Yo le colaboro

Si hay una frase que debería prohibirse de manera expresa en las empresas o entidades en este país, es la que encabeza mi escrito de hoy: “Yo le colaboro”.

He padecido dicha frase en distintos escenarios, desde aquellos que se relacionaron con mi formación (o deformación) académica, pasando por mis distintas experiencias en compañías de servicios así como en aquel sector tan vilipendiado y tan poco querido por muchos colombianos como lo es el sector público.

Se preguntarán muchos el por qué de esta preocupación de mi parte, ¿será acaso que a Maximiliano nada le sirve?, ¿será de pronto que por su temperamento fuerte y carácter bien definido, al “dotor” no le gusta la amabilidad? o tal vez algunos otros que hacen parte de mi grupo de enamorados, donde incluyo algunos que se dicen amigos, dirán: ¡este tipo se acabó de enloquecer!

La respuesta a esas eventuales inquietudes para mí es clara, y tal vez no va tan ligada a la semántica amable de una frase que denota un interés de apoyar a un tercero, de ayudar a alguien necesitado…

El origen del «Yo le colaboro» es diverso, dependiendo, claro está, de quién sea el emisor de tan lapidaria frase social. Me explico, si se trata de alguien que atiende en una dependencia o en una taquilla de una institución pública, puede ser para lograr esa importancia que, de ninguna otra manera lograría. Tal vez este personaje, administra para sí mismo un serial de frustraciones que tan solo logra superar en el instante en el que se siente «salvador» de aquel que necesita una orientación en pos de una solución, quien a la larga expondrá con su necesidad ante ese «dependiente de tercera», parte de su dignidad, sin que, y por obvias razones, le sobren para poder recibir lo que espera, y de manera gráfica «babero y rodilleras».

Ahora bien, y en relación con esa política tradicional que tanto daño le hace al país y ahora no es exclusiva de ninguna esfera y hace parte tanto de sectarios como de exponentes o partidarios de cualquier movimiento político, el origen y uso del «Yo le colaboro» se dio en el instante en el que la política perdió esa dignidad, que tal vez, jamás ganó. El «Yo le colaboro», es una frase lapidaria para los intereses colectivos, para la optimización de los recursos y a su vez incuba corrupción, la cual subyace en cada una de esas aparentes iniciativas de bien, donde los proyectos dan para no solo «colaborarle» a quienes realmente lo necesitan, sino para «engordar» a aquellas personas que son capaces de hacerle el esguince técnico, jurídico y administrativo, a la exigencia social y lógica de hacer el bien, sin esperar a cambio reconocimientos o “flores” , los cuales de manera casi inmediata se convierten en aquellos tesoros redimibles a la hora de participar en contiendas electorales, y con ese reconocimiento o “medallita de honor” que significa ser tildado de: «dotor», «dóc-to» y ahora de manera más disimulada y técnica de «maestro».

En la empresa privada el «Yo le colaboro» de fatídico potencial social, tiene una mezcla de la primera génesis descrita, que se conjuga con ese misterio que los grandes ejecutivos del marketing y las relaciones con el cliente quieren imprimirle a los sufridos usuarios para que no les provoque volver a hacer un reclamo o en casos más extremos, no se puedan volver a enfermar, lo anterior por más justo que sea el reclamo o por más que duela la afección corporal… En esto se sufre y bastante, además hacen que estos engorrosos procedimientos se vuelvan tan complicados (como ilegible es la letra diminuta de los contratos de adhesión), así como ilógicos y difíciles de entender al momento de escuchar un «Yo le colaboro».

El “Yo le colaboro” se convierte en algo que realmente atenta contra cualquier intención de ayudar al prójimo, es una frase que tiene su malicia y su doble interés, es sencillamente parte de esa base de cultura “inculta” con la que alguien puede pretender y en efecto someter a un tercero, generar dependencia y en algunos casos más graves, los cuales tristemente y basado en la experiencia que tuve en dicho sector, se relacionan con el servicio público ya que ese “Yo le colaboro” se puede convertir en la forma moderna más despiadada de esclavizar a aquellas personas, organizaciones, entidades y comunidades, que esperan que alguien, permita ejecutar todas aquellas actividades que a la larga por obligación y no por favorecimiento le toca por derecho hacer.

El “Yo le colaboro” no tiene ningún sustento lógico. Para algo le pagan al empleado de la empresa, para que esté atento a prestar o a soportar un servicio determinado o, en el caso de los servidores públicos: para eso los eligieron o para eso trabajan para un estado que se convierte en un fortín de oportunidades, inmensas y superiores a cualquier otro trabajo donde seguro, no tendrían tantos beneficios para disfrutar con la mayoría de sus contertulios, en esa mediocridad sistémica a la cual, tristemente, hemos estado acostumbrados por los siglos de los siglos.

Me inquieta mucho que en el sector público esta frase haga parte del repertorio de personas que a la larga no valoran su trabajo tanto como su sueldo, personas que recuerdo, siendo las 5 pasaditas, al requerirles un dato me decían: “dóc-to” ya apagué el computador”, como si fuera tan complicado prenderlo de nuevo “mija… pues, vuelva y préndalo porque estoy seguro que no se trata de un Univac” (recuerdo que eso le dije a una funcionaria “colaboradora” del más alto nivel).

Me inquieta mucho más que gran parte de aquellas personas que supuestamente fueron elegidas para ser interlocutores válidos de comunidades que creyeron en ellos (tal vez menos de los que creyeron bueno el sancocho o tamal por el que empeñaron su voto), utilicen para “mover” sus proyectos ante las distintas instancias del ejecutivo, el “tranquilos, que yo les colaboro”… desgraciados, esperando ser los mesías, con la platica de las comunidades, y en muchas oportunidades sacando beneficios particulares, expresados en reelecciones o en apoyos económicos que financian sus propias acciones.

Pero les confieso, que me inquieta más la forma en la que el sector privado, en grandes empresas de servicios o incluso en algunos entes asociativos, se está permeando de esta “cultura”, tal vez, tomando todo lo malo que ha tenido la misma en el sector público, pero con las mejoras propias que se pueden dar con lo privado.

Ojalá, en lugar de propender y promover por marchas inocuas, algunas de las cuales se convierten en negocios de algunos maestros del marketing moderno y que tocan las fibras más profundas de personas cuyo nivel de educación los conmueve más por la captura de líderes africanos, que por la misma necesidad que tenemos en un país, de acabar con asesinos silenciosos, que con su “Yo le colaboro”, no solamente están haciendo que se pierda tiempo valioso y que el estado sea cada vez más ineficiente, sino, que, los recursos públicos se vayan a subsanar sus NBI: necesidades burócratas insatisfechas.

Increíble pero cierto: porque el que lo entendió lo entendió

Ante todo quiero agradecer la acogida que tuvo la primera publicación en mi blog. Solo el pasado martes tuvo 1204 lectores… Esto sin lugar a dudas es estimulante para seguir adelante.

Durante los últimos 7 días he recibido todo tipo de comentarios. Algunos creen que me convertiré en un opositor a ultranza de una administración que apenas comienza y otros, que al ser parte de esa administración, y de la por mí llamada cariñosamente pero jamás compartida, “secta de los iluminados”, valoran la manera respetuosa de enviar un mensaje al actual gobernador: déjese asesorar y no crea en todo aquello que le dicen; sin embargo (digamos que ese es el lado amable de la discusión) quiero decir que hay otros que tienen tanto veneno en su ser, que si se mordieran la lengua con la que vociferan sus inconformismos por aquello que expresé, creo que tendrían a lo sumo unos pocos minutos de vida… ¡Gracias a Dios no muerden!

La semana pasada fue bien compleja. Un país amnésico, malagradecido, caldo de cultivo aprovechado por algunos mandatarios locales que se contradicen. En campaña decían a los cuatro vientos: “No cederemos ante las presiones burocráticas de los concejales”, en el caso de Bogotá. En Antioquia y Medellín, de pronto más predecible en su futuro accionar el alcalde que el gobernador, trabajaremos sin “politiquería” y con “los mejores” (porque así nos autoproclamábamos en las vallas: cuestión de egos crespos y de pintas relajadas).

Quiero confesarles que cuando empezó la campaña del actual gobernador, una de las cosas que tal vez más me molestaban (y así lo compartía con mi red de infiltrados en el Partido Verde), era aquella relacionada con el eslogan mediático y poco modesto de proclamarse “los mejores“. Eso, con un análisis sencillo desde el punto de vista social, simplemente es “creerse de mejor familia”, con un trasfondo contundente y muy cerca de la política tradicional: enredar adeptos, que tal vez (al igual que yo), están cansados de lo mismo de siempre, pero que quizá, por su “imberbe juventud” (no aplica a las señoritas), terminan convertidos en idiotas útiles, al creer y querer alcanzar un aspiracional de mercadeo político para masas: “Los mejores”. (¿Quién quisiera estar con un equipo de fútbol que pierda, con excepción de nosotros, los hinchas del DIM?, o quién quisiera estar con ¿los peores? Cuerdos, la verdad, muy pocos).

Proclamarse “los mejores”, y ponerlo, en términos de marketing de coquito, como una “promesa de venta”, tenía unas connotaciones morales, éticas y de gestión pública bastantes ambiciosas.

Ser los mejores para mí puede sonar tan simple en el discurso, como ambicioso e idealista en la práctica (máxime en este país): “hacer las cosas que el pueblo que los eligió espera que hagan, con honestidad, con transparencia, sin que se pierda un peso y sin después creerse los salvadores (los políticos tradicionales siempre quieren que el pueblo los perciba como aquellos a quienes les deben algo)”, pero ah complicado que es llevar eso a la práctica cuando hay presiones de distinta índole como las que se relacionan con las prácticas clientelistas y burocráticas.

Yo no voy a lamentar que hayan sacado de la gobernación a personas que “estaban a un pelito de jubilarse, que qué pesar por ellos”, porque creo que a la larga, y así lo manifesté en una Junta Directiva el año pasado, cuando un colega mío contó que estaba tratando de hablar con el electo gobernador, para ver si le “colaboraba” dejando un funcionario unos cuatro mesecitos más, mientras le salía la pensión porque era de libre nombramiento y remoción (perteneciente de vieja data de aquellos desmontados directorios de ciertos partidos políticos que hicieron lo que les dio la gana con este departamento en los 80); Le dije que yo no estaba de acuerdo porque somos nosotros quienes terminamos pagando esas pensiones millonarias de funcionarios que calientan el puesto durante sus últimos años “productivos” y creen incluso que esos puestos se pueden heredar.

Yo no voy a lamentar tampoco la salida de aquellos funcionarios que sabían que los iban a sacar si “su” candidato no quedaba y que por ello, a sabiendas que eran de libre nombramiento y remoción, dejaron, ellos solitos, que les pisotearan su dignidad esperando “no sé qué”. (Preciso que yo, desde el 27 de julio de 2010, tenía clarito que por no montarme en el AViÓn, por diferencias de forma y muchas más de fondo, el 31 de diciembre estaba fijo mi último día en la gobernación).

Entonces ¿qué lamento?

Lamento que la consigna de “los mejores” haya sido tan solo una frase de campaña, que no veo se vaya concretando en hechos, que haya sido un aspiracional para muchos de los que votaron por un plan de gobierno conjunto y que en la práctica veamos que en los gabinetes hacen parte, no solamente personas de cuestionada moral pública, gente que se ha beneficiado como títeres del poder, y aquellos políticos tradicionales que están por lo que ya sabemos en el poder.

Lamento que, como siempre, los motivos de los jóvenes en campaña sean canalizados para que crean que la participación política, será eventualmente una forma de “colocarse” en un mundo laboral lleno de prebendas y arandelas, y que curiosamente cierra oportunidades a quienes quieren tener experiencia, mientras asigna millonarios contratos de prestación de servicios a algunos “prohombres” de la moral pública, que gozan desde hace unos años de una merecida pensión y que si fueran tan prohombres, trabajarían ad honórem. ¿Dónde quedan las oportunidades para personas que quisieran que los tuvieran en cuenta?

Lamento que al momento de tomar decisiones de renovación burocrática en aquellos puestos que ocupan en términos administrativos los activos “más valiosos” de una organización (según palabras de cualquier coach), no valoren su trasegar, su experiencia, su idoneidad y su competencia… conozco tanto casos, que me entristecen, relacionados con profesionales que prestaban sus servicios con pasión por lo nuestro para el ahora “mi canal”, como otros que me ponen a pensar: “¡eh, casi que no!”. Conocí el caso de uno que otro incompetente, que estaba en esos puestos hace más de 4 lustros, por cuenta de cualquier exsenador, tapando cosas evidentes y que pensaron que con el cuento de tener padrino, nadie los iba a tocar.

Lamento que en medio de shows mediáticos que no ayudan a cohesionar, se lancen mantos de duda generalizados (pese a la poco contundente precisión de “algunos que sí hacían la tarea”) respecto a la idoneidad de quienes hemos tenido la oportunidad de laborar en un sector, donde muchos llegan a ver qué es lo que pueden sacar para su provecho, pero unos pocos llegamos a darlo todo, hasta la vida misma (en calidad y en lo físico) en un ambiente laboral que no estimula a los más capaces, sino a los que más “voticos pongan”, “más líderes endosen” o “más respaldos partidistas cuezan”.

Esta sociedad se caracteriza por ver normal lo que no debe ser normal, lapidar a las personas cuando cometen ciertos errores y hacerse los de la vista gorda cuando se cometen horrores, esta sociedad es producto de muchas cosas que hemos tenido que soportar, y de muchas otras que algunos quieren que sean insoportables.

La politiquería se incuba, en los beneficios que sacan particulares de lo que no les pertenece, en el clientelismo, en los compromisos burocráticos, en sembrar el terror para tener al cabo de unos días, personas que sin tener criterio suficiente para decir cómo eran las cosas, son capaces de vender a la mamá por un plato de lentejas. En mi caso particular perdí amigos por no ayudar a “colocarles” familiares, y dejo claro que a nadie de mi familia ayudé, pese a que mi hermano Daniel tan desempleado como fajardista (por convicción), por ser mi hermano y por cuentos maquinados de algunos sectarios, quienes pese a tener muchos estudios no tuvieron dos neuronas, ni dos dedos de frente para entender que éramos, por obvias razones, muy distintos. (lo sacaron como un paria de la administración de aquel que a la larga «no fue», increíble pero cierto; y el que lo entendió lo entendió).

El reto para generar cambios en el sector público es modificar la connotación y la percepción que tienen del mismo muchas personas, el reto radicará en demostrar que no solo se es profe (no nos las sabemos todas)… sino alumno a la vez (hay mucho por aprender), el reto no se debe basar en decir que el agua moja (politiqueros igual corrupción), si no ver, cómo, contrario al pastorcito mentiroso, si se vocifera que, si viene el lobo, viene de verdad (una verdadera forma de hacer política).

PD. Son plausibles todos los esfuerzos que se pretenden realizar en materia de inversión social, enmarcados en aquellos principios rectores de una integridad pública eficiente y con deseos de llevar a las regiones lo bueno que se ve en ciudades como Medellín, sin embargo, esto solo será posible si se establece sobre la base de una democracia: su seguridad, en el amplio sentido de la palabra y con un real compromiso de sus mandatarios.

El nuevo traje del gobernador

Después de mi paso por la Gobernación de Antioquia y ahora con la posibilidad de apreciar las cosas en la distancia, he estado atento estas tres primeras semanas del año, a aquellas actividades que el nuevo gobierno, en manos de los autoproclamados: “decentes, educados y correctos”, han llevado a cabo.

Teniendo en cuenta que a principios del año pasado manifestaba abierta, públicamente, contra viento y marea, y a través de las redes sociales, que prefería para el futuro de Antioquia arrogancia que deshonestidad, me toma por sorpresa que una persona que ganó las elecciones de manera abrumadora el pasado mes de octubre, en lugar de ser un cohesionador y un transformador de lo que ha sido la política en este país, se dedique a desprestigiar, a través de shows mediáticos, redes sociales y pataletas, un gobierno que dejó el listón bastante alto en relación con ejecutorias.

Quiero precisar que yo no venía del mundo político, que no soy hijo de J. Emilio (para aquellos opositores del cuatrienio anterior), ni primo del gobernador (para los contradictores a ultranza de nuestro ahora primer mandatario), no he ejercido el poder de manera arbitraria (porque tengo clarísimo que es prestado), he optimizado los recursos asignados (en el empalme se sorprendieron), he liderado algunos programas que, de manera real y contundente, permitieron generar con solo tres de ellos, y en 4 años, más de 20 mil empleos en las subregiones. Y lo más importante es que no vi el ejercicio público como esa oportunidad para sacar beneficios personales ni mucho menos para ser revanchista (la muestra es el programa Antójate de Antioquia, que asumí como propio, pese a los vicios politiqueros que traían las versiones que precedían mi labor como secretario).

Creo que lo anterior me permite, no solamente tener la tranquilidad para decir lo que con argumentos puedo sustentar, sino demostrar aquella ética, que muy, pero muy poquitos en este sector, lleno más de dificultades que satisfacciones, puedan tener.

Me parece increíble jugar a desaparecer lo que se ha construido con mucho trabajo. Me parece fatal, que a estas alturas del partido, un gobernador, mi gobernador, el de todos los antioqueños, se dedique a creer en cuentos y fábulas, a realizar shows mediáticos que carecen de pruebas y de la contundencia necesaria para sostener un debate con altura (ya me bloqueó en twitter, solo por pensar distinto).

Es terrible que se contradiga con aquello de que, de su puño y letra prometió a finales de septiembre del año pasado; eso sí, soy consciente que muchos de quienes entraron en la anterior administración deben salir ante el cambio de gobierno (y si tuvieran dignidad, renunciar antes) pero no tantos, ni con antigüedades que incluso superan los 20 años… ¡por Dios! Además le escuché que eran “cargos innecesarios”, entonces me imagino que los irá a suprimir y no los va a ocupar con personas que, como muchos de sus nuevos funcionarios, piensan que el sector público es la única manera de “colocarse” o de tener un puesto aparente: con secretaria y carro.

Adicional a lo anterior hay mucha imprecisión en relación con achacarle a la anterior administración esa cantidad de burocracia tan “mediáticamente impresionante”. Si revisa, si le revisan o si deja revisar, esos cargos de libre nombramiento y remoción, venían de anteriores administraciones a la de Luis Alfredo Ramos.

Es inconcebible que se cuestione con más criterios políticos que técnicos obras de infraestructura, ya que, y muy mal asesorado, creía que le iba a liberar cerca de 800 mil millones de pesos, para hacer otras cosas; o que, peor intencionado, manifiesta a ese público que cree en usted que será el acabose ambiental y que no se justifica para ahorrar 15 minutos al aeropuerto (hoy en día gracias a los avances de la ingeniería, y así lo ha manifestado la CCI y la SAI, un túnel no afecta lo que dicen que afecta. La justificación del túnel, no es solo ahorrarse 15 minutos para ir a tomar un avión).

Patético es que ahora nos achaque la responsabilidad por la desatención a los niños beneficiados del programa MANA, por su propia falta de coherencia y altivez a la hora del empalme cuando dijo a los cuatro vientos que “no se hicieran más contratos, ni adiciones ni nada raro, que iba a mirar con lupa”. Pero más patético es que el grupo de “perritos de taxi” que tiene en su corte, no sea capaz de darle soluciones, para que en lugar de ponerlo a botar corriente y a pautar en medios para desprestigiar a nivel nacional todo aquello que huela a “Manos a la Obra”, sepa que con un contrato de asociación podía haber tenido una solución inmediata, legal y práctica, para que los cerca de 216.000 muchachitos no terminen “pagando” al no poder desayunar, por cuenta de esa actitud inquisidora, que no le hace bien al Departamento.

Para finalizar, y muy al estilo de mi apreciado y calculador gobernante, quiero recomendarle una fábula, porque a mi parecer y al de muchos, está creyendo en exceso en cuentos: El nuevo traje del emperador, de Hans Christian Andersen: “No crea que es verdad todo lo que le dicen”. Con todo el respeto que tanto usted, como yo, como los más de 6.2 millones de antioqueños, debería dejarse asesorar de personas que no le digan lo que quiere oír, como lo pueden estar haciendo más del 99% de sus colaboradores que no cuestionan, sino que asienten todo. Admita personas diversas, competentes, honestas, que no necesariamente hagan parte de esa alianza política; de personas que de pronto, sean capaces de que, en medio de su arrogancia y altivez, le digan, así los termine vaciando, lo que el Departamento, nuestro Departamento necesita, para que usted lo haga como esperamos que lo haga: ¡Bien!

PD. Espero que mañana en Colombiatex disfrute uno de esos cafés especiales del programa Antójate de Antioquia, donde lo único que no me gustaría es que salga a decir que le dieron “pasilla” en lugar de “supremo”,  y que por esa situación está “alerta”, “inquieto” y que de manera imperiosa va ordenar examinar con lupa los procesos de beneficio de aquellos granos que hacen un tinto, simplemente porque eso, eso, lo dejé listo yo.