Claro que quiero la Paz…pero sin babero, gracias!

Cómo no querer la Paz aquellos que hemos vivido en una nación empeñada a la violencia, desde el mismo momento en el cual ni siquiera éramos un país de ese mundo “occidental” que nos venden las revistas; incluso desde cuando aquellos conquistadores Españoles, pusieron sus pies en lo que fue el primer asentamiento español en tierra continental, curiosamente en lo que es hoy llamado Golfo de Urabá.

Por supuesto y por lógica quiero la Paz,  pero no a cualquier costo y mucho menos cuando un gobierno que ha defraudado aquella confianza que le depositamos muchos de los que votamos por él,  aplica estrategias sustentadas en aterrar a los ciudadanos con un chantaje absurdo, eso sí, aclaro,  sin aquellas estrategias bárbaras del grupo narcoterrorista con el que pretende negociar, de rodillas y con babero la dignidad de toda una nación.

Es obvio que nuestro país está inmerso en una polarización malsana, una polarización donde quienes abogan por una cosa son capaces de empeñar sus principios y su criterio por sólo ganarse el punto, y de paso, ser capaces de cohonestar un proceso macabro de negociación que deprime aún más la confianza de quienes vivimos en este país.

Desde el inicio de tal proceso de negociación he tenido una sensación de indignación, propia de aquel colombiano que sin pertenecer a ninguna élite, ha comprendido que las guerrillas románticas de otro siglo e inexistentes en el actual, dejaron hace rato su legado al capitalismo en camisetas alusivas a aquel revolucionario médico argentino, pero  donde su legado “capitalista” ha sido aprovechar un nombre que no debe incluir la C de Colombia, para socarronamente expandirse en aquellos negocios mafiosos, que tanto mal le hacen al país: narcotráfico, minería ilegal, entre otros. y todo ello ante la mirada atónita de gran parte de la comunidad internacional y con el beneplácito de aquellos países que cambiaron su rumbo, hacia un populismo que permite que las rutas de tráfico de drogas pasen por su territorio.

No estoy de acuerdo con una negociación donde un gobierno es capaz de poner a toda una nación, ante propios y extraños, al mismo nivel  (y no por protocolo),  de aquel grupo conformado por vagabundos, narcos, terroristas, esclavistas, secuestradores, pedófilos, abusadores, bandidos y asesinos,  quienes lógicamente no representan los intereses de las personas desprotegidas,  porque ellos son sus victimarios o en el caso más afortunado, extranjeros que como Tanja, generan tanto fastidio en Colombia, como adeptos de ese snobismo revolucionario propio de ignorantes,  en aquellos países que son ajenos a la realidad del nuestro.

Estamos ante una negociación de apariencias,  al mejor estilo de aquellos cocteles de revista de Jet Set, donde el cinismo de quienes hacen parte de esa destemplada orquesta, pretende a través de un “engrase de medios”, que todos escuchemos un himno a la alegría, mientras cualquier persona con dos dedos de frente entiende que lo único que producen son acordes destemplados.

Una negociación que no tiene acuerdos, sino dádivas absurdas como treguas parciales, que son aprovechadas tanto por las divas de lo público, como por aquellos que se nutren de lentejas, para decir, contrario a cualquier lógica matemática: “que cumplieron porque incumplieron solo un poquito”.

Un proceso que parte de la desconfianza, al querernos hacer creer cuentos que solamente nos indignan a quienes habitamos nuestro país, pero que, con estruendosas ruedas de prensas replicadas estas en cuento medio internacional haya cabida, suenan como si mágicamente aquel lobo feróz que narra Perrault, se hubiese convertido en el lazarillo de la abuelita: sí tienen secuestrados, sí reclutan niños y sí que lo siguen haciendo, no inventen cuentos!

Ahora bien, ¿hasta dónde vamos a ser permisivos quienes pensamos en que la Paz bien, pero con sometimiento, reglas claras y sin empeñar el país? ; vamos a seguir permitiendo el maltrato a la institucionalidad (por parte de aquellos guerrilleros de civil, que magnifican hechos aislados como si fueran sistemáticos), tanto como a mucha gente de bien, donde generalizan irresponsablemente a agricultores y ganaderos, como si fueran narcos y paracos, a sabiendas que la gran mayoría ha sido victima de esos vagabundos que hoy tienen el poder de convocar reuniones tan símiles a aquellas marchas patrióticas, en salones donde quieren dar la cátedra: ”hemos reclutado, despojado y arrasado, pero nos interesan los campesinos”, ante los ojos estupefactos de organizaciones  internacionales y ONG´s cuyas burocracias socialbacanas viven de aquellos recursos que succionan del estado.

Denle más tiempo al circo de los Narcoterroristas de las Farc, para que sigan vacacionando en aquel país donde si bien pueden haber los mejores médicos para embalsamar cadáveres revolucionarios,  están los mayores ejemplos de inequidad y de subdesarrollo, propios de un modelo que fracasó en su implementación por la misma naturaleza e inclinación a los mercados que tenemos  por esencia, los humanos.

Denle más tiempo a aquel incompetente traidor, que nos ha enseñado que para él gratitud, es sinónimo de olvido…y que confianza es antónimo de coherencia!.

Para bajar la calentura… salgamos del sofá

Hace un par de meses supe por parte del Área Metropolitana del Valle de Aburrá, AMVA, sobre la restricción del llamado parrillero, con el fin de mejorar uno de los más grandes problemas que tiene Medellín y sus alrededores hoy: la inseguridad.

En dicha oportunidad, manifesté a través de mis trinos (que para algunos funcionarios y periodistas fletados son innovadoramente destemplados) mi posición al respecto, ya que el gerente del AMVA pidió a sus followers que lo hiciéramos (mejor uso dicho anglicismo, ya que “seguidores” sería matricularme tácitamente en el Coraje).

Mi posición de ese entonces, negativa hacia dicha arbitrariedad, se centraba en que con la misma se iban a afectar aquellos ciudadanos que por necesidad se transportan en una motocicleta, generando para ellos sobrecostos, y lo más grave, estigmatizando a muchas personas de bien, como si fueran un subgrupo de hampones, gatilleros y fleteros, a quienes con la implementación de dicha medida querían limitar en su accionar.

Como pasa siempre, se reunieron los alcaldes del AMVA (donde la gran mayoría son políticos y no gerentes) y de manera “unánime” aprobaron esa medida arbitraria, la cual de paso se iba a consolidar como un paliativo y distractor de una realidad que para nuestro querido alcalde, el de Medellín, no existe: una rampante inseguridad.

Al cabo de los días, con bombos y platillos propios de aquellos que están acostumbrados al juego político de las fiestas, sancochos, rifas y clientela, presentaron a principios de enero de este año, los “grandiosos” resultados al haber implementado tal medida, donde el gerente del AMVA decía lo que el pueblo quería escuchar: “mejoró ostensiblemente la seguridad”, eso sí, sin argumentos sólidos desde el punto de vista técnico, además ofreciendo como una ñapa la afirmación que “había sido un gran aporte para la movilidad” y ponían como ejemplo el éxito en uno de los 10 municipios que conforman el AMVA: Barbosa, donde sólo se concentra menos del 5% de la población total del Área Metropolitana. Válgame Dios, unas frases y unas afirmaciones dirigidas y de paso asentidas por aquellas personas, que, o están comiendo de la administración su ración de lentejas o “tragan entero”, tanto como la mayoría de aquellos que votan por internet por cuanto concurso “chimbo” se inventan.

El caso es que hoy deciden, por unanimidad, extender por seis meses más la medida, ampliándola además en dos horas, argumentando cosas que no se soportan en datos ciertos, sólo considerando que la medida se aplicó en una época donde las circunstancias no son las que se promedian en un año.

Sigo pensando que es una medida arbitraria y mediocre, que a su paso estigmatiza a muchas personas que usan su moto por necesidad, atribuyéndose de paso el AMVA competencias (en Medellín) de una secretaría de Gobierno acéfala e inoperante. Igual, para nadie es un misterio que los delincuentes, a la hora de hacer sus fechorías, no respetan las normas (y de eso hay muchas fotos).

Me preocupa que en lugar de hacer de Medellín y el AMVA un hogar para la vida, estemos aprovechando el terror generalizado que sienten (sentimos) algunos ciudadanos por aquellos “Byrons en Calimatic”, etiquetando desde lo más alto de los gobiernos locales y sin lugar a defensa, como delincuentes y temerarios a motociclistas (por necesidad y no por placer) con sus acompañantes.

Ojalá en estos seis meses se implementaran acciones y programas para aquello que realmente puede mejorar la rampante inseguridad, los tacos inmarcesibles y el transporte público…. pero la verdad, con tanta mediocridad y facilismo, no creo.

Para finalizar: dice el secretario de Movilidad que estudian la posibilidad de establecer sobre la actual malla vial, carriles exclusivos para el servicio público en Medellín… ¡qué adefesio!; sin un SIT y sin ampliar las rutas de Metroplús, hacerle el favor a los buseros del AMVA (sí, aquellos mismos que prestan los buses en elecciones y financian campañas), para que luego, cuando se quiera recoger la piola y sacar con el innovador pero poco expandido Metroplús a los destartalados buses, de transportadores, los mismos tengan una mejor posición negociadora, claramente fortalecida por el facilismo de una administración que prefiere, como dice el dicho “vender el sofá para solucionar la calentura”.

Espacio público… más allá de lo estético

Una de las grandes herencias que dejó aquella Medellín que zozobraba con amor ante los pies de un discurso prometedor (además de los crecientes problemas de seguridad), fue la incubación de un problema de marca mayor para una ciudad que hoy se denomina innovadora por un premio en internet: la proliferación de las llamadas ventas ambulantes e informales en el espacio público.

Y para algunos este problema tipo «ya es parte del paisaje», es la simple y llana expresión de una realidad: crecimiento de la oferta del mercado de mano de obra no calificada, combinada con una baja demanda de la misma y las ansias de industrias ilegales de generar mayores rendimientos, aprovechando el poco remordimiento de aquellos ciudadanos a quienes les importa cinco comprar la dignidad de un mendigo, mercancía de contrabando, entretenimiento pirata y en algunos casos mercancías chiviadas o en ocasiones, producto de asaltos a empresas legalmente constituidas.

Lo grave de esto, adicional a la naturaleza misma de muchas de esas mercancías, es lo que se mueve alrededor de las mismas y cómo se afectan otras prioridades de los ciudadanos y de algunos administradores públicos, como la movilidad, la seguridad y el desarrollo social.

En la mayoría de los casos, este llamado por muchos, «fenómeno», promueve casos aberrantes de explotación humana (para la mayoría de los ciudadanos imperceptible), que incluye esclavitud, constreñimiento electoral, extorsiones sistemáticas y cobros de vacunas sobre los producidos diarios por un permiso que el «bacán» del sector cobra por permitir a un fulano, pedir plata o vender cosas.

Pregunto si realmente existe el llamado y muy trillado término «voluntad política» (propio de algunos corporados al momento de sugerir al gobernante de turno la asignación de alguna buena porción de burocracia o en su defecto un contratico), para afrontar el problema con la mano dura que requiere, sin titubeos asistencialistas, pero con un corazón grande que bombeé oportunidades para aquellos que quisieran ser más que un dato estadístico, una realidad: ciudadanos con un empleo digno y alejados de las mafias que se adueñaron hace rato de una sociedad, permisiva, de migajas e indolente.

Este problema no sólo es una especie de indicador cualitativo de la manera como una ciudad, que es sin lugar a dudas ejemplo de aguante y progreso, se descuida poco a poco, adquiriendo aquellos vicios propios de ciudades grandes, donde claramente se percibe la falta de control y gestión por parte del Estado, representado lamentablemente por intereses políticos, a los cuales les interesa más hacerse pasito y quedar bien que estructurar planes de choque, poniendo orden, con políticas no asistencialistas y de corte transversal, que si bien pueden ser un poco duras en principio, aseguran que un problema mucho más que estético, no termine siendo el detonante de uno de marca mayor.

Ojalá trascendamos de esa Medellín de mostrar a ilustres visitantes que disfrutan tanto de rutas innovadoras y bibliotecas dignas incrustadas en extramuros como de cuentos bien echados, y que de verdad podamos chicanear (si es que así lo queremos) con un verdadero hogar para la vida, que hoy en día es incomprensible al tener familias (realmente innovadoras) que sobreviven a veces con menos de un dólar al día y que además tienen que guardarse en sus casas apenas se va el sol, el sol que a todos en Medellín, nos alumbra por igual.

PS. Para no ser injusto, aplaudo que en la anterior administración se haya trabajado de la mano de EEPPM, en aquellos planes «retorno». El problema es que hoy en día, con la seguridad en el Departamento, afectada por esa arrogancia que degenera en falta de control (microtráfico), prevención (Murindó, un pequeño ejemplo) y contundencia (¿tregua decembrina?) esos planes retorno bien complicados creo que sí que lo están.

Y qué importa hacernos los pendejos

Ayer tenía ganas de irme a tardear y de paso echarle alpiste al ojo, con el calor y color de una entretenida conversación que se combina a la perfección con el frío de una cerveza .

“Max, ya paso por vos”, me dijo Pérez, a lo que dije: “¿qué nos vamos a inventar hermano?”.

El invento fue sencillo, irnos a uno de esos tantos malls comerciales que abundan en El Poblado, a una de esas charcuterías, curiosas por sus ínfulas de ídolo del balompié, podríamos además de asegurar el alpiste, sentarnos a echar, como se dice en buen paisa, carreta.

Llegamos y nos ubicamos de manera estratégica, donde cayeron un par de amigos más (para ajustar el jocosamente denominado “parche de antenas”).

El caso es que en un principio la tarde pintaba bien: el alpiste llegaba o pasaba, la cerveza estaba helada, la charla fluía y el mecato aguantaba, sin embargo puse sobre el tapete la siguiente frase “esto parece un centro de acopio de traquetos”.

Cuál sería mi sorpresa al escuchar a una de las personas que estaba con nosotros (que aclaro: no se apoda el zarco, ni carebalín; es de buena familia, tiene un trabajo decente y se ha graduado de una buena universidad) después de una sonora carcajada, “Jajajaa, ¿acopio de traquetos,?, Max, tenés razón” y prosiguió con un pasmoso entusiasmo, similar al que tiene Poncho Rentería cuando habla de sus chismes de peluquería, y prosiguió: “mirá, ese fulano es hijo de uno que está extraditado, aquel otro es hermano de no sé quién, ese va al gimnasio y va con dos lavaperros y aquel, sí, aquel de rojito es novio de esa pelada que acabó de pasar y es hijo de un duro”.

Si esto es un sábado, a pocos metros del mercado más exclusivo que tiene una gran cadena francesa, a un par de cuadras de El Tesoro, plena luz del día ¿qué podemos esperar?

Me pueden decir que soy un mojigato, que una golondrina no hace verano, que eso es normal… la verdad, no soy ningún mojigato, creo y he demostrado que uno puede de manera independiente generar alertas y ser propositivo ante distintas circunstancias que van en contravía de los principios éticos y más aún, no me parece normal, que en una ciudad amnésica, permitamos que los principales promotores de los más grandes males que ha tenido y tiene el país (el narcotráfico), se muevan como peces en el agua, de una laguna social que además de permisiva, no es capaz de sacrificar en todos sus niveles, aquellos beneficios económicos de corto plazo, en aras de proponer un mejor mañana.

Desde hace mucho tiempo, me han pasado por el lado aquellos inversionistas de alto riesgo (he visto clases con ellos, han vivido en unidades donde he vivido y hasta creo que fueron casi parientes), que terminan sonsacando generaciones y peor aún, socavando las mismas.

Yo la verdad creo que la complacencia y la permisividad a la que hemos llegado en Medellín y en Colombia preocupa, donde es triste que ésta se pueda fácilmente percibir en distintos escenarios que van desde: políticos que logran grandes financiaciones de manera mafiosamente curiosa, grandes empresas que venden sus productos a como dé lugar (un ejemplo es el sector de la finca raíz vendiendo proyectos inmobiliarios donde el metro cuadrado excede el precio que un asalariado puede soportar), pasando por aquellas empresas de hostelería (facturando duro al “duro” botellas del mejor “güisqui” en el VIP), finalizando en las células (cancerígenas para mí) de esta sociedad: aquellas familias que se sienten orgullosas por aquel familiar en España o en la USA (por mencionar un par de países), que con sus remesas o con unos buenos aguinaldos en diciembre les convence que ser un lavaperro o un “trabajador” no es nada malo, o cómo se alegran por aquella muchachita que se va más que a menudo a “modelar” (con esas amigas cuyas fotos en Facebook parecen extractadas de una página de porno), a países donde está claro que se han vuelto el paraíso de aquellos perseguidos por la justicia.

A mí no se me ha olvidado la época donde uno tenía que entrarse temprano por cuenta que recién habían masacrado jóvenes en una discoteca en El Poblado, no se me han olvidado las más “pispas” del barrio a quienes recogían en carros lujosos (hoy en día deben estar mirando “pa´l saraviao” después de enviudar, además de haberles empacado muchachitos se incluyeron unas cuantas palizas). No se me ha olvidado la bomba de la 93, la de La Macarena, la del avión de Avianca, la cara cínica de Byron cuando lo atraparon después de ser el “piloto” del sicario que asesinó a Lara Bonilla, la muerte de Galán y menos aún la desfachatez de toda la vida de estos tipos, que ahora por cuenta de ser los nuevos pablitos (como creo que Juanes se refirió a ellos) y quienes por pertenecer ya a una segunda o tercera generación de los otroras “mágicos”, se camuflan en universidades, gimnasios, centros comerciales, unidades residenciales, discotecas, charcuterías como “pedro por su casa”.

Creo que a muchas personas se les ha olvidado lo que a mí no se me olvida, o simplemente les “importa cinco” hacerse los pendejos, eso sí mientras se lucran con ventas o beneficios sin importar el origen de esos dineros, o mientras sus hijos comparten con estos personajes o sus hijas se van de paseo al exterior con el novio de turno o con la familia del susodicho…

Lo más triste es que con esa peligrosa permisividad esta sociedad no solamente patrocina de manera indirecta las más grandes inequidades sociales del país, los más crueles combates, los más inhumanos atentados, sino que desaprovecha oportunidades únicas de reivindicarse con ella misma, de sanear su pasado y de proponer cambios que puedan significar progresos distintos, a aquellos que como espejismos, da una cultura mafiosa.