llamado centro político, convencido de su moderación, de su distancia frente a los extremos y de una supuesta superioridad moral frente a las posiciones más definidas, ha terminado tomando decisiones que no contienen lo que critica, sino que lo facilitan, e incluso inclinando la balanza hacia la izquierda. El problema no es simplemente político, es conceptual, porque el centro no es una doctrina, ni una tradición intelectual, ni un proyecto coherente de país, sino un espacio en disputa donde lo que realmente se define no son las ideas, sino las condiciones bajo las cuales se puede participar en el debate público: quién es aceptable, quién no lo es, qué se puede decir sin costo y qué se paga caro.

Ese desplazamiento no ocurrió de manera frontal, sino que se fue instalando, y cada vez con más fuerza, a través de la instrumentalización del lenguaje. Hoy la política no se organiza alrededor de resultados verificables, sino de marcos discursivos prácticamente incuestionables como resiliencia, empatía, inclusión o justicia social. Son conceptos legítimos, incluso necesarios, pero su uso político ha tenido un efecto claro: dejaron de ser valores para convertirse en filtros de legitimidad. En ese entorno, ya no basta con tener argumentos; hay que sonar bien dentro del marco correcto, y quien no lo hace queda rápidamente fuera de juego.

A partir de ahí aparece un fenómeno igual de determinante: el etiquetamiento. En Colombia, disentir de ciertas posiciones, muchas veces más ancladas en la utopía y en una balanza inclinada hacia los sentimientos que hacia los hechos, ya no implica entrar en una discusión, sino exponerse a una clasificación automática como extrema derecha, retrógrado o enemigo del cambio. La etiqueta reemplaza el argumento y deslegitima antes de que haya debate, lo que no solo empobrece la conversación pública, sino que altera profundamente los incentivos. Lo más grave es la manera en que este mecanismo se utiliza para generar vergüenza, presionar y, en muchos casos, forzar a ceder valores tradicionales que, en cualquier país, representan a una mayoría que termina sometida a la dictadura de las minorías.

En paralelo, las agendas identitarias han adquirido un peso creciente, no como herramientas de inclusión, que es su fundamento legítimo, sino como criterios de validación política. El problema no es reconocer diferencias, sino convertirlas en el eje de decisión. Cuando atributos como el color de la piel, la etnia, el género, las preferencias sexuales o el origen social empiezan a pesar más que la competencia, la trayectoria o los resultados, el sistema deja de premiar capacidades y empieza a premiar representaciones. Eso no construye equidad, sino fragmentación, y además reduce el espacio para exigir resultados, ya que cuestionar deja de ser evaluar y pasa a interpretarse como una agresión. En esa misma lógica, se busca anular al oponente mediante etiquetas como clasista, machista, homófobo o racista.

Todo esto configura una asimetría que el centro rara vez reconoce. A ciertas posiciones se les exige una validación constante, mientras que otras reciben legitimidad por su alineación con el lenguaje dominante. No se trata de una diferencia menor, sino de una distorsión estructural que condiciona las decisiones y transforma al centro en un espacio adaptativo, moldeado por reglas que no controla y que tampoco cuestiona. Ahí aparece el problema político real.

En ese contexto más amplio, el país se ha ido perdiendo en un ambiente sin autoridad, una autoridad que comenzó a desvanecerse desde agosto de 2010 y que hoy nos tiene en un punto que, en muchos sentidos, recuerda los momentos más complejos del auge de las FARC, con un agravante adicional: ahora sectores que han tenido afinidad ideológica o cercanía política con esas visiones han llegado al poder y buscan perpetuarse en él. No es una percepción aislada, sino una lectura cada vez más extendida frente al deterioro del orden, la inseguridad, el premio a los criminales, el incentivo a la subversión utilizando a los más jóvenes como carne de cañón y la pérdida de referentes claros de institucionalidad.

La primera vuelta se ha convertido en un ejercicio mal entendido, porque se vota como si fuera una expresión emocional o una afinidad personal, como si se tratara de identidad o de simpatía, cuando en realidad es una decisión con efectos en cadena. Cada quien puede votar por quien quiera, pero asumir que esa decisión no incide en el resultado final es, en el mejor de los casos, ingenuo. La segunda vuelta elimina esa ilusión, ya que en ese punto desaparecen los matices y hay que escoger, y es precisamente ahí donde el centro, una y otra vez, se repliega en la ambigüedad mediante el voto en blanco, el silencio o la distancia calculada, todo envuelto en un discurso de coherencia que en la práctica termina siendo evasión. Es claro que quienes están en el centro izquierda difícilmente cederán por una opción de derecha, mientras que quienes se ubican en el centro derecha suelen mostrarse abiertos a discursos de diversidad, equidad e inclusión que, en la práctica, terminan generando una ruptura con los valores que originalmente defendían.

No decidir en ese momento no es neutral, es funcional. El país ya vio lo que eso produce con la elección de Gustavo Petro y también en Medellín con la elección de Daniel Quintero. En ambos casos hubo advertencias, señales y alternativas, pero también hubo ambigüedad, cálculo y esa comodidad moral de quienes prefirieron no incomodarse tomando posición, o de quienes, desde la ingenuidad de promover un cambio con justicia social, terminaron entregando el país y la ciudad a proyectos que hoy evidencian sus consecuencias. Fue, en buena medida, la ingenuidad o la simple falta de carácter de muchos bienpensantes, los mismos que hoy reconocen en privado lo que no quisieron asumir en público. Mientras tanto, las agendas de la izquierda progresista radical avanzaron sin mayor resistencia, no porque fueran incontestables, sino porque encontraron un terreno despejado por quienes creyeron que abstenerse era una forma de superioridad, cuando en realidad terminó siendo una forma de renuncia.

Detrás de ese comportamiento hay una lógica más profunda. En ese intento por congraciarse con todo el mundo, y en una postura que pareciera avergonzarse de conceptos básicos como la ley y el orden, se abre espacio a una parte de la clase política que no juega para transformar el país, sino para permanecer dentro del sistema. Esa clase política, como lo ha demostrado la historia, no se declarará en oposición, no romperá y no se comprometerá del todo, porque su objetivo no es ganar una discusión, sino seguir siendo relevante independientemente de quién gobierne. En ese contexto, la ambigüedad deja de ser una debilidad y se convierte en una estrategia.

El problema es que esa estrategia tiene consecuencias, porque cuando quienes tienen la capacidad de inclinar la balanza optan por no hacerlo, el resultado no es equilibrio, sino transferencia de poder hacia quienes sí están dispuestos a tomar decisiones. La política no premia la intención ni la comodidad, sino la claridad y la capacidad de actuar cuando toca hacerlo.

Colombia se enfrenta nuevamente a ese punto. Cada ciudadano es libre de votar por quien considere en la primera vuelta, pero el país no se define ahí, sino en la capacidad de elegir cuando el margen desaparece y las opciones se reducen. En ese momento, lo que importa no es la narrativa ni la comodidad de una posición intermedia, sino el carácter, la capacidad y la determinación de cambiar las dinámicas de un país que lleva demasiado tiempo repitiendo los mismos errores.

Porque esto no es un debate abstracto ni una discusión académica sobre matices ideológicos. Es una disputa real sobre el rumbo del país frente a unas agendas de la izquierda progresista radical que han avanzado no por la solidez de sus propuestas, sino por la debilidad, la ambigüedad y la complacencia de quienes se autodenominan moderados.

Colombia no está frente a un dilema teórico. Está frente a una secuencia de decisiones que ya ha empezado a mostrar sus consecuencias. Y como en Road to Perdition, el problema no es no saber a dónde se va, sino insistir en un camino creyendo que se controla el destino, cuando en realidad cada paso lo hace inevitable.

Aquí no se trata de quién tiene el discurso más cómodo, ni de quién logra encajar mejor en una narrativa emocionalmente aceptable. Se trata de quién tiene el carácter para enfrentar esas agendas, cuestionarlas y, si es necesario, frenarlas, aun cuando eso implique asumir costos.

Porque al final, los países no llegan a la perdición por accidente.

Llegan porque, teniendo la oportunidad de corregir el rumbo, decidieron no hacerlo.


Cuando la seguridad sólo es cuestión de imagen

Cuando pienso en la visita a Medellín de nuestro presidente Santos, para participar en un consejo de seguridad en plena comuna 13, recuerdo el dicho popular de antaño: “Tan aficionado a los toros, que no se pierde ni la corrida de un catre”.

Hoy aplica íntegramente ese dicho a un gobernante tan pantallero como incompetente, que quiere a toda costa figurar en aquellos asuntos que preocupan a un país que como va, va muy mal, y por supuesto a una ciudad, que como parte del mismo va en la misma dirección.

Para nadie es un secreto que estamos en una situación de inseguridad que, sin ser de nuestro directo resorte como ciudadanos, al no poder ocuparnos en ella, nos preocupa.

Es la inseguridad una realidad rampante que tenemos en una ciudad que parece, y por cuenta de la magia de internet, será proclamada la ciudad más innovadora del mundo, y por tal razón, merecedora de cuanto despliegue en medios pueda y alcance, por cuenta del presupuesto público establecido para tal fin.

Ahora bien, qué carajos viene a hacer un presidente cuyas acciones más valerosas, entre otras, han sido presidir con cachaco rigor aquellos ágapes en Cartagena, participar en los encuentros “al alba” con sus nuevos mejores amigos, patrocinar el silencio aquel con el que Interbolsa “puso” ministro de Hacienda, instar a los pescadores de Nicaragua a no pedir permiso (porque a él los de San Andrés le dejaron de importar con el fallo) y comunicar que somos el país más alegre del mundo (afirmación tan cierta como que nuestro himno patrio es el segundo más bello del mundo después de la Marsellesa).

En ese circo mediático estarán presentes, además de los comandantes del ejército y la policía, nuestro alcalde, que seguro sacará a relucir mañana la estampita que Hillary le mandó con el hijo de Madonna, y por supuesto el vicealcalde general de Medellín, sí señores, nuestro gobernador, que se jactará de tener la pócima secreta para solucionar los problemas de la comuna 13, pócima que curiosamente no permitió a su sucesor en la alcaldía impedir entre otras cosas, el cobro del peaje de aquellas escaleras eléctricas que tanto nos hacen sentir innovadoramente orgullosos.

Seguro que en el desarrollo de tan importante y ya poco común evento (otrora permanente en tiempos de la seguridad democrática), un presidente desvencijado en popularidad además de lograr ese tan necesitado “visaje» en medios, gagueará unas cuantas felicitaciones acompasadas de uno que otro chiste malo (tal vez con mayor fluidez que la de deletrear “contraalmirante”) para hacer el clásico y estrepitoso anuncio: ¡reforzaremos el pie de fuerza!

Tal anuncio se traduce en que vendrán más policías a la ciudad (500 como mínimo), los cuales, es importante tener en cuenta, ya tienen listo su tiquete de regreso para dentro de una semana y antes de su arribo. O si se quedan más de los siete días inicialmente presupuestados, seguro serán permeados por quienes ya están acostumbrados a relacionarse de tú a tú con los dueños del parche.

Como complemento dirán que han capturado uno que otro lavaperro, haciéndole de paso el favor a las organizaciones criminales al poner nuevos objetivos “más importantes”, mientras los verdaderos “más importantes” siguen bien, acompañados y relajados cual protagonista de video de reguetón.

Preocupa que por más que venga un presidente, las soluciones reales para un problema de marca mayor no hagan parte del quehacer diario de sus responsables. Ofusca que por pensar en romper récords de taquilla para revistas especializadas, nos hagamos los de la vista gorda para romper las barreras invisibles que tienen nuestros barrios. Desconcierta cómo hemos dejado coger ventaja a los microterroristas que están macroaterrorizando a toda una ciudad. Desilusiona que nos interese más aparentar con premios que pueden conseguirse por internet, que darle dignidad a quienes ven en su trabajo honesto su mayor aliciente. Asusta que en este rifirrafe entre politiqueros (ahora algunos expertos en seguridad social más que todo), desconozcan que la seguridad además de generar confianza, es la base de la democracia.

Querido imberbe

Recuerdo como si fuera ayer aquella tarde en la que en un centro comercial de la ciudad y en compañía de mi señora madre, me encontré a Teodora, sí, la mismísima amigota de los narcoterroristas y promotora de ese movimiento de nombre tan taquillero como de oscuras intenciones. Eso sí, en ese entonces con mucho menos bisturí y sin ese turbante perturbante.

Eran épocas del proceso 8.000, donde tenían al payaso de Samper haciendo malabares, en la cuerda floja y soliviando todo el peso de aquel elefante que al parecer entró a la sala de su casa, sin darse cuenta.

En aquella oportunidad y quiero dejar claro, solamente le dije a esa señora: “Bien por lo de Samper” y pare de contar…

No obstante mi juventud y a que en un efímero instante compartimos algo en común: darle «palo» a Samper, en ese encuentro casual, contrario a como hoy están obrando los jóvenes e imberbes sectarios de las buenas mañas (porque las costumbres para ellos no existen), no me le tiré en voladora a recibir uno de los abrazos que hoy reparte, valga la claridad, más a siniestra que a diestra. Ah, y mucho menos me uní a su combo, pese a que he sido de doctrina liberal.

Hoy en día estamos en un ambiente que además de caldeado, tiene por combatientes una inconmesurable cantidad de jóvenes imberbes que se creen dueños de la verdad y que contrario a lo que trata de inculcarles el rector de nuestra universidad (citando un cuento de don Jesús del Corral y haciendo de paso un elogio al avispado y a la cultura de la ilegalidad), son muy avispados al esconderse tras las bambalinas sin dar la cara en una conocida red social y en cuanto blog hay (incluso alguno que otro con nombres que curiosamente hace alusión a una trampa solapada por de más); se creen ellos además ungidos de la verdad absoluta, aquella que supuestamente les imprime leerse tres o cuatro libros que les sugiere cualquier adoctrinador de pacotilla que aprovechando el poder, les dicta cátedra en aquellas buenas maneras que no aprendió en la casa, pero que se compensan con el enarbolado hablar que le provee de paso, su curriculum londinense.

Es preocupante cómo estos hombres y mujeres,  pretenden ser ciudadanos del mañana, cuando sus comportamientos hoy dejan mucho que desear: son arrogantes, sobrados, sectarios, desconocen aquello que tanto combinan en sus camisetas de marca: pluralidad.

Es lamentable cómo se prestan como idiotas útiles a una causa ajena, causa que les hace repetir hasta el cansancio y como loritos mojados sandeces e imprecisiones respecto a esos ocho años que definitivamente cambiaron el rumbo del país hacia una senda de crecimiento y desarrollo, sólo por el hecho que a ellos no les tocó guardarse en sus casas los fines de semana, o ver cómo, en medio de una época de terror que parece retornar, los narcoterroristas de ese entonces, hacían lo que les daba la gana en un país tradicionalmente gobernado desde la comodidad del palacio capitalino, en Hatogrande o en el resort en las Islas del Rosario, que siempre desconocía la importancia de gobernar para las regiones.

Ojalá algún día estos jóvenes imberbes abrieran más que sus ojos, su mente, y entendieran, entre otras cosas, que el trabajo comunitario no es irse de camping a un municipio a saborear parte de ese plato de lentejas que les provee la burocracia establecida por quienes dicen que combaten el clientelismo, mientras ellos hacen parte de su clientela; y mucho menos despotricar de aquellos que pensamos distinto, sólo porque les metieron el rayón, cual alianza politiquera, que deben creer el “enemigo de mi amigo, es amigo… y el amigo de mi enemigo, es mi enemigo” …vayan e infórmense de lo que significaron para los norteamericanos los talibanes, casi al final de la llamada guerra fría, y analicen sin mucho esfuerzo, lo que luego les pasó.

En mi época, que no dista tanto de la de ustedes, tal vez no había tanto internet como hoy, pero ante la falta de esa lluvia de desinformación que hoy a muchos moja, había mayor interés por descubrir y analizar la esencia de lo que hacía mover ese mundo, que para ustedes, jóvenes imberbes, pese a ser tal vez muy parecido al “ancho y ajeno de Ciro Alegría”, no sólo se circunscribe a aquel mundo de fantasía revolucionaria que así lo quieran vender en su discurso lastimero (con mucha sagacidad), aquellos que ven en el poder un fin para lograr beneficios personales con la justificación de propender por un bien común.

Jóvenes imberbes y ante la irrefutable realidad que algún día casi fui uno de ustedes: aprovechen las oportunidades y no sigan siendo los idiotas útiles de quienes manejan los hilos del poder a su antojo… se los digo con la tranquilidad que me da, el no haber abrazado a Teodora en mi juventud, así fuese en ese entonces, la enemiga de un enemigo, no solo mío, sino de un país que ha sucumbido más de una vez, a los vejámenes de los narcoterroristas y mucho más, ante ellos, que promulgando intereses progresistas, son iguales o peores de aquello que tanto critican.

Espíritu olímpico

Esta semana desde la sede del Comité Olímpico Internacional COI, en Laussane Suiza,  fue confirmada nuestra ciudad como candidata finalista para acoger en el año 2018 los Juegos Olímpicos Juveniles o YOG2018 por las siglas en inglés de Youth Olimpic Games 2018 (junto con Buenos Aires y Glasgow). Confieso que tal noticia me llenó de alegría por todo aquello bueno que significa no solamente para Medellín y Antioquia,  sino para el país en general.

Desde ya podemos decir que somos ganadores y que quede claro, no es para imprimir en el ambiente uno de esos aires colombianos lastimeros de antaño, que consistían (o consisten) en subestimarse o entrar perdiendo antes de competir, no!… por el contrario, digo esto,  e independientemente a lo que se decida el próximo cuatro de Julio, para agradecer que la evolución que ha tenido nuestro país en términos generales, es reconocida a nivel mundial, y que ello de paso, promueve cambios reales en el subconsciente colectivo foráneo,  quienes hoy en su mayoría y de manera lamentable tienen como imagen de nuestro país, una que se sincroniza a la perfección con aquellos argumentos facilistas de miniserie nacional.  Es claro que esta nominación, que sigue vigente,  va por el camino de exaltar todos aquellos valores que han hecho que este país se sobreponga a las adversidades, demostrando que tenemos un corazón grande que  late con fuerza y optimismo,  gracias ello a la firmeza de los dos Gobiernos nacionales, que precedieron la tibieza del actual.

Es importante tener en cuenta, que los YOG son relativamente nuevos (los primeros  se realizaron en 2010 y tuvieron como sede Singapur),  y están dirigidos especialmente para aquellas ciudades que por cuestiones diversas (más que todo de tipo presupuestal),  no pueden proponerse aún como candidatas a aquellos de Verano o que, como la nuestra, quieren ir paso a paso en la consecusión de eventos de clase internacional realmente importantes y que de paso propendan por visualizar ante la comunidad internacional, un país que seguro puede ser la respuesta a muchas preguntas positivas.

Ahora bien,  ¿Qué cosas buenas puede traer para la ciudad?

En principio ya hemos visto el impacto positivo que tienen este tipo eventos, un ejemplo los ODESUR de 2010, los cuales además de Medellín tuvieron como sub-sedes otros municipios de Antioquia (con el propósito de generar cambios en esa relación centro-periferia), lo cuales realizaron, con el apoyo de Indeportes Antioquia y el Gobierno Nacional, inversiones en aquellas infraestructuras deportivas que permitieron albergar a las disciplinas que allí se realizaron. De entrada ya estamos ganando quienes creemos que las inversiones en el deporte son prioritarias para lograr que el crecimiento económico genere desarrollo, ya que Medellín desde 2012 le apostó a la construcción de un Velódromo de clase mundial, una pista de BMX con mejores especificaciones y a la adecuación de otros escenarios, todo ello de conformidad a las condiciones exigidas por el COI.

Quienes hemos tenido la fortuna de conocer ciudades que han sido sedes de eventos de este tipo (y que no comemos cuento de lo que pontifican las “Divas de lo Público” como cuando nos quisieron hacer creer que traer a Madonna fue fundamental para los procesos de internacionalización de la ciudad), percibimos que la mejora en la infraestructura es real, en aquella relacionada con la recreación y el deporte, con la movilidad, además de la construcción de sedes y subsedes, de villas olímpicas que luego, y después del evento, pueden ser destinadas entre otras cosas, a albergar aquellos deportistas que provengan de las regiones y que hagan parte de una política pública que le apueste a la “formación de talentos regionales”, ser reacondicionadas como ciudadelas universitarias (cosa compleja por la mentalidad de algunos estudiantes) o aprovechadas como soluciones de vivienda. Es importante destacar que se mejora tanto el “Hardware”  como su “software” del territorio, ya que Antioquia será impregnada de todo lo bueno que se requiere para realizar un evento de estos: las personas se capacitarán y se prepararán para ello, y esa mejora de competencias a la larga queda en los individuos.

Además de lo anteriormente expuesto, para muchos Antioqueños será la única manera de tener un contacto real con el mundo exterior. Y como siempre, para empleados y empresarios de diversos sectores de la economía regional, será la posibilidad de mejorar sus ingresos. En esencia, crecimiento, con desarrollo.

La calidad de los visitantes será distinta a aquellos que ven a Medellín como Las Vegas latinoamericana, siendo personas con una disciplina, una mentalidad distinta y además jóvenes; jóvenes que en unos años podrán ser los deportistas de élite más reconocidos a nivel mundial, quienes recordarán la ciudad y sus gentes de la mejor manera, siendo de corazón y gracias a todo lo bueno que les ofrecimos, embajadores de nuestra tierra a largo plazo…a eso pónganle la firma!

Ahora bien, debemos todos estar contentos,  entusiastas y  muy positivos durante los próximos  cuatro meses y medio, pero también, y es menester de la Administración Municipal, no usar esto como una cortina de humo ante unas realidades que están carcomiendo poco a poco una sociedad que aguanta y mucho. Sea esta la oportunidad de plantear mejoras a la seguridad de Medellín, pero  que no sea con cuentos, sino con acciones. Que el Alcalde así como lo dijo en la muy Colombiana “celebración” de ayer, trascienda de verdad de lo político a lo ciudadano, donde de una vez por todas entienda que no se trata de ganarse uno o dos puntos, sino de gobernar para una Ciudad.

Tampoco se deben condicionar los programas que pretenden en los barrios de la ciudad generar de a una “Mariana por cuadra”,  a si se gana o no la sede. Además, con dicha restricción  estamos recibiendo el mismo mensaje condicionante del  típico politiquero: “yo le doy esto, si solo sí, pasa esto”; estas iniciativas no deben depender de nada, y en la forma no deben,  ser sólo una estrategia para “mostrar” o “demostrar”, ya que para formar un campeón se deben incluir intervenciones transversales que no sólo se limiten a lo deportivo, ya que, y así está demostrado,  detrás de cada deportista de excelencia hay una historia que involucra su entorno…es decir, ojalá, que nos llenemos desde ya y sin necesidad de tener la sede, de Rigobertos, Cochises, Katherines, Oquendos, Maria Luisas y Boteros, entre muchos otros.

Ojalá esto no se vuelva (poco probable que así no sea), en ese caballito de batalla de aquellos políticos que excluyen, pensando que eso que les han prestado, les pertenece: el poder. Aquí el poder, deberá ser el de hacer, el de mantener y potenciar lo bueno que se ha hecho, en seguir apoyando el deporte de Alta Competencia en todas sus disciplinas (que lamentablemente no va a apoyar el sector privado con el ahínco que se requiere, por mas que así que se desee), porque aquellos que queremos tener como campeones juveniles mañana, hoy se mueven ante la ilusión que les brindan aquellos ídolos, ídolos que en Colombia son objeto tanto de celebraciones, como de Olvido.

El deporte tiene el mágico poder de cohesionar sociedades, al unir por una misma causa  tanto a personas como a organizaciones…esperemos que esta oportunidad única se aproveche y promueva de manera óptima, trascendiendo más allá de los egos individualistas de aquellos que quieren seguirnos dividiendo, excluyendo y etiquetando,  simplemente y en la mayoría de los casos, por considerar distinto aquel color que llevas en tu corazón, que para todos es rojo.

Érase una vez un aumento de predial…

Hace unas cuántas semanas me había propuesto escribir acerca del aumento del predial en la ciudad de Medellín; la verdad no por apatía y mucho menos por desinterés me abstuve de hacerlo, ya que consideraba que había mucha ilustración de lado y lado: uno el de la Alcaldía en cabeza del Señor Alcalde, y otro bien variopinto donde además de incluirme, entran amas de casas consternadas, jubilados indignados, inversionistas aporreados, políticos sensatos y politiqueros oportunistas, entre otros.

En nuestra cultura arriera, aplica una frase que cae como anillo al dedo a la actual situación: “regalado es caro”. Dicha frase va muy de la mano a aquellos argumentos por parte del Gobierno y de incluso algunos académicos fletados con dineros públicos que han salido a opinar, para desvirtuar que sin importar lo que pase en realidad, que cualquier tipo de alza, por ínfima que sea, hubiese sido refutada al unísono por la gran mayoría,  y que una prueba de ello es que a quienes les bajaron su aporte, no salen a decir que por qué no les subieron!.

Además de dicha argumentación con la que se busca calar en el “ser paisa”, existen otras que quieren ser, y al mejor estilo de Poncio Pilatos,  una especie de “lavada de manos”, tal como aquella con la que le quieren achacar a Sergio y Alonso (con claros fines políticos):  “es que en siete años no hicieron ningún incremento”…donde la contra-argumentación de quienes defienden su causa es que “una buena administración de recursos públicos, no requiere aumentos impositivos”.

Otras voces manifiestan que los impuestos y la cultura de pago de impuestos es sinónimo de desarrollo y de cultura ciudadana, ahí podríamos quedarnos patinando ante modelos escandinavos de bienestar, donde uno podría afirmar, que la falta de cultura a favor de los impuestos, es por cuenta y gracia de que en Colombia se roban la platica. Sí señores, se roban la platica los corruptos por los que cada cuatro años votan y quienes, curiosamente ante esa “indignación ciudadana” siguen siendo los mismos o las mismas (directa o indirectamente), porque acá tienen amnesia o comen cuento de quien se ve bien en la foto o sencillamente endosan el activo más preciado de una democracia participativa, el voto,  por la ilusión de un favor clientelista.

Para mi la verdad el tema del aumento del Predial creo que está bien en cuanto a que se debe y tiene que hacer, pero aclarando que estoy en total desacuerdo en la forma, máxime cuando desde la alcaldía, esa misma que pretende un Hogar para la Vida, se utilizan sórdidos y equivocados argumentos para sostener algo, que ante la mirada silenciosa de los concejales que votaron a favor, el oportunismo de quienes se ausentaron y la valentía muda de quienes votaron en contra, se aprobó sin considerar que una ciudad es dinámica y que detrás de cada predio hay personas y familias.

Es lógico que con la transformación de ciudad y gracias además al Gobierno de la Seguridad Democrática, las propiedades en Medellín han tenido un incremento en su valor: lo que antes costaba un millón, ahora ruegue para que no pase de tres, pero vale preguntar ¿Qué tan real esa hiper-inflación inmobiliaria?, ¿Qué o quienes la ocasionan? ¿A quien favorece esa variación de precios de mercado?, ¿Quiénes invierten, lo hacen con qué propósito? …seguro si se abre un debate sobre este asunto, creo que sería objeto de más madera, que aquella que le di a la que se quería de “café”.

Ahora bien,  ¿qué cuestiono de la forma que tanto me tiene tan inconforme?

Que dicho aumento de cierta manera se realizó como siempre se realiza, sin hacer un esfuerzo mayor al simplemente categorizar sectores de la ciudad y aplicar un porcentaje de acuerdo a unos supuestos, los cuales no consideran variables distintas a la aparente capacidad o incapacidad de pago, de quienes viven ahí.

Por otra parte (y eso lo pudo haber hecho el concejo mismo), se pudo propender por un ajuste realmente innovador, al considerar entre otras cosas: si el predio es utilizado para vivienda por su propietario o si por el contrario tiene este fines de renta, ya que no es lo mismo una propiedad que significa para quienes habitan en ella, más que una manera de invertir en algo “fijo”, un sueño: aquel de ser propietarios, donde muchos de ellos no pueden liquidar su inversión (o deuda) en el corto plazo para obtener los supuestos beneficios una valorización comercial. ¿Queremos o no una ciudad de propietarios?.

En relación con la competitividad de la Ciudad “que el Intergremial manifestó que la afecta negativamente”. Es cierto, pero hay que tener en cuenta que este no es el único factor que define si una ciudad es o no competitiva (seguridad, infraestructura, nivel de educación, servicios públicos, etc). Ahora bien, digamos que en el ámbito empresarial una unidad productiva fue afectada en una cifra tal, que significa eventualmente disminuir su rentabilidad; ello puede afectar entre otras, el consumo por parte del propietario o la capacidad de inversión, y conociendo un poco más la mentalidad de muchos de nuestros empresarios (por fortuna no todos), puede significar promover la informalidad a la hora de contratar: ellos no creo que vayan a dejar que el impuesto les afecte sus excedentes.

Preocupa que una de las banderas para tocar las fibras de los contribuyentes, sea que con este aumento se van a pagar esas obras que tanto necesitamos, las cuales hoy en día sólo son proyectos, pero, y cuestionando un poco a un Editorialista de un periódico de la Ciudad: (que creo debe estresarse poco por el sobregiro y muchísimo menos al considerar toda esa pauta que le dan desde la Alcaldía) ¿En términos porcentuales que tanto aporta ese aumento en la valorización, sobre el valor total de las obras?, ¿Acaso este recaudo es de destinación específica?. La verdad, para claridad de todos,  no depende de este aumento la realización o no de las obras y creo, que con otros recaudos que han surgido en años anteriores (fotomultas), y racionalizando los gastos, se pueden tapar esos huecos presupuestales que ha creado esta administración.

Para finalizar me preocupa mucho que este papayazo (por la forma más que por el fondo) que dio el Alcalde Gaviria, sea ahora el caballito de batalla de politiqueros de toda clase de pelambre. Desde aquellos que sienten que les dieron en la cabeza, pasando por expertos que interpretan la norma para su conveniencia en medios masivos, hasta aquellos que con una sonrisa tan cálida como la tibieza de sus posiciones políticas, quieren pescar en río revuelto, en detrimento de una ciudad que requiere cohesión alrededor de un objetivo común (así nos guste o no el eslogan), ser en realidad un hogar para la vida.

Alcalde, trate de ver esta situación como una gran oportunidad, para usted, tanto para cada uno de quienes somos, así a veces no estemos de acuerdo, afectados positiva o negativamente por su Gobierno.

Claro que quiero la Paz…pero sin babero, gracias!

Cómo no querer la Paz aquellos que hemos vivido en una nación empeñada a la violencia, desde el mismo momento en el cual ni siquiera éramos un país de ese mundo “occidental” que nos venden las revistas; incluso desde cuando aquellos conquistadores Españoles, pusieron sus pies en lo que fue el primer asentamiento español en tierra continental, curiosamente en lo que es hoy llamado Golfo de Urabá.

Por supuesto y por lógica quiero la Paz,  pero no a cualquier costo y mucho menos cuando un gobierno que ha defraudado aquella confianza que le depositamos muchos de los que votamos por él,  aplica estrategias sustentadas en aterrar a los ciudadanos con un chantaje absurdo, eso sí, aclaro,  sin aquellas estrategias bárbaras del grupo narcoterrorista con el que pretende negociar, de rodillas y con babero la dignidad de toda una nación.

Es obvio que nuestro país está inmerso en una polarización malsana, una polarización donde quienes abogan por una cosa son capaces de empeñar sus principios y su criterio por sólo ganarse el punto, y de paso, ser capaces de cohonestar un proceso macabro de negociación que deprime aún más la confianza de quienes vivimos en este país.

Desde el inicio de tal proceso de negociación he tenido una sensación de indignación, propia de aquel colombiano que sin pertenecer a ninguna élite, ha comprendido que las guerrillas románticas de otro siglo e inexistentes en el actual, dejaron hace rato su legado al capitalismo en camisetas alusivas a aquel revolucionario médico argentino, pero  donde su legado “capitalista” ha sido aprovechar un nombre que no debe incluir la C de Colombia, para socarronamente expandirse en aquellos negocios mafiosos, que tanto mal le hacen al país: narcotráfico, minería ilegal, entre otros. y todo ello ante la mirada atónita de gran parte de la comunidad internacional y con el beneplácito de aquellos países que cambiaron su rumbo, hacia un populismo que permite que las rutas de tráfico de drogas pasen por su territorio.

No estoy de acuerdo con una negociación donde un gobierno es capaz de poner a toda una nación, ante propios y extraños, al mismo nivel  (y no por protocolo),  de aquel grupo conformado por vagabundos, narcos, terroristas, esclavistas, secuestradores, pedófilos, abusadores, bandidos y asesinos,  quienes lógicamente no representan los intereses de las personas desprotegidas,  porque ellos son sus victimarios o en el caso más afortunado, extranjeros que como Tanja, generan tanto fastidio en Colombia, como adeptos de ese snobismo revolucionario propio de ignorantes,  en aquellos países que son ajenos a la realidad del nuestro.

Estamos ante una negociación de apariencias,  al mejor estilo de aquellos cocteles de revista de Jet Set, donde el cinismo de quienes hacen parte de esa destemplada orquesta, pretende a través de un “engrase de medios”, que todos escuchemos un himno a la alegría, mientras cualquier persona con dos dedos de frente entiende que lo único que producen son acordes destemplados.

Una negociación que no tiene acuerdos, sino dádivas absurdas como treguas parciales, que son aprovechadas tanto por las divas de lo público, como por aquellos que se nutren de lentejas, para decir, contrario a cualquier lógica matemática: “que cumplieron porque incumplieron solo un poquito”.

Un proceso que parte de la desconfianza, al querernos hacer creer cuentos que solamente nos indignan a quienes habitamos nuestro país, pero que, con estruendosas ruedas de prensas replicadas estas en cuento medio internacional haya cabida, suenan como si mágicamente aquel lobo feróz que narra Perrault, se hubiese convertido en el lazarillo de la abuelita: sí tienen secuestrados, sí reclutan niños y sí que lo siguen haciendo, no inventen cuentos!

Ahora bien, ¿hasta dónde vamos a ser permisivos quienes pensamos en que la Paz bien, pero con sometimiento, reglas claras y sin empeñar el país? ; vamos a seguir permitiendo el maltrato a la institucionalidad (por parte de aquellos guerrilleros de civil, que magnifican hechos aislados como si fueran sistemáticos), tanto como a mucha gente de bien, donde generalizan irresponsablemente a agricultores y ganaderos, como si fueran narcos y paracos, a sabiendas que la gran mayoría ha sido victima de esos vagabundos que hoy tienen el poder de convocar reuniones tan símiles a aquellas marchas patrióticas, en salones donde quieren dar la cátedra: ”hemos reclutado, despojado y arrasado, pero nos interesan los campesinos”, ante los ojos estupefactos de organizaciones  internacionales y ONG´s cuyas burocracias socialbacanas viven de aquellos recursos que succionan del estado.

Denle más tiempo al circo de los Narcoterroristas de las Farc, para que sigan vacacionando en aquel país donde si bien pueden haber los mejores médicos para embalsamar cadáveres revolucionarios,  están los mayores ejemplos de inequidad y de subdesarrollo, propios de un modelo que fracasó en su implementación por la misma naturaleza e inclinación a los mercados que tenemos  por esencia, los humanos.

Denle más tiempo a aquel incompetente traidor, que nos ha enseñado que para él gratitud, es sinónimo de olvido…y que confianza es antónimo de coherencia!.

Para bajar la calentura… salgamos del sofá

Hace un par de meses supe por parte del Área Metropolitana del Valle de Aburrá, AMVA, sobre la restricción del llamado parrillero, con el fin de mejorar uno de los más grandes problemas que tiene Medellín y sus alrededores hoy: la inseguridad.

En dicha oportunidad, manifesté a través de mis trinos (que para algunos funcionarios y periodistas fletados son innovadoramente destemplados) mi posición al respecto, ya que el gerente del AMVA pidió a sus followers que lo hiciéramos (mejor uso dicho anglicismo, ya que “seguidores” sería matricularme tácitamente en el Coraje).

Mi posición de ese entonces, negativa hacia dicha arbitrariedad, se centraba en que con la misma se iban a afectar aquellos ciudadanos que por necesidad se transportan en una motocicleta, generando para ellos sobrecostos, y lo más grave, estigmatizando a muchas personas de bien, como si fueran un subgrupo de hampones, gatilleros y fleteros, a quienes con la implementación de dicha medida querían limitar en su accionar.

Como pasa siempre, se reunieron los alcaldes del AMVA (donde la gran mayoría son políticos y no gerentes) y de manera “unánime” aprobaron esa medida arbitraria, la cual de paso se iba a consolidar como un paliativo y distractor de una realidad que para nuestro querido alcalde, el de Medellín, no existe: una rampante inseguridad.

Al cabo de los días, con bombos y platillos propios de aquellos que están acostumbrados al juego político de las fiestas, sancochos, rifas y clientela, presentaron a principios de enero de este año, los “grandiosos” resultados al haber implementado tal medida, donde el gerente del AMVA decía lo que el pueblo quería escuchar: “mejoró ostensiblemente la seguridad”, eso sí, sin argumentos sólidos desde el punto de vista técnico, además ofreciendo como una ñapa la afirmación que “había sido un gran aporte para la movilidad” y ponían como ejemplo el éxito en uno de los 10 municipios que conforman el AMVA: Barbosa, donde sólo se concentra menos del 5% de la población total del Área Metropolitana. Válgame Dios, unas frases y unas afirmaciones dirigidas y de paso asentidas por aquellas personas, que, o están comiendo de la administración su ración de lentejas o “tragan entero”, tanto como la mayoría de aquellos que votan por internet por cuanto concurso “chimbo” se inventan.

El caso es que hoy deciden, por unanimidad, extender por seis meses más la medida, ampliándola además en dos horas, argumentando cosas que no se soportan en datos ciertos, sólo considerando que la medida se aplicó en una época donde las circunstancias no son las que se promedian en un año.

Sigo pensando que es una medida arbitraria y mediocre, que a su paso estigmatiza a muchas personas que usan su moto por necesidad, atribuyéndose de paso el AMVA competencias (en Medellín) de una secretaría de Gobierno acéfala e inoperante. Igual, para nadie es un misterio que los delincuentes, a la hora de hacer sus fechorías, no respetan las normas (y de eso hay muchas fotos).

Me preocupa que en lugar de hacer de Medellín y el AMVA un hogar para la vida, estemos aprovechando el terror generalizado que sienten (sentimos) algunos ciudadanos por aquellos “Byrons en Calimatic”, etiquetando desde lo más alto de los gobiernos locales y sin lugar a defensa, como delincuentes y temerarios a motociclistas (por necesidad y no por placer) con sus acompañantes.

Ojalá en estos seis meses se implementaran acciones y programas para aquello que realmente puede mejorar la rampante inseguridad, los tacos inmarcesibles y el transporte público…. pero la verdad, con tanta mediocridad y facilismo, no creo.

Para finalizar: dice el secretario de Movilidad que estudian la posibilidad de establecer sobre la actual malla vial, carriles exclusivos para el servicio público en Medellín… ¡qué adefesio!; sin un SIT y sin ampliar las rutas de Metroplús, hacerle el favor a los buseros del AMVA (sí, aquellos mismos que prestan los buses en elecciones y financian campañas), para que luego, cuando se quiera recoger la piola y sacar con el innovador pero poco expandido Metroplús a los destartalados buses, de transportadores, los mismos tengan una mejor posición negociadora, claramente fortalecida por el facilismo de una administración que prefiere, como dice el dicho “vender el sofá para solucionar la calentura”.