La ingeniería narrativa

Hay artículos que terminan hablándonos menos del tema que anuncian en su título y mucho más de la época en la que fueron escritos. Hace unos días leí en The Spectator World un ensayo de Michael Gibson titulado The Rise of Palantir Derangement Syndrome, que podría traducirse como “El auge del síndrome de trastorno por Palantir”. La tesis del autor gira alrededor de Palantir Technologies, una empresa estadounidense fundada en 2003 por Peter Thiel y otros socios, dedicada al desarrollo de plataformas que integran y analizan enormes cantidades de información para que gobiernos, organismos de seguridad, sistemas de salud y grandes organizaciones puedan identificar patrones complejos y tomar decisiones. Gibson sostiene que, para una parte del debate público occidental, Palantir ha dejado de ser una empresa tecnológica que debe ser evaluada por sus contratos, sus resultados, sus límites y sus riesgos, para convertirse en un símbolo sobre el cual se proyectan prácticamente todos los temores contemporáneos: vigilancia masiva, autoritarismo, inteligencia artificial, inmigración, militarización, Israel o Donald Trump. Cada nueva noticia termina interpretándose como una confirmación de la misma historia.

Mientras avanzaba en la lectura, dejé de pensar en Silicon Valley y empecé a pensar en Colombia. No porque exista equivalencia alguna entre Palantir y nuestra realidad política, sino porque el artículo me permitió identificar un fenómeno que también aparece con frecuencia en nuestro debate público, particularmente en ciertos espacios de opinión. La diferencia es que aquí el problema no consiste únicamente en interpretar todos los hechos desde un mismo marco ideológico. Comienza un paso antes, cuando el relato se construye de tal manera que al lector apenas le queda espacio para llegar a una conclusión distinta de aquella que el autor había escogido desde el principio.

No encontré un nombre mejor para ese procedimiento que ingeniería narrativa.

Utilizo deliberadamente esa expresión porque describe un método sin necesidad de presumir mala fe. No estoy hablando de inventar documentos, fabricar pruebas o falsificar testimonios. Eso sería demasiado rudimentario y, además, relativamente sencillo de descubrir. La ingeniería narrativa opera de una manera bastante más sofisticada. Parte de elementos auténticos, verificables y muchas veces relevantes. Un documento verdadero, una fotografía verdadera, una declaración verdadera, una decisión judicial verdadera, una coincidencia cronológica o una analogía histórica pueden ser suficientes. El problema no reside en la autenticidad de cada pieza, sino en la arquitectura que termina uniéndolas y en el significado que esa composición pretende imponer sobre el conjunto.

Siempre me ha parecido que un rompecabezas explica mejor este fenómeno que cualquier tratado de comunicación. Pensemos en varias cajas producidas por la misma fábrica, con piezas hechas del mismo cartón y cortadas con el mismo troquel, de modo que todas pueden encajar entre sí aunque correspondan a imágenes distintas. Si alguien mezcla esas fichas y arma el tablero mirando únicamente el reverso, todo parecerá impecable: ninguna pieza sobra, ninguna unión se fuerza y el rompecabezas queda completo. El engaño aparece al voltearlo. Entonces se descubre que, aunque cada ficha era auténtica y todas ajustaban perfectamente, la imagen final no corresponde a ninguna de las que venían en las cajas originales. El problema no estaba en las piezas, sino en haberlas combinado de tal manera que produjeran una escena nueva, coherente en su forma, pero falsa en su significado.

La columna que Ana Cristina Restrepo publicó en El Espectador sobre la masacre de El Aro constituye, a mi juicio, uno de los ejemplos más acabados de ese procedimiento. Nadie con un mínimo de decencia puede desconocer la atrocidad de aquellos hechos, relativizar el sufrimiento de las víctimas o negar la obligación de preservar su memoria. Precisamente por la enorme fuerza moral de esa tragedia, el cuidado con que se organizan testimonios, antecedentes, acusaciones, actuaciones judiciales y referencias políticas debería ser todavía mayor. Sin embargo, cuando todos esos elementos terminan dispuestos dentro de una misma secuencia, la fuerza indiscutible de la masacre puede extenderse sobre controversias actuales y responsabilidades todavía discutidas, como si cada una de las piezas reunidas compartiera el mismo valor probatorio y condujera necesariamente a una sola lectura.

Ese es el punto donde recordar una tragedia y utilizarla para ordenar moralmente el presente empiezan a confundirse. La memoria deja de ser únicamente una herramienta para comprender lo sucedido y se convierte en una plataforma desde la cual se distribuyen culpas, se establecen continuidades políticas y se clasifica a los actores contemporáneos. El lector ya no recibe únicamente información sobre El Aro, sino una ruta cuidadosamente construida para que el peso moral de las víctimas acompañe cada asociación posterior. La columnista no necesita formular todas las conclusiones de manera expresa, porque la propia arquitectura del texto ha sido diseñada para que el público termine completándolas.

Ana Cristina Restrepo no es un caso aislado. El problema es más amplio: una parte del periodismo colombiano ha adoptado una forma de contar los hechos en la que primero se define quiénes son los buenos, quiénes son los culpables y cuál debe ser la conclusión, y solo después se organiza la información para sostener esa lectura. Por eso el mismo mecanismo aparece en distintos medios y con distintos protagonistas. Cambia el nombre del columnista, cambia el programa y cambia la noticia, pero se repite la misma práctica: la investigación deja de abrir preguntas y empieza a confirmar una respuesta que ya estaba decidida.

Ese procedimiento puede reconocerse, con distintos grados y matices, en espacios como Los DanielesLa Silla VacíaEl Espectador, algunos segmentos de Blu Radio, particularmente aquel conducido por Camila Zuluaga, ciertos programas de Caracol Radio (la otrora W) y otros medios que parecen haber desdibujado la frontera entre informar, interpretar y persuadir. No afirmo que toda su producción responda al mismo molde ni que cada periodista actúe de idéntica manera. Sería cometer precisamente el error que critico. Lo que sostengo es que en esos escenarios aparece con preocupante frecuencia una forma de construir la realidad en la que los hechos son seleccionados, jerarquizados y conectados de acuerdo con un marco moral que ya venía definido.

La diferencia resulta esencial para entender uno de los desafíos más complejos del periodismo contemporáneo. Durante décadas discutimos cómo combatir la desinformación y las noticias falsas. Hoy el problema parece bastante más sofisticado. Una narración puede estar construida exclusivamente con hechos verdaderos y, aun así, conducir al lector hacia una interpretación que no constituye la única explicación razonable de esos hechos. La fuerza persuasiva ya no proviene de la falsedad, sino de la selección, del orden, de las omisiones y de la relación que se establece entre elementos cuya autenticidad nadie discute.

Eso obliga a recuperar una distinción que el buen periodismo siempre entendió. Investigar no consiste únicamente en reunir información. Consiste también en reconocer el alcance de cada dato, distinguir entre lo probado y lo sugerido, separar una hipótesis de una conclusión y resistir la tentación de llenar con intuiciones los vacíos que la evidencia todavía no alcanza a cubrir. La prudencia intelectual nunca fue una señal de debilidad; fue una condición indispensable para preservar la credibilidad del oficio.

Recuerdo la serie de cinco entregas con la que Ana Cristina Restrepo se la dedicó a Andrés Pastrana entre febrero y mayo de 2026. Y digo que se la dedicó en el sentido más coloquial de la expresión. Un expresidente debe responder por sus relaciones, sus viajes y sus decisiones; nadie pretende eximirlo de preguntas incómodas. El problema aparece cuando fotografías, correos, registros de vuelo, preguntas formuladas en diligencias judiciales, silencios y asociaciones con el príncipe Andrés se organizan dentro de una misma secuencia hasta producir una impresión de culpabilidad mucho mayor que aquello que cada pieza demuestra por separado. Una pregunta no es una prueba, el silencio no equivale a una confesión y aparecer en un registro de vuelo no demuestra participación en los delitos de otros. Sin embargo, al juntar todas esas piezas, construyó una atmósfera en la que la sospecha terminó ocupando el lugar de la demostración. Ahí el periodismo empieza a parecerse a la justicia mediática: no dicta la condena, pero organiza el relato para que sea el lector quien lo haga.

Algo semejante ocurrió el 14 de junio de 2026, cuando decidió llamar “camisas negras” a Abelardo de la Espriella y a José Manuel Restrepo, a quienes incluso calificó como los camicie nere criollos, para rematar su columna con una exhortación tan elocuente como reveladora: “Votar con libertad: siempre, ¡pero nunca por fascistas!”. Los camicie nere no fueron una figura literaria para describir campañas de tono fuerte ni una metáfora disponible para todo proyecto político conservador que incomode a una columnista. Fueron las escuadras de choque del fascismo italiano, responsables de intimidación, persecución y violencia organizada contra los adversarios. Trasladar semejante carga histórica sobre dos candidatos que participaban en una contienda democrática exigía una demostración doctrinal, institucional y práctica de enorme rigor. En cambio, bastó acomodar algunos rasgos retóricos bajo el molde del Ur-Fascismo de Umberto Eco para convertir una analogía en una sentencia. Eso no fue una lección de historia; fue otro ejercicio de ingeniería narrativa.

Lo verdaderamente preocupante es que este mecanismo ya se volvió predecible. Para una parte de esa intelectualidad, todo aquello que huela a conservadurismo, reivindique la autoridad, defienda la ley y el orden, cuestione las agendas identitarias o simplemente no comparta los postulados de la Izquierda Progresista Radical termina siendo catalogado, con una irresponsabilidad proporcional al tamaño de sus propios egos, como «extrema derecha», «fascismo» o una amenaza para la democracia. El debate deja entonces de girar alrededor de las ideas y pasa a consistir en etiquetar al contradictor con la categoría histórica más infamante disponible. El problema es que cuando todo termina siendo fascismo, el fascismo deja de explicar una experiencia totalitaria concreta y se convierte simplemente en un mecanismo para deslegitimar al adversario. Esa no es una contribución al debate democrático. Es la renuncia a sostenerlo.

Lo preocupante es que esta forma de hacer periodismo no nació en Colombia, pero aquí se está adoptando casi como un copy-paste de las guerras culturales de Estados Unidos y Europa. Por una mezcla de esnobismo intelectual, necesidad de parecer cosmopolitas y fascinación por todo aquello que llega empacado desde universidades, fundaciones y grandes medios extranjeros, una parte de nuestra intelectualidad importa las Agendas de la Izquierda Progresista Radical, junto con sus etiquetas, sus enemigos y sus preocupaciones primermundistas, como si pudieran trasladarse sin adaptación alguna a un país con las urgencias de Colombia. Terminamos discutiendo con enorme solemnidad los traumas culturales de sociedades ricas, mientras aquí siguen pendientes problemas bastante menos elegantes, como el hambre, la informalidad, la inseguridad, la educación deficiente, la corrupción y la incapacidad del Estado para prestar servicios básicos.

Esa importación automática termina obligando a leer nuestra historia, nuestras instituciones y nuestros conflictos con categorías diseñadas para realidades muy distintas. El periodista deja entonces de acompañar al lector en la comprensión de un país complejo y empieza a actuar como arquitecto de una historia cuya conclusión ya estaba definida. Los hechos siguen siendo importantes, pero principalmente cuando sirven para reforzar el relato; aquello que no encaja se minimiza, se relega o desaparece.

El problema se vuelve todavía más grave cuando esas narraciones utilizan tragedias colectivas, violaciones de derechos humanos o víctimas reales como parte de la disputa política. Esos hechos exigen memoria, justicia y reparación, pero precisamente por su enorme peso moral no deberían convertirse en atajos argumentativos ni en escudos contra cualquier cuestionamiento. Recordar es un deber; utilizar la memoria para cerrar la discusión es otra cosa.

Las víctimas merecen justicia para poder reconstruir sus vidas y dejar de ser definidas únicamente por aquello que les hicieron. Sin embargo, una parte de la intelectualidad contemporánea parece encontrar mayor utilidad política en la víctima permanente que en la persona que logra rehacer su existencia. La primera sostiene relatos, instituciones y posiciones de autoridad moral; la segunda reduce la necesidad de quienes hicieron de hablar en su nombre una forma de presencia pública.

El gran desafío del periodismo ya no consiste solamente en combatir noticias falsas. También debe impedir que la ingeniería narrativa sustituya a la investigación y que la selección interesada de hechos termine reemplazando el esfuerzo por comprenderlos. Las democracias no necesitan periodistas que repartan certificados de virtud y de culpa, sino profesionales capaces de aceptar que la realidad suele ser más incómoda, contradictoria y desordenada que las agendas importadas con las que algunos pretenden explicarla.

Esa fue, al final, la lección que me dejó el artículo sobre Palantir. Las piezas pueden ser verdaderas, encajar perfectamente y completar el tablero sin dificultad; pero si al voltearlo la imagen no se parece a la de ninguna de las cajas originales, ya no estamos frente a una investigación que reconstruyó la realidad, sino frente a una arquitectura que logró reemplazarla.

Del hombre blanco al cadáver del Estado

Hay una patología intelectual bastante extendida en cierta élite colombiana: mirar al resto del país por encima del hombro y confundir esa pose con lucidez. No es consecuencia de estudiar en el exterior, hablar inglés, francés o alemán, ni mucho menos de conocer, o pretender entender, debates internacionales. El problema aparece cuando ciertas angustias del primer mundo se importan como si fueran prioridades universales y se aterrizan, sin traducción ni contexto, sobre un país que todavía pelea por resolver asuntos bastante menos sofisticados y bastante más urgentes: pobreza, seguridad, autoridad, empleo, justicia, energía, infraestructura y presencia efectiva del Estado.

Esa es, en buena medida, la lógica de las Agendas de la Izquierda Progresista Radical. Llegan con lenguaje terapéutico, tono académico y superioridad moral incorporada de fábrica. No explican el país: lo corrigen; no escuchan al ciudadano: lo diagnostican; no discuten al contradictor: lo patologizan. Lo hemos visto durante años en ciertos sectores del periodismo, la academia y la opinión pública, con esa costumbre tan colombiana de posar de sofisticación moral mientras se desprecia al ciudadano que no habla con las claves correctas.

Un ejemplo ayuda a entender el fenómeno. En Estados Unidos, el famoso white guilt, la culpa blanca, surgió de una historia concreta de esclavitud, segregación y discriminación racial. Pero hace mucho dejó de ser únicamente una reflexión histórica para convertirse también, según autores como Thomas Sowell, en una herramienta política y cultural utilizada para administrar culpas colectivas, movilizar identidades y justificar políticas cuyos resultados sobre las mismas comunidades que buscaban beneficiar siguen siendo objeto de debate. Uno podrá compartir o no esa tesis, pero al menos existe una discusión intelectual seria detrás de ella; lo absurdo comienza cuando algunos sectores de nuestras élites importan ese paquete ideológico completo y lo aplican sobre Colombia como si Medellín fuera Berkeley con montañas y como si Antioquia pudiera entenderse utilizando exactamente la misma plantilla moral de un campus de la Ivy League.

Ahí es donde el periodismo empieza a perder el oficio y el activismo empieza a ocupar su lugar. Para efectos de esta columna, Ana Cristina Restrepo se convirtió recientemente en un ejemplo particularmente ilustrativo de esa deriva, no porque sea la única ni mucho menos la más importante, sino porque en apenas unas semanas dejó tres fallas argumentales muy claras. Y por eso hablo de strikes: no como adorno deportivo ni como chiste gratuito, sino porque en tres turnos distintos al bate intentó hacer análisis público y terminó abanicando frente a la realidad. Uno puede equivocarse una vez. Puede incluso rozar la bola y quedar en foul. Pero cuando el patrón se repite, el problema ya no es el accidente sino el método.

El primer strike argumental fue José Manuel Restrepo. Estamos hablando de un economista, académico, exministro, rector universitario y doctor de la Universidad de Bath; una figura perfectamente discutible en el terreno político, a quien se le podía debatir su gestión, sus decisiones, su visión económica, su paso por el Ministerio de Hacienda o su papel dentro del nuevo gobierno. Pero Ana Cristina eligió otro camino: “hombre blanco neoliberal”.

Posteriormente explicó que aquello no era una opinión sino una descripción, y ahí está precisamente el punto. Claro que “hombre” y “blanco” son descripciones si uno está diligenciando una encuesta demográfica o un formulario estadístico. Pero cuando esas categorías se utilizan para presentar políticamente a una persona, dejan inmediatamente de ser neutrales. En el lenguaje contemporáneo de estas agendas, “hombre blanco” rara vez significa simplemente hombre blanco: significa privilegio, sospecha, poder heredado y pecado original identitario; significa que antes de escuchar una sola idea ya se decidió quién ocupa el banquillo moral y quién recibe el beneficio de la duda.

No era una descripción neutra, sino una valoración política presentada como si fuera una ficha técnica. Y el contraste resulta todavía más claro si se mira el debate político reciente: mientras algunos sectores celebran fórmulas construidas alrededor de la corrección política lastimera, de la cuota identitaria y de la apelación emocional a las causas sociales, Abelardo de la Espriella eligió a José Manuel Restrepo por competencia, trayectoria y capacidad técnica. Esa diferencia es precisamente la que incomoda a quienes prefieren leer la política como catálogo de identidades y no como discusión sobre gobierno.

El segundo strike argumental llegó con la reacción frente al triunfo de Abelardo de la Espriella y, particularmente, con la manera como Ana Cristina Restrepo decidió interpretar las celebraciones en Antioquia, en conversación con Camila Zuluaga en Blu Radio. Conviene recordar el contexto: en ese momento no existía todavía gabinete, no se conocían ministros, no se había anunciado buena parte del equipo de gobierno y ni siquiera se había abierto una discusión seria sobre políticas públicas concretas. Lo único que había ocurrido era una elección y la celebración de quienes habían ganado esa elección.

Sin embargo, Ana Cristina escogió leer esa celebración como una evocación de los años ochenta, de cargamentos y de narcotráfico. Y ahí el problema no es solo la frase. Es la necesidad de traducir una alegría democrática incómoda al lenguaje moralmente aceptable del roscograma intelectual: si gana alguien que no les gusta, la victoria no puede ser simplemente política; tiene que tener un olor oscuro, mafioso, atrasado o vergonzante.

Esa comparación, hecha ante Camila Zuluaga, sonó menos a análisis y más a guiño para congraciarse con esa intelectualidad activista que ya sabemos cómo opera. Ahí caben, cada uno con su estilo y su parroquia, Daniel Coronell, Félix de Bedout, Alejandro Gaviria, Héctor Abad Faciolince, Rodrigo Uprimny y varios más. Cuando la ciudadanía vota por proyectos cercanos a sus sensibilidades, aparecen las palabras democracia, esperanza, ciudadanía y cambio. Cuando vota distinto, aparecen inmediatamente los fantasmas del miedo, del autoritarismo, del narcotráfico y del atraso cultural.

Yo sí recuerdo la Medellín del miedo, la Medellín de las bombas, de las rutas cambiadas y de las familias aprendiendo a vivir calculando riesgos. Precisamente por eso me parece profundamente injusto convertir una celebración democrática en referencia automática a la criminalidad. No todo lo que incomoda a ciertas élites culturales es mafia; a veces es simplemente una región votando distinto y negándose a pedir permiso para existir políticamente.

Y lo más curioso es que esa severidad moral casi nunca opera en sentido contrario. Los mismos que encuentran asociaciones rápidas entre la derecha y lo peor de nuestra historia suelen volverse extraordinariamente cuidadosos con el lenguaje cuando se trata del viejo mundo subversivo que tanto daño le hizo al país. Ahí aparecen los contextos, las complejidades, las causas estructurales y toda la compasión semántica disponible.

Después vino un foul el 30 de junio, y conviene llamarlo así para no exagerar. En una conversación sobre la posibilidad de que Iván Duque fuera embajador en Washington apareció la duda sobre si sería el primer expresidente colombiano en ocupar ese cargo. No lo sería: Andrés Pastrana ya ocupó esa posición durante el gobierno de Álvaro Uribe. Todos podemos olvidar un dato histórico o confundirnos al aire; por eso no lo cuento como strike, sino como foul. Pero incluso los fouls dicen algo cuando el turno al bate ya viene complicado, sobre todo cuando el debate ocurre después de años de nombramientos diplomáticos donde tantas veces pareció importar más la señal identitaria, la cuota correcta o el símbolo adecuado que la experiencia, la idoneidad o los resultados.

El tercer strike argumental llegó el 2 de julio. Criticando el proceso de empalme del nuevo gobierno, Ana Cristina explicó que la auditoría forense tendría sentido únicamente frente a un cadáver y que, como el Estado colombiano no estaba muerto porque había democracia y un nuevo presidente elegido, hablar de auditoría forense sería un exceso retórico. La tesis merece reconocimiento por original: según esa lógica, la informática forense solo podría practicarse sobre computadores enterrados, la contabilidad forense sobre balances con velorio y la ingeniería forense sobre edificios con certificado de defunción.

Una auditoría forense no es medicina legal. No necesita camilla, sábana blanca ni dolientes; necesita contratos, documentos, trazabilidad, registros y evidencia. Lo forense, en este contexto, no significa cadáver, sino reconstrucción probatoria. Y precisamente porque existe democracia debe existir rendición de cuentas. La alternancia en el poder no es una amnistía contable: los Estados vivos se auditan; los muertos ya no responden.

Aclaro, antes de que aparezca una nueva modalidad de victimización beisbolística, que hablar de dos strikes, un foul y un tercer strike no constituye censura, persecución ni ataque a la libertad de prensa, como ella suele decir cuando alguien tiene la forma y el fondo para exponer su pseudoperiodismo. Es simplemente una metáfora deportiva para señalar fallas argumentales, o, si se prefiere utilizar la terminología ya conocida, una descripción. Porque el problema nunca fue que Ana Cristina Restrepo critique a la derecha; tiene todo el derecho a hacerlo. El problema aparece cuando el periodismo empieza a parecerse demasiado al activismo y el análisis empieza a ceder terreno frente al libreto moral previamente escrito.

En el fondo, los tres strikes muestran exactamente la misma operación intelectual: a José Manuel Restrepo no se le discute, se le clasifica; a Antioquia no se le escucha, se le sospecha; y a la auditoría forense no se la entiende, se la manda para Medicina Legal. Ese es el recorrido completo, del hombre blanco al cadáver del Estado.

El turno terminó, aunque probablemente no faltará la explicación posterior, porque en ciertos sectores del activismo contemporáneo existe una curiosa asimetría: resulta perfectamente legítimo etiquetar, caricaturizar y simplificar al contradictor, pero responder esas etiquetas suele interpretarse inmediatamente como agresión, persecución o intolerancia. La crítica, sin embargo, sigue siendo parte de la conversación democrática, y esta vez no hizo falta umpire: el argumento se ponchó solo.

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Mientras lo público no nos interese, los «gallos» seguirán cantando.

Leía hace unas pocas horas una noticia económica bastante escandalosa: la corrupción le cuesta a la Unión Europea al menos 120 Billones de Euros al año, es decir, casi dos veces el presupuesto general que tenemos en Colombia para la vigencia 2014 (el cuál ronda con tasas de cambio a hoy los 72 Billones de Euros).

La cuestión es que según el informe, la comisionada de la Unión Europea Cecilia Malsmtrom, manifiesta su preocupación al ver que la corrupción está de cierta manera tomando aire, afectando la confianza en los gobiernos y generando a su vez una erosión en las democracias.

Estos fenómenos son de cierta manera conocidos por todos, o al menos así lo demuestra los resultados de una encuesta realizada a ciudadanos comunitarios, en la cual resulta bastante preocupante la alta la percepción de como la corrupción les afecta su diario vivir.

Destaca el informe cosas que incluso podríamos decir que están siempre presentes en Colombia:

– Que la platica se va, en ocasiones a financiar partidos políticos (mermelada).

– Que los riesgos son mayores en los niveles local y regional (politiquería y clientelismo).

– Que gran parte de la misma se da en aquellos procesos de adquisición de bienes (carruseles).

…Pero si por allá llueve, por acá no escampa!

Casi paralelamente a la noticia de la corrupción rampante y bastante onerosa en la Unión Europea, leía con detenimiento en la prensa local de Medellín, las declaraciones de nuestro Alcalde Ánibal Gaviria, en relación con un exfuncionario que todo parece indicar estaba haciendo negocios bien sabrosos, aprovechando su cargo como Secretario de Obras Públicas de Medellín: presionando la compra de lotes sobrevalorados que no se necesitaban, con un agravante adicional: tratando al parecer de enjuagar antecedentes de la dudosa procedencia de algunos de ellos.

Que tristeza me dá ver que los fenómenos de corrupción en nuestro país se han vuelto parte de ese paisaje macondiano ante el cual la mayoría se han acostumbrado (creo que ya todos saben conjugar mermeladear, sin ningún tipo de desparpajo), donde a la gente le importa cinco saber y repetir que en el sector público muchos de los que están, lo hacen por sacar beneficios personales, sin considerar que gran parte de la corrupción surge por iniciativas de muchos empresarios privados quienes quieren sacar ventaja de la falta de ética y la ambición propia aquellos que llegan a la vida pública de carambola o porque nunca tuvieron las capacidades y las competencias para conseguirse un puesto por cuenta propia en una empresa privada.

Ahora bien, apuesto que «ah garrote» le van a empezar a dar al Alcalde Aníbal, empezando por el ex, quien tildó como buen periodista esta situación como el «Gallogate». pero vale la pena preguntar ¿acaso aquel destituido e inhabilitado personaje actuó de manera similar cuando siendo funcionario muchos escándalos se dieron?;¿hablará acaso con la misma vehemencia del «MaoGate», del «HoracioGate» o del «FreddyGate»?

La verdad sea dicha, aquí y en cafarnaúm los nombramientos de la mayoría de los gabinetes locales y regionales tienen todo menos de técnicos, por más que muchos de aquellos neopolitiqueros quienes se creen dueños exclusivos de la moral y la ética rasguen sus vestiduras al decir que son además de ególatras: meritócratas.

Mientras esto no cambie y las motivaciones para ejercer un cargo público no sean las de anteponer los intereses generales a las vanidades particulares, la mermelada y la corruptela serguirán presentes en nuestra patria.

Para finalizar una frase de la Sra. Malmstrom: «El precio de no actuar es bastante alto» y si no les parece, preguntémosle a los indicadores que en materia de desarrollo humano presenta nuestro país por cuenta de aquellos «Gallos» que han cantado, cantan y seguirán cantando, todo gracias a nuestra irresponsable manera de asumir nuestros deberes como ciudadanos.

Querido imberbe

Recuerdo como si fuera ayer aquella tarde en la que en un centro comercial de la ciudad y en compañía de mi señora madre, me encontré a Teodora, sí, la mismísima amigota de los narcoterroristas y promotora de ese movimiento de nombre tan taquillero como de oscuras intenciones. Eso sí, en ese entonces con mucho menos bisturí y sin ese turbante perturbante.

Eran épocas del proceso 8.000, donde tenían al payaso de Samper haciendo malabares, en la cuerda floja y soliviando todo el peso de aquel elefante que al parecer entró a la sala de su casa, sin darse cuenta.

En aquella oportunidad y quiero dejar claro, solamente le dije a esa señora: “Bien por lo de Samper” y pare de contar…

No obstante mi juventud y a que en un efímero instante compartimos algo en común: darle «palo» a Samper, en ese encuentro casual, contrario a como hoy están obrando los jóvenes e imberbes sectarios de las buenas mañas (porque las costumbres para ellos no existen), no me le tiré en voladora a recibir uno de los abrazos que hoy reparte, valga la claridad, más a siniestra que a diestra. Ah, y mucho menos me uní a su combo, pese a que he sido de doctrina liberal.

Hoy en día estamos en un ambiente que además de caldeado, tiene por combatientes una inconmesurable cantidad de jóvenes imberbes que se creen dueños de la verdad y que contrario a lo que trata de inculcarles el rector de nuestra universidad (citando un cuento de don Jesús del Corral y haciendo de paso un elogio al avispado y a la cultura de la ilegalidad), son muy avispados al esconderse tras las bambalinas sin dar la cara en una conocida red social y en cuanto blog hay (incluso alguno que otro con nombres que curiosamente hace alusión a una trampa solapada por de más); se creen ellos además ungidos de la verdad absoluta, aquella que supuestamente les imprime leerse tres o cuatro libros que les sugiere cualquier adoctrinador de pacotilla que aprovechando el poder, les dicta cátedra en aquellas buenas maneras que no aprendió en la casa, pero que se compensan con el enarbolado hablar que le provee de paso, su curriculum londinense.

Es preocupante cómo estos hombres y mujeres,  pretenden ser ciudadanos del mañana, cuando sus comportamientos hoy dejan mucho que desear: son arrogantes, sobrados, sectarios, desconocen aquello que tanto combinan en sus camisetas de marca: pluralidad.

Es lamentable cómo se prestan como idiotas útiles a una causa ajena, causa que les hace repetir hasta el cansancio y como loritos mojados sandeces e imprecisiones respecto a esos ocho años que definitivamente cambiaron el rumbo del país hacia una senda de crecimiento y desarrollo, sólo por el hecho que a ellos no les tocó guardarse en sus casas los fines de semana, o ver cómo, en medio de una época de terror que parece retornar, los narcoterroristas de ese entonces, hacían lo que les daba la gana en un país tradicionalmente gobernado desde la comodidad del palacio capitalino, en Hatogrande o en el resort en las Islas del Rosario, que siempre desconocía la importancia de gobernar para las regiones.

Ojalá algún día estos jóvenes imberbes abrieran más que sus ojos, su mente, y entendieran, entre otras cosas, que el trabajo comunitario no es irse de camping a un municipio a saborear parte de ese plato de lentejas que les provee la burocracia establecida por quienes dicen que combaten el clientelismo, mientras ellos hacen parte de su clientela; y mucho menos despotricar de aquellos que pensamos distinto, sólo porque les metieron el rayón, cual alianza politiquera, que deben creer el “enemigo de mi amigo, es amigo… y el amigo de mi enemigo, es mi enemigo” …vayan e infórmense de lo que significaron para los norteamericanos los talibanes, casi al final de la llamada guerra fría, y analicen sin mucho esfuerzo, lo que luego les pasó.

En mi época, que no dista tanto de la de ustedes, tal vez no había tanto internet como hoy, pero ante la falta de esa lluvia de desinformación que hoy a muchos moja, había mayor interés por descubrir y analizar la esencia de lo que hacía mover ese mundo, que para ustedes, jóvenes imberbes, pese a ser tal vez muy parecido al “ancho y ajeno de Ciro Alegría”, no sólo se circunscribe a aquel mundo de fantasía revolucionaria que así lo quieran vender en su discurso lastimero (con mucha sagacidad), aquellos que ven en el poder un fin para lograr beneficios personales con la justificación de propender por un bien común.

Jóvenes imberbes y ante la irrefutable realidad que algún día casi fui uno de ustedes: aprovechen las oportunidades y no sigan siendo los idiotas útiles de quienes manejan los hilos del poder a su antojo… se los digo con la tranquilidad que me da, el no haber abrazado a Teodora en mi juventud, así fuese en ese entonces, la enemiga de un enemigo, no solo mío, sino de un país que ha sucumbido más de una vez, a los vejámenes de los narcoterroristas y mucho más, ante ellos, que promulgando intereses progresistas, son iguales o peores de aquello que tanto critican.

Espíritu olímpico

Esta semana desde la sede del Comité Olímpico Internacional COI, en Laussane Suiza,  fue confirmada nuestra ciudad como candidata finalista para acoger en el año 2018 los Juegos Olímpicos Juveniles o YOG2018 por las siglas en inglés de Youth Olimpic Games 2018 (junto con Buenos Aires y Glasgow). Confieso que tal noticia me llenó de alegría por todo aquello bueno que significa no solamente para Medellín y Antioquia,  sino para el país en general.

Desde ya podemos decir que somos ganadores y que quede claro, no es para imprimir en el ambiente uno de esos aires colombianos lastimeros de antaño, que consistían (o consisten) en subestimarse o entrar perdiendo antes de competir, no!… por el contrario, digo esto,  e independientemente a lo que se decida el próximo cuatro de Julio, para agradecer que la evolución que ha tenido nuestro país en términos generales, es reconocida a nivel mundial, y que ello de paso, promueve cambios reales en el subconsciente colectivo foráneo,  quienes hoy en su mayoría y de manera lamentable tienen como imagen de nuestro país, una que se sincroniza a la perfección con aquellos argumentos facilistas de miniserie nacional.  Es claro que esta nominación, que sigue vigente,  va por el camino de exaltar todos aquellos valores que han hecho que este país se sobreponga a las adversidades, demostrando que tenemos un corazón grande que  late con fuerza y optimismo,  gracias ello a la firmeza de los dos Gobiernos nacionales, que precedieron la tibieza del actual.

Es importante tener en cuenta, que los YOG son relativamente nuevos (los primeros  se realizaron en 2010 y tuvieron como sede Singapur),  y están dirigidos especialmente para aquellas ciudades que por cuestiones diversas (más que todo de tipo presupuestal),  no pueden proponerse aún como candidatas a aquellos de Verano o que, como la nuestra, quieren ir paso a paso en la consecusión de eventos de clase internacional realmente importantes y que de paso propendan por visualizar ante la comunidad internacional, un país que seguro puede ser la respuesta a muchas preguntas positivas.

Ahora bien,  ¿Qué cosas buenas puede traer para la ciudad?

En principio ya hemos visto el impacto positivo que tienen este tipo eventos, un ejemplo los ODESUR de 2010, los cuales además de Medellín tuvieron como sub-sedes otros municipios de Antioquia (con el propósito de generar cambios en esa relación centro-periferia), lo cuales realizaron, con el apoyo de Indeportes Antioquia y el Gobierno Nacional, inversiones en aquellas infraestructuras deportivas que permitieron albergar a las disciplinas que allí se realizaron. De entrada ya estamos ganando quienes creemos que las inversiones en el deporte son prioritarias para lograr que el crecimiento económico genere desarrollo, ya que Medellín desde 2012 le apostó a la construcción de un Velódromo de clase mundial, una pista de BMX con mejores especificaciones y a la adecuación de otros escenarios, todo ello de conformidad a las condiciones exigidas por el COI.

Quienes hemos tenido la fortuna de conocer ciudades que han sido sedes de eventos de este tipo (y que no comemos cuento de lo que pontifican las “Divas de lo Público” como cuando nos quisieron hacer creer que traer a Madonna fue fundamental para los procesos de internacionalización de la ciudad), percibimos que la mejora en la infraestructura es real, en aquella relacionada con la recreación y el deporte, con la movilidad, además de la construcción de sedes y subsedes, de villas olímpicas que luego, y después del evento, pueden ser destinadas entre otras cosas, a albergar aquellos deportistas que provengan de las regiones y que hagan parte de una política pública que le apueste a la “formación de talentos regionales”, ser reacondicionadas como ciudadelas universitarias (cosa compleja por la mentalidad de algunos estudiantes) o aprovechadas como soluciones de vivienda. Es importante destacar que se mejora tanto el “Hardware”  como su “software” del territorio, ya que Antioquia será impregnada de todo lo bueno que se requiere para realizar un evento de estos: las personas se capacitarán y se prepararán para ello, y esa mejora de competencias a la larga queda en los individuos.

Además de lo anteriormente expuesto, para muchos Antioqueños será la única manera de tener un contacto real con el mundo exterior. Y como siempre, para empleados y empresarios de diversos sectores de la economía regional, será la posibilidad de mejorar sus ingresos. En esencia, crecimiento, con desarrollo.

La calidad de los visitantes será distinta a aquellos que ven a Medellín como Las Vegas latinoamericana, siendo personas con una disciplina, una mentalidad distinta y además jóvenes; jóvenes que en unos años podrán ser los deportistas de élite más reconocidos a nivel mundial, quienes recordarán la ciudad y sus gentes de la mejor manera, siendo de corazón y gracias a todo lo bueno que les ofrecimos, embajadores de nuestra tierra a largo plazo…a eso pónganle la firma!

Ahora bien, debemos todos estar contentos,  entusiastas y  muy positivos durante los próximos  cuatro meses y medio, pero también, y es menester de la Administración Municipal, no usar esto como una cortina de humo ante unas realidades que están carcomiendo poco a poco una sociedad que aguanta y mucho. Sea esta la oportunidad de plantear mejoras a la seguridad de Medellín, pero  que no sea con cuentos, sino con acciones. Que el Alcalde así como lo dijo en la muy Colombiana “celebración” de ayer, trascienda de verdad de lo político a lo ciudadano, donde de una vez por todas entienda que no se trata de ganarse uno o dos puntos, sino de gobernar para una Ciudad.

Tampoco se deben condicionar los programas que pretenden en los barrios de la ciudad generar de a una “Mariana por cuadra”,  a si se gana o no la sede. Además, con dicha restricción  estamos recibiendo el mismo mensaje condicionante del  típico politiquero: “yo le doy esto, si solo sí, pasa esto”; estas iniciativas no deben depender de nada, y en la forma no deben,  ser sólo una estrategia para “mostrar” o “demostrar”, ya que para formar un campeón se deben incluir intervenciones transversales que no sólo se limiten a lo deportivo, ya que, y así está demostrado,  detrás de cada deportista de excelencia hay una historia que involucra su entorno…es decir, ojalá, que nos llenemos desde ya y sin necesidad de tener la sede, de Rigobertos, Cochises, Katherines, Oquendos, Maria Luisas y Boteros, entre muchos otros.

Ojalá esto no se vuelva (poco probable que así no sea), en ese caballito de batalla de aquellos políticos que excluyen, pensando que eso que les han prestado, les pertenece: el poder. Aquí el poder, deberá ser el de hacer, el de mantener y potenciar lo bueno que se ha hecho, en seguir apoyando el deporte de Alta Competencia en todas sus disciplinas (que lamentablemente no va a apoyar el sector privado con el ahínco que se requiere, por mas que así que se desee), porque aquellos que queremos tener como campeones juveniles mañana, hoy se mueven ante la ilusión que les brindan aquellos ídolos, ídolos que en Colombia son objeto tanto de celebraciones, como de Olvido.

El deporte tiene el mágico poder de cohesionar sociedades, al unir por una misma causa  tanto a personas como a organizaciones…esperemos que esta oportunidad única se aproveche y promueva de manera óptima, trascendiendo más allá de los egos individualistas de aquellos que quieren seguirnos dividiendo, excluyendo y etiquetando,  simplemente y en la mayoría de los casos, por considerar distinto aquel color que llevas en tu corazón, que para todos es rojo.

Érase una vez un aumento de predial…

Hace unas cuántas semanas me había propuesto escribir acerca del aumento del predial en la ciudad de Medellín; la verdad no por apatía y mucho menos por desinterés me abstuve de hacerlo, ya que consideraba que había mucha ilustración de lado y lado: uno el de la Alcaldía en cabeza del Señor Alcalde, y otro bien variopinto donde además de incluirme, entran amas de casas consternadas, jubilados indignados, inversionistas aporreados, políticos sensatos y politiqueros oportunistas, entre otros.

En nuestra cultura arriera, aplica una frase que cae como anillo al dedo a la actual situación: “regalado es caro”. Dicha frase va muy de la mano a aquellos argumentos por parte del Gobierno y de incluso algunos académicos fletados con dineros públicos que han salido a opinar, para desvirtuar que sin importar lo que pase en realidad, que cualquier tipo de alza, por ínfima que sea, hubiese sido refutada al unísono por la gran mayoría,  y que una prueba de ello es que a quienes les bajaron su aporte, no salen a decir que por qué no les subieron!.

Además de dicha argumentación con la que se busca calar en el “ser paisa”, existen otras que quieren ser, y al mejor estilo de Poncio Pilatos,  una especie de “lavada de manos”, tal como aquella con la que le quieren achacar a Sergio y Alonso (con claros fines políticos):  “es que en siete años no hicieron ningún incremento”…donde la contra-argumentación de quienes defienden su causa es que “una buena administración de recursos públicos, no requiere aumentos impositivos”.

Otras voces manifiestan que los impuestos y la cultura de pago de impuestos es sinónimo de desarrollo y de cultura ciudadana, ahí podríamos quedarnos patinando ante modelos escandinavos de bienestar, donde uno podría afirmar, que la falta de cultura a favor de los impuestos, es por cuenta y gracia de que en Colombia se roban la platica. Sí señores, se roban la platica los corruptos por los que cada cuatro años votan y quienes, curiosamente ante esa “indignación ciudadana” siguen siendo los mismos o las mismas (directa o indirectamente), porque acá tienen amnesia o comen cuento de quien se ve bien en la foto o sencillamente endosan el activo más preciado de una democracia participativa, el voto,  por la ilusión de un favor clientelista.

Para mi la verdad el tema del aumento del Predial creo que está bien en cuanto a que se debe y tiene que hacer, pero aclarando que estoy en total desacuerdo en la forma, máxime cuando desde la alcaldía, esa misma que pretende un Hogar para la Vida, se utilizan sórdidos y equivocados argumentos para sostener algo, que ante la mirada silenciosa de los concejales que votaron a favor, el oportunismo de quienes se ausentaron y la valentía muda de quienes votaron en contra, se aprobó sin considerar que una ciudad es dinámica y que detrás de cada predio hay personas y familias.

Es lógico que con la transformación de ciudad y gracias además al Gobierno de la Seguridad Democrática, las propiedades en Medellín han tenido un incremento en su valor: lo que antes costaba un millón, ahora ruegue para que no pase de tres, pero vale preguntar ¿Qué tan real esa hiper-inflación inmobiliaria?, ¿Qué o quienes la ocasionan? ¿A quien favorece esa variación de precios de mercado?, ¿Quiénes invierten, lo hacen con qué propósito? …seguro si se abre un debate sobre este asunto, creo que sería objeto de más madera, que aquella que le di a la que se quería de “café”.

Ahora bien,  ¿qué cuestiono de la forma que tanto me tiene tan inconforme?

Que dicho aumento de cierta manera se realizó como siempre se realiza, sin hacer un esfuerzo mayor al simplemente categorizar sectores de la ciudad y aplicar un porcentaje de acuerdo a unos supuestos, los cuales no consideran variables distintas a la aparente capacidad o incapacidad de pago, de quienes viven ahí.

Por otra parte (y eso lo pudo haber hecho el concejo mismo), se pudo propender por un ajuste realmente innovador, al considerar entre otras cosas: si el predio es utilizado para vivienda por su propietario o si por el contrario tiene este fines de renta, ya que no es lo mismo una propiedad que significa para quienes habitan en ella, más que una manera de invertir en algo “fijo”, un sueño: aquel de ser propietarios, donde muchos de ellos no pueden liquidar su inversión (o deuda) en el corto plazo para obtener los supuestos beneficios una valorización comercial. ¿Queremos o no una ciudad de propietarios?.

En relación con la competitividad de la Ciudad “que el Intergremial manifestó que la afecta negativamente”. Es cierto, pero hay que tener en cuenta que este no es el único factor que define si una ciudad es o no competitiva (seguridad, infraestructura, nivel de educación, servicios públicos, etc). Ahora bien, digamos que en el ámbito empresarial una unidad productiva fue afectada en una cifra tal, que significa eventualmente disminuir su rentabilidad; ello puede afectar entre otras, el consumo por parte del propietario o la capacidad de inversión, y conociendo un poco más la mentalidad de muchos de nuestros empresarios (por fortuna no todos), puede significar promover la informalidad a la hora de contratar: ellos no creo que vayan a dejar que el impuesto les afecte sus excedentes.

Preocupa que una de las banderas para tocar las fibras de los contribuyentes, sea que con este aumento se van a pagar esas obras que tanto necesitamos, las cuales hoy en día sólo son proyectos, pero, y cuestionando un poco a un Editorialista de un periódico de la Ciudad: (que creo debe estresarse poco por el sobregiro y muchísimo menos al considerar toda esa pauta que le dan desde la Alcaldía) ¿En términos porcentuales que tanto aporta ese aumento en la valorización, sobre el valor total de las obras?, ¿Acaso este recaudo es de destinación específica?. La verdad, para claridad de todos,  no depende de este aumento la realización o no de las obras y creo, que con otros recaudos que han surgido en años anteriores (fotomultas), y racionalizando los gastos, se pueden tapar esos huecos presupuestales que ha creado esta administración.

Para finalizar me preocupa mucho que este papayazo (por la forma más que por el fondo) que dio el Alcalde Gaviria, sea ahora el caballito de batalla de politiqueros de toda clase de pelambre. Desde aquellos que sienten que les dieron en la cabeza, pasando por expertos que interpretan la norma para su conveniencia en medios masivos, hasta aquellos que con una sonrisa tan cálida como la tibieza de sus posiciones políticas, quieren pescar en río revuelto, en detrimento de una ciudad que requiere cohesión alrededor de un objetivo común (así nos guste o no el eslogan), ser en realidad un hogar para la vida.

Alcalde, trate de ver esta situación como una gran oportunidad, para usted, tanto para cada uno de quienes somos, así a veces no estemos de acuerdo, afectados positiva o negativamente por su Gobierno.

Claro que quiero la Paz…pero sin babero, gracias!

Cómo no querer la Paz aquellos que hemos vivido en una nación empeñada a la violencia, desde el mismo momento en el cual ni siquiera éramos un país de ese mundo “occidental” que nos venden las revistas; incluso desde cuando aquellos conquistadores Españoles, pusieron sus pies en lo que fue el primer asentamiento español en tierra continental, curiosamente en lo que es hoy llamado Golfo de Urabá.

Por supuesto y por lógica quiero la Paz,  pero no a cualquier costo y mucho menos cuando un gobierno que ha defraudado aquella confianza que le depositamos muchos de los que votamos por él,  aplica estrategias sustentadas en aterrar a los ciudadanos con un chantaje absurdo, eso sí, aclaro,  sin aquellas estrategias bárbaras del grupo narcoterrorista con el que pretende negociar, de rodillas y con babero la dignidad de toda una nación.

Es obvio que nuestro país está inmerso en una polarización malsana, una polarización donde quienes abogan por una cosa son capaces de empeñar sus principios y su criterio por sólo ganarse el punto, y de paso, ser capaces de cohonestar un proceso macabro de negociación que deprime aún más la confianza de quienes vivimos en este país.

Desde el inicio de tal proceso de negociación he tenido una sensación de indignación, propia de aquel colombiano que sin pertenecer a ninguna élite, ha comprendido que las guerrillas románticas de otro siglo e inexistentes en el actual, dejaron hace rato su legado al capitalismo en camisetas alusivas a aquel revolucionario médico argentino, pero  donde su legado “capitalista” ha sido aprovechar un nombre que no debe incluir la C de Colombia, para socarronamente expandirse en aquellos negocios mafiosos, que tanto mal le hacen al país: narcotráfico, minería ilegal, entre otros. y todo ello ante la mirada atónita de gran parte de la comunidad internacional y con el beneplácito de aquellos países que cambiaron su rumbo, hacia un populismo que permite que las rutas de tráfico de drogas pasen por su territorio.

No estoy de acuerdo con una negociación donde un gobierno es capaz de poner a toda una nación, ante propios y extraños, al mismo nivel  (y no por protocolo),  de aquel grupo conformado por vagabundos, narcos, terroristas, esclavistas, secuestradores, pedófilos, abusadores, bandidos y asesinos,  quienes lógicamente no representan los intereses de las personas desprotegidas,  porque ellos son sus victimarios o en el caso más afortunado, extranjeros que como Tanja, generan tanto fastidio en Colombia, como adeptos de ese snobismo revolucionario propio de ignorantes,  en aquellos países que son ajenos a la realidad del nuestro.

Estamos ante una negociación de apariencias,  al mejor estilo de aquellos cocteles de revista de Jet Set, donde el cinismo de quienes hacen parte de esa destemplada orquesta, pretende a través de un “engrase de medios”, que todos escuchemos un himno a la alegría, mientras cualquier persona con dos dedos de frente entiende que lo único que producen son acordes destemplados.

Una negociación que no tiene acuerdos, sino dádivas absurdas como treguas parciales, que son aprovechadas tanto por las divas de lo público, como por aquellos que se nutren de lentejas, para decir, contrario a cualquier lógica matemática: “que cumplieron porque incumplieron solo un poquito”.

Un proceso que parte de la desconfianza, al querernos hacer creer cuentos que solamente nos indignan a quienes habitamos nuestro país, pero que, con estruendosas ruedas de prensas replicadas estas en cuento medio internacional haya cabida, suenan como si mágicamente aquel lobo feróz que narra Perrault, se hubiese convertido en el lazarillo de la abuelita: sí tienen secuestrados, sí reclutan niños y sí que lo siguen haciendo, no inventen cuentos!

Ahora bien, ¿hasta dónde vamos a ser permisivos quienes pensamos en que la Paz bien, pero con sometimiento, reglas claras y sin empeñar el país? ; vamos a seguir permitiendo el maltrato a la institucionalidad (por parte de aquellos guerrilleros de civil, que magnifican hechos aislados como si fueran sistemáticos), tanto como a mucha gente de bien, donde generalizan irresponsablemente a agricultores y ganaderos, como si fueran narcos y paracos, a sabiendas que la gran mayoría ha sido victima de esos vagabundos que hoy tienen el poder de convocar reuniones tan símiles a aquellas marchas patrióticas, en salones donde quieren dar la cátedra: ”hemos reclutado, despojado y arrasado, pero nos interesan los campesinos”, ante los ojos estupefactos de organizaciones  internacionales y ONG´s cuyas burocracias socialbacanas viven de aquellos recursos que succionan del estado.

Denle más tiempo al circo de los Narcoterroristas de las Farc, para que sigan vacacionando en aquel país donde si bien pueden haber los mejores médicos para embalsamar cadáveres revolucionarios,  están los mayores ejemplos de inequidad y de subdesarrollo, propios de un modelo que fracasó en su implementación por la misma naturaleza e inclinación a los mercados que tenemos  por esencia, los humanos.

Denle más tiempo a aquel incompetente traidor, que nos ha enseñado que para él gratitud, es sinónimo de olvido…y que confianza es antónimo de coherencia!.

Para bajar la calentura… salgamos del sofá

Hace un par de meses supe por parte del Área Metropolitana del Valle de Aburrá, AMVA, sobre la restricción del llamado parrillero, con el fin de mejorar uno de los más grandes problemas que tiene Medellín y sus alrededores hoy: la inseguridad.

En dicha oportunidad, manifesté a través de mis trinos (que para algunos funcionarios y periodistas fletados son innovadoramente destemplados) mi posición al respecto, ya que el gerente del AMVA pidió a sus followers que lo hiciéramos (mejor uso dicho anglicismo, ya que “seguidores” sería matricularme tácitamente en el Coraje).

Mi posición de ese entonces, negativa hacia dicha arbitrariedad, se centraba en que con la misma se iban a afectar aquellos ciudadanos que por necesidad se transportan en una motocicleta, generando para ellos sobrecostos, y lo más grave, estigmatizando a muchas personas de bien, como si fueran un subgrupo de hampones, gatilleros y fleteros, a quienes con la implementación de dicha medida querían limitar en su accionar.

Como pasa siempre, se reunieron los alcaldes del AMVA (donde la gran mayoría son políticos y no gerentes) y de manera “unánime” aprobaron esa medida arbitraria, la cual de paso se iba a consolidar como un paliativo y distractor de una realidad que para nuestro querido alcalde, el de Medellín, no existe: una rampante inseguridad.

Al cabo de los días, con bombos y platillos propios de aquellos que están acostumbrados al juego político de las fiestas, sancochos, rifas y clientela, presentaron a principios de enero de este año, los “grandiosos” resultados al haber implementado tal medida, donde el gerente del AMVA decía lo que el pueblo quería escuchar: “mejoró ostensiblemente la seguridad”, eso sí, sin argumentos sólidos desde el punto de vista técnico, además ofreciendo como una ñapa la afirmación que “había sido un gran aporte para la movilidad” y ponían como ejemplo el éxito en uno de los 10 municipios que conforman el AMVA: Barbosa, donde sólo se concentra menos del 5% de la población total del Área Metropolitana. Válgame Dios, unas frases y unas afirmaciones dirigidas y de paso asentidas por aquellas personas, que, o están comiendo de la administración su ración de lentejas o “tragan entero”, tanto como la mayoría de aquellos que votan por internet por cuanto concurso “chimbo” se inventan.

El caso es que hoy deciden, por unanimidad, extender por seis meses más la medida, ampliándola además en dos horas, argumentando cosas que no se soportan en datos ciertos, sólo considerando que la medida se aplicó en una época donde las circunstancias no son las que se promedian en un año.

Sigo pensando que es una medida arbitraria y mediocre, que a su paso estigmatiza a muchas personas que usan su moto por necesidad, atribuyéndose de paso el AMVA competencias (en Medellín) de una secretaría de Gobierno acéfala e inoperante. Igual, para nadie es un misterio que los delincuentes, a la hora de hacer sus fechorías, no respetan las normas (y de eso hay muchas fotos).

Me preocupa que en lugar de hacer de Medellín y el AMVA un hogar para la vida, estemos aprovechando el terror generalizado que sienten (sentimos) algunos ciudadanos por aquellos “Byrons en Calimatic”, etiquetando desde lo más alto de los gobiernos locales y sin lugar a defensa, como delincuentes y temerarios a motociclistas (por necesidad y no por placer) con sus acompañantes.

Ojalá en estos seis meses se implementaran acciones y programas para aquello que realmente puede mejorar la rampante inseguridad, los tacos inmarcesibles y el transporte público…. pero la verdad, con tanta mediocridad y facilismo, no creo.

Para finalizar: dice el secretario de Movilidad que estudian la posibilidad de establecer sobre la actual malla vial, carriles exclusivos para el servicio público en Medellín… ¡qué adefesio!; sin un SIT y sin ampliar las rutas de Metroplús, hacerle el favor a los buseros del AMVA (sí, aquellos mismos que prestan los buses en elecciones y financian campañas), para que luego, cuando se quiera recoger la piola y sacar con el innovador pero poco expandido Metroplús a los destartalados buses, de transportadores, los mismos tengan una mejor posición negociadora, claramente fortalecida por el facilismo de una administración que prefiere, como dice el dicho “vender el sofá para solucionar la calentura”.

Espacio público… más allá de lo estético

Una de las grandes herencias que dejó aquella Medellín que zozobraba con amor ante los pies de un discurso prometedor (además de los crecientes problemas de seguridad), fue la incubación de un problema de marca mayor para una ciudad que hoy se denomina innovadora por un premio en internet: la proliferación de las llamadas ventas ambulantes e informales en el espacio público.

Y para algunos este problema tipo «ya es parte del paisaje», es la simple y llana expresión de una realidad: crecimiento de la oferta del mercado de mano de obra no calificada, combinada con una baja demanda de la misma y las ansias de industrias ilegales de generar mayores rendimientos, aprovechando el poco remordimiento de aquellos ciudadanos a quienes les importa cinco comprar la dignidad de un mendigo, mercancía de contrabando, entretenimiento pirata y en algunos casos mercancías chiviadas o en ocasiones, producto de asaltos a empresas legalmente constituidas.

Lo grave de esto, adicional a la naturaleza misma de muchas de esas mercancías, es lo que se mueve alrededor de las mismas y cómo se afectan otras prioridades de los ciudadanos y de algunos administradores públicos, como la movilidad, la seguridad y el desarrollo social.

En la mayoría de los casos, este llamado por muchos, «fenómeno», promueve casos aberrantes de explotación humana (para la mayoría de los ciudadanos imperceptible), que incluye esclavitud, constreñimiento electoral, extorsiones sistemáticas y cobros de vacunas sobre los producidos diarios por un permiso que el «bacán» del sector cobra por permitir a un fulano, pedir plata o vender cosas.

Pregunto si realmente existe el llamado y muy trillado término «voluntad política» (propio de algunos corporados al momento de sugerir al gobernante de turno la asignación de alguna buena porción de burocracia o en su defecto un contratico), para afrontar el problema con la mano dura que requiere, sin titubeos asistencialistas, pero con un corazón grande que bombeé oportunidades para aquellos que quisieran ser más que un dato estadístico, una realidad: ciudadanos con un empleo digno y alejados de las mafias que se adueñaron hace rato de una sociedad, permisiva, de migajas e indolente.

Este problema no sólo es una especie de indicador cualitativo de la manera como una ciudad, que es sin lugar a dudas ejemplo de aguante y progreso, se descuida poco a poco, adquiriendo aquellos vicios propios de ciudades grandes, donde claramente se percibe la falta de control y gestión por parte del Estado, representado lamentablemente por intereses políticos, a los cuales les interesa más hacerse pasito y quedar bien que estructurar planes de choque, poniendo orden, con políticas no asistencialistas y de corte transversal, que si bien pueden ser un poco duras en principio, aseguran que un problema mucho más que estético, no termine siendo el detonante de uno de marca mayor.

Ojalá trascendamos de esa Medellín de mostrar a ilustres visitantes que disfrutan tanto de rutas innovadoras y bibliotecas dignas incrustadas en extramuros como de cuentos bien echados, y que de verdad podamos chicanear (si es que así lo queremos) con un verdadero hogar para la vida, que hoy en día es incomprensible al tener familias (realmente innovadoras) que sobreviven a veces con menos de un dólar al día y que además tienen que guardarse en sus casas apenas se va el sol, el sol que a todos en Medellín, nos alumbra por igual.

PS. Para no ser injusto, aplaudo que en la anterior administración se haya trabajado de la mano de EEPPM, en aquellos planes «retorno». El problema es que hoy en día, con la seguridad en el Departamento, afectada por esa arrogancia que degenera en falta de control (microtráfico), prevención (Murindó, un pequeño ejemplo) y contundencia (¿tregua decembrina?) esos planes retorno bien complicados creo que sí que lo están.

Madonna o la pseudointernacionalización de Medellín

Nota Introductoria:

Esta entrada considera mi posición respecto a una mención que hicieron el pasado domingo en El Colombiano, la cual expresé al Director de dicha columna de opinión: Luis Fernando Ospina, a través de un correo electrónico enviado el día de ayer.

Asunto: saludo y precisiones.

Apreciado Luis Fernando, ante todo recibe de mi parte un cordial saludo.

Por medio del presente correo, gracias a que Germán me dio tu dirección electrónica y en relación con la reseña que de mí hiciste el día de ayer en tu columna de opinión DBF, quería hacerte una serie de precisiones, ya que veo que tal vez no sabes realmente cuál es mi posición, adicionalmente a que no te veo en mi grupo de followers de Twitter (@maxivale) y que, por el contenido de tus columnas previas en las cuales tocaste el tema de MDNA en Medellín, percibo cierto sesgo a favor de quienes supuestamente lideran los procesos de «internacionalización» de Medellín.

En primer lugar quiero reiterar, como lo he manifestado en múltiples oportunidades (incluso a través de la red social Twitter), que aplaudo el hecho de que una artista como Madonna haya podido venir a Medellín, ciudad que se ofreció ante la negativa de que en Bogotá prestaran a Ocesa el estadio.

Ahora bien, me gustaría preguntar ¿era necesario que la máxima autoridad del municipio se pusiera en función de dicho evento? (no conozco una ciudad en el mundo civilizado donde pase eso). Eso es lo que he cuestionado desde un principio, ya que para mí, el evento, mucho más allá del posicionamiento que quisieron imprimirle de «evento de ciudad» (como sí lo puede ser la Feria de las Flores) era de una empresa privada, Ocesa, y el alcalde no debería prestarse como promotor de eventos, al punto de ponerlo como prioridad, descuidando situaciones y responsabilidades que sin lugar a dudas, para cualquier ciudadano consciente de su ciudad, revestían y revisten mayor importancia: seguridad, movilidad, educación etc.

Es cierto que el evento movió la «caja» de algunos en la ciudad (y por supuesto de la empresa Ocesa Colombia, al tener ingresos históricos, no solo por la boletería, sino además por el patrocinio de privados y públicos), como acostumbran poner en las notas de ustedes cuando hacen referencia a los eventos que se realizan en Medellín, pero ¿acaso se generó un desarrollo económico real y sostenible? La respuesta es sencilla: NO. Y este NO simple y llanamente porque no quedó una capacidad instalada (incluye talento), ni obras para el beneficio y disfrute en el mediano y largo plazo para la comunidad (como sí la hubo, por sólo dar un ejemplo, en la asamblea del BID donde además de empréstitos asignados para promover el desarrollo del departamento, quedó entre otras cosas, la iluminación de la variante al aeropuerto).

Si bien es cierto que muchas personas fueron beneficiadas (del sector de la hotelería más que todo) e incluso de aquellas que por medio de economías informales obtienen sus ingresos (los que venden impermeables, comidas rápidas, y la «media de guaro»), no podemos decir que en la ciudad se haya generado un mejoramiento ostensible de aquellos indicadores que miden el desarrollo de un territorio y mucho menos que se vayan a afectar por ello. (Esto es teoría del desarrollo económico de coquito).

Traer a Madonna, a mí parecer, y al parecer de la gente sensata, no puede catalogarse como un hito que parta la historia de una ciudad en dos (a no ser que estemos en una orilla de promoción de las por mí llamadas «divas de lo público» y que ahora, el hacer conciertos, sea la prioridad).

Creo que el desgaste de lo público (que al privado OCESA le importa cinco que tomen el espectáculo como propio, porque ya obtuvo sus rendimientos vía patrocinios), no es sensato en una ciudad donde el alcalde no ha estado dándole la cara a los graves problemas que la afectan y que tiene situaciones aberrantes cuyos costos que superan con creces los famosos $3.000 millones por impuestos (que igual, son mínimos si contabilizamos el costo de todas las actividades de promoción, patrocinios, «engrase» en medios, etc y que se financiaron con recursos públicos). Y de lo otro que menciono ¿costos en seguridad, costos en movilidad? (cuantifiquen ambientalmente y en términos económicos por el tiempo perdido, lo que puede valer una hora de un taco en esta ciudad… con eso se pagan los impuestos de la traída de Madonna en un momentico).

La internacionalización de la ciudad no puede confundirse con traer artistas o espectáculos, porque la gente del exterior no va a invertir más (exceptuando Ocesa o cualquier otro privado que los traiga). Eso sí, el nivel de internacionalización de una ciudad en el mundo del espectáculo, es cuantificable según la cantidad de artistas que sentirían orgullo por venir acá y no al contrario. Por eso he dicho y critico a quienes bajo el interés de promover el turismo, quieren que el destino Medellín sea convertirla en una especie de Las Vegas latinoamericana (que es mamey y además facilista), una ciudad del pecado donde: casinos, discotecas y hoteles que permiten el ejercicio de la prostitución, fachada 5 estrellas, «centros de acopio de las llamadas prepagos»).

La internacionalización de una ciudad, es compleja y requiere generar atractivos a mediano y largo plazo, de tal manera que los inversionistas que apoyen el desarrollo de largo plazo vengan, porque acá están las mejores condiciones de mercado para hacerlo, porque hay seguridad, porque hay capacidades instaladas, porque hay talento, porque más allá de incentivos tributarios y bajos salarios, hay un retorno y una diferenciación que hace que no duden en hacerlo.

Yo sí he sido crítico del tema de Madonna, y con argumentos… y que quede claro, sin intereses partidistas y mucho menos políticos.

No estoy de acuerdo con que después del concierto, ahora les dé por sacar videos de promoción de ciudad (con recursos públicos) con funcionarios públicos como protagonistas, alardeando de algo, que sólo quienes no conocen el mundo hacen (pese a que pueden haber paseado por él, con recursos públicos).

Tengo mil y un argumentos para sustentar mis posiciones en relación con temas públicos, que cuando quieras (y yo invito al café) los podemos discutir.

Para finalizar quedo atento a tu respuesta y para atender cualquier inquietud adicional, porque yo, distinto a muchos funcionarios públicos, siempre doy la cara.

😉

Saludos deseando para vos y los tuyos unas felices festividades.

Atentamente,

Maximiliano V.

PD. Este mail, lo puedes compartir con quien desees, eso sí, agradecería me incluyeras, por decencia, en la copia.