Veo por enésima vez una película que para mí es excepcional, en la cual Nicholas Cage hace un papel impecable que le hizo merecedor de un premio Oscar. En dicha cinta es una persona que lo pierde todo por cuenta del alcoholismo y de un abandono. Al tener en su vida esos tragos de más, decide irse a Las Vegas a matarse con el alcohol (como lo expone el juglar vallenato Alfredo Gutiérrez en El Solitario).
Tuve la oportunidad de conocer Las Vegas y déjenme decirles que es una ciudad que ha aprovechado su bien ganado nombre de “La ciudad del pecado” (slogan que quieren cambiar por: “Lo que pasa en las Vegas, se queda en las Vegas”), donde no solamente hay disponibilidad de rumba, casinos y bebidas 7×24, sino que además es un lugar donde hay entretenimiento de todo tipo y además su infraestructura hotelera es aprovechada para la realización de distintos eventos corporativos de diversa índole (para los amantes del ciclismo, tenemos el interbike).
Ahora bien, y en aras de desarrollar el título de la presente publicación, hace un par de años y tal vez no de la mejor manera por la forma directa en que lo dije, expresé en un comité turístico de alto turmequé (donde estábamos hablando del tema de promoción de ciudad), una preocupación que a mi parecer podía de pronto ser controvertida por aquel interés “interinstitucional” de tener: una ciudad cada vez más internacional, con cifras del sector turismo crecientes y con ese aporte a la economía que tanto “bien” le hace a una región o a una ciudad de un país que como Colombia, tiene cifradas las esperanzas en migrar de una economía basada en sectores primarios, a una de servicios y de productos industriales con alto valor agregado.
Dicha preocupación se las resumo trayendo a colación aquello que expuse en medio de un grupo selecto de profesionales del sector (competentes en su mayoría), muy de la línea de ejercer su rol en lo que se llama ser políticamente correctos y después de una especie de comité de aplausos donde presentaron una serie de indicadores, todos ellos al parecer muy positivos, así: “es que es mamey lograr incrementos de todos los indicadores de turismo de Medellín, si simplemente la seguimos convirtiendo en una especie de Las Vegas latinoamericana… vean por Dios la propuesta de valor que no tan tácitamente estamos ofreciendo a los visitantes: rumba, niñas lindas, casinos… etc.”.
Después de expuesta esta preocupación sin “vaselina” como se dice muy directa y coloquialmente, recuerdo la perplejidad de más de una de las asistentes, quienes me vieron como un hereje. Sus respuestas fueron desde un “noooo, cómo dice eso “doctor” Maximiliano” (con persignada incluída), pasando por un muy mal estado del arte, “está usted muy equivocado. Acá los extranjeros vienen en su mayoría a visitar el Museo de Antioquia, a montar en metrocable y a visitar los parques bibliotecas”, y finalizando con un dolido “doctor” Maximiliano, usted cómo se atreve a decir eso, si acá somos el centro de eventos empresariales, atendemos visitantes internacionales de bien”.
Ante aquellas respuestas, expuse cada una de esas percepciones que, a mi parecer, sustentaban la preocupación que sobre el tapete, había puesto…
A mí, quienes digan que a la Feria de las Flores, todos los visitantes extranjeros vienen a visitar a sus nuevas familias, a tomar claro y a disfrutar sanamente de las tradiciones que se soportan en lo que conocemos como “cultura paisa”, me están hablando carreta: acá se viene es a beber, a parrandear y a prepaguear (ahora un término tan de moda por la Cumbre de las Américas).
A mí quienes me digan que es imposible (y de paso una calumnia de mi parte), que los hoteleros o sus empleados, referencien en el lobby niñas de la vida alegre, porque “están totalmente comprometidos en combatir la prostitución en sus premisas”, me están cañando.
A mí, quienes me manifiesten que la totalidad de los casinos que durante los últimos años (donde incluso en un sector de la ciudad, en menos de 5 cuadras se cuentan varios), son lugares de “sano esparcimiento”, que no hay en ellos intereses ocultos relacionados con mafias, que son todos de empresarios de la mejor reputación y que de paso aportan a la consolidación de una ciudad que se transforma, tanto como los pobres bigotes del gato de Botero, mienten.
A mí, quienes me digan que en los grandes eventos, ferias o exposiciones sectoriales, empresariales o gremiales, todos los visitantes vienen con la señora porque desde su ciudad de origen les vendieron la idea de que acá no hay con qué hacer un caldo, y que Medellín es una ciudad para disfrutar con la pareja (oficial), son como el hijo de Gepetto.
A mí, quienes me aseguren que es complicadísimo en pleno Poblado (sí, ahí antecitos del semáforo del parque o en las afueras de los hostales), surtirse de cualquier tipo de sustancia psicotrópica… creo que deberían darme la razón que realmente es mucho más complicado conseguir un exquisito sánduche de La París después de las 12.
Y para finalizar, como muchas de las cosas que hacemos en este país, es no copiar lo positivo de afuera… acá no tenemos una red de espectáculos y de atracciones, que pueda disuadir, disimular e incluso competir un poco frente a aquella “pecaminosa” oferta basada en parranda como efectivamente sí existe en Las Vegas: conciertos permanentes, el Circo del Sol, parques temáticos, articulación con ofertas turísticas en la periferia, tales como visitar el Gran Cañon, o algunas otras con deportes extremos: paracaidismo, senderos de bicicletas de montaña… ofertas que realmente compiten de tú a tú con el tarjetero de niñas que le ofrecen a los transeúntes de Las Vegas Strip, con las máquinas tragamonedas y con la ingesta de alcohol.
Acá creo yo que estamos en la época inicial de Las Vegas, donde se cuenta con el Gangster Bugsy Siegel, anecdóticamente como uno de los promotores de su “desarrollo inicial”. Además es preciso traer a colación que alrededor de todas esas actividades “lícitas” de apuestas y hostelería, se llegaron a presentar cantantes de la talla de Frank Sinatra, Elvis, Tom Jones, sin importar el hueco donde lo hicieran (muy similar a lo que ahora se vive en Medellín y sus alrededores donde vallenateros o reggaetoneros del más alto nivel que cobran sumas astronómicas, se presentan sin importarles si su “show” es en una casa finca o en una caballeriza en Medellín, o tal vez por los lados de Sabaneta, Caldas, Barbosa, Girardota o Copacabana).
La verdad me preocupa que el supuesto éxito en turismo de ciudad a veces sólo se centre para algunos entes gubernamentales en el cumplimiento de unos indicadores: cantidad de visitantes extranjeros y cantidad de eventos que se realizaron, ah, con su incremento en relación con el mismo dato el año anterior.
Pero más indignante aún es que muchos empresarios del sector (contando por fortuna con algunas valiosas excepciones), sólo les importe mantener sus niveles de ocupación así sea con extranjeros desocupados (perniciosos), sus ingresos medios por PAX, ofreciendo o promoviendo solapadamente toda clase de servicios para mantener a gusto a los invitados.
Acá la mentalidad cortoplacista, la falta de políticas coherentes que articulen los distintos actores, el control de actividades, el ser capaces de darnos la pela que sea necesaria darnos, impide que podamos promover una ciudad, un Área Metropolitana y un departamento (que tiene altos riesgos relacionados con actividades de parahotelería, informalidad laboral y turismo sexual incluyendo infantes), un verdadero turismo de clase mundial, que atraiga a propios y extraños por todos aquellos atributos positivos que tenemos, y no por ser, de manera tácita, esa especie de Las Vegas latinoamericana, donde el pecado será seguir cediendo terreno, ante una cultura mafiosa que hace rato nos cogió ventaja.