Y qué importa hacernos los pendejos

Ayer tenía ganas de irme a tardear y de paso echarle alpiste al ojo, con el calor y color de una entretenida conversación que se combina a la perfección con el frío de una cerveza .

“Max, ya paso por vos”, me dijo Pérez, a lo que dije: “¿qué nos vamos a inventar hermano?”.

El invento fue sencillo, irnos a uno de esos tantos malls comerciales que abundan en El Poblado, a una de esas charcuterías, curiosas por sus ínfulas de ídolo del balompié, podríamos además de asegurar el alpiste, sentarnos a echar, como se dice en buen paisa, carreta.

Llegamos y nos ubicamos de manera estratégica, donde cayeron un par de amigos más (para ajustar el jocosamente denominado “parche de antenas”).

El caso es que en un principio la tarde pintaba bien: el alpiste llegaba o pasaba, la cerveza estaba helada, la charla fluía y el mecato aguantaba, sin embargo puse sobre el tapete la siguiente frase “esto parece un centro de acopio de traquetos”.

Cuál sería mi sorpresa al escuchar a una de las personas que estaba con nosotros (que aclaro: no se apoda el zarco, ni carebalín; es de buena familia, tiene un trabajo decente y se ha graduado de una buena universidad) después de una sonora carcajada, “Jajajaa, ¿acopio de traquetos,?, Max, tenés razón” y prosiguió con un pasmoso entusiasmo, similar al que tiene Poncho Rentería cuando habla de sus chismes de peluquería, y prosiguió: “mirá, ese fulano es hijo de uno que está extraditado, aquel otro es hermano de no sé quién, ese va al gimnasio y va con dos lavaperros y aquel, sí, aquel de rojito es novio de esa pelada que acabó de pasar y es hijo de un duro”.

Si esto es un sábado, a pocos metros del mercado más exclusivo que tiene una gran cadena francesa, a un par de cuadras de El Tesoro, plena luz del día ¿qué podemos esperar?

Me pueden decir que soy un mojigato, que una golondrina no hace verano, que eso es normal… la verdad, no soy ningún mojigato, creo y he demostrado que uno puede de manera independiente generar alertas y ser propositivo ante distintas circunstancias que van en contravía de los principios éticos y más aún, no me parece normal, que en una ciudad amnésica, permitamos que los principales promotores de los más grandes males que ha tenido y tiene el país (el narcotráfico), se muevan como peces en el agua, de una laguna social que además de permisiva, no es capaz de sacrificar en todos sus niveles, aquellos beneficios económicos de corto plazo, en aras de proponer un mejor mañana.

Desde hace mucho tiempo, me han pasado por el lado aquellos inversionistas de alto riesgo (he visto clases con ellos, han vivido en unidades donde he vivido y hasta creo que fueron casi parientes), que terminan sonsacando generaciones y peor aún, socavando las mismas.

Yo la verdad creo que la complacencia y la permisividad a la que hemos llegado en Medellín y en Colombia preocupa, donde es triste que ésta se pueda fácilmente percibir en distintos escenarios que van desde: políticos que logran grandes financiaciones de manera mafiosamente curiosa, grandes empresas que venden sus productos a como dé lugar (un ejemplo es el sector de la finca raíz vendiendo proyectos inmobiliarios donde el metro cuadrado excede el precio que un asalariado puede soportar), pasando por aquellas empresas de hostelería (facturando duro al “duro” botellas del mejor “güisqui” en el VIP), finalizando en las células (cancerígenas para mí) de esta sociedad: aquellas familias que se sienten orgullosas por aquel familiar en España o en la USA (por mencionar un par de países), que con sus remesas o con unos buenos aguinaldos en diciembre les convence que ser un lavaperro o un “trabajador” no es nada malo, o cómo se alegran por aquella muchachita que se va más que a menudo a “modelar” (con esas amigas cuyas fotos en Facebook parecen extractadas de una página de porno), a países donde está claro que se han vuelto el paraíso de aquellos perseguidos por la justicia.

A mí no se me ha olvidado la época donde uno tenía que entrarse temprano por cuenta que recién habían masacrado jóvenes en una discoteca en El Poblado, no se me han olvidado las más “pispas” del barrio a quienes recogían en carros lujosos (hoy en día deben estar mirando “pa´l saraviao” después de enviudar, además de haberles empacado muchachitos se incluyeron unas cuantas palizas). No se me ha olvidado la bomba de la 93, la de La Macarena, la del avión de Avianca, la cara cínica de Byron cuando lo atraparon después de ser el “piloto” del sicario que asesinó a Lara Bonilla, la muerte de Galán y menos aún la desfachatez de toda la vida de estos tipos, que ahora por cuenta de ser los nuevos pablitos (como creo que Juanes se refirió a ellos) y quienes por pertenecer ya a una segunda o tercera generación de los otroras “mágicos”, se camuflan en universidades, gimnasios, centros comerciales, unidades residenciales, discotecas, charcuterías como “pedro por su casa”.

Creo que a muchas personas se les ha olvidado lo que a mí no se me olvida, o simplemente les “importa cinco” hacerse los pendejos, eso sí mientras se lucran con ventas o beneficios sin importar el origen de esos dineros, o mientras sus hijos comparten con estos personajes o sus hijas se van de paseo al exterior con el novio de turno o con la familia del susodicho…

Lo más triste es que con esa peligrosa permisividad esta sociedad no solamente patrocina de manera indirecta las más grandes inequidades sociales del país, los más crueles combates, los más inhumanos atentados, sino que desaprovecha oportunidades únicas de reivindicarse con ella misma, de sanear su pasado y de proponer cambios que puedan significar progresos distintos, a aquellos que como espejismos, da una cultura mafiosa.