La generación de desasosiego, desesperanza y de una desconfianza generalizada en las instituciones, hacen parte de aquellas estrategias que ha promovido en algunos países que históricamente han sido guardianes de la democracia y protectores del orden mundial, aquella agenda de la izquierda radical que contempla “todas las formas de lucha”. Estrategias con las que las pretenden acceder al poder.
Saben ellos que, tal como ocurrió en Venezuela en 1998, son efectivas para lograr dicho objetivo. Y es que antes del 6 de diciembre de 1998 fecha en la que se eligió a Chávez, se había generalizado que Venezuela era victima de la corrupción, la pobreza y la desigualdad; Chávez llegó al poder con la promesa de una promover un nuevo país para el cual regeneraría la política a través de tan deseada por muchos hoy: “justicia social”.
Es a través de la promoción del caos y de la inestabilidad, sobre lo que se apoyan aquellas narrativas donde las palabras, al igual que distintos términos y situaciones sesgadas, se acomodan perfectamente en las mentes de algunas personas que tal vez faltos de pensamiento crítico, terminan siendo parte de hordas de indignados por causas que, siendo loables en teoría, a la larga generarán dolor y sufrimiento.
Esta agenda se expande y se replica a nivel mundial, gracias en gran parte a las nuevas tecnologías, las redes sociales y a aquellos medios de comunicación que, en lugar de informar, se han convertido no solo en amplificadores de situaciones amañadas, sino en agencias de comunicación de quienes pretenden alinear a las masas, adoctrinando y estableciendo narrativas que se soportan en lo que se conoce como la era de la post-verdad: una época donde no importan los hechos, sino los sentimientos.
Lamentablemente esto ocurre con mucho éxito hoy en día en aquellas democracias como la colombiana y la chilena, las cuales si bien no han sido perfectas, han permitido incrementar con más aciertos que errores, la calidad de vida de la mayoría de sus ciudadanos en las últimas décadas; contrario al cuento que pregona la lucha de clases de: «que los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres”.
En Colombia hoy en día vemos como están aplicando con cierto éxito modelos perversos asociados a la llamada “revolución molecular disipada”. Revolución que establece como objetivo principal afectar el flujo normal de lo que son las relaciones sociales, mediante el uso de la violencia.
Inquieta como una cantidad de personas empiezan a hacer eco a una serie de «hechos» que afectan al “pueblo”, donde inventan o magnifican relativos abusos por parte del estado al que pertenecen, al que tildan y etiquetan hoy de asesino, sin siquiera sonrojarse. Es un sentimiento de indignación colectiva, el que termina generalizándose, haciendo creer que estamos en Colombia al borde del colapso y que la generación de los que creen que todo se merece, están siendo victimas de una dictadura, de un régimen. Lo anterior de la misma forma en que la manipulación comunicacional elevó durante el proceso de paz y con fines perversos, el conflicto con los narcos de las FARC, al estatus de “Guerra Civil”. Y pregunto: ¿vivíamos realmente una guerra civil? para nada! Convierten además hoy en día mártires a hampones, líderes a terroristas y faros de la moral pública a aquellos quienes desde la comodidad de sus privilegios, pretenden imponer un modelo que en definitiva divide, excluye y polariza.
Las demandas sociales son totalmente legitimas, donde estado debe ser garante de los derechos de los ciudadanos, guardián de la ley y el orden, y mediante el uso legítimo de la fuerza (que es su obligación por mandato constitucional), proteger a quienes cumplan en voz baja sus deberes y que proclamen sin violencia y en voz alta, sus derechos.
Reitero, jamás debemos ser complacientes ni “empáticos” con las injusticias y mucho menos con esos cuentos de una resistencia civil, que a la larga se torna violenta en fondo y forma, haciéndole con ello eco a lo que delincuentes y terroristas quieren exponer como una causa general: un sueño de ese “pueblo oprimido” que semánticamente acomodan con connotaciones lastimeras, para así cautivar incautos.
Debemos estar alertas con aquellos que pescan en rio revuelto, lanzando frases dramáticas con las que logran vincular a cuanto idiota útil hay por ahí. “Nos están matando” puede llegar a ser un atractivo titular para aquellos activistas del periodismo. Algo que además con alguna foto tomada desde una intención política, un video editado o un live en Instagram que hábilmente es narrado con técnica de storytelling, pueden replicarse de manera masiva obteniendo lo que al final quieren: desinformar. Ciertamente lo que se ve en las redes y en los medios, son tan solo instantes de una situación que en la mayoría de los casos está fuera de contexto.
Yo creo y sin desconocer el dolor que causa la perdida de una vida humana, lo que realmente les están matando a muchos habitantes de ese tal “pueblo” son las neuronas. Aprovechan los que quieren promover el caos en Colombia la falta de pensamiento crítico en aquellos que sienten mucho, pero que no analizan. Todos terminan a la larga siendo “mas sentidos que un bolero”. Ay, por aquel que cuestione con argumentos las imprecisiones que amplifican: porque los empáticos y tolerantes han demostrado que son mas peligrosos, que aquellos anarquistas que orgullosamente tienen como su principal fuente de conocimiento e inspiración.