La ignorancia es atrevida. Pero cuando además tiene micrófono, seguidores y la capacidad de convertir la vulgaridad en una supuesta forma de rebeldía, deja de ser solamente atrevida y empieza a ser peligrosa.
Buena parte de esos influenciadores, humoristas y opinadores no solo pescan en el resentimiento de la gente rota por dentro. Ellos mismos parecen construidos desde sus propias fracturas, y no hace falta jugar al psiquiatra para advertirlo. Basta observar la obsesión con el enemigo, la necesidad permanente de humillar, el desprecio por quien piensa distinto, la incapacidad de reconocer el mérito ajeno y esa urgencia de convertir cada conversación en una revancha personal contra el mundo.
No transmiten serenidad, transmiten rabia; no ofrecen ideas, ofrecen culpables, y tampoco invitan a superar la frustración, sino que enseñan a cultivarla como si vivir permanentemente ofendido y victimizándose, fuera una forma superior de conciencia. Estos personajes, con o sin un personaje en el cual escudan su miserable comportamiento, han encontrado en sus propias heridas, frustraciones y momentos de dificultad, así sean solo parte de su universo creativo, un modelo de negocio. En lugar de resolver lo que tanto les indigna lo exhiben con cierto amaño y lo monetizan frente a una audiencia a la que convencen de que sanar, progresar, admirar a alguien o asumir alguna responsabilidad sobre la propia vida equivale a traicionar al grupo, o a quien les asesora desde un pedestal moral.
Viven de la simplificación, de hacer creer que pensar demasiado es sospechoso, que argumentar es propio de una élite desconectada, que expresarse con altura es una exhibición de privilegio y que cualquier discusión puede resolverse a punta de hijueputazos, malparidazos y carcajadas. La grosería funciona como una cortina bastante útil: cuando no hay profundidad, se sube el volumen; cuando no hay argumento, se insulta, y cuando no hay demasiado talento, se vende la chabacanería como autenticidad.
No tengo ningún problema con algunas malas palabras, que también uso y a veces con particular entusiasmo. El problema no es el hijueputazo, sino su conversión en sustituto del pensamiento; no es la grosería ocasional, sino esa forma de comunicación en la que todo comienza y termina en el insulto, mientras una audiencia confundida, o tal vez que solo hace parte de la cultura del sold out, celebra como valentía e irreverencia lo que muchas veces no es más que incapacidad para transmitir o sostener una idea.
Han instalado, además, una trampa bastante eficaz. Cualquier persona que estudie (no neecsariamente hablo de títulos), que cuide las formas, que tenga disciplina, que valore la cultura y lo que ha hecho grande a occidente, o que simplemente se niegue a revolcarse en la mediocridad y en lo masivo puede ser inmediatamente descalificada como pinchada, gomela, elitista o privilegiada. No importa de dónde venga, cuánto haya trabajado ni cuántas dificultades haya tenido que superar sin publicitarlas; basta con que aspire a algo mejor para que sea presentada como enemiga del pueblo, representante de una élite o beneficiaria de algún privilegio que, curiosamente, nunca necesita ser demostrado.
El gran truco de las Agendas de la Izquierda Progresista Radical ha sido convencer a la sociedad de que la altura pertenece a una clase social, como si la educación, la urbanidad, la cortesía, el conocimiento, la belleza, el esfuerzo y el deseo de progresar fueran propiedades privadas de aquellos que señalan como ricos, y como si lo popular tuviera que ser necesariamente vulgar, ruidoso, resentido y enemigo de cualquier forma de excelencia.
Eso sí es profundamente clasista: asumir que a la gente humilde solamente se le puede hablar desde la grosería, el reggaeton moral, la caricatura y la rabia; suponer que el barrio no puede aspirar a la belleza, al conocimiento, a una buena educación o a una vida distinta, y convertir la precariedad cultural en identidad, mientras cualquier intento por superarla es presentado como una traición de clase.
Quienes realmente miran por encima del hombro a la gente humilde son aquellos convencidos de que para representarla hay que hablar peor, rebajar las ideas y confirmar todos los vicios que la mantienen atrapada. Como si una persona de barrio no pudiera apreciar la música real, leer un libro que edifique el alma, expresarse bien y con educación, cuidar sus modales, tanto como lo propio y ajeno, admirar la excelencia o querer que aquellos a quienes quieren lleguen más lejos. Como si elevarse fuera abandonar a los suyos y no, precisamente, abrirles un camino distinto.
Con todo esto, recuerdo que la Revolución bolchevique también se alimentó de esa lógica. Una minoría organizada consiguió apropiarse del lenguaje del pueblo, fabricar enemigos y convertir la frustración en combustible político. No eran la mayoría absoluta de ninguna sociedad iluminada que hubiese decidido, de manera espontánea, entregar su libertad a cambio de una tiranía; eran un grupo tan resentido como disciplinado, capaz de presentar su proyecto como la única interpretación legítima del sufrimiento colectivo y de convertir cualquier oposición en prueba de traición.
Prometieron libertad y construyeron miedo, prometieron igualdad y levantaron una nueva élite, más voraz, hipócrita y arrogante que aquella que decían combatir. Prometieron cambio, pero sucumbieron ante sus propios y desproporcionados vicios. Mientras millones perdían su propiedad, su libertad, su dignidad y, en muchos casos, la vida, quienes hablaban en nombre de los desposeídos se hartaban de poder, privilegios y de todo aquello que supuestamente habían llegado a destruir.
La historia cambia de vestuario, pero rara vez abandona sus mañas. Primero se divide a la sociedad entre víctimas y culpables, después se convierte el resentimiento en virtud, luego se presenta la destrucción como justicia y, cuando alguien pregunta por la libertad, ya suele ser demasiado tarde.
En Medellín podemos verlo sin atravesar océanos ni desempolvar archivos soviéticos. Sólo vayamos a esa alcaldia donde empezaron el proceso de nivelar por lo bajo, sí, aquella del eterno candidato presidencial. Llevamos años normalizando la parcerización del lenguaje, la celebración de la chabacanería y la cultura del chirrete, hasta convertirlas en una especie de paisaje emocional, en un fenómeno de culto que nadie se atreve a cuestionar por miedo a ser llamado clasista, gomelo o desconectado de la realidad.
Nos hicieron creer que hablar bien era creerse más que los demás, que tener modales era una impostura, que apreciar la cultura era cosa de privilegiados y que aspirar a una vida distinta equivalía a renegar del barrio. El resultado es una ciudad que corre el riesgo de confundir identidad con caricatura, cercanía con vulgaridad y orgullo popular con la obligación de celebrar todo aquello que alguna vez debió superar.
Y no. El problema no es el barrio, ni el acento, ni la calle, ni la gente que viene de abajo. El problema es romantizar aquello que mantiene a la gente abajo.
La cultura del dinero fácil, del atajo, del vivo, del traqueto convertido en referente y del influencer que confunde grosería con lucidez jamás podrá producir altura ni bienestar para todos. Podrá esta producir ruido, fama, carros rimbombantes, cadenas doradas, conciertos llenos y millones de reproducciones; lo que no puede producir es una sociedad libre, educada, responsable, con instituciones fuertes y oportunidades duraderas.
Lo más triste es que esa forma de nivelar por lo bajo ya no pertenece únicamente a ciertos humoristas, influenciadores o dirigentes políticos. Se volvió trendy, llegó al mercadeo y terminó seduciendo a marcas al parecer muy queridas por la gente; marcas orgullosamente conectadas con los jóvenes, que parecen haber concluido que un fucking cuidadosamente estampado es suficiente para demostrar cercanía, irreverencia y modernidad.
Conozco la teoría: que así habla la gente, que los jóvenes se identifican con el parlache, que una marca debe sonar auténtica y que la grosería, bien administrada, produce empatía. Puede ser. Pero también cabe preguntarse en qué momento conectar con una generación empezó a significar hablarle peor, como si los jóvenes fueran incapaces de responder a algo que no viniera envuelto en chabacanería, o como si la única manera de resultar cercanos consistiera en imitar aquello que las redes ya repiten hasta el cansancio.
No es la palabra fucking la que me preocupa. Me preocupa el razonamiento que existe detrás, la idea de que para vender más hay que rebajar el lenguaje, atropellar la estética y acomodarse a una audiencia supuestamente emborrachada de mediocridad, en vez de ofrecerle algo que la desafíe, la inspire o al menos no la trate como si solamente reaccionara al ruido.
¿Será posible volver a construir mensajes aspiracionales, no esos que venden vidas perfectas, cuerpos imposibles y carros que nadie puede comprar, sino aspiracionales en el sentido de invitar a ser mejores, a pensar mejor y a elevar el estándar de lo que admiramos? ¿O terminaremos aceptando que, por cuenta de la diversidad, la equidad, la inclusión y la obsesión empresarial por parecer cercanos, hasta compañías como Bancolombia acabarán parcerizando todavía más sus campañas, sacrificando cualquier cuidado estético y hablándonos como si una cuenta de ahorros necesitara tratarnos de “parceros” para demostrar que entiende el país?
Tal vez entonces aparecerá alguna consultoría tan disruptiva como vende humo, con una presentación impecable y suficientes anglicismos, a explicarnos que la vulgaridad es autenticidad, que la belleza excluye, que hablar correctamente reproduce privilegios y que pedir altura constituye una forma de violencia simbólica. Cuando algo se nivela por lo bajo, casi siempre aparece un experto dispuesto a bautizarlo como progreso.
Cuando una sociedad convierte sus heridas en identidad, la vulgaridad en virtud y el resentimiento en programa político, termina despreciando todo aquello que podría elevarla. Y mientras esos nuevos mercaderes de la rabia se llenan los bolsillos, acumulan seguidores, venden camisetas y se presentan como portavoces del pueblo, la gente a la que dicen representar continúa exactamente donde estaba: más resentida, más confundida y mucho más fácil de manipular.
Una sociedad no se eleva celebrando lo peor de sí misma, sino aprendiendo a admirar lo mejor. Si hasta las marcas, las empresas y quienes todavía tienen la posibilidad de elevar la conversación deciden arrodillarse ante la chabacanería porque produce más clics, empatía y ventas, entonces el negocio del resentimiento habrá conseguido algo todavía más grave que conquistar la política: habrá logrado convencernos de que aspirar a algo mejor es motivo de vergüenza.